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sábado, 16 de mayo de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 6º DE PASCUA – CICLO A – (17-5-2020)

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».”



UNA TRIPLE RELACIÓN

“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hech. 8,17). Esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cierran la primera lectura que se proclama en la celebración de la misa del sexto domingo de Pascua. Es sorprendente ver que el anuncio de Cristo en Samaría, por obra de Felipe, produce efectos admirables: la liberación del mal, la curación de las enfermedades y la difusión de la alegría.

A la vista de esos prodigios, la comunidad de Jerusalén envía allá a Pedro y a Juan. Su presencia garantiza la autenticidad de aquella misión. Y finalmente la completa con la imposición de las manos sobre los bautizados, que aún no han recibido el Espíritu Santo.

El salmo responsorial (Sal 65) nos sugiere que también hoy la comunidad cristiana ha de alabar al Señor de forma que todos los pueblos reconozcan su grandeza y su santidad.

Pero la alabanza verdadera es inseparable del ejercicio del amor mutuo, que es la auténtica revelación de ese Dios que es amor y padeció por nuestros pecados para llevarnos a Dios(1 Pe 3,17).


VER Y VIVIR

Al igual que el evangelio del 5º domingo de Pascua, también el que hoy se proclama recuerda las solemnes palabras de Jesús después de la última cena. Muchas ideas se agolpan en tan pocas líneas.

• Jesús dirige a sus discípulos una gran promesa. Pedirá al Padre que envíe sobre ellos “otro” Paráclito, es decir, otro Consolador o Abogado. Jesús manifiesta que esa tarea formaba parte de su misma misión. Tarea que ha de ser completada por el Espíritu de la verdad.

• Además Jesús establece una distinción entre sus discípulos y el mundo en el que viven. El mundo no conoce ni puede reconocer al Espíritu. Pero los discípulos lo conocen porque viven en sintonía y mutua habitación con el Espíritu. Por esa señal se caracterizan.

• Aún hay más. Jesús promete también a sus discípulos que nunca los dejará huérfanos. A pesar de las dificultades, ellos podrán verlo y en esa visión consistirá precisamente la vida de la comunidad. Los creyentes vivirán ya en el que vive para siempre.


EL CÍRCULO DEL AMOR

Todavía podemos escuchar y meditar otra promesa de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Meditemos esas palabras del Señor.

• “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. En las relaciones humanas la sintonía en los valores y los propósitos es signo de amor. De modo semejante, la prueba del discipulado no está en repetir las palabras del Maestro, sino en aceptar y cumplir sus mandatos.

• “El que me ama será amado por mi Padre”. En las relaciones humanas hay un lazo que une a las generaciones entre sí. También Jesús nos enseña que quien le ama de verdad será amado por el Padre, que nos ha entregado a su Hijo amado.

• “Yo también lo amaré y me manifestaré a él”. En las relaciones humanas, el amor no puede concebirse en una sola dirección. Quien ama espera ser correspondido. Pues bien, Jesús promete amar a aquellos que le han manifestado su amor cumpliendo sus mandatos.

- Señor Jesús, sabemos que tus promesas no son palabras vacías. En tu despedida nos has revelado el horizonte de una triple relación: contigo, con el Padre y con el Espíritu. Una relación que se fundamenta en el amor, en la verdad y en la vida que perdura para siempre. Bendito seas, Señor.

José-Román Flecha Andrés

sábado, 9 de mayo de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 5º DE PASCUA – CICLO A – (10-5-2020)

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice:

- «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde:

- «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice:

- «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica:

- «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».”



CREED

“La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe” (Hech 6,7). El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta de la elección de los siete “diáconos” de lengua griega para que atiendan a los hermanos procedentes de esa cultura. Una apertura totalmente necesaria.

A continuación, se incluye esa nota sobre el crecimiento de la comunidad de Jerusalén. No solo aumenta gracias a los griegos. Entre los hebreos hay también muchos sacerdotes que han llegado a creer en Jesús como el Mesías de Dios.

El redactor del libro parece maravillado por lo que ha sucedido. Su narración suscita la acción de gracias por la misericordia de Dios, que se alaba en el salmo responsorial (Sal 32).

La primera carta de Pedro, que seguimos leyendo en este tiempo pascual, nos dice que todos los que reconozcan al Señor como la piedra angular, no quedarán defraudados. Para los creyentes es una piedra de gran precio (1Pe 2,4-9).


LA META Y EL CAMINO

El evangelio de este 5º domingo de Pascua nos sitúa en el cenáculo para recordarnos una solemne invitación de Jesús a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1). Ante estas palabras dos discípulos se atreven a dirigirse a Jesús con unas palabras que bien podrían ser las nuestras.

• Tomás confiesa que no sabe adónde va Jesús y, por tanto, tampoco puede conocer el camino. También nosotros damos la impresión de haber olvidado el horizonte al que Cristo nos conduce. Demasiadas veces parecemos perdidos y descaminados. Ignoramos que solo él es el camino, la verdad y la vida.

• Felipe solo desea que Jesús les muestre al Padre. También en ese anhelo nos sentimos representados nosotros. Rezamos al Padre si nos vemos agobiados. Pero no reconocemos la

paternidad de Dios si las cosas nos van mal. No hemos descubierto aún la necesidad de arrepentirnos y regresar a su casa. No hemos visto en Jesús el rostro misericordioso del Padre.


LA FE Y LAS OBRAS

Así pues, la invitación a creer es el tema clave en este domingo. Es también la clave de toda nuestra vida cristiana. Esta es la promesa de Jesús: “En verdad en verdad os digo: el que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aún mayores”.

• “Creer en Jesús”. Ese ideal de vida implica aceptarlo como nuestro Maestro y nuestro Salvador. Jesús es el Señor. Acogemos su palabra y damos gracias por su ejemplo. Creemos que él vive y camina con nosotros.

• “Hacer las obras de Jesús”. Esa es nuestra vocación y es también nuestro mejor deseo. Sabemos que, por brillantes y eficaces que parezcan a simple vista, nuestras obras son bien poca cosa si no coinciden con las suyas

• “Hacer obras mayores que las suyas”. Esa promesa nos parece poco probable. Y, en efecto, solo será posible gracias a la exaltación de Jesús (Jn 12,31), que, una vez levantado en alto, reunirá a los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52).

- Señor Jesús, no queremos olvidar esa exhortación con la que tú nos invitas cada día a creer en Dios y a creer también en ti. Te rogamos que mantengas viva nuestra fe y nuestra confianza. Y que nos envíes tu Espíritu para que podamos suscitar esa fe en medio de nuestro mundo. Amén. Aleluya.

José-Román Flecha Andrés.

sábado, 2 de mayo de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 4º DE PASCUA – CICLO A – (3-5-2020)

Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10


“En aquel tiempo, dijo Jesús:

- «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

- «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».”



EL SEÑOR ES MI PASTOR

“¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hech 2,37). Es el día de Pentecostés. Lleno de la fuerza del Espíritu, Simón Pedro dirige su palabra a la multitud. Anuncia a todos los oyentes que Dios ha glorificado a Jesús, al que ellos habían conducido a la muerte. Y esta es la pregunta que los oyentes dirigen a Pedro y a los demás apóstoles.

El texto resume en pocas palabras el itinerario de la iniciación cristiana: anuncio de la buena noticia sobre Cristo, atención a las preguntas de los que acogen la Palabra, exhortación a la conversión y celebración de los sacramentos. Sin olvidar una advertencia para escapar de esta generación perversa y para abrirse al don del Espíritu. ¡Todo un programa de vida!

El salmo 22 (ó 23 del texto hebreo) nos prepara a la escucha del evangelio, al proclamar la alegría de contar con el Señor como nuestro pastor.

La primera carta de Pedro, que nos instruye en estos domingos pascuales, nos recuerda que Jesús nos ha redimido subiendo al leño de la cruz: “Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas” (1Pe 2,25).


EL PASTOR

El domingo 4º de Pascua nos invita cada año a ver a Jesús como nuestro buen Pastor. En el texto que se proclama este año (Jn 10,1-10), sobresale la alusión al seguimiento:

• El pastor llama por su nombre a las ovejas y las saca fuera del redil. La imagen es muy sugerente. Los pastores de antes solían conocer a cada una de sus ovejas y hasta les daban un nombre propio. Con esa imagen del pastor se representa Jesús a sí mismo. Él conoce personalmente a los suyos y los saca para llevarlos a buenos pastos.

• El texto supone que, al llegar la noche, las ovejas de diversos rebaños se recogen en un redil común. Por eso el pastor llama precisamente a las suyas, las rescata de la indiferencia y sale al campo delante de ellas. Cuando ha sacado todas las suyas, el pastor camina delante de ellas y las ovejas lo siguen. Hay una relación especial entre Jesús y los suyos.

• Las ovejas siguen al pastor porque conocen su voz, pero no seguirían a un extraño. El texto sugiere que no es posible seguir al Señor si no se conoce su voz, y recuerda el afecto que él guarda para cada uno de nosotros. Los extraños no serán seguidos por las ovejas. Pero si alguien no sigue al Señor que le llama, ¿no será que no conoce su voz y le resulta extraño?


LA PUERTA

De todas formas, en este año, el texto evangélico subraya también la imagen de la puerta del redil donde se recogen las ovejas. También con ella se identifica Jesús:

• “Yo soy la puerta de las ovejas”. Él nos garantiza seguridad y abrigo en las noches de turbación y de tormenta. Él nos libra del miedo y de los enemigos.

• “Yo soy la puerta de las ovejas”. Él se abre cada mañana para que podamos “salir” de nuestros refugios. Él desea que podamos gozar de la luz.

• “Yo soy la puerta de las ovejas”. Él nos ofrece la salvación, la verdadera libertad y los buenos alimentos que sostienen nuestra vida.

• “Yo soy la puerta de las ovejas”. Él nos advierte para que no escuchemos a quienes no vienen por él hacia nosotros. Él nos recuerda que son ladrones y bandidos.

- Señor Jesús, te reconocemos como nuestro Buen Pastor. Queremos oír tu voz y reconocerla como tuya en medio de todas las voces que tratan de seducirnos. Queremos seguirte confiada y agradecidamente todos los días de nuestra vida. Amén. Aleluya.

José-Román Flecha Andrés
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viernes, 24 de abril de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 3º DE PASCUA – CICLO A – (26-4-2020)

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35


“Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

-«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?»

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

-«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?»

El les preguntó:

-«¿Qué?»

Ellos le contestaron:

-«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.»

Entonces Jesús les dijo:

¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? »

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:

-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

-«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

-«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.»

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”.



CAMINO DE EMAÚS

“Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos” (Hech 2,32). Pedro acaba de referirse a los hechos que Jesús llevó a cabo. Ha recordado a los oyentes que ellos lo mataron en una cruz, por medio de paganos. Y en tercer lugar, proclama su resurrección: “No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

Nos llama la atención el contraste entre aquel Simón Pedro que negaba haber conocido a Jesús y este apóstol que, acompañado por los Once, se dirige con tanto valor a los judíos y vecinos todos de Jerusalén. He ahí el efecto de la efusión del Espíritu en Pentecostés.

El salmo 15 que hoy cantamos es uno de los primeros textos que expresan la esperanza de la resurrección: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

Con razón en la segunda lectura de este día se vincula esa esperanza a la fe: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Pe 1,21).


LA VIDA

El evangelio nos presenta a dos discípulos que dirigen a Emaús. Las mujeres habían inquietado a la comunidad, diciendo que no encontraban el cuerpo de Jesús. Pero ellos ya habían decidido alejarse de Jerusalén. Hoy muchos se parecen a Cleofás y el otro discípulo. Han perdido la fe. Y no buscan más razones ni más pruebas. Simplemente se alejan.

Los dos discípulos que caminan hacia Emaús son alcanzados por otro caminante que parece ignorar lo que ha ocurrido en Jerusalén. Los peregrinos le dicen: “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel”. He ahí una de las claves del relato. El camino de Emaús es la confesión de una fe demasiado terrena y de una esperanza frustrada.

Pero los discípulos todavía conservan la capacidad para escuchar y aceptar una corrección. También hoy el peregrino acepta compartir con nosotros los alimentos que apenas pueden calmar nuestra hambre. Entre sus manos, el pan adquiere el significado de la vida que él nos ha dado con su palabra y que esperamos compartir con él para siempre.


EL PAN

Este hermoso relato culmina con el retorno de los dos discípulos a Jerusalén. Los otros cuentan que el Señor se ha aparecido a Simón Pedro y ellos confiesan que “lo reconocieron al partir el pan”. Ese es su testimonio Y ese es su testamento y su herencia para el futuro.

• “Lo reconocieron al partir el pan”. Los que habían seguido a Jesús por los caminos y habían visto como oraba antes de partir y compartir el pan no podían olvidar aquellos gestos. En ellos reconocieron al que se había entregado como pan.

• “Lo reconocieron al partir el pan”. Por ese gesto ha sido reconocida la Iglesia. Y por ese gesto habrá de ser reconocida en un mundo en el que no es habitual dar gracias a Dios y compartir con los demás los dones recibidos.

• “Lo reconocieron al partir el pan”. Realizado con verdad, ese gesto revela la sinceridad de la piedad hacia Dios y la generosidad de la entrega a los hermanos. Por ese gesto será reconocido cada uno de los cristianos como seguidor de Jesús.

- Señor Jesús, hoy queremos invitarte a quedarte con nosotros porque atardece. Agradecemos que hayas aceptado nuestra cena humilde. Te contemplamos sentado a la mesa con nosotros. Y te pedimos que nos des la luz y la fuerza para ser testigos de tu vida y de tu resurrección. Amén.

José-Román Flecha Andrés

sábado, 18 de abril de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 2º DE PASCUA – CICLO A – (19-4-2020

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31


“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-«Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

-«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

-«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

-«Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás:

-«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás:

-¡Señor Mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

-¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creas que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.


COMUNIDAD

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Este sumario nos evoca la vida de las primeras comunidades de los discípulos del Señor (Hech 2,42). Las unen la escucha de la Palabra, la celebración de los Misterios y el servicio de la caridad.

Esas actitudes no son unos ideales utópicos. Muchos datos nos aseguran que realmente se vivió así, al menos en la comunidad de Jerusalén. La memoria de Jesús no podía ser echada en el olvido. El Espíritu del Resucitado la mantenía en la fe, la esperanza y la caridad.

Con el salmo 117 damos gracias al Señor y proclamamos que Jesús, desechado por los hombres, ha sido glorificado por el Padre, como la piedra angular del nuevo edificio.

Ahora bien, si creemos que Jesús es el Cristo, es decir el Mesías, es que hemos nacido de Dios (1Jn 5,1). Sabemos que si no amamos al prójimo tampoco amamos a Dios. Pero hoy se nos dice también que es el amor a Dios lo que garantiza que nuestro amor a los demás es auténtico. No podemos amar a los hijos de Dios si no amamos a Dios.


LOS DONES DEL RESUCITADO

A estas lecciones y proclamaciones de lo que es y ha de ser la comunidad se añade el mensaje evangélico. Es en el seno de la comunidad donde los discípulos reciben la manifestación del Señor Resucitado (Jn 20,19-31).

• Con su presencia, el Señor trae otros preciosos dones. En primer lugar, llena a sus discípulos de alegría. Además, les desea la paz. Y los envía al mundo, como él mismo había sido enviado por el Padre. No podían esperar tanto aquellos discípulos que habían abandonado a su Maestro en el momento de su arresto y en la hora de su muerte

• Además de la alegría, la paz y el envío, Jesús les comunica un cuarto don, aún más sorprendente. No solo les perdona su abandono, ciertamente vergonzoso, sino que, por medio de su Espíritu, los convierte en mensajeros y agentes de su perdón: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.


LA CONFESIÓN DE FE

Con razón el papa Juan Pablo II quiso que este fuera el Domingo de la Divina Misericordia. Ante tales dones del Resucitado hemos de dejar atrás nuestro resentimiento y dar el paso que lleva al apóstol Tomás a pronunciar su personal confesión de fe.

• “Señor mío y Dios mío”. Así reconocemos al que ha nos ha mostrado sus llagas y nos ha demostrado la seriedad de su amor y la gratuidad de su entrega por nosotros y por nuestra salvación.

• “Señor mío y Dios mío”. Así lo adoramos todos los que él ha querido proclamar como bienaventurados, es decir, dichosos y felices, por haber llegado a creer a pesar de no haber visto al Señor Resucitado.

• “Señor mío y Dios mío”. Así agradecemos la misericordia de Aquel que ha perdonado nuestra arrogancia, y nos ha hecho mensajeros y portadores de su perdón para todos los que vuelven a él sus ojos.

- Señor Jesús, agradecemos tus dones y tu misericordia. Ayúdanos a vivir con gozo y responsabilidad nuestra vida en esta comunidad, construida sobre la piedra angular de tu entrega. Bendito seas por siempre. Aleluya.

José-Román Flecha Andrés.
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sábado, 25 de mayo de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 6º DE PASCUA – CICLO C – (26-5-2019)

JUAN 14, 23-29.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: Me voy y vuelvo a vuestro lado. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».”


La lectura primera del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda el tema del que hablábamos el domingo pasado, las dificultades de la primera Iglesia, de los primeros que siguieron a Jesús por la predicación de los apóstoles. El tema no era menor, sino todo lo contrario, era difícil, se trataba, como dijimos, de dilucidar si a los cristianos nuevos de fuera de los límites de Palestina, se les debían exigir las leyes de los judíos. El problema suscitó un verdadero enfrentamiento entre los mismos apóstoles, pues algunos estaban por la opinión de imponer las leyes judaicas, mientras que otros, entre los que destacaban Pablo y Bernabé, es decir, los que más habían logrado extender la doctrina de Jesús, veían claro lo contrario. La discusión provoca que se reúna, el que se puede conocer como el primer Concilio de la Historia de la Iglesia, el Concilio de Jerusalén. La reunión de los apóstoles resuelve a favor de las tesis de Pablo y Bernabé y es ahí donde la Iglesia romperá definitivamente con el judaísmo. La leyes de los judíos son para los judíos, el mensaje de Jesús es tan novedoso, es tan distinto a todo lo anterior, que tiene poco que ver con lo anterior, el mensaje de Jesús trae una novedad irrenunciable en cuanto a las relaciones de Dios con los hombres, en cuanto a las relaciones de los creyentes entre sí, y en cuanto a la idea de salvación.

Después de haber conocido a Jesús, Dios ha pasado a ser Padre y se relaciona con nosotros como sus hijos y desea que nosotros lo llamemos “Padre nuestro”, como así hacemos a diario, quizá sin darnos cuenta cada vez que rezamos el Padre nuestro. Jesús nos manifiesta el rostro amable de Dios, el Dios de la ternura, del perdón y de la acogida. Ante este Dios, aunque yo me ponga de rodillas para reconocer su grandeza y su dignidad, se puede permanecer de pie porque ha restablecido al ser humano su dignidad. Su mandamiento fundamental será el mandamiento del amor. Y todo esto, es verdaderamente novedoso, todo esto no aparece para nada en la doctrina del judaísmo tradicional.

El pasaje de San Juan que se nos ha propuesto en el evangelio para hoy pertenece al discurso de despedida en la última cena. El amor a Jesús produce en nosotros la comunión con Él y con el Padre, ese amor se manifestará en que guardemos su palabra. Cuando Jesús dice esto se encuentra con sus discípulos, Él está al lado de ellos, por eso les anuncia una nueva presencia para cuando se vaya, la venida del Espíritu. El mensaje de las escrituras en este sexto domingo de Pascua es muy importante, debemos estar alegres porque Jesús vuelve al sitio donde tiene que estar, al lado del Padre, una vez cumplida su misión, ese el lugar que le corresponde; pero a su vez no quiere dejarnos solos y nos promete la venida del Espíritu, el evangelio quiere motivar nuestra fe para que sigamos creyendo, y quiere mantenernos a la espera del Espíritu Santo que está por venir, el espíritu que nos trasmita esos dones tan necesarios para ser más auténticos y más comprometidos.

Ese Espíritu será el que nos lo enseñe todo, el que logre transformarnos definitivamente. Lo mismo que a los apóstoles los lanzó a anunciar sin miedos el mensaje del maestro, a nosotros deberá transformarnos interiormente para darnos la confianza y la autoestima suficiente, como para hacer realidad lo que celebramos y vivimos cada domingo. Por eso seguimos a la espera del día de Pentecostés, en el que ese Espíritu llegue sobre nosotros, como llegó sobre los apóstoles.

Pedimos por todos nosotros, por los que estamos aquí, pedimos por los más necesitados, por los que están solos, por los enfermos, especialmente por los que conocemos, por todos los que necesitan de nuestra presencia y nosotros les damos de lado.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 17 de mayo de 2019

ELEVANGELIO DEL DOMINGO: 5º DE PASCUA – CICLO C – (19-5-2019)

JUAN 13, 31-33a. 34-35.

“En aquel tiempo, cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».”


Estamos escuchando en las primeras lecturas de estos domingos de Pascua, el libro de los Hechos de los Apóstoles, libro escrito por el evangelista San Lucas, que nos narra el nacimiento de la primera Iglesia y de aquí la importancia del mismo, la historia de los primeros que se atrevieron a seguir a Jesús, los primeros éxitos y las primeras dificultades que hay que ir superando. Una de esas primeras dificultades, incluso podemos decir la primera crisis seria de la Iglesia naciente, fue que algunos judíos representados por unos cuantos apóstoles pensaban que la salvación de Jesús solo había sido para ellos, y que los gentiles (es decir los que no eran judíos) no es que no pudieran ser admitidos a la nueva Iglesia, sino que para serlo tenían que aceptar las normas y leyes de los judíos muchas de las cuales están en el Antiguo Testamento.

Frente a esta opinión apareció la figura de San Pablo y otro grupo de apóstoles, menos que los de la primera opinión, que desde el principio vieron claro que la salvación de Jesús no es exclusiva de ningún pueblo, sino que es universal, todos tienen cabida en ella, con tal de que quieran aceptarla, rompiendo con la idea de que el cristianismo tenía que estar ligado al judaísmo. De ahí que en la lectura que hoy hemos escuchado tanto Pablo como Bernabé manifiesten su alegría, al volver de su viaje misionero, por tierras de Turquía y de Grecia, y de observar como la gente se iba agregando a la gran familia de Jesús. Son los primeros pasos de la Iglesia, animada por el Espíritu de Jesús que actuaba en los apóstoles. Ese Espíritu que los transformó, y los lanzó por encima de los peligros, y las divisiones, ese Espíritu que nosotros, cristianos del siglo XXI continuadores de aquellos primeros creyentes, estamos esperando, ese Espíritu que cuando venga sobre nosotros el día de Pentecostés deberá transformarnos, no para eliminar las dificultades, que han existido, existen y existirán, y que cada vez puede que sean más, no vendrá para librarnos de los problemas sino para vencer nuestros miedos y temores, que suelen ser muchos y que son los que nos impiden enfrentarnos a esas dificultades.

El Evangelio de hoy, vuelve sobre el tema del amor. Las cosas que recibimos sin ganarlas con nuestro esfuerzo, nos resultan difíciles de valorar. Y esto quizá nos pase con el amor de Dios: lo hemos recibido gratis, y por eso no nos paramos a pensar lo que eso significa, y lo que lleva consigo, es decir, como tengo yo que responder a ese amor de Dios. Por eso Jesús cuando dice algo relacionado con esto, siempre lo hace con pocas palabras y yendo directamente a lo esencial. Jesús nunca regateó esfuerzos y explicaciones a quien las necesitase cuando iba con buena intención. Pero se le ve la tendencia a decir lo esencial en muy pocas palabras. En esos momentos no sugiere, ni opina, simplemente manda. Manda porque sabe que será la única manera de quedarse en nuestras conciencias. Manda porque nos conoce debiluchos en muchos aspectos. Manda porque sabe que podríamos darle vueltas al asunto para salir por otro lado. Manda sobre el que es el sentimiento más ingobernable del ser humano, que es el amor. Y nos manda que nos amemos unos a otros como Él nos amo.

Puestos a mandar, hay que reconocer, que es mucho mandamiento este. A partir de ahora ya no hay escapatoria, nos ha dejado bien la claro que quiere de nosotros. Y además asocia este mandamiento, a una señal. Seremos señal de hijos de Dios, en la medida en que cumplamos este mandamiento. Y no tenemos que darle más vueltas. Después de escuchar esto, confirmamos lo que decíamos antes, necesitamos ese Espíritu que nos convenza de que esto es verdad, necesitamos ese Espíritu que haga que dejemos de lado nuestras reservas mentales, y nos lancemos a practicar el que es el mandamiento fundamental de Jesús: el amarnos los unos a los otros.

Se lo pedimos al Señor, hoy en especial vamos a pedir por los niños que hacen la primera comunión en este mes de mayo, por ellos y por su padres, para que cada día sean más los que consideren este paso no como el final de algo sino como el comienzo de una nueva etapa, recordamos también a todos los necesitados, los enfermos, los que están solos, los que sufren, los que necesitan de nosotros y nosotros incomprensiblemente les damos de lado.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 11 de mayo de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 4º DE PASCUA – CICLO C – (12-5-2019)

JUAN 10, 27-30.

“En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».”


La liturgia de la Iglesia celebra siempre en el cuarto domingo de Pascua el “domingo del Buen Pastor”, el domingo en que la Eucaristía recoge el evangelio que contiene la imagen alegórica del Pastor y las ovejas para expresar la relación de guía de Jesús con la Iglesia. En el contexto de la celebración de la Pascua, impresionados todavía por la buena noticia de la resurrección, la Iglesia nos recuerda que sigue en pos de ese Jesús resucitado y que es Él, quien la ha conducido a lo largo de la de la historia hacia el encuentro con el Padre, la sigue conduciendo ahora y lo hará siempre.

La figura del pastor pertenece al ambiente rural en el que Jesús se movía, y procede ya del Antiguo Testamento donde tanto el rey de Israel como el mismo Dios se aplican esta imagen para expresar la relación que les une con su pueblo. El pastor, mejor el Buen Pastor conoce a las ovejas, las cuida, las llama por su nombre, se preocupa de ellas, las defiende, atiende a la enferma, en una palabra, quiere a las ovejas. Y las ovejas a su vez conocen al Pastor, lo saben distinguir de los impostores, reconocen su voz y lo siguen. La imagen nos viene muy bien para recrear la relación de Dios con el creyente, la relación de Jesús con los suyos: Dios nos conoce, nos quiere y nos cuida, y nosotros intentamos seguirle, nos esforzamos por reconocer su voz, ante tantas llamadas como hoy se nos hacen desde tantos sitios, y ponemos de nuestra parte lo que podemos para ser fieles a su mensaje. Para escuchar la voz de Jesús hay que estar con Él, hay que sintonizar con Él, hay que vivirlo desde la intimidad de la relación personal, pasando tiempo a su lado sin prisas, sin agobios, y esto no es fácil con el ritmo de vida que llevamos, con nuestro ajetreo diario y con nuestras cosas que nos llevan todo el tiempo.

Hoy se celebra en la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en la que se nos invita a rezar una vez más para que aumenten las vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Necesitamos y pedimos para que haya buenos pastores que no piensen sólo en sí, que se consagren al servicio de sus ovejas, que su modelo de referencia sea siempre el Buen Pastor del evangelio. Necesitamos buenos pastores que atiendan con predilección a las ovejas débiles, desvalidas y necesitadas; que hagan propias sus necesidades, sus quejas y sus esperanzas. Necesitamos buenos pastores que cuiden a las ovejas enfermas, orienten a las que se equivocan, pacifiquen a las enfrentadas y atraigan a las descarriadas. Pastores que sepan reconocer sus errores y no tengan miedo en reconocerse pecadores. Necesitamos pastores que hagan presente a Jesús nuestro único y verdadero Buen Pastor. El Papa Francisco, ha demostrado su cercanía a esta imagen de Jesús, y recomienda a los sacerdotes que tienen que oler a oveja, para demostrar su cercanía a las mismas.

Todos sabemos de las dificultades que existen para que la llamada de Dios prenda en el corazón de los jóvenes: el riesgo a comprometerse para siempre, el subjetivismo, la dificultad para aceptar aquellos que lleve consigo renuncia y sacrificio, la falta de modelos auténticos de seguimiento, el poco valor que las familias cristianas conceden a la vocación religiosa, la falta de fe, el desconocimiento verdadero de Dios, hacen como que parezca que Dios se ha olvidado de llamar en estos tiempos, y no es así, Dios sigue llamando, pero no tenemos sintonizada la onda por donde Él habla, escuchamos otras voces, otras llamadas que distorsionan y producen interferencias, en la que es la verdadera sintonía de Dios.

Por eso en este domingo, nosotros después de haber celebrado la resurrección, nos declaramos a la espera de recibir el Espíritu que nos dé la fuerza suficiente como para salir de nosotros mismos y que nos haga ser auténticos testigos suyos.

Le pedimos al Señor que nos ayude a saber esperar esta llegada que debe transformarnos y cambiar nuestras actitudes, lo hacemos especialmente para nosotros los celebramos la presencia de Jesús entre nosotros, y lo hacemos al tiempo que recordamos a todos los enfermos y a todos los que sufren.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 4 de mayo de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 3º DE PASCUA – CICLO C – (5-5-2019)

JUAN 21, 3-19.

“En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Simón Pedro dice a Tomás, Natanael, Los Zebedeos y dos más: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».”

Una vez más las lecturas de hoy nos remiten a la experiencia del Resucitado que tuvieron los discípulos de Jesús. Sólo desde esa experiencia se pueden explicar algunas de las cosas que hemos escuchado en este tercer domingo de Pascua. “Salieron contentos de haber merecido aquel ultraje”, hemos oído en la lectura de los Hechos, y no pensemos que en aquellos tiempos a la gente les costaba menos que a nosotros ser fieles a lo que creían. Además a los discípulos les habían prohibido formalmente hablar en público de aquel hombre, un condenado que se había hecho pasar por el Hijo de Dios, del que sus discípulos iban diciendo que había resucitado. Pero ellos no se amilanaron, nada de echarse atrás, estaban convencidos de lo que hacían. Esto no es una llamada a hacerse los mártires, sino simplemente a demostrar con más entusiasmo y con mucha humildad, lo que creemos.

Quizá la respuesta la tengamos en el evangelio: nos hace falta tener la decisión de Pedro. Le bastó oír “Es el Señor” para no pensárselo dos veces y lanzarse al agua. Hubiera sido más fácil ir con la barca, estaba cerca de tierra, tomárselo con más calma, pero no, se lanza con toda la decisión del mundo. Y se lanza con la decisión de aquel que ha sentido cerca al Señor, y eso le hace olvidar sus miedos y temores. Quizá aquí esté la clave, nos falta la convicción que nace de la experiencia de haber sentido a Jesús a nuestro lado, nos falta la experiencia de haberlo vivido próximo, cercano, nos falta la experiencia personal, mía, individual, de haber sentido cerca al Señor resucitado. Y me sobra toda la teoría sobre nuestra fe, todo lo que signifique religiosidad heredada, que sólo adquiere sentido cuando va acompañada de la experiencia personal.

Hoy la lecturas nos invitan a profundizar en nuestros descubrimiento de Jesús, es decir que mi fe no sea algo como un añadido a mí, algo que no me interpela, algo que sólo lo utilizo cuando me conviene o cuando me es útil. No, las lecturas nos animan a que mi fe sea algo fundamental en mi vida, sea la que me oriente actuar, y determine mis decisiones.

El evangelio además, nos revela cantidad de detalles aparentemente intrascendentes, pero san Juan es un evangelista que nunca cuenta algo porque sí, siempre hay en él alguna razón que se nos puede escapar si no estamos atentos. La lectura nos ha hablado de una brasas en la playa, unos peces puestos a asar, y de una invitación a almorzar. En esta escena tan poco trascendente, con tan pocas máximas de vida, sin discursos de ningún tipo, nos encontramos con la esencia de Jesús. Sí, porque Jesús es cercanía, amistad, cariño de corazón a corazón, aunque esto lo olvidemos a menudo. ¿Qué los amigos están abatidos? Les da su paz y los llena de esperanza. ¿Qué vienen hambrientos y cansados de trabajar? Prepara unas brasas, asa unos peces y los invita a descansar y comer. Este es el Jesús que nos presenta el cuarto evangelio, un Jesús resucitado, pero que no por eso olvida que sus amigos siguen teniendo corazón y siguen teniendo necesidades.

Este domingo pascual es el día ideal para imaginarnos a Jesús a la orilla del lago, paseando arriba y abajo, esperando a ver si vuelven sus amigos, buscando unas ramas secas, para prepararles algo de comer. Y cuando llegan les dice “Muchachos, vamos a almorzar”. Cuanta sencillez, cuanta simplicidad ¡y cuanta hondura! Nuestra oración hoy al Señor es ¡enséñanos a descubrirte, también, en unas brasas y en unos peces asados!, que es lo mismo que decir que nos enseñe a descubrirlo en las cosas sencillas, o no tan sencillas que hacemos a diario.

De nuevo descubrimos que llevar a la práctica todo esto requiere esfuerzo. Por eso se lo pedimos al Señor, y se lo pedimos de forma especial para todos nosotros, los que estamos aquí en esta mañana celebrando la Eucaristía, y le pedimos sobre todo que el Señor aumente nuestra fe.

Se lo pedimos al tiempo que recordamos especialmente a los más necesitados, los enfermos, los que están solos, los que sufren o los que no tienen a nadie que les quiera.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 26 de abril de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 2º DE PASCUA – CICLO C – (28-4-2019)

JUAN 20, 19-31.

“En aquel tiempo, al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.


Este domingo cierra la celebración del día de Pascua, la Resurrección es una noticia tan extraordinaria que su celebración no puede durar un día solamente. Es verdad que el tiempo Pascual se extenderá hasta el domingo de Pentecostés con la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, pero los ocho días después de la Resurrección tienen un significado especial, pues es como si cada uno de ellos fuera el propio día de la Resurrección. La alegría desbordante de la Pascua ha llevado a recoger los lutos negros y morados del Viernes Santo y a sustituirlos por el color blanco, los pasos de la pasión se sustituyen por las imágenes del Resucitado, aparecen las romerías y la fiesta. Es la Pascua de Jesús, el paso de la muerte a la vida.

El texto del evangelio que hemos leído, sitúa la acción en el mismo día de la Resurrección. Jesús con una nueva presencia, que supera lo meramente físico, se deja ver por los discípulos. Se coloca en el centro y les enseña las manos y el costado, y les desea la paz no una vez si no tres veces, lo que nos indica la importancia que da Jesús a esta palabra. La reacción de los discípulos no es de miedo o de temor, sino que se llenan de una inmensa alegría. Comienza ahora una nueva etapa, es el final de la actividad de Jesús y el comienzo de la actividad de los discípulos, ellos, por encargo de Jesús, serán sus testigos lo mismo que Él ha sido testimonio del Padre que lo envió, ellos si se atreven, que se atrevieron, tendrán que coger el testigo que les entrega Jesús y ser los trasmisores de su Buena Noticia.

Lo mismo que los discípulos fueron los continuadores de la acción de Jesús, nosotros los cristianos de hoy, si nos atrevemos, tendremos que ser los que sigamos esa línea de acción. La fe en Jesús resucitado nos une a esos primeros creyentes. De la misma manera que somos los continuadores de esos primeros grupos de cristianos, que comienzan a darse a conocer y que nos describe el libro de los Hechos de los Apóstoles, para ellos, también, lo mismo que para nosotros, la realidad de la Resurrección es la que nos empuja y el punto de arranque de nuestra fe.

Y tenemos el ejemplo de Tomás, este apóstol está ausente en la primera aparición, y tendría que haber creído por el testimonio de los otros discípulos. Pero sus ojos no miran con la mirada trascendente, apela a lo racional, a lo palpable, a lo material: “Si no lo veo no lo creo”, un razonamiento, por otro lado, bastante lógico. ¿Cuántas veces soy yo como Tomás? Por eso, una y mil veces, gracias Tomás, por ser uno más como nosotros. Gracias por adelantarte a nuestro tiempo y sentir anticipadamente la necesidad del ver para creer de tus descendientes en la fe. En nuestra fe somos muchas veces, hijos de la duda, de la indecisión, de la obstinación, y nos negamos a creer de verdad. En el fondo, al hombre de fe siempre le acompaña la tentación de la duda. Y Tomás tuvo la suerte de poder ver al Señor, cosa que yo no voy a poder hacer, y por la que el Señor dirá “bienaventurados los que crean sin haber visto”. La respuesta a la duda siempre será la confianza plena, el aquí estoy sin condiciones, pero, no siempre estoy en la disposición necesaria para poder decirlo de esa manera, no siempre me atrevo a ponerme en las manos de Dios sin exigir nada. El ejemplo de Tomás no es que nos sirva a nosotros de consuelo, pero si nos sirve para identificarnos con él, reconocer nuestras tentaciones, y estos quizá sean los primeros pasos para poder superarlas.

Le pedimos al Señor en este domingo, después de haber celebrado su Muerte y su Resurrección, que aumente nuestra fe, que haga de nuestra fe una fe más fuerte, más auténtica, más profunda, más comprometida. Que nos de la fuerza necesaria para reconocer nuestras carencias, nuestros errores, y nuestros fallos, para así poder decirle también como le dijo Tomás “Señor mío y Dios mío”.

Pedimos como siempre los unos por los otros, por lo que más lo necesitados de nosotros, los pobres, los enfermos, los que están solos, los que no tienen a nadie que les quiera.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 12 de mayo de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 7º DE PASCUA – LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – CICLO B – (13-5-2018)

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 15-20


“En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.

El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado.

A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.”



CONFIANZA Y RESPONSABILIDAD


Proclamad el Evangelio a toda la creación.

Al evangelio original de Marcos se le añadió en algún momento un apéndice donde se recoge este mandato final de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». El Evangelio no ha de quedar en el interior del pequeño grupo de sus discípulos. Han de salir y desplazarse para alcanzar al «mundo entero» y llevar la Buena Noticia a todas las gentes, a «toda la creación».

Sin duda, estas palabras eran escuchadas con entusiasmo cuando los cristianos estaban en plena expansión y sus comunidades se multiplicaban por todo el Imperio, pero ¿cómo escucharlas hoy cuando nos vemos impotentes para retener a quienes abandonan nuestras iglesias porque no sienten ya necesidad de nuestra religión?

Lo primero es vivir desde la confianza absoluta en la acción de Dios. Nos lo ha enseñado Jesús. Dios sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas, aunque nosotros los consideremos «ovejas perdidas». Dios no está bloqueado por ninguna crisis.

No está esperando a que desde la Iglesia pongamos en marcha nuestros planes de restauración o nuestros proyectos de innovación. Él sigue actuando en la Iglesia y fuera de la Iglesia. Nadie vive abandonado por Dios, aunque no haya oído nunca hablar del Evangelio de Jesús.

Pero todo esto no nos dispensa de nuestra responsabilidad. Hemos de empezar a hacernos nuevas preguntas: ¿Por qué caminos anda buscando Dios a los hombres y mujeres de la cultura moderna? ¿Cómo quiere hacer presente al hombre y a la mujer de nuestros días la Buena Noticia de Jesús?

Hemos de preguntarnos todavía algo más: ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana de manera que propiciemos la acción de Dios en el interior de la cultura moderna? ¿No corremos el riesgo de convertirnos, con nuestra inercia e inmovilismo, en freno y obstáculo cultural para que el Evangelio se encarne en la sociedad contemporánea?

Nadie sabe cómo será la fe cristiana en el mundo nuevo que está emergiendo, pero, difícilmente será «clonación» del pasado. El Evangelio tiene fuerza para inaugurar un cristianismo nuevo.

José Antonio Pagola.
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sábado, 5 de mayo de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 6º DE PASCUA – CICLO B – (6-5-2018)

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 9-17


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y' permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.

De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé.

Esto os mando: que os améis unos a otros».”




NO DESVIARNOS DEL AMOR


Permaneced en mi amor.

El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.

«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.

Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.

Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.

Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.

A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.

José Antonio Pagola

viernes, 27 de abril de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 5º DE PASCUA – CICLO B – (29-4-2018)

Lectura del santo evangelio según san Juan 15,1-8


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.

A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».”



NO DESVIARNOS DE JESÚS


Sin mí no podéis hacer nada.

La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.

La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.

Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?

La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.

Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.

Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.

José Antonio Pagola.
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viernes, 20 de abril de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 4º DE PASCUA – CICLO B – (22-4-2018)

Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 11-18


“En aquel tiempo, dijo Jesús:

- «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».”



ACERCARNOS Y CONOCERNOS


Cuando entre los primeros cristianos comenzaron los conflictos y disensiones entre grupos y líderes diferentes, alguien sintió la necesidad de recordar que, en la comunidad de Jesús, sólo él es el Pastor bueno. No un pastor más, sino el auténtico, el verdadero, el modelo a seguir por todos.

Esta bella imagen de Jesús, Pastor bueno, es una llamada a la conversión, dirigida a quienes pueden reivindicar el título de «pastores» en la comunidad cristiana. El pastor que se parece a Jesús, sólo piensa en sus ovejas, no «huye» ante los problemas, no las «abandona». Al contrario, está junto a ellas, las defiende, se desvive por ellas, «expone su vida» buscando su bien.

Al mismo tiempo, esta imagen es una llamada a la comunión fraterna entre todos. El Buen Pastor «conoce» a sus ovejas y las ovejas le «conocen» a él. Sólo desde esta cercanía estrecha, desde este conocimiento mutuo y esta comunión de corazón, el Buen Pastor comparte su vida con las ovejas. Hacia esta comunión y mutuo conocimiento hemos de caminar también hoy en la Iglesia.

En estos momentos no fáciles para la fe, necesitamos como nunca aunar fuerzas, buscar juntos criterios evangélicos y líneas maestras de actuación para saber en qué dirección hemos de caminar de manera creativa hacia el futuro.

Sin embargo, no es esto lo que está sucediendo. Se hacen algunas llamadas convencionales a vivir en comunión, pero no estamos dando pasos para crear un clima de escucha mutua y diálogo. Al contrario, crecen las descalificaciones y disensiones entre obispos y teólogos; entre teólogos de diferentes tendencias; entre movimientos y comunidades de diverso signo; entre grupos y «blogs» de todo género…

Pero, tal vez, lo más triste es ver cómo sigue creciendo el distanciamiento entre la jerarquía y el pueblo cristiano. Se diría que viven dos mundos diferentes. En muchos lugares los «pastores» y las «ovejas» apenas se conocen. A muchos obispos no les resulta fácil sintonizar con las necesidades reales de los creyentes, para ofrecerles la orientación y el aliento que necesitan. A muchos fieles les resulta difícil sentir afecto e interés hacia unos pastores a los que ven alejados de sus problemas.

Sólo creyentes, llenos del Espíritu del Buen Pastor, pueden ayudarnos a crear el clima de acercamiento, mutua escucha, respeto recíproco y diálogo humilde que tanto necesitamos.

José Antonio Pagola.
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viernes, 13 de abril de 2018

ELEVANGELIO DEL DOMINGO: 3º DE PASCUA – CICLO B – (15-4-2018)

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48


“En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:

- «Paz a vosotros.»

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:

- «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

-«¿Tenéis ahí algo que comer?»

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

- «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

-«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».”



CREER POR EXPERIENCIA PROPIA


No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que sólo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola.
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viernes, 6 de abril de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 2º DE PASCUA – CICLO B – (8-4-18)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31


“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-«Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

- «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás:

- «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás:

«¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.”




VIVIR DE SU PRESENCIA


El relato de Juan no puede ser más sugerente e interpelador. Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre.

La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida.

Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos y discípulas.

Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente como habitada por esa presencia invisible, pero real y activa de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el Evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.

Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?

Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.

José Antonio Pagola.

jueves, 18 de mayo de 2017

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 6º DE PASCUA – CICLO A – (21-5-2017)

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 15-21


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él ».”

EL ESPÍRITU DE LA VERDAD


Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.

Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?

Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor... que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.

Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.

Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.

Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.

Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad...

¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”? ¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada? ¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?

José Antonio Pagola

sábado, 13 de mayo de 2017

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 5º DE PASCUA – CICLO A – (14-5-2017)

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice:

-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde:

-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice:

-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica:

-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre».”



EL CAMINO


Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro lo negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertado y abatidos. ¿Qué va ser de ellos?

Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos:”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. Más tarde, en el curso de la conversación, Jesús les hace esta confesión: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. No lo han de olvidar nunca.

“Yo soy el camino”. El problema de no pocos no es que viven extraviados o descaminados. Sencillamente, viven sin camino, perdidos en una especie de laberinto: andando y desandando los mil caminos que, desde fuera, les van indicando las consignas y modas del momento.

Y, ¿qué puede hacer un hombre o una mujer cuando se encuentra sin camino? ¿A quién se puede dirigir? ¿Adónde puede acudir? Si se acerca a Jesús, lo que encontrará no es una religión, sino un camino. A veces, avanzará con fe; otras veces, encontrará dificultades; incluso podrá retroceder, pero está en el camino acertado que conduce al Padre. Esta es la promesa de Jesús.

“Yo soy la verdad”. Estas palabras encierran una invitación escandalosa a los oídos modernos. No todo se reduce a la razón. La teoría científica no contiene toda la verdad. El misterio último de la realidad no se deja atrapar por los análisis más sofisticados. El ser humano ha de vivir ante el misterio último de la realidad.

Jesús se presenta como camino que conduce y acerca a ese Misterio último. Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede abrir a su Bondad.

“Yo soy la vida”. Jesús puede ir transformando nuestra vida. No como el maestro lejano que ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad, sino como alguien vivo que, desde el mismo fondo de nuestro ser, nos infunde un germen de vida nueva.

Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. El mismo creyente solo intuye una presencia imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida.

José Antonio Pagola

viernes, 5 de mayo de 2017

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 4º DE PASCUA – CICLO A – (7-5-2017)

Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 1-10


“En aquel tiempo, dijo Jesús:

-«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.»

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:

-«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos.

El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».”



NUEVA RELACIÓN CON JESÚS


En las comunidades cristianas necesitamos vivir una experiencia nueva de Jesús reavivando nuestra relación con él. Ponerlo decididamente en el centro de nuestra vida. Pasar de un Jesús confesado de manera rutinaria a un Jesús acogido vitalmente. El evangelio de Juan hace algunas sugerencias importantes al hablar de la relación de las ovejas con su Pastor.

Lo primero es “escuchar su voz” en toda su frescura y originalidad. No con fundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia.

Es importante sentirnos llamados por Jesús “por nuestro nombre”. Dejarnos atraer por él personalmente. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades últimas.

Es decisivo “seguir“ a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él: vivir confiando en su persona. Inspirarnos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad.

Es vital caminar teniendo a Jesús “delante de nosotros”. No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario. Experimentar en algún momento, aunque sea de manera torpe, que es posible vivir la vida desde su raíz: desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador que todas nuestras teorías.

Esta relación viva con Jesús no nace en nosotros de manera automática. Se va despertando en nuestro interior de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. Por lo general, crece rodeada de dudas, interrogantes y resistencias. Pero, no sé cómo, llega un momento en el que el contacto con Jesús empieza a marcar decisivamente nuestra vida.

Estoy convencido de que el futuro de la fe entre nosotros se está decidiendo, en buena parte, en la conciencia de quienes en estos momentos nos sentimos cristianos. Ahora mismo, la fe se está reavivando o se va extinguiendo en nuestras parroquias y comunidades, en el corazón de los sacerdotes y fieles que las formamos.

La increencia empieza a penetrar en nosotros desde el mismo momento en que nuestra relación con Jesús pierde fuerza, o queda adormecida por la rutina, la indiferencia y la despreocupación. Por eso, el Papa Francisco ha reconocido que “necesitamos crear espacios motivadores y sanadores... lugares donde regenerar la fe en Jesús”. Hemos de escuchar su llamada.

José Antonio Pagola