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viernes, 20 de agosto de 2021

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B – (22-8-2021)

 Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69

“En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».”


PALABRAS DE VIDA ETERNA

A propósito de la multiplicación y reparto de los panes y los peces, por parte de Jesús, la Liturgia nos ha presentado a tres grandes personajes del pueblo de Israel que han servido como mediadores de Dios para alimentar a las gentes: Eliseo, Moisés y Elías. Además, nos personifica a la Sabiduría como ejemplo de la providencia de Dios.

Finalmente, en este domingo se cierra el ciclo con la mención de Josué (Jos 24), el elegido por Dios para suceder a Moisés e introducir a su pueblo en la tierra prometida. Sin embargo, en este día Josué no es el explorador que informa a su gente sobre la tierra de sus esperanzas. No es el guerrero que lucha contra los madianitas ni el guía que, al cruzar el Jordán, repite la epopeya del cruce del Mar Rojo.

Hoy Josué es un predicador que interpela a su pueblo para que haga púbica su opción de vida. ¿Adorar a los dioses de los cananeos o adorar al Dios que lo ha sacado de la esclavitud? Esa es la alternativa. Josué confiesa que él y su familia ya han optado por servir al Señor. Y el pueblo promete: “También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios”.

Con razón el salmo responsorial nos dirige una gozosa invitación: “Gustad y ved que bueno es el Señor” (Sal 33).


EL VIENTO DE DIOS

Ese relato del libro de Josué es más actual de lo que imaginamos. También hoy muchos creyentes dudan de su fe, es decir, del Dios que les ha entregado el don de la fe. Y dudan del Mesías al que han prometido seguir. Se parecen a aquellos discípulos de Jesús, que juzgaron inaceptable su discurso sobre el pan de la vida (Jn 6, 60-69).

En el evangelio que hoy se proclama, Jesús afronta esa tentación de sus seguidores. No son los jefes de los judíos los que lo critican. Son sus propios “discípulos” los que se escandalizan de sus palabras y “vacilan”. Al dirigirse a ellos, también nos interpela a nosotros, estableciendo una distinción entre la carne y el Espíritu.

• En el evangelio, la carne no es el compuesto orgánico que hay que alimentar cada día. La carne es una actitud vital. Es la disposición a juzgar las cosas según nuestros intereses. La carne refleja nuestros cálculos y nuestra mezquindad. De ella dice Jesús que “no sirve de nada”. Y así es. La carne no puede captar la verdad de la entrega del Señor.

• El Espíritu no es un fantasma. Es el viento de Dios, que creó el mundo y dio vida al ser humano. Es el aliento divino que habló por los profetas. Es la presencia misma de Dios que nos guía por

los caminos de la verdad y del amor. Según Jesús, el Espíritu “es quien da vida” y nos hace comprender que sus palabras “son espíritu y son vida”.


EL SANTO DE DIOS

El evangelio de Juan anota que muchos discípulos abandonaron a Jesús. Y que él se dirigió a los Doce preguntando: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Jesús interpela a los suyos como Josué había interpelado a los hebreos. En ambos casos se plantea la opción fundamental. Ahora es Pedro quien responde con una doble confesión:

• “Señor ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. En medio del bullicio, de la confusión y del griterío de los hombres, se hace oír el que es la Palabra misma de Dios. Entre tantas palabras efímeras y enfermizas, las palabras de Jesús brotan de la vida sin principio y llevan a la vida sin final.

• “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En el mundo de hoy se establece con frecuencia un abismo entre el saber y el creer, entre la ciencia y la fe. Pero los verdaderos creyentes saben y confiesen que Jesús es el Mesías. Solo el enviado de Dios puede hacer posible la realización integral del hombre y de lo humano.

- Señor Jesús, A pesar de nuestras dudas, nosotros te reconocemos como el Mensajero último y definitivo de Dios. De ti recibimos el mensaje último y definitivo sobre Dios y sobre el hombre. Sabemos que optar por ti y escuchar tu palabra significa acertar con el sentido de la existencia. Porque tú eres el Santo y el Salvador. Bendito seas por siempre. Amén.

José-Román Flecha Andrés.

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sábado, 22 de agosto de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A – (23-8-2020)

 Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20


“En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

- «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron:

- «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»

Él les preguntó:

- «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

- «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió:

- «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Ahora te digo yo:

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.”


LA LLAVE DEL PALACIO

“Llamaré a mi siervo, a Eliacín… Colgaré de su hombro la llave del palacio de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Con este oráculo divino, el profeta Isaías anuncia que Sobna, mayordomo de palacio, será destituido de su cargo y reemplazado por Eliacín (Is 22, 19-23).

Al menos cuatro imágenes contribuyen a reflejar el poder que le será otorgado por el Señor: le vestirá una túnica y le ceñirá una banda, le entregará la llave del palacio y lo hincará como un clavo en sitio firme. Todo un ritual cortesano para indicar que es el Señor quien elige y quien confiere la autoridad.

Ante la decisión de Dios, al elegido solo le queda repetir con el salmo: “El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” (Sal 137,6.8). Dios es el Señor. Nadie puede ser su consejero, como escribe san Pablo (Rom 11,33-36).


LAS PREGUNTAS

El texto evangélico que hoy se proclama nos lleva a Cesarea de Filipo (Mt 16,13-20). Parece que el Maestro quiere ofrecer un lugar y un tiempo de descanso a sus discípulos. Precisamente allí, cerca de las fuentes del Jordán, Jesús les dirige dos preguntas que se refieren a su identidad y a la actitud de sus seguidores.

• “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” ¿Se trata solamente de conocer las opiniones existentes sobre el Mesías? ¿O se pretende recoger la imagen con las que las gentes identifican ya al mismo Jesús? En cualquiera de las hipótesis, la respuesta no comprometía demasiado a los discípulos.

• “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” ¿Se trata de controlar la información que los discípulos van dando a la gente sobre su Maestro? ¿O se pretende saber qué significa ya Jesús en la vida de cada uno de ellos? En ambos casos, la respuesta que den implica una confesión de la postura y las expectativas de sus seguidores.


LA RESPUESTA

A la primera pregunta responden “ellos”, es decir, los discípulos. A la segunda responde solo Simón con una admirable confesión de fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús replica con una bienaventuranza, una revelación y una promesa.

• “Bienaventurado tú, Simón”. El apóstol ha podido hacer esa confesión de fe porque el Padre celestial le ha revelado la identidad de Jesús. Se unen un motivo para la alegría por lo recibido y una invitación a la humildad del receptor.

• “Tú eres Pedro”. Al imponerle un nombre nuevo, Jesús le otorga una dignidad que es en realidad una responsabilidad. El apóstol será la piedra sobre la que se apoya la comunidad. Esa piedra del cimiento, que permanece enterrada y escondida.

• “Te daré las llaves del reino de los cielos”. Evidentemente no es el poder sobre la gloria eterna. Simón recibe, como Eliacín, las llaves que representan la autoridad que mantiene la unidad en la casa y la responsabilidad de atender a sus habitantes.

- Señor Jesús, también a nosotros nos diriges esas preguntas fundamentales. También nosotros seremos bienaventurados si escuchamos la revelación del Padre. Te agradecemos el regalo de esta comunidad en la que Pedro nos mantiene unidos.

José-Román Flecha Andrés

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sábado, 24 de agosto de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (25-8-2019

LUCAS 13, 22-30.

“En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; y él os replicará: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os replicará: No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán los primeros y primeros que serán los últimos».”


El texto del evangelio de hoy se ha prestado a muchas interpretaciones, pero en el fondo encaja perfectamente con lo que es central en el evangelio de San Lucas, evangelista que se caracteriza por describir a un Dios que siempre tiene presentes a los excluidos y marginados de entonces (los leprosos, las prostitutas, los pecadores), los cuales son su preferidos, y por su idea de presentar a Dios como sumamente misericordioso con todos y no sólo con unos cuantos privilegiados.

A la pregunta que le hacen a Jesús sobre las posibilidades de salvarse de unos y otros, que en definitiva da por sentado de que Dios selecciona a unos en detrimento de otros, Jesús, con la habilidad que le caracterizaba, no responde directamente, sino que lo hace con una imagen en la que habiendo primeros y últimos, lo que no está muy claro es quienes serán unos y quienes serán otros.

¿Quiénes son los primeros y los últimos para Dios? Esta es la pregunta clave a la que hay que intentar responder no con nuestros criterios, sino con los criterios de Dios, porque si no a que viene esa sentencia de Jesús: Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros.

Hay algunos, que ellos se consideran primeros, que están deseando que se abran las puertas y ocupar los puestos de privilegio, son los que se creen que van a tener la opción de entrar y disfrutar porque se lo han ganado. Están completamente seguros de que a ellos les llegará la entrada y se ven pasando por ese torno selectivo que se abre únicamente para los que tienen el correspondiente pase. Piensan que a los demás es dudoso, más bien casi seguro, que no les tocará la suerte de poder entrar. Y si el aforo, como dicen otros es pequeño, habrá muchos más aspirantes que plazas. Contra los que piensan así, es contra los que van dirigidas estas palabras de Jesús.

Lo que diferencia a los integrantes de esa fila imaginaria que Jesús hace, es que éste, Jesús, tira por tierra la seguridad que tienen unos y otros: mientras que para unos la seguridad la tienen porque se la han ganado con sus propias fuerzas y su conducta, lo cual es señal de autosuficiencia, los otros sólo confían en que ocurra algo que les permita entrar, porque saben que sus méritos nunca serán suficientes, esa es la diferencia. Pero lo que no hacen estos últimos, es quitarse de la fila, no, ellos a pesar de ser los últimos están ahí, porque saben que algo tiene que suceder que les va a permitir entrar. Y ese algo es su confianza en un Dios misericordioso que es capaz de hacer cualquier cosa para que todos entren, incluso que los primeros sean últimos y los últimos primeros. En un Dios que presenta la salvación desde la absoluta libertad de su amor infinito, más allá de nuestros méritos y nuestras imposiciones.

Cuando pensamos que Dios debe ser como nosotros pensamos y somos capaces de exigirle que se adapte a nuestras pretensiones, llega Él y nos sacude los esquemas, sacude nuestras seguridades y la imagen que nos habíamos creado para que la reconstruyamos con un mayor sentido de fidelidad al modelo que Él quiere mostrarnos.

En el espacio de Dios cabemos todos, los de una raza y los de todas las razas, los de un color y los de todos los colores. Los de una religión y los de todas las religiones. Ya lo había intuido Isaías con la belleza de la imagen que hemos escuchado en la primera lectura: Vendré para reunir a las naciones de toda lengua, de todos los sitios, de todos los rincones. La ciudad del Dios está abierta a todos, con una puerta estrecha, pero no una puerta cerrada. En las puertas estrechas hace falta mucha generosidad para poder entrar, porque no se caben todos a la vez, hace falta ser solidario para ayudar a otros a entrar y no preocuparnos sólo de nosotros.

Por eso hoy le pedimos al Señor, que nos de la fuerza suficiente para sentirnos invitados a entrar por la puerta que Dios nos señala, nadie debe quedarse fuera, todos estamos invitados. Le pedimos al Señor que nos de fuerza para intentarlo, se lo pedimos los unos para los otros, al tiempo nos acordamos de los que sufren las consecuencias del odio por cuestiones políticas o religiosas, de los que están solos, de los enfermos, especialmente los que conocemos o son de nuestras familias.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 25 de agosto de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B – (26-8-2018)

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69


“En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».”



¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS?


Señor, ¿a quién vamos a acudir?

Durante estos años se han multiplicado los análisis y estudios sobre la crisis de las Iglesias cristianas en la sociedad moderna. Esta lectura es necesaria para conocer mejor algunos datos, pero resulta insuficiente para discernir cuál ha de ser nuestra reacción. El episodio narrado por Juan nos puede ayudar a interpretar y vivir la crisis con hondura más evangélica.

Según el evangelista, Jesús resume así la crisis que se está creando en su grupo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen». Es cierto. Jesús introduce en quienes le siguen un espíritu nuevo; sus palabras comunican vida; el programa que propone puede generar un movimiento capaz de orientar el mundo hacia una vida más digna y plena.

Pero, no por el hecho de estar en su grupo, está garantizada la fe. Hay quienes se resisten a aceptar su espíritu y su vida. Su presencia en el entorno de Jesús es ficticia; su fe en él no es real. La verdadera crisis en el interior del cristianismo siempre es ésta: ¿creemos o no creemos en Jesús?

El narrador dice que «muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él». En la crisis se revela quiénes son los verdaderos seguidores de Jesús. La opción decisiva siempre es ésa: ¿quiénes se echan atrás y quiénes permanecen con él, identificados con su espíritu y su vida? ¿Quién está a favor y quién está en contra de su proyecto?

El grupo comienza a disminuir. Jesús no se irrita, no pronuncia ningún juicio contra nadie. Sólo hace una pregunta a los que se han quedado junto a él: «¿También vosotros queréis marcharos?». Es la pregunta que se nos hace hoy a quienes seguimos en la Iglesia: ¿Qué queremos nosotros? ¿Por qué nos hemos quedado? ¿Es para seguir a Jesús, acogiendo su espíritu y viviendo a su estilo? ¿Es para trabajar en su proyecto?

La respuesta de Pedro es ejemplar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir. Tú tienes palabras de vida eterna». Los que se quedan, lo han de hacer por Jesús. Sólo por Jesús. Por nada más. Se comprometen con él. El único motivo para permanecer en su grupo es él. Nadie más.

Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos quedamos en la Iglesia, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida.

José Antonio Pagola

sábado, 26 de agosto de 2017

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO A – (27-8-2017)

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20


“En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

-«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron:

-«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremias o uno de los profetas.»

Él les preguntó:

-«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

-«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió:

-«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Ahora te digo yo:

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.”


QUÉ DECIMOS NOSOTROS


También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

sábado, 20 de agosto de 2016

EL EVANGELIO DEL DOMINGO:21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (21-8-2016)

Lectura del santo evangelio según san Lucas 13,22-30

“En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó:

- Señor, ¿serán pocos los que se salven?

Jesús les dijo:

- Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados».

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”

CONFIANZA, SÍ. FRIVOLIDAD, NO

La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la “salvación eterna” que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un “final feliz”; otros no quieren recordar experiencias religiosas que les han hecho mucho daño.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: “¿Serán pocos los que se salven?” Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones estériles, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no.

Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades. No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, “los que practican la injusticia”.

Jesús invita a la confianza y la responsabilidad. En el banquete final del reino de Dios no se sentarán solo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.

Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación al reino de Dios, “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.

José Antonio Pagola

viernes, 21 de agosto de 2015

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (23-8-2015)

El texto evangélico es de Jn 6, 60-69 y dice lo siguiente:


“En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es duro: ¿quién puede hacerle caso? Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -¿Esto os hace vacilar? ¿Y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida, la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: -Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: -Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.”



* En este pasaje del final del capítulo sexto de san Juan, termina el “discurso del pan de vida”. Lo primero que nos sorprende es cómo después de que Jesús realizara un milagro tan grande como el de la multiplicación de los panes, y de que anunciara una enseñanza tan profunda, muchos le abandonaran. Es nuestra realidad ante el Señor, que siempre nos deja libertad. Él nos ha hablado de su donación ofreciéndose como alimento para estar íntimamente unido a cada uno de nosotros. Pero sus palabras pueden no ser comprendidas e incluso rechazadas.

Jesús dice que sus palabras son espíritu y vida. ¿Por qué produjeron una reacción tan contraria entre sus oyentes, que llegan a exclamar que su modo de hablar es inaceptable? Quizás porque no tenían buena disposición para acoger lo que Jesús estaba planteando. Cuando hacemos oración ante todo debemos pedir al Señor que abra nuestros oídos para comprender lo que él nos quiere decir. Corremos el peligro de acudir al Señor para escuchar sólo lo que nosotros queremos escuchar, de tener una perspectiva demasiado material, de acudir a Él sólo con el deseo de obtener algo a cambio.

De alguna manera, quienes oyeron a Jesús y se fueron intuyeron que se les pedía reorientar toda su vida, que ser alimentados por Jesús conllevaba un cambio en su existencia. La Eucaristía también nos abre a esa transformación interior. Tiene el poder, junto con su Palabra, de ir cambiando nuestra manera de pensar, de irnos enseñando a amar según su medida.


* Jesús en este texto nos plantea la alternativa de seguirle o no. Pedro tiene el empuje de responder positivamente. Los que deciden irse han sido tocados por la palabra sólo exteriormente y perseveraron mientras fueron alimentados corporalmente. Por el contrario, Pedro ha vivido interiormente los acontecimientos. Sin comprender todo lo que Jesús dice, ha entendido que era verdad y quiere permanecer al amparo de esa verdad que ilumina su vida. Las palabras de Jesús, que son espíritu y vida, han despertado en él, el apetito de saber más. Pedro acepta ese reto y quiere seguir junto al Señor.

En nosotros, cuando comulgamos, se acrecienta como en Pedro nuestra capacidad para responder a Dios. En cada comunión se nos llama a una intimidad mayor con Cristo, a vivir con mayor profundidad nuestra relación con Él. La Eucaristía nos introduce en el dinamismo de la vida de Cristo, tiene el poder de transformarnos y nos conduce a un crecimiento en la santidad.

La respuesta de Pedro nos muestra el camino “¿adónde vamos a ir, si sólo tú tienes palabras de vida eterna”? : esperarlo todo del Señor y empeñarnos en permanecer a su lado, a pesar de la incomprensión y del abandono de muchos. Es una de esas frases que debemos grabar en el alma y meditarla con frecuencia.


* Este evangelio duele porque parece que a Jesús, al final, todos le dejamos solo. Le dejamos solo porque nos interesa más ocupar una buena posición que quedarnos con los que no cuentan. Le dejamos solo porque decimos que es un soñador cuando el evangelio se pone exigente. Le dejamos solo porque no nos interesa que nos lleven de boca en boca por causa del evangelio. Le dejamos solo porque hoy no está bien visto identificarse como discípulo suyo. ¿Dirías tú, como Pedro, “adónde vamos a ir, si sólo tú tienes palabras de vida eterna”?

Sí, Señor, sólo tú. Ni los grandes banqueros, ni los grandes filósofos, ni los grandes artistas, ni los grandes políticos que nos piden que les sigamos con fe absoluta. Sólo tú, Señor, tienes la llave de la vida en plenitud.


* Señor, lo que paso entonces sigue ocurriendo hoy: muchos te dejan porque, engañados por el mundo y la carne, por lo material, creen que seguirte es de idiotas. Pues yo quiero ser ese idiota que desprecio lo que ofrece el mundo y sus engaños y me agarro fuertemente a tu mano. Con Pedro te pregunto: ¿A quién voy a ir lejos de ti? Y me respondo aclamándote: ¡Tú tienes palabras de vida eterna!


* María, que la reflexión de este evangelio me invite a reafirmar mi adhesión a tu Hijo Jesús, presente en la Eucaristía.




Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.

Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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viernes, 22 de agosto de 2014

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (24-8-2014)


El texto evangélico es de Mt 16, 13-20 y dice lo siguiente:


“Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a los discípulos: -¿Quién dice la gente que es este Hombre? Ellos contestaron: -Unos que Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías o algún otro profeta. Él les dijo: -Y vosotros, ¿quién decís que soy? Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo: -¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo! Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá. A ti te daré las llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. Entonces les ordenó que no dijeran a nadie que él era el Mesías.”

* Jesús plantea hoy una gran pregunta con mucha pedagogía. Primero interroga a sus discípulos sobre la opinión de la gente. En las respuestas de ellos vemos que la opinión sobre el Señor es buena, pues lo equiparan a grandes personajes como Juan Bautista, o Elías, o los profetas.

Luego les interroga personalmente. Pedro da en la clave respondiendo sobre la doble realidad de Jesús: de condición divina, Hijo de Dios; y con una gran misión, la de Mesías, la de Salvador, la de salvarnos.


* La pregunta que hace Jesús, es siempre actual, válida para todos los tiempos: ¿quién dice la gente que soy yo?, un gran personaje, un impostor, un revolucionario, un profeta, un loco, un mago, un salvador, un ideal, algo que queda muy bonito en las calles en un paso lleno de velas y flores... Nosotros los cristianos somos responsables de la visión que tengan los demás de Cristo; los demás verán lo que yo transparente o imite de Cristo. Nosotros los cristianos, hoy más que nunca, tenemos la obligación demostrar el verdadero rostro de Dios y que con su mirada amorosa ilumine las realidades de un mundo que vive en error. Sólo el amor, como el de Cristo, es capaz de disipar la mentira y el error que el pecado ha sembrado en el corazón de los hombres.


* La segunda pregunta nos la hace hoy Jesús a cada uno de nosotros: ¿y tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti? Pedro se nos adelanta y contesta: el Hijo de Dios. Esta respuesta no es de nuestra cosecha, es un don que Dios nos da, la fe. Si cerramos los ojos a este don seguiremos viendo en Jesús sólo a un líder, a un idealista...; si abrimos los ojos a este don veremos al Hijo de Dios que refleja todo el amor de Dios, toda la misericordia de Dios, todo el perdón de Dios..., y que ha venido a traernos la salvación.


* Señor, a esta pregunta me pides una respuesta personal, vital, experimental, no de libro o de memoria. Yo te digo de corazón, aunque alguna vez mi vida no responda a esta confesión: Tú eres mi Dios y mi todo, mi Señor, mi Salvador, mi amigo en quien confío plenamente.


* Por otra parte, el Señor confiere a Pedro “el poder de las llaves”, significando la vinculación que se da entre el cielo y la tierra. Las llaves son el símbolo de la autoridad sobre la casa. A Pedro le toca abrir o cerrar, atar o desatar, el gobierno y el juicio sobre lo que ocurre. Sus sentencias y decisiones serán ratificadas por Dios. La muerte de Pedro no puede invalidar esta institución, por eso la promesa se extiende a sus sucesores, que no se mueven por intuición personal o carisma propio, sino que son elegidos y actúan como administradores del pueblo de Dios.

¡Señor, concede a tu Iglesia la unidad con el Papa! Colaboremos con él en la edificación de la Iglesia, de nuestra familia. Colaboremos con él en llevar la Buena Noticia a todo el mundo. Colaboremos con él en construir un mundo más solidario y justo anunciando a Jesucristo.


* María, ayúdanos a que estemos siempre atados a tu Hijo Jesús y desatados de todo lo que nos esclaviza y empaña nuestra dignidad de hijos de Dios.




Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.

Muchas gracias a todos por vuestra participación.



jueves, 22 de agosto de 2013

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (25-8-2013)

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El texto evangélico es de Lc 13, 22-30 y dice lo siguiente:


“En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: -Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: -Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos; y él os replicará: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir. Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os replicará: No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que será últimos”.


*Hoy preguntan a Jesús si son pocos los que se salvan. Jesús no responde directamente a la pregunta para indicarnos que lo importante no es cuántos se salven o no, sino si tú estás en el camino cierto o equivocado. Jesús nos habla de una puerta estrecha, de coherencia con lo que decimos creer; que a nuestro proclamar “Señor, Señor”, se corresponda una vida de búsqueda sincera de su voluntad; que las manifestaciones exteriores de la fe vayan acompañadas de las interiores.

La puerta es estrecha y es la entrada a la salvación. Muchos querrán entrar aduciendo sus obras y el haber conocido a Jesús, pero la autosuficiencia y el orgullo no permiten pasarla. No es Dios el que impide la salvación, sino el hombre quien puede rechazarla. A medida que reconocemos nuestra pequeñez, más grande se hace esa puerta; al hacernos pequeños crecemos a la medida de Cristo, crecemos según su amor. Aparentemente, fuera de él se abre un horizonte más grande, pero conduce al llanto y al rechinar de dientes.


* La lógica del Reino de Dios es distinta a la lógica de nuestro mundo. No entran en el Reino los poderosos o influyentes de nuestra sociedad, sino los que se esfuerzan por vivir el amor como actitud de su vida. Y sólo los que luchan pueden triunfar, puesto que la felicidad es un estado del alma al que sólo se llega después de mucho camino recorrido y de mucho esfuerzo acumulado.


* ¿Me esfuerzo en entrar por la puerta estrecha para salvarme? ¿Soy digno de que me abras la puerta cuando llame? ¿Intento vivir en humildad, siendo de los últimos y no de los primeros?

Señor, que yo ponga en ti toda mi esperanza ya que tú no defraudas a los que en ti confían. Por eso, ante la crudeza de tu amenaza tengo el consuelo de tu misericordia. Quiero que mi vida fructifique en obras de amor. Dios mío, confío en ti.


* María, tú como Madre, conoces mi debilidad. Tú sabes que me cuesta ser firme en mis principios. Por eso acudo a ti, para que no me falte nunca tu auxilio y ánimo en el camino de mi vida. Ayúdame a estar preparado para entrar por la puerta estrecha donde me espera tu Hijo.



Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra. 

Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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viernes, 24 de agosto de 2012

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (26-8-2012)

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El texto evangélico es de Jn 6, 60-69 y dice lo siguiente:


“En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -Este modo de hablar es duro: ¿quién puede hacerle caso? Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -¿Esto os hace vacilar? ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida, la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen. Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: -Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús dijo a los Doce: -¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: -Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.”

* Este evangelio duele porque parece que a Jesús, al final, todos le dejamos solo. Le dejamos solo porque nos interesa más ocupar una buena posición que quedarnos con los que no cuentan. Le dejamos solo porque decimos que es un soñador cuando el evangelio se pone exigente. Le dejamos solo porque no nos interesa que nos lleven de boca en boca por causa del evangelio. Le dejamos solo porque hoy no está bien visto identificarse como discípulo suyo. ¿Dirías tú, como Pedro, “adónde vamos a ir, si sólo tú tienes palabras de vida eterna”?
Sí, Señor, sólo tú. Ni los grandes banqueros, ni los grandes filósofos, ni los grandes artistas, ni los grandes políticos que nos piden que les sigamos con fe absoluta. Sólo tú, Señor, tienes la llave de la vida en plenitud.


* Jesús en este texto nos plantea la alternativa de seguirle o no. Pedro tiene el empuje de responder positivamente. Los que deciden irse han sido tocados por la palabra sólo exteriormente y perseveraron mientras fueron alimentados corporalmente. Por el contrario, Pedro ha vivido interiormente los acontecimientos. Sin comprender todo lo que Jesús dice, ha entendido que era verdad y quiere permanecer al amparo de esa verdad que ilumina su vida. Las palabras de Jesús, que son espíritu y vida, han despertado en él, el apetito de saber más. Pedro acepta ese reto y quiere seguir junto al Señor.
En nosotros, cuando comulgamos, se acrecienta como en Pedro nuestra capacidad para responder a Dios. En cada comunión se nos llama a una intimidad mayor con Cristo, a vivir con mayor profundidad nuestra relación con Él. La Eucaristía nos introduce en el dinamismo de la vida de Cristo, tiene el poder de transformarnos y nos conduce a un crecimiento en la santidad.
La respuesta de Pedro nos muestra el camino: esperarlo todo del Señor y empeñarnos en permanecer a su lado, a pesar de la incomprensión y del abandono de muchos.


* Señor, lo que paso entonces sigue ocurriendo hoy: muchos te dejan porque, engañados por el mundo y la carne, por lo material, creen que seguirte es de idiotas. Pues yo quiero ser ese idiota que desprecio lo que ofrece el mundo y sus engaños y me agarro fuertemente a tu mano. Con Pedro te pregunto: ¿A quién voy a ir lejos de ti? Y me respondo aclamándote: ¡Tú tienes palabras de vida eterna!


* María, que la reflexión de este evangelio me invite a reafirmar mi adhesión a tu Hijo Jesús, presente en la Eucaristía.



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jueves, 18 de agosto de 2011

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (21-8-2011)

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El texto evangélico es de Mt 16, 13-20 y dice lo siguiente:


“Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a los discípulos: ---¿Quién dice la gente que es este Hombre? Ellos contestaron: ---Unos que Juan el Bautista; otros que Elías; otros que Jeremías o algún otro profeta. Él les dijo: ---Y vosotros, ¿quién decís que soy? Simón Pedro respondió: ---Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le dijo: ---¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo! Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá. A ti te daré las llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. Entonces les ordenó que no dijeran a nadie que él era el Mesías.”


* Pregunta que hace Jesús, siempre actual, válida para todos los tiempos: ¿quién dice la gente que soy yo?, un gran personaje, un impostor, un revolucionario, un profeta, un loco, un mago, un salvador, un ideal, algo que queda muy bonito en las calles en un paso lleno de velas y flores... Nosotros los cristianos somos responsables de la visión que tengan los demás de Cristo; los demás verán lo que yo transparente o imite de Cristo. Nosotros los cristiano, hoy más que nunca, tenemos la obligación demostrar el verdadero rostro de Dios y que con su mirada amorosa ilumine las realidades de un mundo que vive en error. Sólo el amor, como el de Cristo, es capaz de disipar la mentira y el error que el pecado ha sembrado en el corazón de los hombres.

* La segunda pregunta nos la hace hoy Jesús a cada uno de nosotros: ¿y tú quién dices que soy yo?, ¿quién soy yo para ti? Pedro se nos adelanta y contesta: el Hijo de Dios. Esta respuesta no es de nuestra cosecha, es un don que Dios nos da, la fe. Si cerramos los ojos a este don seguiremos viendo en Jesús sólo a un líder, a un idealista...; si abrimos los ojos a este don veremos al Hijo de Dios que releja todo el amor de Dios, toda la misericordia de Dios, todo el perdón de Dios...

* Señor, a esta pregunta me pides una respuesta personal, vital, experimental, no de libro o de memoria. Yo te digo de corazón, aunque alguna vez mi vida no responda a esta confesión: Tú eres mi Dios y mi todo, mi Señor, mi Salvador, mi amigo en quien confío plenamente.

* Por otra parte, el Señor confiere a Pedro “el poder de las llaves”, significando la vinculación que se da entre el cielo y la tierra. Las llaves son el símbolo de la autoridad sobre la casa. A Pedro le toca abrir o cerrar, atar o desatar, el gobierno y el juicio sobre lo que ocurre. Sus sentencias y decisiones serán ratificadas por Dios. La muerte de Pedro no puede invalidar esta institución, por eso la promesa se extiende a sus sucesores, que no se mueven por intuición personal o carisma propio, sino que son elegidos y actúan como administradores del pueblo de Dios. ¡Señor, concede a tu Iglesia la unidad con el Papa!

* María, hoy se celebra en nuestro país el acto central de la Jornada Mundial de la Juventud. Convocados por el sucesor de Pedro, cientos de miles de jóvenes procedentes de todo el mundo renuevan con su presencia la confesión de su fe y muestran la realidad de la Iglesia que se construye sobre ella.
Bendícelos, protégelos y haz que sus vidas sean un verdadero reflejo de la Luz verdadera, Jesucristo Nuestro Señor.


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jueves, 19 de agosto de 2010

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (22-8-2010)

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El texto evangélico es de Lc 13, 22-30 y dice lo siguiente:

“Camino de Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: ---Señor, ¿son pocos los que se salvan? Les contestó:---Pelead para entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán y no podrán. Apenas se levante el amo de casa y cierre la puerta, os pondréis por fuera a golpear la puerta diciendo: Señor, ábrenos. Él os contestará: No sé de dónde sois. Entonces diréis: Contigo comidos y bebimos, en nuestras calles enseñaste. Él responderá: Os digo que no sé de dónde sois. Apartaos de mí, malhechores. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reinado de Dios, mientras vosotros sois expulsados. Vendrán de oriente y occidente, del norte y el sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”

* La lógica del Reino de Dios es distinta a la lógica de nuestro mundo. No entran en el Reino los poderosos o influyentes de nuestra sociedad, sino los que se esfuerzan por vivir el amor como actitud de su vida. Y sólo los que luchan pueden triunfar, puesto que la felicidad es un estado del alma al que sólo se llega después de mucho camino recorrido y de mucho esfuerzo acumulado.

* ¿Me esfuerzo en entrar por la puerta estrecha para salvarme?  ¿Soy digno de que me abras la puerta cuando llame?  ¿Intento vivir en humildad, siendo de los últimos y no de los primeros?
Señor, que yo ponga en ti toda mi esperanza ya que tú no defraudas a los que en ti confían. Por eso, ante la crudeza de tu amenaza tengo el consuelo de tu misericordia. Quiero que mi vida fructifique en obras de amor. Dios mío, confío en ti.

* María, tú como Madre, conoces mi debilidad. Tú sabes que me cuesta ser firme en mis principios. Por eso acudo a ti, para que no me falte nunca tu auxilio y ánimo en el camino de mi vida. Ayúdame a estar preparado para entrar  por la puerta estrecha donde me espera tu Hijo.



Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.
Muchas gracias a todos por vuestra participación.
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