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viernes, 3 de junio de 2022

EL EVANGELIO DEL DOMINGO : SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO C – (5-6-2022)

 Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”


EL VENDAVAL DEL ESPÍRITU

“Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (Hech 2, 11). Esa es la exclamación que recorre las calles de Jerusalén cuando los discípulos salen del salón donde han sido sorprendido por el vendaval del Espíritu de Dios.

Antes eran tímidos y ahora son valientes. Antes estaban dominados por el miedo a los jefes de los judíos, pero ahora exponen con energía la obra y la palabra de Jesús de Nazaret. Antes estaban acobardados por la muerte ignominiosa de su Maestro. Ahora dan un convencido testimonio de la resurrección de su Señor.

La ciudad está llena de peregrinos llegados de todas las naciones del mundo conocido. Y todos entienden el mensaje. Babel había marcado el desastre de la confusión de las lenguas. Jerusalén inicia el milagro de la comprensión universal. Babel era el orgullo, la altanería el endiosamiento. Pentecostés es el paso del Espíritu, la obediencia de la fe y la era del amor.


TRES DONES

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103). Con razón el salmo expresa el anhelo más profundo del corazón humano. El anhelo de la vida. El orante de la primera alianza busca y espera recibir el don más precioso e inefable del Espíritu de Dios. Ese Espíritu que el orante de la nueva alianza confiesa como “Señor y dador de vida”.

Junto al don de la vida, los cristianos valoramos y pedimos otro don igualmente precioso: el de la unidad. En la nueva comunidad, todos nos reconocemos como miembros de un mismo cuerpo. Todos somos útiles y necesarios. Todos somos iguales en dignidad. “Todos hemos bebido de un solo Espíritu”, como nos recuerda san Pablo (1 Cor 12, 13).

Todavía hay un tercer don que agradecemos y tratamos de recordar cada día: el don del envío. El Señor resucitado abre ante nuestros ojos un horizonte universal. “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. (Jn 20, 21)


TRES NOTAS

El Evangelio de Juan que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 29, 19-23) nos recuerda tres notas importantes de este don del envío del Señor:

• “Recibid el Espíritu Santo”. No podríamos recorrer los caminos del mundo si no fuéramos movidos por su vendaval. No acertaríamos a transmitir las palabras del Señor. No llegaríamos a hacer visible su presencia sin la gracia del Espíritu.

• “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. El Señor es el rostro de la misericordia de Dios. Pero ha querido confiar a sus apóstoles el tesoro de su perdón. Que el espíritu nos haga testigos del amor y la ternura de Dios.

• “A quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Más asombrosa que la autoridad de perdonar es la responsabilidad de retener el perdón cuando los corazones se endurecen. Que el Espíritu nos conceda la gracia del discernimiento y del buen consejo.

- “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo… Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. Amén.

José-Román Flecha Andrés.

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sábado, 22 de mayo de 2021

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO B – (23-5-2021)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».”



LA LLAMA Y SU LENGUAJE

“Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Así concluye la primera lectura que se proclama en la celebración de la misa, en esta solemnidad de Pentecostés (Hech 2,11). Ese era el rumor que corría entre los peregrinos que habían acudido a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés.

El texto de los Hechos de los Apóstoles habla de un estruendo como de viento impetuoso y de una especie de llamaradas bajadas del cielo, que se posaban sobre cada uno de los apóstoles. El viento y el fuego son dos fuerzas cósmicas imparables. Aquí reflejan la fuerza del Espíritu que renueva a los seguidores de Jesús.

Como ha dicho el papa Francisco, “era la llama de amor que quema toda aspereza; era la lengua del Evangelio que traspasa los límites puestos por los hombres y toca los corazones de la muchedumbre, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad” (24.5.2015).

En el salmo responsorial suplicamos a Dios que envíe su Espíritu para repoblar la faz de la tierra (Sal 103). Y escuchando a san Pablo, pedimos que los diversos ministerios inspirados por el Espíritu contribuyan de verdad al bien común de la Iglesia y del mundo (1Cor 12,3-7).


LOS TRES ENCARGOS

El texto del evangelio que hoy se proclama (Jn 20,19-23) nos lleva hasta la casa en la que los discípulos de Jesús se habían refugiado después de la muerte de su Maestro. Se nos recuerda que habían procurado cerrar las puertas por miedo a los judíos. Pero el Señor llegó de pronto con tres encargos inolvidables

• En primer lugar, Jesús les mostró las manos y el costado. No se trataba de una ilusión. No era un fantasma. Las llagas que recordaban su pasión eran la prueba de la autenticidad de su misión y su mensaje. Él había entregado su vida y se presentaba como triunfador de la muerte.

• Además, Jesús enviaba a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él. Siendo de condición divina, había caminado como un hombre. Y siendo de condición humana, compartía con sus discípulos una misión divina.

• Finalmente, Jesús entregó el Espíritu Santo a los suyos, otorgándoles la autoridad para perdonar o retener los pecados. No se trataba sólo de un poder. Les comunicaba el don y la responsabilidad del discernimiento sobre el bien y sobre el mal.


LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

El texto evangélico anota cuidadosamente que “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. No deberíamos olvidar esa anotación.

• Los discípulos de Jesús no se presentaron ante el mundo con el rostro macilento y resignado de los fracasados. A pesar de sus dudas y temores, habían recibido del Señor Resucitado las verdaderas razones para la alegría.

• La Iglesia de hoy no puede ignorar los sufrimientos que atenazan a tantas personas a lo largo y ancho del mundo. No puede caer en la indiferencia o en la ingenuidad. Tampoco en el fatalismo. No siempre podrá ofrecer satisfacciones, pero puede anunciar la alegría.

• Con nuestra vida y con nuestra presencia en el mundo, los cristianos queremos dar testimonio de que “con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Papa Francisco).

- Señor Jesús, con tu resurrección tú has convertido nuestro temor en alegría. Que la llama del Espíritu haga comprensible el lenguaje de amor que nos has confiado. Amén.


José-Román Flecha Andrés.

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sábado, 30 de mayo de 2020

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO A – (31-5-2020)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»”.




EL DON DEL ESPÍRITU

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu los movía a expresarse”. Ese parece ser el primer efecto de la efusión del Espíritu sobre los discípulos del Señor en el día de Pentecostés (Hech 2,4).

El orgullo de querer ser como dioses había llevado a los hombres a la confusión de las lenguas. La humildad de los que han pasado por la prueba de ver morir a su Maestro y por el trance del miedo, les lleva a unirse ahora en la misión de anunciar el mensaje del Señor.

El Espíritu se presenta con las imágenes del viento y del fuego. Arrastra las semillas y calienta los corazones. La efusión del Espíritu indica el ideal de la humanidad. Y representa también la plenitud de la Ley

El Espíritu es el motor y garante de la unidad, el maestro de la oración, el impulsor de la misión. Nos llena de alegría leer que, según el apóstol Pablo, todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo a fin de formar un solo cuerpo (1Cor 12,13).


LA PAZ

El texto evangélico que se proclama en esta solemnidad de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos recuerda la primera manifestación del Resucitado a sus discípulos, reunidos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. La visita de Jesús les trajo la paz, los llenó de alegría y los preparó para el envío.

• La paz no era tan solo la tranquilidad en el orden como decían los filósofos, los políticos y los estrategas. La paz que anunciaba el Cristo era la certeza de que se cumplían las antiguas promesas. Era la plenitud de los dones de Dios.

• La alegría no era una simple superación de la angustia y del temor que había dispersado en huida a sus discípulos al ver a su Maestro apresado por la guardia de los sumos sacerdotes. La alegría era el fruto de la presencia del Señor resucitado.

• Y el envío no era sólo la huida para poder liberarse de la persecución a la que serían sometidos muy pronto. Era la participación en la misión de su Señor. Era la ocasión para ser testigos de la vida y del amor hasta los últimos confines de la tierra.


EL PERDÓN

Jesús se presenta de pronto ante sus discípulos, atemorizados y sorprendidos, y alienta sobre ellos. Pero el gesto es acompañado por unas palabras inolvidables:

• “Recibid el Espíritu Santo”. El soplo de Dios que se cernía sobre las aguas en el alba del mundo es ahora el soplo del Resucitado que crea una nueva tierra y una nueva historia.

• “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará”. Jesús no había venido a condenar, sino a salvar. En la nueva comunidad se hace presente el amor perdonador de Dios.

• “A quienes retengáis los pecados, Dios se los retendrá”. Ante la continua tentación de justificarnos a nosotros mismos, todos necesitamos aceptar un juicio más imparcial.

- Señor Jesús, sabemos que has entregado a tu Iglesia el don del Espíritu de la paz y del amor, de la gracia y del perdón. Te damos gracias. Y te pedimos que nos prepares para aceptar con diligencia el envío y la misión que tú nos confías. Amén. Aleluya.

José-Román Flecha Andrés.

sábado, 8 de junio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO : SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO C – (9-6-2019)

JUAN 20, 19-23.

“En aquel tiempo, al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».”


Después de la celebración de la Ascensión y a los cincuenta días de la Pascua celebramos hoy el domingo de Pentecostés. Jesús que había dejado físicamente a los suyos, les prometió la llegada del Espíritu, el cual permanecerá siempre con ellos. Asumida la Resurrección, cuando la Iglesia está comenzando a formarse, el Espíritu Santo pasó a ser el protagonista de la salvación. Él se encarga de recordarnos el mensaje de Jesús; Él nos guía a la hora de interpretarlo de modo que siga siendo actual en el mundo de hoy y de todos los tiempos; Él es el que nos impide anclarnos en el tiempo y no evolucionar en lo que hay que evolucionar; él nos purifica, nos enardece y nos templa para los duros trabajos del evangelio. Con la celebración del día de Pentecostés se cumple la promesa de Jesús de enviarnos el Espíritu Santo, por eso era necesario que Él se fuera, la llegada del Espíritu es la culminación definitiva de su misión, es el fin del tiempo de Pascua.

El Espíritu de Dios que ya en el Antiguo Testamento inspiró a los profetas, sigue cumpliendo más eficazmente su cometido, desde que el Hijo de Dios se hizo hombre para llevar a plenitud la salvación. Ese espíritu sigue inspirando a esos profetas que nos interpretan la realidad en nombre de Dios y nos gritan su mensaje. ¿Quiénes son esos profetas hoy? Profetas son los pobres, los enfermos dejados solos, y los que viven en situación de injusticia, porque claman contra nuestra insolidaridad y nuestros egoísmos. Profetas son los que de algún modo anuncian como posible un mundo distinto al que estamos construyendo, alimentando así la esperanza de los hombres de buena voluntad. Mundo que hacen posible con su trabajo que favorece la justicia, y las buenas relaciones entre los pueblos. Mundo que hacen posible los que practican las obras de misericordia, los que cumplen honestamente con su deber, los que consuelan, los que animan, los que gobiernan como quien sirve, y no para aprovecharse de los otros, todos ellos son testigos de las semillas que el Espíritu siembra por el mundo. Lo ha hecho a lo largo de toda la historia, lo hace también ahora y lo hará siempre.

Es muy interesante comprobar cómo después de la llegada del Espíritu, los apóstoles tuvieron que hablar con tal fuerza y tal convicción, que las barreras del idioma y de las fronteras saltaron por los aires, allí había gente de Judea, de Siria, de Egipto, de Libia, de Roma, de la isla de Creta, había árabes, y todos los entendían. Es decir, cuando uno vive con autenticidad el mensaje de Jesús, cuando siente lo que dice porque lo vive, todo el mundo te entiende y sabe lo que estás diciendo. Qué lejos nos encontramos nosotros de lograr esta vivencia de nuestra fe, nosotros con nuestra tibieza, nuestros miedos y nuestros prejuicios.

Está claro que el don del Espíritu es el gran regalo de Jesús a los apóstoles y a todos nosotros. Ese espíritu nos sigue acompañando y nos convoca para dar testimonio de Él en el mundo. Es el espíritu que anima a todos los grupos que trabajan en la Iglesia: catequistas, voluntarios de la caridad, pastoral de la salud, Cáritas… es el que nos empuja a nosotros a venir a las celebraciones, es el que nos anima a no estancarnos, a no permanecer quietos, que nos impulsa a descubrir, a investigar, porque todo ha sido creado por Dios. Nosotros lo recibimos en esta celebración y pedimos que se derrame generosamente sobre todos.

Debemos pedir hoy al Espíritu los dones que su llegada representan, esos siete dones tan importantes: dones que son necesarios para lograr la unidad que supere las divisiones, y aunque seamos diversos se capaces de trabajar juntos. El don de la fortaleza que nos ayude a adaptarnos a los nuevos tiempos que vive la Iglesia. Esa adaptación requiere del don de la sabiduría que nos haga que siendo fieles a lo que es el fundamento de nuestra fe, sepamos reconocer nuestros fallos con humildad.

Se lo pedimos al Señor, y hoy con más fuerza que nunca ya que la llegada del Espíritu nos lanza a todos a la misión, la obra de Jesús no es solo de los curas, como dicen algunos, sino que es obra de todos, cada cristiano por el mero hecho de serlo es continuador de la obra de Jesús

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 18 de mayo de 2018

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO B – (20-5-2018)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-«Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».”


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU


Exhaló su aliento sobre ellos.

Ven Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios nuestro Padre a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.

Ven Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.

Ven Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.

Ven Espíritu Santo y purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.

Ven Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, a las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.

Ven Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

sábado, 3 de junio de 2017

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO A – (4-6-2017)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

-«Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»”.



VIVIR A DIOS DESDE DENTRO


Hace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.

El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

José Antonio Pagola

viernes, 13 de mayo de 2016

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO C – (15-5-2016)

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23


“Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

- Paz a vosotros.

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”


O bien:


Lectura del santo evangelio según san Juan 14,15-16.23b-26


“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».”



NECESITADOS DE SALVACIÓN

El Espíritu Santo de Dios no es propiedad de la Iglesia. No pertenece en exclusiva a las religiones. Hemos de invocar su venida al mundo entero tan necesitado de salvación.

Ven Espíritu creador de Dios. En tu mundo no hay paz. Tus hijos e hijas se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Despierta en nosotros el respeto a todo ser humano. Haznos constructores de paz. No nos abandones al poder del mal.

Ven Espíritu liberador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Libera en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Haznos más responsables y solidarios. No nos dejes en manos de nuestro egoísmo.

Ven Espíritu renovador de Dios. La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de tus hijos e hijas disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la

desigualdad y la exclusión social. Despierta en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Enséñanos a defender siempre a los últimos. No nos dejes vivir con un corazón enfermo.

Ven Espíritu consolador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, solo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Reaviva en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Enséñanos a estar más cerca de quienes están más solos. Cúranos de la indiferencia.

Ven Espíritu bueno de Dios. Muchos de tus hijos e hijas no conocen tu amor ni tu misericordia. Se alejan de Ti porque te tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar contigo. Tu nombre se va borrando en las conciencias. Despierta en nosotros la fe y la confianza en Ti Haznos portadores de tu Buena Noticia. No nos dejes huérfanos.

Ven Espíritu vivificador de Dios. Tus hijos e hijas no sabemos cuidar la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de tu mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Infunde en nosotros tu aliento creador. Haznos caminar hacia una vida más sana. No nos dejes solos. ¡Sálvanos!

José Antonio Pagola
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sábado, 23 de mayo de 2015

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (24-5-2015)

DÍA DE LA ACCIÓN CATÓLICA Y DEL APOSTOLADO SEGLAR


El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:



“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: -Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: -Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.”



*Con la celebración de Pentecostés finaliza el tiempo de Pascua. Jesús se fue, pero como prometió, no nos deja solos, en su lugar envía el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el don del amor de Dios; es el que nos da la verdadera vida, nos da a conocer la verdad, nos enseña a rezar y nos impulsa a amar. Por eso hoy, con especial conciencia y fervor le decimos: “¡Ven!”.


* Pentecostés no es algo del pasado. Pentecostés es celebrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en el mundo. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo. El Espíritu, ese defensor que no nos abandona y que nos guía por el camino que conduce al Padre.


* Nuestra relación con el Espíritu no es algo abstracto, él es quien nos vincula a Jesucristo transformándonos, y una de su acción renovadora es el perdón de los pecados.

Aquí Jesús instituye el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona nuestras faltas, pero debemos acudir a confesarnos.

Jesús saluda deseando paz. La verdadera paz es la alegría que nos trae el Espíritu, es la paz del corazón que recibimos en el sacramento de la reconciliación.


* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu y es a Él a quien más debemos rezar, pues Él es el que sabe en cada momento lo que necesitamos.

Es, pues, importante su presencia en nosotros, que sintamos la necesidad de invocarlo, de pedir que venga a nosotros, de tratarlo, de dejar que Él sea nuestro verdadero guía para que tengamos auténtica vida espiritual. Y así, en todo nuestro caminar, irá dando consistencia y consuelo a nuestra vida.


* Nosotros, los cristianos, somos la comunidad de los que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús, pero solemos tener muchos miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones... ¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!


* Jesús: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu se cumpla en mi vida, comenzando por el gran gesto de misericordia divina de perdonar mis pecados.


* María, junto a ti, la llena del Espíritu de Dios, invoco hoy: ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciende en él el fuego de tu amor! Sólo con la ayuda del Espíritu podrá renovarse la faz de mi vida, impulsándome a hacer el bien y a derramar ese amor a los demás.




Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.

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jueves, 5 de junio de 2014

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (8-6-2014)

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El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:


“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: -Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: -Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.”


* Pentecostés no es algo del pasado. Pentecostés es celebrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en el mundo. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo. El Espíritu, ese defensor que no nos abandona y que nos guía por el camino que conduce al Padre.


* Nuestra relación con el Espíritu no es algo abstracto, él es quien nos vincula a Jesucristo transformándonos, y una de su acción renovadora es el perdón de los pecados.

Aquí Jesús instituye el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona nuestras faltas, pero debemos acudir a confesarnos.

Jesús saluda deseando paz. La verdadera paz es la alegría que nos trae el Espíritu, es la paz del corazón que recibimos en el sacramento de la reconciliación.


* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu y es a Él a quien más debemos rezar, pues Él es el que sabe en cada momento lo que necesitamos.

Es, pues, importante su presencia en nosotros, que sintamos la necesidad de invocarlo, de pedir que venga a nosotros, de tratarlo, de dejar que Él sea nuestro verdadero guía para que tengamos auténtica vida espiritual. Y así, en todo nuestro caminar, irá dando consistencia y consuelo a nuestra vida.


* Nosotros, los cristianos, somos la comunidad de los que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús, pero solemos tener muchos miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones... ¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!


* Jesús: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu se cumpla en mi vida, comenzando por el gran gesto de misericordia divina de perdonar mis pecados.


* María, junto a ti, la llena del Espíritu de Dios, invoco hoy: ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciendo en él el fuego de tu amor! Sólo con la ayuda del Espíritu podrá renovarse la faz de mi vida, impulsándome a hacer el bien y a derramar ese amor a los demás.



Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra. 

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viernes, 17 de mayo de 2013

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (19-5-2013)

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El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:


“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: -Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: -Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.”


* Pentecostés no es algo del pasado. Pentecostés es celebrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en el mundo. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo. El Espíritu, ese defensor que no nos abandona y que nos guía por el camino que conduce al Padre.


* Nuestra relación con el Espíritu no es algo abstracto, él es quien nos vincula a Jesucristo transformándonos, y una de su acción renovadora es el perdón de los pecados.

Aquí Jesús instituye el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona nuestras faltas, pero debemos acudir a confesarnos.

Jesús saluda deseando paz. La verdadera paz es la alegría que nos trae el Espíritu, es la paz del corazón que recibimos en el sacramento de la reconciliación.


* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu y es a Él a quien más debemos rezar, pues Él es el que sabe en cada momento lo que necesitamos.

Es, pues, importante su presencia en nosotros, que sintamos la necesidad de invocarlo, de pedir que venga a nosotros, de tratarlo, de dejar que Él sea nuestro verdadero guía para que tengamos auténtica vida espiritual. Y así, en todo nuestro caminar, irá dando consistencia y consuelo a nuestra vida.


* Nosotros, los cristianos, somos la comunidad de los que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús, pero solemos tener muchos miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones...¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!


* Jesús: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu se cumpla en mi vida, comenzando por el gran gesto de misericordia divina de perdonar mis pecados.


* María, junto a ti, la llena del Espíritu de Dios, invoco hoy: ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciendo en él el fuego de tu amor! Sólo con la ayuda del Espíritu podrá renovarse la faz de mi vida, impulsándome a hacer el bien y a derramar ese amor a los demás.



Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.

Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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jueves, 24 de mayo de 2012

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (27-5-2012)

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El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:


“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ---Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ---Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ---Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.”


* Pentecostés no es algo del pasado. Pentecostés es celebrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en el mundo. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo. El Espíritu, ese defensor que no nos abandona y que nos guía por el camino que conduce al Padre.


* Nuestra relación con el Espíritu no es algo abstracto, él es quien nos vincula a Jesucristo transformándonos, y una de su acción renovadora es el perdón de los pecados. Aquí Jesús instituye el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona nuestras faltas, pero debemos acudir a confesarnos.


* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu y es a Él a quien más debemos rezar, pues Él es el que sabe en cada momento lo que necesitamos.
Es, pues, importante su presencia en nosotros, que sintamos la necesidad de invocarlo, de pedir que venga a nosotros, de tratarlo, de dejar que Él sea nuestro verdadero guía para que tengamos auténtica vida espiritual. Y así, en todo nuestro caminar, irá dando consistencia y consuelo a nuestra vida.


* Nosotros, los cristianos, somos la comunidad de los que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús, pero solemos tener muchos miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones...¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!


* Jesús: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu se cumpla en mi vida, comenzando por el gran gesto de misericordia divina de perdonar mis pecados.


* María, junto a ti, la llena del Espíritu de Dios, invoco hoy: ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciendo en él el fuego de tu amor! Sólo con la ayuda del Espíritu podrá renovarse la faz de mi vida.




Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.
Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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jueves, 9 de junio de 2011

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS (12-6-2011)

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El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ---Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ---Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ---Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.”

* Pentecostés no es algo del pasado. Pentecostés es celebrar a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se manifiesta día tras día en el mundo. Pentecostés es algo cotidiano para los que, en nombre del Señor, piden al Padre que les dé el Espíritu prometido por el Hijo. El Espíritu, ese defensor que no nos abandona y que nos guía por el camino que conduce al Padre.

* Nuestra relación con el Espíritu no es algo abstracto, él es quien nos vincula a Jesucristo transformándonos, y una de su acción renovadora es el perdón de los pecados. Aquí Jesús instituye el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona nuestras faltas, pero debemos acudir a confesarnos.

* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu y es a Él a quien más debemos rezar, pues Él es el que sabe en cada momento lo que necesitamos.

* Nosotros, los cristianos, somos la comunidad de los que vivimos y creemos en el Espíritu de Jesús, pero solemos tener muchos miedos. Miedo porque quizás somos pocos; miedo porque parece que en nuestra sociedad vamos perdiendo influencia; miedo porque no vemos el camino claro; miedo porque tenemos pocas vocaciones...¡Como si no tuviéramos la fuerza del Espíritu!

* Jesús: gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu se cumpla en mi vida, comenzando por el gran gesto de misericordia divina de perdonar mis pecados.

* María, junto a ti, la llena del Espíritu de Dios, invoco hoy: ¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciendo en él el fuego de tu amor! Sólo con la ayuda del Espíritu podrá renovarse la faz de mi vida.



Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.
Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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viernes, 21 de mayo de 2010

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: PENTECOSTÉS (23-5-2010)


El texto evangélico es de Jn 20, 19-23 y dice lo siguiente:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ---Paz con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ---Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ---Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos.


* Pentecostés, la celebración posterior a la Pascua, cincuenta días después, supone un nuevo impulso a la acción misionera, a la vida de la Iglesia, a la fe de cada persona creyente. El Espíritu viene en nuestra ayuda para hacernos más conscientes y coherentes con el mensaje del amor y con nuestra misión de evangelizar.

* Jesús instituye aquí el sacramento de la reconciliación: Dios nos perdona pero debemos acudir a confesarnos.
Jesús saluda deseando paz. La verdadera  paz es la alegría que nos trae el Espíritu, es la paz del corazón que recibimos en el sacramento de la reconciliación.

* El Espíritu Santo es la persona más olvidada de la Trinidad. No tenemos costumbre de rezar al Espíritu Santo y es a Él a quién más debemos rezar, pues Él nos da la fuerza y sabe en cada momento lo que necesitamos.
Que mi oración sea:
Jesús, gracias por el envío de tu Espíritu. Que lo que prometiste que haría el Espíritu, se cumpla en mi vida.
María, que yo sea fiel como tú al Espíritu de Dios.
¡Ven Espíritu Santo, llena mi corazón y enciende en él el fuego de tu amor. Que con tu ayuda renueve la faz de mi vida. Impúlsame a hacer el bien y a derramar ese amor a los demás!

Estos puntos ayudan a iniciar la reflexión, a partir de ahora esperamos vuestras aportaciones que nos abran nuevos horizontes y nos acerquen a una comprensión más completa de la Palabra.

Muchas gracias a todos por vuestra participación.

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domingo, 31 de mayo de 2009

DOMINGO DE PENTECOSTES

. Origen de la fiesta Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés. En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre. La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés. En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés. La Promesa del Espíritu Santo Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17). Más adelante les dice: “Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho.” (San Juan 14, 25-26). Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,... muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,... y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14). En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés. Explicación de la fiesta: Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas. En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban. Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal. ¿Quién es el Espírtu Santo? El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús. Misión del Espíritu Santo: 1. El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad. 2. El Espíritu Santo mora en nosotros: En San Juan 14, 16, encontramos la siguiente frase: “Yo rogaré al Padre y les dará otro abogado que estará con ustedes para siempre”. También, en I Corintios 3. 16 dice: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”. Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es “dador de vida” y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros. 3. El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman. 4. El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza. El Espíritu Santo y la Iglesia: Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones. El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús. Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc. El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo. El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia. El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones. Los siete dones del Espíritu Santo: Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos. 1. SABIDURÍA: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente. 2. ENTENDIMIENTO: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que nos manda Dios. 3. CIENCIA: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo. 4. CONSEJO: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien. 5. FORTALEZA: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio. 6. PIEDAD: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos. 7. TEMOR DE DIOS: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él. Oración al Espíritu Santo Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor; envía Señor tu Espíritu Creador y se renovará la faz de la tierra. OH Dios, que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, concédenos que, guiados por este mismo Espíritu, obremos rectamente y gocemos de tu consuelo. Por Jesucristo, nuestro Señor Amén. .