Organizado por nuestra Diputación Mayor de Gobierno,este viernes 15 de marzo,a las 21:00 horas y en el salón de actos de nuestra parroquia, se procederá a la presentación de un cartel dedicado a nuestra corporación cuyo autor es D. Luís Serna Roldán
Rogamos la asistencia a este cofradiero acto de todos nuestros hermanos y devotos en general.
jueves, 14 de marzo de 2019
BESAMANOS A NUESTRA SEÑORA DE LORETO EN SU SOLEDAD
Ni que decir tiene que sería un bello gesto el que acudiéramos a este emotivo y sentido acto como prueba del amor y cariño que le profesamos, como hijos suyos que somos, a la que es Madre de Cristo y Madre nuestra.
¿DE VERDAD NO DISPONES DE UN RATITO TAN SÓLO PARA ELLA?
viernes, 8 de marzo de 2019
NUESTRA MADRE VESTIDA PARA EL TIEMPO LITÚRGICO CUARESMAL
Fotos del cambio de vestimenta de Nuestra Madre de hebrea y tomadas este miércoles de ceniza tras la celebración religiosa de 7.
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 1º DE CUARESMA – CICLO C – (10-3-2019)
LUCAS 4, 1-13.
“En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre». Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Jesús le contestó: «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto». Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y también: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras». Jesús le contestó: «Está mandado: No tentarás al Señor tu Dios». Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.”
El miércoles pasado comenzamos el tiempo de Cuaresma, tiempo fuerte, fundamental en el devenir del Año Litúrgico, y en la vida de los cristianos, en la vida de los hombres y mujeres de fe, si durante todo el año estoy intentado reflexionar sobre los que significa seguir a Jesús hoy, en este tiempo lo debo hacer de una forma especial. Cuaresma, cuarenta días de preparación a lo que son los acontecimientos centrales de nuestra fe: Pasión, Muerte y sobre todo Resurrección de Jesús.
El Evangelio de hoy nos ha colocado al Señor al comienzo de su vida pública, siendo tentado por el diablo, nosotros también vamos a comenzar un camino, el camino de este tiempo cuaresmal. Nos ponemos en el punto de salida, y en este lugar comienza la posibilidad de que sea un éxito o un fracaso. Es preciso determinar hacia dónde vamos, cuál es nuestra meta, cuál es nuestro objetivo, el miércoles de ceniza nos lo recordaron: conviértete y cree en el evangelio. Ese es nuestro punto de partida, nuestra meta y nuestro objetivo: la conversión, el llegar a renovar de tal modo nuestra manera de pensar y de actuar que realmente terminemos como hombres y mujeres nuevos. Morir con Jesús en la Cruz, para resucitar con Él como personas cambiadas la noche del Sábado Santo.
Quienes hemos vivido ya muchas cuaresmas puede que perdamos el valor fuerte de los gestos y palabras tantas veces repetidos, y podemos caer en la monotonía de vivir una cuaresma más o podemos también ponernos al inicio de un camino, conscientes de la tarea que tenemos por delante. De nosotros depende que escojamos una cosa u otra.
La Cuaresma era el camino que recorrían los catecúmenos (o sea los que se preparaban para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana) de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, para la noche de la Vigilia Pascual ser bautizados y entrar a formar parte de la misma. Era un camino de exigencia, un camino duro en el que había que descubrir lo que significaba ser cristiano, era un camino de reflexión interior puesto que lo que iban a hacer era algo fundamental para sus vidas. Los tiempos han cambiado, no sé si para bien en todo esto, pero ese mismo camino es el que estamos iniciando nosotros aunque ya estemos bautizados, ese mismo camino es el que queremos andar todos los años al comienzo de este tiempo.
En la Cuaresma, esta llamada a la conversión va acompañada de unos pequeños gestos que manifiestan externamente ese compromiso interior. El ayuno y la abstinencia, sacrificios que aunque siga haciendo tengo que intentar acompañar de algún otro que me cueste algo más de esfuerzo y que en el fondo signifique esa otra gran penitencia interior, ese otro gran sacrificio fundamental que debe ser nuestro deseo de conversión sincera y auténtica. Rasgad los corazones, no las vestiduras, nos recordaba el profeta hace unos días.
La Cuaresma es también tiempo de oración, o sea tiempo de saber reconocer a Dios cerca de nosotros, de sentirlo más cercano, lo que nos proponemos es tan difícil que solo con Jesús junto a nosotros podremos conseguirlo. Aprovechemos los momentos que la parroquia nos ofrece para hacerla. La Cuaresma es tiempo de acercarse a los hermanos más débiles y necesitados, y sentirlos más cerca de nosotros, por eso si uno tiene algún conocido, algún vecino que sufre necesidad, está sólo o enfermo, este es el tiempo de hacerse más próximo a él, el Señor no estaría contento conmigo, si en este tiempo no me decidiera a estar más cercano a esa persona que me necesita. Por otro lado, las tentaciones de Jesús nos ponen a cada uno ante las que son nuestras tentaciones más comunes: nuestras malas artes, las cosas que decimos para llamar la atención o para descalificar a otros, nuestros excesos en determinadas cosas, la medida ancha que utilizamos con nosotros y la estrecha para juzgar a los demás, las veces que pretendemos ser el centro de todo, las veces que dejamos a Dios demasiado relegado en nuestras vidas… pensemos hoy en nuestras tentaciones y seamos inflexibles con ellas. Jesús supo hacerles frente, ¿sabremos nosotros?
Comencemos la Cuaresma con este gesto de humildad de reconocernos débiles y necesitados de perdón. Lo hacemos como todos los domingos pidiendo por todos los que sufren, están solos o enfermos.
“En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le contestó: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre». Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo». Jesús le contestó: «Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto». Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y también: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras». Jesús le contestó: «Está mandado: No tentarás al Señor tu Dios». Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.”
El miércoles pasado comenzamos el tiempo de Cuaresma, tiempo fuerte, fundamental en el devenir del Año Litúrgico, y en la vida de los cristianos, en la vida de los hombres y mujeres de fe, si durante todo el año estoy intentado reflexionar sobre los que significa seguir a Jesús hoy, en este tiempo lo debo hacer de una forma especial. Cuaresma, cuarenta días de preparación a lo que son los acontecimientos centrales de nuestra fe: Pasión, Muerte y sobre todo Resurrección de Jesús.
El Evangelio de hoy nos ha colocado al Señor al comienzo de su vida pública, siendo tentado por el diablo, nosotros también vamos a comenzar un camino, el camino de este tiempo cuaresmal. Nos ponemos en el punto de salida, y en este lugar comienza la posibilidad de que sea un éxito o un fracaso. Es preciso determinar hacia dónde vamos, cuál es nuestra meta, cuál es nuestro objetivo, el miércoles de ceniza nos lo recordaron: conviértete y cree en el evangelio. Ese es nuestro punto de partida, nuestra meta y nuestro objetivo: la conversión, el llegar a renovar de tal modo nuestra manera de pensar y de actuar que realmente terminemos como hombres y mujeres nuevos. Morir con Jesús en la Cruz, para resucitar con Él como personas cambiadas la noche del Sábado Santo.
Quienes hemos vivido ya muchas cuaresmas puede que perdamos el valor fuerte de los gestos y palabras tantas veces repetidos, y podemos caer en la monotonía de vivir una cuaresma más o podemos también ponernos al inicio de un camino, conscientes de la tarea que tenemos por delante. De nosotros depende que escojamos una cosa u otra.
La Cuaresma era el camino que recorrían los catecúmenos (o sea los que se preparaban para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana) de los primeros siglos de la Historia de la Iglesia, para la noche de la Vigilia Pascual ser bautizados y entrar a formar parte de la misma. Era un camino de exigencia, un camino duro en el que había que descubrir lo que significaba ser cristiano, era un camino de reflexión interior puesto que lo que iban a hacer era algo fundamental para sus vidas. Los tiempos han cambiado, no sé si para bien en todo esto, pero ese mismo camino es el que estamos iniciando nosotros aunque ya estemos bautizados, ese mismo camino es el que queremos andar todos los años al comienzo de este tiempo.
En la Cuaresma, esta llamada a la conversión va acompañada de unos pequeños gestos que manifiestan externamente ese compromiso interior. El ayuno y la abstinencia, sacrificios que aunque siga haciendo tengo que intentar acompañar de algún otro que me cueste algo más de esfuerzo y que en el fondo signifique esa otra gran penitencia interior, ese otro gran sacrificio fundamental que debe ser nuestro deseo de conversión sincera y auténtica. Rasgad los corazones, no las vestiduras, nos recordaba el profeta hace unos días.
La Cuaresma es también tiempo de oración, o sea tiempo de saber reconocer a Dios cerca de nosotros, de sentirlo más cercano, lo que nos proponemos es tan difícil que solo con Jesús junto a nosotros podremos conseguirlo. Aprovechemos los momentos que la parroquia nos ofrece para hacerla. La Cuaresma es tiempo de acercarse a los hermanos más débiles y necesitados, y sentirlos más cerca de nosotros, por eso si uno tiene algún conocido, algún vecino que sufre necesidad, está sólo o enfermo, este es el tiempo de hacerse más próximo a él, el Señor no estaría contento conmigo, si en este tiempo no me decidiera a estar más cercano a esa persona que me necesita. Por otro lado, las tentaciones de Jesús nos ponen a cada uno ante las que son nuestras tentaciones más comunes: nuestras malas artes, las cosas que decimos para llamar la atención o para descalificar a otros, nuestros excesos en determinadas cosas, la medida ancha que utilizamos con nosotros y la estrecha para juzgar a los demás, las veces que pretendemos ser el centro de todo, las veces que dejamos a Dios demasiado relegado en nuestras vidas… pensemos hoy en nuestras tentaciones y seamos inflexibles con ellas. Jesús supo hacerles frente, ¿sabremos nosotros?
Comencemos la Cuaresma con este gesto de humildad de reconocernos débiles y necesitados de perdón. Lo hacemos como todos los domingos pidiendo por todos los que sufren, están solos o enfermos.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA CUARESMA DE 2019
El papa Francisco ha hecho público su mensaje para la Cuaresma de 2019. El tema de este año es “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19).
“Pidamos a Dios -escribe el Santo Padre- que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.
“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.
1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.
2. La fuerza destructiva del pecado
Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.
3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón
Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.
Vaticano, 4 de octubre de 2018
Fiesta de san Francisco de Asís
Francisco
“Pidamos a Dios -escribe el Santo Padre- que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.
“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.
1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.
2. La fuerza destructiva del pecado
Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.
3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón
Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.
Vaticano, 4 de octubre de 2018
Fiesta de san Francisco de Asís
Francisco
HORARIO E ITINERARIO PARA NUESTRA HERMANDAD EN ESTE 2019
Tras la celebración del Pleno Ordinario de Toma de Hora celebrado este lunes 4 de Marzo en la Parroquia de san Dionisio,nuestro horario e itinerario aprobado para este año es el siguiente:
ESTE LUNES VÍA CRUCIS ORGANIZADO POR LA UNIÓN DE LA HERMANDADES
Este próximo lunes 11 de marzo nuestra hermandad recibirá corporativamente a la bendita imagen de Jesús de la Paz en el Vía-Crucis que organiza nuestra Unión de Hermandades.
Esta previsto que llegue a la parroquia de San Pedro sobre las 22:30 h. Tras la invitación de la Hermandad de la Paz, podremos portar en hombros posteriormente a la citada talla.
Este será el itinerario y horario del mismo:
- Ida (a partir de las 17:30 h) : Parroquia de Fátima, Antonio Mejías Bienvenida, Juan Antonio Romero, Zaragoza, Compañía de María, San Andrés, Rosario, Plaza Aladro, Marqués de Casa Domecq, Alameda Cristina (lado izquierdo), Rafael Rivero, Tornería, Santo Ángel, Plateros, Sedería, Chapinería, Plaza Asunción, José Luis Diez, Santa Isabel, Visitación, Reducto Alto Catedral, Puerta Principal, Santa Iglesia Catedral.
Esta previsto que llegue a la parroquia de San Pedro sobre las 22:30 h. Tras la invitación de la Hermandad de la Paz, podremos portar en hombros posteriormente a la citada talla.
Este será el itinerario y horario del mismo:
- Ida (a partir de las 17:30 h) : Parroquia de Fátima, Antonio Mejías Bienvenida, Juan Antonio Romero, Zaragoza, Compañía de María, San Andrés, Rosario, Plaza Aladro, Marqués de Casa Domecq, Alameda Cristina (lado izquierdo), Rafael Rivero, Tornería, Santo Ángel, Plateros, Sedería, Chapinería, Plaza Asunción, José Luis Diez, Santa Isabel, Visitación, Reducto Alto Catedral, Puerta Principal, Santa Iglesia Catedral.
- A las 20:00 se rezará el Vía Crucis oficial de Hermandades en la Catedral de Jerez
- Vuelta (a partir de las 21:15) : por Reducto, Encarnación, Reducto Bueno Monreal, Cruces, José Luis Diez, Limones, Plaza Carmen, Carmen, Sedería, Plateros, San Cristobal, Alameda del Banco, Larga, Rotonda de los Casinos, Bizcocheros, Caldereros, Rui Lopez, Clavel, Francisco Germá Alsina, Alcalde Manuel Díez Hidalgo, María del Carmen Requejo Iglesias, Alcalde Juan Narváez Ortega, Alcalde Pedro López Ruiz, Avda. Virgen de Fátima, Pasaje D. Buenaventura Sánchez Falcón, Antonio Mejías Bienvenida, Parroquia de Fátima.
- Vuelta (a partir de las 21:15) : por Reducto, Encarnación, Reducto Bueno Monreal, Cruces, José Luis Diez, Limones, Plaza Carmen, Carmen, Sedería, Plateros, San Cristobal, Alameda del Banco, Larga, Rotonda de los Casinos, Bizcocheros, Caldereros, Rui Lopez, Clavel, Francisco Germá Alsina, Alcalde Manuel Díez Hidalgo, María del Carmen Requejo Iglesias, Alcalde Juan Narváez Ortega, Alcalde Pedro López Ruiz, Avda. Virgen de Fátima, Pasaje D. Buenaventura Sánchez Falcón, Antonio Mejías Bienvenida, Parroquia de Fátima.
miércoles, 6 de marzo de 2019
SOBRE EL MIÉRCOLES DE CENIZA
1.- ¿Qué es el Miércoles de Ceniza?
El Miércoles de Ceniza es una celebración contenida en el Misal Romano. En este se explica que en la Misa, se bendice e impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas bendecidas en el Domingo de Ramos del año anterior.
2.- ¿Cómo nace la tradición de imponer las cenizas?
La tradición de imponer la ceniza se remonta a la Iglesia primitiva. Por aquel entonces las personas se colocaban la ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad con un “hábito penitencial” para recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo.
La Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos casi 400 años D.C. y a partir del siglo XI, la Iglesia en Roma impone las cenizas al inicio de este tiempo.
3.- ¿Por qué se impone la ceniza?
La ceniza es un símbolo. Su función está descrita en un importante documento de la Iglesia, más precisamente en el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia:
“El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el Rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, que distingue la Liturgia del Miércoles de Ceniza. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la Ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual”.
4. ¿Qué simbolizan y qué recuerdan las cenizas?
La palabra ceniza, que proviene del latín "cinis", representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Esta adoptó tempranamente un sentido simbólico de muerte, caducidad, pero también de humildad y penitencia.
La ceniza, como signo de humildad, le recuerda al cristiano su origen y su fin: "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gn 2,7); "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).
5.- ¿Dónde se puede conseguir la ceniza?
Para la ceremonia se deben quemar los restos de las palmas bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior. Estas son rociadas con agua bendita y luego aromatizadas con incienso.
6.- ¿Cómo se impone la ceniza?
Este acto tiene lugar en la Misa al término de la homilía y está permitido que los laicos ayuden al sacerdote. Las cenizas son impuestas en la frente, haciendo la señal de la cruz con ellas mientras el ministro dice las palabras bíblicas: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio».
7.- ¿Qué hacer cuando no hay sacerdote?
Cuando no hay sacerdote la imposición de cenizas puede realizarse sin Misa, de forma extraordinaria. Sin embargo, es recomendable que al acto se preceda con una liturgia de la palabra.
Es importante recordar que la bendición de las cenizas, como todo sacramental, solo puede realizarla un sacerdote o diácono.
8.- ¿A quién se puede imponer la ceniza?
Puede recibir este sacramental cualquier persona, inclusive no católica. Como especifica el Catecismo (1670 y siguientes) los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo como sí lo hacen los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia estos «preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella».
9.- ¿Es obligatoria la imposición de las cenizas?
El Miércoles de Ceniza no es día de precepto y por lo tanto la imposición de ceniza no es obligatoria. No obstante, ese día concurre una gran cantidad de personas a la Santa Misa, algo que siempre es recomendable.
10.- ¿Cuánto tiempo hay que tener la ceniza en la frente?
Cuanto uno desee. No existe un tiempo determinado.
11.- ¿Es obligatorio el ayuno y la abstinencia?
El Miércoles de Ceniza es obligatorio el ayuno y la abstinencia, como en el Viernes Santo, para los mayores de 18 años y menores de 60. Fuera de esos límites es opcional. Ese día los fieles pueden tener una comida “fuerte” una sola vez al día.
La abstinencia de comer carne es obligatoria desde los 14 años. Todos los viernes de Cuaresma también son de abstinencia obligatoria. Los demás viernes del año también, aunque según el país puede sustituirse por otro tipo de mortificación u ofrecimiento como el rezo del rosario.
MIÉRCOLES DE CENIZA – CICLO C – (6-3-2019)
MATEO 6, 1.3-4.6.16-18.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensara».”
Un año más comenzamos la Cuaresma, tiempo de preparación para los acontecimientos del Triduo Pascual: pasión, muerte y resurrección de Jesús, no olvidemos desde el principio que la cuaresma termina el Jueves Santo, pero su cima y su razón de ser está en la Vigilia Pascual del sábado de Gloria, hacia ella nos encaminamos desde ahora. Por tanto la celebración más importante de todo este tiempo es la Vigilia Pascual.
Deberían ser cuarenta días de reflexión sincera sobre nuestra realidad de cristianos, y caminar hacia la celebración de los que son los hechos centrales de nuestra fe, son unos acontecimientos tan trascendentales para los que creemos, que desde el principio de la historia de la Iglesia los cuarenta días anteriores a la resurrección fueron de una importancia fundamental, como lo deben ser también ahora.
La Cuaresma, como es por otra parte toda la vida del cristiano, es sobre todo un tiempo de renovación interior, un tiempo de cambio, un tiempo de análisis de nuestra vivencia cristiana, descubrir nuestros fallos, descubrir nuestros grandes y pequeños defectos, asumirlos como tales, y proponernos el cambio necesario para mejorar. Cada uno se conoce muy bien y sabe donde están sus carencias en relación a lo que Dios nos pide, una vez conocidas hay que intentar cambiarlas, y aquí está lo difícil porque la mayoría de las veces no nos atrevemos a dar ese paso que nos falta para lograr la verdadera conversión. Siempre nos suele quedar un trozo de nuestro corazón que no nos atrevemos a entregar a Dios. Por eso esta no es una cuaresma más sino que es la cuaresma, porque es en la que voy a tratar de convertirme de verdad. Cuando nos impongan la ceniza, nos van a decir, “conviértete y cree en el evangelio”, es decir “eso que hay de malo en ti cámbialo, decídete de una vez, no tengas la cara de decirle al Señor que no tienes ningún pecado porque ni robas ni matas”, la cuaresma es el tiempo adecuado para hacerlo.
La cuaresma llega para recordarnos en nuestro mundo vertiginoso, ahogado por las prisas y la inmediatez, que es necesario el freno, reducir la marcha y reflexionar. Vuelve el ayuno, la oración y la limosna en todas sus formas de ejercicios que nos ofrece la realidad. Benedicto XVI nos dejó un mensaje hermoso para este tiempo: mirar al que tenemos al lado para ejercer con él la caridad. Es decir, retirar la mirada egoísta hacia nosotros mismos, retirarnos de la preferencia en todas nuestras decisiones para poner al prójimo en primer lugar.
Y esto lo tenemos que hacer con toda la sencillez y la humildad del mundo, como las lecturas nos han recomendado, lo tenemos que hacer casi sin que se note, sin pedir reconocimientos ni felicitaciones por parte de nadie, sólo lo tiene que saber Dios y yo. Los pequeños gestos que podemos hacer a lo largo de estos cuarenta días, como es el hecho de abstenerse de comer carne los viernes, o el ayuno de los días señalados, quedan como los signos de ese otro gran ayuno interior que es la conversión del corazón. Esos gestos que son solo testimoniales, alcanzan todo su significado cuando son signos de esa gran conversión pendiente representada en nuestros esfuerzos por mejorar las cosas que no hacemos bien, y en superar nuestros fallos.
La Cuaresma del 2019 es por lo tanto, un nuevo tiempo de gracia que nos ofrece el Señor para seguir descubriéndolo en nuestra historia y en nuestros acontecimientos.
Otra de las características del tiempo de cuaresma es que es un tiempo de oración, o sea de reconocimiento del Señor cerca de nosotros, y es que no podremos conseguir lo que nos propongamos sin su ayuda y eso se lo tenemos que pedir en la oración sincera y sencilla, por eso la mejor manera comenzar la cuaresma es pedir los unos por los otros, redoblar nuestros momentos de oración, los que nos ofrece la parroquia y los que cada uno pueda organizarse. Pedimos los unos por los otros, especialmente por los más necesitados de nosotros.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensara».”
Un año más comenzamos la Cuaresma, tiempo de preparación para los acontecimientos del Triduo Pascual: pasión, muerte y resurrección de Jesús, no olvidemos desde el principio que la cuaresma termina el Jueves Santo, pero su cima y su razón de ser está en la Vigilia Pascual del sábado de Gloria, hacia ella nos encaminamos desde ahora. Por tanto la celebración más importante de todo este tiempo es la Vigilia Pascual.
Deberían ser cuarenta días de reflexión sincera sobre nuestra realidad de cristianos, y caminar hacia la celebración de los que son los hechos centrales de nuestra fe, son unos acontecimientos tan trascendentales para los que creemos, que desde el principio de la historia de la Iglesia los cuarenta días anteriores a la resurrección fueron de una importancia fundamental, como lo deben ser también ahora.
La Cuaresma, como es por otra parte toda la vida del cristiano, es sobre todo un tiempo de renovación interior, un tiempo de cambio, un tiempo de análisis de nuestra vivencia cristiana, descubrir nuestros fallos, descubrir nuestros grandes y pequeños defectos, asumirlos como tales, y proponernos el cambio necesario para mejorar. Cada uno se conoce muy bien y sabe donde están sus carencias en relación a lo que Dios nos pide, una vez conocidas hay que intentar cambiarlas, y aquí está lo difícil porque la mayoría de las veces no nos atrevemos a dar ese paso que nos falta para lograr la verdadera conversión. Siempre nos suele quedar un trozo de nuestro corazón que no nos atrevemos a entregar a Dios. Por eso esta no es una cuaresma más sino que es la cuaresma, porque es en la que voy a tratar de convertirme de verdad. Cuando nos impongan la ceniza, nos van a decir, “conviértete y cree en el evangelio”, es decir “eso que hay de malo en ti cámbialo, decídete de una vez, no tengas la cara de decirle al Señor que no tienes ningún pecado porque ni robas ni matas”, la cuaresma es el tiempo adecuado para hacerlo.
La cuaresma llega para recordarnos en nuestro mundo vertiginoso, ahogado por las prisas y la inmediatez, que es necesario el freno, reducir la marcha y reflexionar. Vuelve el ayuno, la oración y la limosna en todas sus formas de ejercicios que nos ofrece la realidad. Benedicto XVI nos dejó un mensaje hermoso para este tiempo: mirar al que tenemos al lado para ejercer con él la caridad. Es decir, retirar la mirada egoísta hacia nosotros mismos, retirarnos de la preferencia en todas nuestras decisiones para poner al prójimo en primer lugar.
Y esto lo tenemos que hacer con toda la sencillez y la humildad del mundo, como las lecturas nos han recomendado, lo tenemos que hacer casi sin que se note, sin pedir reconocimientos ni felicitaciones por parte de nadie, sólo lo tiene que saber Dios y yo. Los pequeños gestos que podemos hacer a lo largo de estos cuarenta días, como es el hecho de abstenerse de comer carne los viernes, o el ayuno de los días señalados, quedan como los signos de ese otro gran ayuno interior que es la conversión del corazón. Esos gestos que son solo testimoniales, alcanzan todo su significado cuando son signos de esa gran conversión pendiente representada en nuestros esfuerzos por mejorar las cosas que no hacemos bien, y en superar nuestros fallos.
La Cuaresma del 2019 es por lo tanto, un nuevo tiempo de gracia que nos ofrece el Señor para seguir descubriéndolo en nuestra historia y en nuestros acontecimientos.
Otra de las características del tiempo de cuaresma es que es un tiempo de oración, o sea de reconocimiento del Señor cerca de nosotros, y es que no podremos conseguir lo que nos propongamos sin su ayuda y eso se lo tenemos que pedir en la oración sincera y sencilla, por eso la mejor manera comenzar la cuaresma es pedir los unos por los otros, redoblar nuestros momentos de oración, los que nos ofrece la parroquia y los que cada uno pueda organizarse. Pedimos los unos por los otros, especialmente por los más necesitados de nosotros.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
sábado, 2 de marzo de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 8º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (3-3-2019)
Lucas 6,39-45
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «,Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».”
Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.
Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.
Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos en las eucaristías del domingo.
Se nos ha olvidado lo que es detenemos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberamos por unos momentos de nuestras tensiones y dejamos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.
Cuánto necesitamos los hombres y mujeres de hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior.
Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo alimenta y enriquece de verdad a la persona aquello que es capaz de escuchar en lo más hondo de su ser.
Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres y como creyentes. Según Jesús, el hombre «saca el bien de la bondad que atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su alma.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «,Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».”
Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse consigo mismo y con Dios. Es difícil liberarse del ruido permanente y del asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra, sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.
Ni siquiera en el propio hogar, escenario de múltiples tensiones e invadido por la televisión, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento indispensables para descansar gozosamente ante Dios.
Pues bien, paradójicamente, en estos momentos en que necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los creyentes hemos abandonado nuestras iglesias y templos, y sólo acudimos a ellos en las eucaristías del domingo.
Se nos ha olvidado lo que es detenemos, interrumpir por unos minutos nuestras prisas, liberamos por unos momentos de nuestras tensiones y dejamos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado. Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia, basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y recuperar la lucidez y la paz.
Cuánto necesitamos los hombres y mujeres de hoy ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior.
Acostumbrados al ruido y a las palabras, no sospechamos el bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e impresiones, se nos ha olvidado que sólo alimenta y enriquece de verdad a la persona aquello que es capaz de escuchar en lo más hondo de su ser.
Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como hombres y como creyentes. Según Jesús, el hombre «saca el bien de la bondad que atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su alma.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
viernes, 22 de febrero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 7º DOMINGO TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (24-2-2019)
Lucas 6,27-38
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros.”
El Evangelio de hoy nos toca muy dentro de nuestra vida y de las relaciones que tenemos con los demás. Jesús nos da unas claves sobre cómo debemos de ver y percibir a los que nos rodean. Muchos sufrimientos humanos se deben a la relación que tenemos con las demás personas. Cuando entramos en contacto con los que nos rodean intervienen dos elementos de gran importancia:
- la actitud interna y externa que tenemos hacia el otro.
- nuestra reacción hacia él.
Estas dos situaciones determinan la cordialidad o la enemistad en el contacto con la otra persona. Hoy la Palabra quiere que entendamos la necesidad de purificar desde el Señor ambas circunstancias. Jesús nos enseña una nueva pedagogía con respecto a las relaciones humanas; bien sabe Dios que nuestra actitud interior y exterior hacia los demás nos puede acercar más al creador o apartarnos de Él.
A la amistad, el llegar a ser amigos de verdad, sólo se llega desde la única senda del amor expresado en las más variadas formas: cariño, atención, apoyo, etc. En cambio, para crearte enemigos los caminos son muy numerosos: una frase a destiempo, un silencio inconveniente, una mueca impropia... Son muchos las vías que tenemos los seres humanos para enemistarnos y una sola la ruta que nos lleva a convertirnos en hermanos.
Hoy la Palabra nos indica y orienta sobre cómo debemos comportarnos con los demás de un modo justo y honesto: "Hagan con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes." Esta es la que se ha llamado la "Regla de oro" de la moral; es como una ampliación del mandamiento nuevo: "amar al prójimo como a ti mismo."
Quizás sea este Evangelio el más nombrado, no en su integridad, por los alejados de la fe. Les desconcierta aquello de "Al que te pegue en una mejilla, ofrécele también la otra..." Siempre hacen una interpretación literal del versículo y nos demuestran bastante a las claras que eso es de débiles o de tontos. Se olvidan esos hermanos alejados que Jesús pasó por una situación parecida y no puso la otra mejilla física, sino que más bien interrogó al que le pegaba haciendo que tomara una decisión entre dos actitudes: Jn 18,22-23. La bofetada que le dieron a Jesús sirvió para cuestionar al otro sobre el sentido de su violencia y sobre la serenidad de una vida justa.
¿Qué nos quiere decir este texto de las mejillas? En realidad es una llamada a la hondura de nuestra vida, a las raíces que tiene que tener un corazón bueno. Lo normal para el mundo sería devolver al mal mayor cantidad de mal, al dolor mayor cantidad de sufrimiento... Es el "ojo por ojo y diente por diente". Sabemos -para eso no hace falta ser creyente- que esta fórmula no funciona. Devolver mal por mal sólo produce mayor dolor y sufrimiento. Para evitar que me hagan sufrir más, yo hago sufrir más al otro... y el otro hace otro tanto...
Jesús rompe el círculo del mal que se multiplica en las relaciones humanas y nos invita a otro camino cuyas características son:
- Desposeernos de tantas cosas y de situaciones interiores que nos impiden relaciones fluidas y afectivas con los demás. En la vida del creyente sólo el amor, no el odio ni la venganza, ni el orgullo, ni el afán de poseer, será el termómetro mediante el cual medimos nuestra cercanía a Dios y a nosotros mismos.
- El mejor remedio para acabar con un enemigo es hacerlo amigo. Tenemos que ayudar a los enemigos, incluso orando por ellos. Devolver mal por mal es un fracaso producido siempre por un corazón mediocre. Sólo los grandes corazones pueden convertir en amor el mal que recibieron y devolver al otro en bondad lo que sembró en maldad. Esto sólo lo entiende y lo vive un corazón enamorado de Dios.
- La misericordia de Dios es el modelo a seguir. Si Dios ni te juzga ni te condena, ¿Por qué tú juzgas, condenas y ejecutas interiormente al otro? Aprende de la misericordia de Dios a entender el mundo y a las personas como remediables, superables, amables. - Amar es perdonar. Sólo perdona y olvida un corazón enamorado. Quien ama no está siempre recordando el dolor pasado y provocado por los que ahora son sus enemigos. Tenemos que aprender a mirar el pasado sin dolor. Amar es no guardar rencor, ni deseo de venganza, ni alegrarse del mal ajeno, ni mucho menos alejarse del que te hizo daño... El ejemplo nos lo dejó Jesús hasta en los últimos momentos de su vida. Jesús murió perdonando: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen."
- El amor que nos trae Jesús es universal. No es un amor para un grupo o una raza o una Iglesia determinada. El amor de Dios abarca a todos los seres humanos, amigos y enemigos.
No juzgues a tu hermano hasta que Dios te juzque a ti. Los seres humanos tenemos siempre muy temprano el juicio y la condena del otro. Con mucha frecuencia nos olvidamos que sólo Dios es quien puede juzgar porque sólo Él conoce lo que hay en el corazón de cada persona: sus intenciones, sus miedos y defensas, sus actos y sus cobardías. Hay una pregunta que siempre tenemos que tener muy cerca de nuestra mente y de nuestro corazón: "Tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?" (Sant 4,12).
- ¿Por qué no debemos de juzgar al otro? Todo juicio que hacemos sobre el otro lo sitúa en una parte concreta de nuestra vida y de nuestro corazón. Si creemos de alguien que es un bandido y lo juzgamos sin amor, lo pondremos en un rincón no muy relevante de nuestro corazón y de nuestra vida. Si, en cambio, acogemos al otro con amor, comprendiendo su mundo interior e incluso asumiendo su mediocridad, ya no le despreciaremos; lo veremos como un hermano débil que necesita de nuestra ayuda y apoyo. Es hacer con el prójimo lo que Dios hace cada día contigo y conmigo...
El Evangelio que se vive produce en las personas otra manera de ver, de entender y de responder al mundo y las situaciones que cada día se nos presentan. No hay nada más doloroso que ver a uno que se dice cristiano y piensa y actúa sin los criterios de Cristo. Su vida no está entregada al Señor. Una persona que no intenta cambiar el corazón desde el Señor, convierte a Dios en una simple excusa cuando no en un refugio de sus miedos y angustias interiores.
Si Dios me quiere tanto que me da tanto amor para mí y para los demás, ¿Cómo no soy capaz de vivir como Él vivió?
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros.”
El Evangelio de hoy nos toca muy dentro de nuestra vida y de las relaciones que tenemos con los demás. Jesús nos da unas claves sobre cómo debemos de ver y percibir a los que nos rodean. Muchos sufrimientos humanos se deben a la relación que tenemos con las demás personas. Cuando entramos en contacto con los que nos rodean intervienen dos elementos de gran importancia:
- la actitud interna y externa que tenemos hacia el otro.
- nuestra reacción hacia él.
Estas dos situaciones determinan la cordialidad o la enemistad en el contacto con la otra persona. Hoy la Palabra quiere que entendamos la necesidad de purificar desde el Señor ambas circunstancias. Jesús nos enseña una nueva pedagogía con respecto a las relaciones humanas; bien sabe Dios que nuestra actitud interior y exterior hacia los demás nos puede acercar más al creador o apartarnos de Él.
A la amistad, el llegar a ser amigos de verdad, sólo se llega desde la única senda del amor expresado en las más variadas formas: cariño, atención, apoyo, etc. En cambio, para crearte enemigos los caminos son muy numerosos: una frase a destiempo, un silencio inconveniente, una mueca impropia... Son muchos las vías que tenemos los seres humanos para enemistarnos y una sola la ruta que nos lleva a convertirnos en hermanos.
Hoy la Palabra nos indica y orienta sobre cómo debemos comportarnos con los demás de un modo justo y honesto: "Hagan con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes." Esta es la que se ha llamado la "Regla de oro" de la moral; es como una ampliación del mandamiento nuevo: "amar al prójimo como a ti mismo."
Quizás sea este Evangelio el más nombrado, no en su integridad, por los alejados de la fe. Les desconcierta aquello de "Al que te pegue en una mejilla, ofrécele también la otra..." Siempre hacen una interpretación literal del versículo y nos demuestran bastante a las claras que eso es de débiles o de tontos. Se olvidan esos hermanos alejados que Jesús pasó por una situación parecida y no puso la otra mejilla física, sino que más bien interrogó al que le pegaba haciendo que tomara una decisión entre dos actitudes: Jn 18,22-23. La bofetada que le dieron a Jesús sirvió para cuestionar al otro sobre el sentido de su violencia y sobre la serenidad de una vida justa.
¿Qué nos quiere decir este texto de las mejillas? En realidad es una llamada a la hondura de nuestra vida, a las raíces que tiene que tener un corazón bueno. Lo normal para el mundo sería devolver al mal mayor cantidad de mal, al dolor mayor cantidad de sufrimiento... Es el "ojo por ojo y diente por diente". Sabemos -para eso no hace falta ser creyente- que esta fórmula no funciona. Devolver mal por mal sólo produce mayor dolor y sufrimiento. Para evitar que me hagan sufrir más, yo hago sufrir más al otro... y el otro hace otro tanto...
Jesús rompe el círculo del mal que se multiplica en las relaciones humanas y nos invita a otro camino cuyas características son:
- Desposeernos de tantas cosas y de situaciones interiores que nos impiden relaciones fluidas y afectivas con los demás. En la vida del creyente sólo el amor, no el odio ni la venganza, ni el orgullo, ni el afán de poseer, será el termómetro mediante el cual medimos nuestra cercanía a Dios y a nosotros mismos.
- El mejor remedio para acabar con un enemigo es hacerlo amigo. Tenemos que ayudar a los enemigos, incluso orando por ellos. Devolver mal por mal es un fracaso producido siempre por un corazón mediocre. Sólo los grandes corazones pueden convertir en amor el mal que recibieron y devolver al otro en bondad lo que sembró en maldad. Esto sólo lo entiende y lo vive un corazón enamorado de Dios.
- La misericordia de Dios es el modelo a seguir. Si Dios ni te juzga ni te condena, ¿Por qué tú juzgas, condenas y ejecutas interiormente al otro? Aprende de la misericordia de Dios a entender el mundo y a las personas como remediables, superables, amables. - Amar es perdonar. Sólo perdona y olvida un corazón enamorado. Quien ama no está siempre recordando el dolor pasado y provocado por los que ahora son sus enemigos. Tenemos que aprender a mirar el pasado sin dolor. Amar es no guardar rencor, ni deseo de venganza, ni alegrarse del mal ajeno, ni mucho menos alejarse del que te hizo daño... El ejemplo nos lo dejó Jesús hasta en los últimos momentos de su vida. Jesús murió perdonando: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen."
- El amor que nos trae Jesús es universal. No es un amor para un grupo o una raza o una Iglesia determinada. El amor de Dios abarca a todos los seres humanos, amigos y enemigos.
No juzgues a tu hermano hasta que Dios te juzque a ti. Los seres humanos tenemos siempre muy temprano el juicio y la condena del otro. Con mucha frecuencia nos olvidamos que sólo Dios es quien puede juzgar porque sólo Él conoce lo que hay en el corazón de cada persona: sus intenciones, sus miedos y defensas, sus actos y sus cobardías. Hay una pregunta que siempre tenemos que tener muy cerca de nuestra mente y de nuestro corazón: "Tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?" (Sant 4,12).
- ¿Por qué no debemos de juzgar al otro? Todo juicio que hacemos sobre el otro lo sitúa en una parte concreta de nuestra vida y de nuestro corazón. Si creemos de alguien que es un bandido y lo juzgamos sin amor, lo pondremos en un rincón no muy relevante de nuestro corazón y de nuestra vida. Si, en cambio, acogemos al otro con amor, comprendiendo su mundo interior e incluso asumiendo su mediocridad, ya no le despreciaremos; lo veremos como un hermano débil que necesita de nuestra ayuda y apoyo. Es hacer con el prójimo lo que Dios hace cada día contigo y conmigo...
El Evangelio que se vive produce en las personas otra manera de ver, de entender y de responder al mundo y las situaciones que cada día se nos presentan. No hay nada más doloroso que ver a uno que se dice cristiano y piensa y actúa sin los criterios de Cristo. Su vida no está entregada al Señor. Una persona que no intenta cambiar el corazón desde el Señor, convierte a Dios en una simple excusa cuando no en un refugio de sus miedos y angustias interiores.
Si Dios me quiere tanto que me da tanto amor para mí y para los demás, ¿Cómo no soy capaz de vivir como Él vivió?
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
sábado, 16 de febrero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO:6º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (17-2-2019)
Lucas 6,17.20-26
“En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
- Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.”
Las bienaventuranzas tienen también otro nombre y es el de felicidad. Felicidad y bienaventuranza es lo mismo. La felicidad que Jesús nos ofrece no es sólo para esta vida sino que trasciende mucho más allá la realidad material de nuestra existencia.
Los seres humanos estamos llamados a la felicidad en nuestra vida y en nuestro futuro después de la muerte. Cada persona, incluso los que se desvían del camino, intenta ser feliz a su manera, a su forma, buceando por las profundidades de su vida. El infeliz es aquel que ha buscado ser bienaventurado por caminos equivocados, con métodos erróneos y con fines muy concretos. Los que piensan que el sexo, el poder, el dinero y otras tantas cosas aportan la felicidad, bien pronto descubren que estas parcelas de la vida humana son sólo eso, parcelas que no responden a la plena integridad de su vida.
Jesús propone a sus discípulos una opción que no se divide en parcelas. No propone ser feliz con el dinero, ni con el poder ni con el sexo, ni con nada material en concreto. El Maestro nos enseña el camino de la felicidad desde un ser y saber qué es lo que realmente llena el corazón de las personas.
Hay gente que llena su vida de cosas pero su corazón está muy, pero que muy vacío. Un corazón vacío produce ecos terribles en la vida de las personas: ecos de miedo, de sin sentido, de insensatez y de inseguridad. Los ecos tienen forma de pesadillas, cargos de conciencia, dolor por el pasado, cobardía...
¿Cómo es el camino de la felicidad que Jesús nos propone? ¿Qué elementos tiene que existir en la vida de las personas que seguimos al Señor para disfrutar de lo que nos propone?
La primera condición para lograr la felicidad es tener oídos para Dios. Escuchar desde el corazón lo que Dios nos pide y desea para nosotros. Nuestro creador no quiere que la tristeza, ni el pesimismo, ni la amargura estén continuamente presentes en nuestra vida, de ahí que nos ofrece caminos concretos para llegar a la felicidad plena.
Hay gente que se conforma con felicidades descafeinadas, con felicidades de urgencia, con felicidades paliativas... pero lo que Jesús nos ofrece es otra cosa...
Las actitudes que Jesús nos propone nos hacen ver dos condiciones, dos mundos, dos maneras de vivir. Depende de la elección que hagamos se hará realidad las promesas de Jesús.
- "Felices los pobres porque el reino de Dios les pertenece." No se refiere a los pobres sociológicos sino aquellos que tienen su confianza puesta sólo en el Señor. Todo lo que necesito para ser feliz está dentro de mi absoluta confianza en Dios; no necesito más. Quienes son capaces de dejar espacio para Dios y que no existan obstáculos materiales en sus adentros, recibirán el reino de Dios. Bien sabe Jesús que las cosas y las personas nos pueden robar el corazón aunque sólo sea para alcanzar breves conatos de felicidad...
- "Felices los que tienen hambre, porque quedarán satisfechos..." El alimento es una de las primerísimas necesidades del ser humano. Antes de hablar de la felicidad tenemos que procurarnos el alimento, no sólo el material sino el que interiormente nos sustenta. No es casualidad que Jesús se quedara entre nosotros como alimento. ¿Qué alimenta tu vida para seguir adelante?
- "Felices los que ahora lloran, porque después reirán." Los llantos de ahora como consecuencia de las incomprensiones, de los desaires, de tantos y tantos obstáculos que nos aparecen en nuestra vida y que nos hacen sufrir, son sólo una preparación para los gozos futuros. Es como si todos los llantos y tristezas los dejáramos definitivamente aquí, en este "valle de lágrimas" que es la vida.
- "Felices ustedes cuando la gente les odie, les expulsen, les insulten... por causa del Hijo del hombre..." El camino del Señor está salpicado de contratiempos, por eso hay muchas personas que abandonan el seguimiento del Maestro. No han entendido que tenemos que vivir rodeados de esas situaciones para que la fuerza de Dios realmente venza esas realidades humanas. Es bien bonito sufrir por hacer el bien, aunque los demás no lo entiendan ni valoren. Es lo mismo que le pasó a Jesús...
A las bienaventuranzas siguen otros tantos ayes o maldiciones contra los pecadores que prosperan, aunque el mundo les envidie...
- ¡Ay de ustedes los ricos! Porque se darán cuenta que las cosas que tienen no les sirve para ser felices y todo el trabajo por tener y por poner su confianza en las cosas no les ha servido de nada.
- ¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos! Llenos de ustedes mismos, pero sin Cristo, sin esperanza y sin Dios.
- ¡Ay de ustedes los que ríen ahora! Los que siempre están dispuestos a reír con la risa del necio.
- ¡Ay de ustedes cuando todos les alaben! Los que creyendo seguir a Cristo han preferido complacer el oído de los hombres, antes que anunciar el reino de Dios.
En definitiva, la historia del Evangelio de hoy es la de los que aparentemente sin tener nada poseen todo y de los que creyendo poseerlo todo no tienen nada...
Cada uno de nosotros debe de revisar con frecuencia su vida, preguntándonos si nuestro corazón está lleno de cosas en lugar de quien único puede de verdad llenarlo, de Dios.
“En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
- Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.”
Las bienaventuranzas tienen también otro nombre y es el de felicidad. Felicidad y bienaventuranza es lo mismo. La felicidad que Jesús nos ofrece no es sólo para esta vida sino que trasciende mucho más allá la realidad material de nuestra existencia.
Los seres humanos estamos llamados a la felicidad en nuestra vida y en nuestro futuro después de la muerte. Cada persona, incluso los que se desvían del camino, intenta ser feliz a su manera, a su forma, buceando por las profundidades de su vida. El infeliz es aquel que ha buscado ser bienaventurado por caminos equivocados, con métodos erróneos y con fines muy concretos. Los que piensan que el sexo, el poder, el dinero y otras tantas cosas aportan la felicidad, bien pronto descubren que estas parcelas de la vida humana son sólo eso, parcelas que no responden a la plena integridad de su vida.
Jesús propone a sus discípulos una opción que no se divide en parcelas. No propone ser feliz con el dinero, ni con el poder ni con el sexo, ni con nada material en concreto. El Maestro nos enseña el camino de la felicidad desde un ser y saber qué es lo que realmente llena el corazón de las personas.
Hay gente que llena su vida de cosas pero su corazón está muy, pero que muy vacío. Un corazón vacío produce ecos terribles en la vida de las personas: ecos de miedo, de sin sentido, de insensatez y de inseguridad. Los ecos tienen forma de pesadillas, cargos de conciencia, dolor por el pasado, cobardía...
¿Cómo es el camino de la felicidad que Jesús nos propone? ¿Qué elementos tiene que existir en la vida de las personas que seguimos al Señor para disfrutar de lo que nos propone?
La primera condición para lograr la felicidad es tener oídos para Dios. Escuchar desde el corazón lo que Dios nos pide y desea para nosotros. Nuestro creador no quiere que la tristeza, ni el pesimismo, ni la amargura estén continuamente presentes en nuestra vida, de ahí que nos ofrece caminos concretos para llegar a la felicidad plena.
Hay gente que se conforma con felicidades descafeinadas, con felicidades de urgencia, con felicidades paliativas... pero lo que Jesús nos ofrece es otra cosa...
Las actitudes que Jesús nos propone nos hacen ver dos condiciones, dos mundos, dos maneras de vivir. Depende de la elección que hagamos se hará realidad las promesas de Jesús.
- "Felices los pobres porque el reino de Dios les pertenece." No se refiere a los pobres sociológicos sino aquellos que tienen su confianza puesta sólo en el Señor. Todo lo que necesito para ser feliz está dentro de mi absoluta confianza en Dios; no necesito más. Quienes son capaces de dejar espacio para Dios y que no existan obstáculos materiales en sus adentros, recibirán el reino de Dios. Bien sabe Jesús que las cosas y las personas nos pueden robar el corazón aunque sólo sea para alcanzar breves conatos de felicidad...
- "Felices los que tienen hambre, porque quedarán satisfechos..." El alimento es una de las primerísimas necesidades del ser humano. Antes de hablar de la felicidad tenemos que procurarnos el alimento, no sólo el material sino el que interiormente nos sustenta. No es casualidad que Jesús se quedara entre nosotros como alimento. ¿Qué alimenta tu vida para seguir adelante?
- "Felices los que ahora lloran, porque después reirán." Los llantos de ahora como consecuencia de las incomprensiones, de los desaires, de tantos y tantos obstáculos que nos aparecen en nuestra vida y que nos hacen sufrir, son sólo una preparación para los gozos futuros. Es como si todos los llantos y tristezas los dejáramos definitivamente aquí, en este "valle de lágrimas" que es la vida.
- "Felices ustedes cuando la gente les odie, les expulsen, les insulten... por causa del Hijo del hombre..." El camino del Señor está salpicado de contratiempos, por eso hay muchas personas que abandonan el seguimiento del Maestro. No han entendido que tenemos que vivir rodeados de esas situaciones para que la fuerza de Dios realmente venza esas realidades humanas. Es bien bonito sufrir por hacer el bien, aunque los demás no lo entiendan ni valoren. Es lo mismo que le pasó a Jesús...
A las bienaventuranzas siguen otros tantos ayes o maldiciones contra los pecadores que prosperan, aunque el mundo les envidie...
- ¡Ay de ustedes los ricos! Porque se darán cuenta que las cosas que tienen no les sirve para ser felices y todo el trabajo por tener y por poner su confianza en las cosas no les ha servido de nada.
- ¡Ay de ustedes los que ahora están satisfechos! Llenos de ustedes mismos, pero sin Cristo, sin esperanza y sin Dios.
- ¡Ay de ustedes los que ríen ahora! Los que siempre están dispuestos a reír con la risa del necio.
- ¡Ay de ustedes cuando todos les alaben! Los que creyendo seguir a Cristo han preferido complacer el oído de los hombres, antes que anunciar el reino de Dios.
En definitiva, la historia del Evangelio de hoy es la de los que aparentemente sin tener nada poseen todo y de los que creyendo poseerlo todo no tienen nada...
Cada uno de nosotros debe de revisar con frecuencia su vida, preguntándonos si nuestro corazón está lleno de cosas en lugar de quien único puede de verdad llenarlo, de Dios.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
viernes, 8 de febrero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 5º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (10-2-2019)
LUCAS 5, 1-11.
“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar». Simón contesto: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían pescado; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.”
Mientras en el evangelio de Marcos, Jesús elige sus primeros discípulos antes de iniciar su actividad misionera. En el evangelio de Lucas que es el que estamos leyendo los domingos de este ciclo, Jesús presenta primero su proyecto, realiza los primeros signos y después elige a los apóstoles. Toda esta actividad se presenta junto al lago de Genesaret, un lago inmenso, rodeado de ciudades muy pobladas y de una gran importancia para la economía del país en tiempos de Jesús, junto a este marco geográfico se sitúa la escena evangélica que acabamos de leer.
En las tres lecturas de hoy nos encontramos con experiencias distintas de vocación, plasmadas en textos diversos y que corresponden a épocas diferentes: nos hablan, la primera de la vocación del profeta Isaías, la segunda de la vocación de Pablo y la tercera de la vocación o llamada a Simón Pedro. Todas ellas poseen unos elementos comunes y otros diferentes pero todas coinciden en una cosa, ni Isaías, ni Pablo ni Pedro son los que eligen sino que son llamados, es Dios el que llama, esto es muy importante en la vida del hombre de fe, es siempre Dios el que ha dado y da el primer paso.
Las lecturas quieren en este domingo hacernos reflexionar sobre uno de los problemas más preocupantes de la Iglesia en el siglo XXI. El problema de la escasez de vocaciones, un problema complicado, y con muchos matices. ¿Dios se ha olvidado de llamar en nuestro tiempo?, no, Dios sigue llamando, lo que sucede es que Dios no encuentra corazones lo suficientemente preparados como para que esa llamada sea escuchada, no hay personas dispuestas a seguir esa voz, como la escucharon y la siguieron los tres protagonistas de las lecturas de hoy. Dios ha llamado y sigue llamando, y lo hace teniendo en cuenta siempre las condiciones sociológicas de cada tiempo histórico, y esas condiciones sociológicas ofrecen en nuestro tiempo unos valores que no tienen nada que ver con lo que esa llamada exige. La llamada de Dios se produce, pero no encuentra el terreno lo suficientemente abonado como para que esa semilla prenda y se desarrolle. Si esa llamada de Dios exige: sacrificio,generosidad, renuncia, entrega a los demás, olvido de sÍ mismo, dar sin esperar recibir. Son estas, exigencias que no se encuentran valoradas en nuestro mundo.
Todos somos responsables de la promoción de las vocaciones a la vida consagrada, en realidad en el proceso de maduración como cristianos, en nuestro proceso de crecimiento como hombres y mujeres de fe, debería haber habido algún momento en el que todos tendríamos que habernos hecho esta pregunta, ¿y por qué no yo? ¿y por qué el Señor no me puede llamar a mí? Aunque después realicemos nuestra misión de cristianos siguiendo otros caminos, el reflexionar sobre nuestra posible vocación sacerdotal o religiosa debería haber ocupado su momento en nuestro proceso de maduración religiosa.
Por otra parte, muchas vocaciones surgen porque la persona observa modelos de conducta que le atraen y eso les hace interrogarse sobre cosas y situaciones. Quizá lo que nos haga falta hoy sean esos auténticos testigos, que con ilusión y alegría vivan su fe transmitiendo a los demás la riqueza de seguir a Jesús de una forma especial, quizá es que los cristianos no seamos lo suficientemente convincentes en nuestra de realidad de ser testigos. Nuestro comportamiento como hombres de fe no plantea a los que nos ven ningún interrogante especial sobre sus vidas.
Lo cierto es que aquella oración: “Cristo, no tiene manos, tiene solo nuestras manos; Cristo no tiene pies, tiene sólo nuestros pies….” Sigue siendo actual, y ahora y siempre el Señor necesita de personas que con un corazón limpio y desinteresado sepan ser sus testigos también en nuestro mundo, y aquí entramos nosotros.
Que estas reflexiones nos hagan intentar siempre ser testigos más convincentes de Jesús, como es difícil le pedimos que Él sea nuestra ayuda, lo hacemos los unos por los otros, y lo hacemos al tiempo que recordamos a todos los que sufren y a los que están solos o enfermos.
“En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar». Simón contesto: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían pescado; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.”
Mientras en el evangelio de Marcos, Jesús elige sus primeros discípulos antes de iniciar su actividad misionera. En el evangelio de Lucas que es el que estamos leyendo los domingos de este ciclo, Jesús presenta primero su proyecto, realiza los primeros signos y después elige a los apóstoles. Toda esta actividad se presenta junto al lago de Genesaret, un lago inmenso, rodeado de ciudades muy pobladas y de una gran importancia para la economía del país en tiempos de Jesús, junto a este marco geográfico se sitúa la escena evangélica que acabamos de leer.
En las tres lecturas de hoy nos encontramos con experiencias distintas de vocación, plasmadas en textos diversos y que corresponden a épocas diferentes: nos hablan, la primera de la vocación del profeta Isaías, la segunda de la vocación de Pablo y la tercera de la vocación o llamada a Simón Pedro. Todas ellas poseen unos elementos comunes y otros diferentes pero todas coinciden en una cosa, ni Isaías, ni Pablo ni Pedro son los que eligen sino que son llamados, es Dios el que llama, esto es muy importante en la vida del hombre de fe, es siempre Dios el que ha dado y da el primer paso.
Las lecturas quieren en este domingo hacernos reflexionar sobre uno de los problemas más preocupantes de la Iglesia en el siglo XXI. El problema de la escasez de vocaciones, un problema complicado, y con muchos matices. ¿Dios se ha olvidado de llamar en nuestro tiempo?, no, Dios sigue llamando, lo que sucede es que Dios no encuentra corazones lo suficientemente preparados como para que esa llamada sea escuchada, no hay personas dispuestas a seguir esa voz, como la escucharon y la siguieron los tres protagonistas de las lecturas de hoy. Dios ha llamado y sigue llamando, y lo hace teniendo en cuenta siempre las condiciones sociológicas de cada tiempo histórico, y esas condiciones sociológicas ofrecen en nuestro tiempo unos valores que no tienen nada que ver con lo que esa llamada exige. La llamada de Dios se produce, pero no encuentra el terreno lo suficientemente abonado como para que esa semilla prenda y se desarrolle. Si esa llamada de Dios exige: sacrificio,generosidad, renuncia, entrega a los demás, olvido de sÍ mismo, dar sin esperar recibir. Son estas, exigencias que no se encuentran valoradas en nuestro mundo.
Todos somos responsables de la promoción de las vocaciones a la vida consagrada, en realidad en el proceso de maduración como cristianos, en nuestro proceso de crecimiento como hombres y mujeres de fe, debería haber habido algún momento en el que todos tendríamos que habernos hecho esta pregunta, ¿y por qué no yo? ¿y por qué el Señor no me puede llamar a mí? Aunque después realicemos nuestra misión de cristianos siguiendo otros caminos, el reflexionar sobre nuestra posible vocación sacerdotal o religiosa debería haber ocupado su momento en nuestro proceso de maduración religiosa.
Por otra parte, muchas vocaciones surgen porque la persona observa modelos de conducta que le atraen y eso les hace interrogarse sobre cosas y situaciones. Quizá lo que nos haga falta hoy sean esos auténticos testigos, que con ilusión y alegría vivan su fe transmitiendo a los demás la riqueza de seguir a Jesús de una forma especial, quizá es que los cristianos no seamos lo suficientemente convincentes en nuestra de realidad de ser testigos. Nuestro comportamiento como hombres de fe no plantea a los que nos ven ningún interrogante especial sobre sus vidas.
Lo cierto es que aquella oración: “Cristo, no tiene manos, tiene solo nuestras manos; Cristo no tiene pies, tiene sólo nuestros pies….” Sigue siendo actual, y ahora y siempre el Señor necesita de personas que con un corazón limpio y desinteresado sepan ser sus testigos también en nuestro mundo, y aquí entramos nosotros.
Que estas reflexiones nos hagan intentar siempre ser testigos más convincentes de Jesús, como es difícil le pedimos que Él sea nuestra ayuda, lo hacemos los unos por los otros, y lo hacemos al tiempo que recordamos a todos los que sufren y a los que están solos o enfermos.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
viernes, 1 de febrero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 4º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (3-2-2019)
LUCAS 4, 21-30.
“En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?» Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del Profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la Sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de desempeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.”
Estamos ya en el cuarto domingo del tiempo ordinario, pero las lecturas de hoy si las hemos escuchado con atención, tienen muy poco de ordinarias, cada una de ellas es un verdadero toque de atención para nosotros, y sobre todo el trozo de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 12,31-13,13). Lectura que se ha convertido en un canto y en una descripción perfecta de lo que es y de lo que significa el auténtico amor. Palabra, por otra parte, tan usada y tan manoseada en ocasiones que corremos el peligro de ya no saber lo que queremos decir con ella.
El amor es el mandamiento fundamental del cristiano, creados a imagen y semejanza de un Dios que es amor, también nosotros lo somos, ya que esta realidad no es como un apéndice, o algo añadido que podamos tenerlo o no, si no, que si nos falta nuestra dimensión de creyentes en Jesús estará esencialmente incompleta. Cuando esta dimensión no aparece lo suficiente en nuestra conducta, podemos decir que nos falta la vida, la energía, el sentido de lo que hacemos. Aquel dicho del filósofo del siglo XVI “pienso luego existo”, tan decisivo para la historia de la humanidad se tendría que convertir para nosotros los cristianos en “amo luego existo”.
Este amor, no es algo que se sustente en el aire, que esté por encima de nosotros, que se quede sólo en palabras, no, si ese amor quiere ser auténtico, debe fundamentalmente ser servicial, el servicio tiene una inmensa red de posibilidades y hasta se puede decir que toda la vida humana es una sucesión continuada de servicios a prestar. El cumplimiento del deber, el trabajo, la convivencia, el estudio, la investigación, la enseñanza, la política, la promoción humana y religiosa son servicios fundamentales que entre todos hemos de prestar al mundo. Pero, a pesar de que en nuestra vida intentemos hacerlo todo más allá de lo que es la propia satisfacción personal, hay un servicio en el que el Maestro nos dio una lección increíble y que nos pidió que nosotros hiciéramos lo mismo, fue cuando lavó los pies a sus discípulos y entre ellos incluso estaba el que lo iba a entregar, es el servicio a los más pobres, a los marginados, a los enfermos, a los deprimidos, a los que no tienen nada ni incluso afecto, por eso nosotros cada domingo nos acordamos de ellos porque el día que no lo hagamos no estaremos siendo fieles al Señor.
Cuando uno lee o reflexiona un poco sobre la lectura de la carta a los cristianos de Corinto (una ciudad portuaria de la antigua Grecia), se da cuenta de lo lejos que está de cumplir la exigencias de ese mensaje, “ya podría yo tener fe para mover montañas, que si no tengo amor, no soy nada”. Mi fe que la mayoría de las veces es vacilante, dudosa. “Ya podría repartir en limosnas todo lo que tengo: si no tengo amor de nada me sirve”. O sea que puedo estar haciendo obras de caridad generosas, muy generosas y no tener amor. El amor está por encima de las obras de caridad. “El amor es paciente, amable, no es envidioso, no lleva cuentas del mal”. Cuanto camino nos queda por recorrer en lo que dice relación a vivir este mensaje.
El evangelio, por su parte, sigue presentándonos a Jesús al comienzo de su vida pública. Él es el esperado, el que tenía que venir, el evangelista se preocupa por darnos detalles concretos, como para confirmarnos su existencia. Y nos presenta el choque de Jesús con sus paisanos, los que lo conocían de siempre. Jesús aprovecha la ocasión para recriminarles su falta de confianza, ellos que lo han conocido desde pequeño, que conocían a su familia, que lo habían tenido tan cerca, ellos que son elegidos no han sabido responder a esa predilección por parte de Dios. Esto mismo nos puede pasar a nosotros, cristianos de siempre, cristianos de toda la vida. Que esta advertencia de Jesús nos anime a tomarnos más en serio nuestra fe y a ser un poco más fieles en el cumplimiento de sus exigencias.
Terminamos nuestra reflexión pidiendo los unos por los otros, especialmente por aquel que más lo necesite, y siguiendo el consejo que hoy hemos recibido hacemos presente y manifestamos nuestro amor a aquellos que menos tienen. Le pedimos al Señor que nos ayude a convencernos de la realidad de este mensaje.
“En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?» Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del Profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la Sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de desempeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.”
Estamos ya en el cuarto domingo del tiempo ordinario, pero las lecturas de hoy si las hemos escuchado con atención, tienen muy poco de ordinarias, cada una de ellas es un verdadero toque de atención para nosotros, y sobre todo el trozo de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Cor 12,31-13,13). Lectura que se ha convertido en un canto y en una descripción perfecta de lo que es y de lo que significa el auténtico amor. Palabra, por otra parte, tan usada y tan manoseada en ocasiones que corremos el peligro de ya no saber lo que queremos decir con ella.
El amor es el mandamiento fundamental del cristiano, creados a imagen y semejanza de un Dios que es amor, también nosotros lo somos, ya que esta realidad no es como un apéndice, o algo añadido que podamos tenerlo o no, si no, que si nos falta nuestra dimensión de creyentes en Jesús estará esencialmente incompleta. Cuando esta dimensión no aparece lo suficiente en nuestra conducta, podemos decir que nos falta la vida, la energía, el sentido de lo que hacemos. Aquel dicho del filósofo del siglo XVI “pienso luego existo”, tan decisivo para la historia de la humanidad se tendría que convertir para nosotros los cristianos en “amo luego existo”.
Este amor, no es algo que se sustente en el aire, que esté por encima de nosotros, que se quede sólo en palabras, no, si ese amor quiere ser auténtico, debe fundamentalmente ser servicial, el servicio tiene una inmensa red de posibilidades y hasta se puede decir que toda la vida humana es una sucesión continuada de servicios a prestar. El cumplimiento del deber, el trabajo, la convivencia, el estudio, la investigación, la enseñanza, la política, la promoción humana y religiosa son servicios fundamentales que entre todos hemos de prestar al mundo. Pero, a pesar de que en nuestra vida intentemos hacerlo todo más allá de lo que es la propia satisfacción personal, hay un servicio en el que el Maestro nos dio una lección increíble y que nos pidió que nosotros hiciéramos lo mismo, fue cuando lavó los pies a sus discípulos y entre ellos incluso estaba el que lo iba a entregar, es el servicio a los más pobres, a los marginados, a los enfermos, a los deprimidos, a los que no tienen nada ni incluso afecto, por eso nosotros cada domingo nos acordamos de ellos porque el día que no lo hagamos no estaremos siendo fieles al Señor.
Cuando uno lee o reflexiona un poco sobre la lectura de la carta a los cristianos de Corinto (una ciudad portuaria de la antigua Grecia), se da cuenta de lo lejos que está de cumplir la exigencias de ese mensaje, “ya podría yo tener fe para mover montañas, que si no tengo amor, no soy nada”. Mi fe que la mayoría de las veces es vacilante, dudosa. “Ya podría repartir en limosnas todo lo que tengo: si no tengo amor de nada me sirve”. O sea que puedo estar haciendo obras de caridad generosas, muy generosas y no tener amor. El amor está por encima de las obras de caridad. “El amor es paciente, amable, no es envidioso, no lleva cuentas del mal”. Cuanto camino nos queda por recorrer en lo que dice relación a vivir este mensaje.
El evangelio, por su parte, sigue presentándonos a Jesús al comienzo de su vida pública. Él es el esperado, el que tenía que venir, el evangelista se preocupa por darnos detalles concretos, como para confirmarnos su existencia. Y nos presenta el choque de Jesús con sus paisanos, los que lo conocían de siempre. Jesús aprovecha la ocasión para recriminarles su falta de confianza, ellos que lo han conocido desde pequeño, que conocían a su familia, que lo habían tenido tan cerca, ellos que son elegidos no han sabido responder a esa predilección por parte de Dios. Esto mismo nos puede pasar a nosotros, cristianos de siempre, cristianos de toda la vida. Que esta advertencia de Jesús nos anime a tomarnos más en serio nuestra fe y a ser un poco más fieles en el cumplimiento de sus exigencias.
Terminamos nuestra reflexión pidiendo los unos por los otros, especialmente por aquel que más lo necesite, y siguiendo el consejo que hoy hemos recibido hacemos presente y manifestamos nuestro amor a aquellos que menos tienen. Le pedimos al Señor que nos ayude a convencernos de la realidad de este mensaje.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
sábado, 26 de enero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 3º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (27-1-2019)
LUCAS 1, 1-4. 4, 14-21.
“Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó, Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y Él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».”
Las lecturas de la palabra de Dios que hemos escuchado hoy, (por lo menos la primera y el evangelio) tienen un objetivo y una preocupación común: intentar convencernos de la importancia de la palabra de Dios escrita, la que escuchamos todos los domingos en las lecturas de la Eucaristía, la que se encuentra en el libro sagrado: la Biblia. El pueblo de Israel, era un pueblo muy amante de la Palabra de Dios, se reunía a menudo para proclamarla y escucharla. Los libros que contenían la misma eran los libros sagrados. La gente los leía y los escuchaba con atención porque en ellos encontraban lo que Dios les quería comunicar a cada uno. Por eso, como pueblo religioso cuando había que tomar alguna decisión lo que decía la palabra de Dios era considerado como algo a tener muy en cuenta. Esto es lo que se nos ha leído en la primera lectura de hoy.
En nuestras celebraciones de la Eucaristía, la liturgia de la palabra que abarca las lecturas y la homilía si la hay, han ganado y van ganando cada vez más importancia. En nuestra cabeza ya no entran, aquellas celebraciones, que los menos jóvenes recuerdan, cuando nadie se enteraba de lo que estaba leyendo el sacerdote, y la misa era ocasión para poner en práctica alguna de nuestras devociones particulares, pero de las que salíamos sólo sabiendo que habíamos estado en misa, pero poco más. A pesar, sin embargo, de los pasos dados en el sentido de que todo el mundo puede entender lo que se hace y se dice en las celebraciones, no sé si valoramos lo suficiente la palabra de Dios que se nos lee cada domingo. No sé si la escuchamos con la atención y con la disposición necesaria para hacerla nuestra.
Los católicos debemos recobrar el amor por la sagrada Escritura, sobre todo por el Nuevo Testamento, ella debería ser nuestro verdadero alimento espiritual, tendría que se nuestro libro de cabecera, es verdad que son libros difíciles, muy difíciles, porque están escritos hace mucho tiempo, con un estilo y con unos géneros literarios complicados, pero deberíamos leerlos más de lo que lo hacemos, que creo que lo hacemos poco. Las lecturas de hoy domingo nos animan a hacerlo. En el Nuevo Testamento encontramos los hechos y los dichos de Jesús, fundamentales para nosotros, descubrimos el nacimiento de la primera Iglesia, el ejemplo de los primeros cristianos, la vitalidad de los que comenzaron la obra de Jesús, y esto es muy importante, ya que siempre tienen que ser para nosotros referencia y modelos a imitar. Ojalá logremos aumentar cada día nuestro amor por la Palabra de Dios.
El evangelio nos presenta a Jesús, al comienzo de su vida pública, y nos lo presenta no como aquel que ha venido a traer una Gran Noticia, no, no, sino como aquel que ha venido a traer la Buena Noticia. Jesús es presentado como aquel que ha venido a traer la buena noticia a los pobres, aquel que ha venido a dar la vista a los ciegos y a los oprimidos la libertad. Ante este mensaje, cada uno de nosotros, debe considerarse pobre, ciego y oprimido, y sólo así necesitaremos a Jesús, si no pasará de largo, porque no lo necesitamos. Jesús no viene a amargarnos la vida, la presencia de Jesús siempre tiene que ser una Buena Noticia, siempre, y las buenas noticias transmiten, alegría, paz, amor, responsabilidad por las cosas bien hechas. Y si Jesús es buena noticia para mí, yo debe ser buena noticia para los que me rodean, no puede darse una cosa sin la otra. Por eso este domingo me preguntaría: ¿mi manera de trasmitir a Jesús, trasmite esa paz, ese amor, esa responsabilidad, o trasmite miedo, temor, angustia? Si es como esto último, esa no es la buena noticia de Jesús, será otra cosa, pero no es lo que Jesús comienza a transmitir a los que quieren oírle.
Al comienzo de su vida pública Jesús nos es presentado como el esperado, por lo tanto tengo que seguir atento a su mensaje y a su evangelio, tengo que tener los oídos bien dispuestos para escuchar y así poder seguirle.
Le pedimos al Señor que nos ayude en esta tarea de descubrimiento personal de lo que nos pide a cada uno. Se lo pedimos especialmente en este domingo, para los que estamos aquí, y lo hacemos recordando siempre a los que menos tienen, a los que están solos, a todos los que les falta lo imprescindible para vivir.
“Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido. En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó, Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y Él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».”
Las lecturas de la palabra de Dios que hemos escuchado hoy, (por lo menos la primera y el evangelio) tienen un objetivo y una preocupación común: intentar convencernos de la importancia de la palabra de Dios escrita, la que escuchamos todos los domingos en las lecturas de la Eucaristía, la que se encuentra en el libro sagrado: la Biblia. El pueblo de Israel, era un pueblo muy amante de la Palabra de Dios, se reunía a menudo para proclamarla y escucharla. Los libros que contenían la misma eran los libros sagrados. La gente los leía y los escuchaba con atención porque en ellos encontraban lo que Dios les quería comunicar a cada uno. Por eso, como pueblo religioso cuando había que tomar alguna decisión lo que decía la palabra de Dios era considerado como algo a tener muy en cuenta. Esto es lo que se nos ha leído en la primera lectura de hoy.
En nuestras celebraciones de la Eucaristía, la liturgia de la palabra que abarca las lecturas y la homilía si la hay, han ganado y van ganando cada vez más importancia. En nuestra cabeza ya no entran, aquellas celebraciones, que los menos jóvenes recuerdan, cuando nadie se enteraba de lo que estaba leyendo el sacerdote, y la misa era ocasión para poner en práctica alguna de nuestras devociones particulares, pero de las que salíamos sólo sabiendo que habíamos estado en misa, pero poco más. A pesar, sin embargo, de los pasos dados en el sentido de que todo el mundo puede entender lo que se hace y se dice en las celebraciones, no sé si valoramos lo suficiente la palabra de Dios que se nos lee cada domingo. No sé si la escuchamos con la atención y con la disposición necesaria para hacerla nuestra.
Los católicos debemos recobrar el amor por la sagrada Escritura, sobre todo por el Nuevo Testamento, ella debería ser nuestro verdadero alimento espiritual, tendría que se nuestro libro de cabecera, es verdad que son libros difíciles, muy difíciles, porque están escritos hace mucho tiempo, con un estilo y con unos géneros literarios complicados, pero deberíamos leerlos más de lo que lo hacemos, que creo que lo hacemos poco. Las lecturas de hoy domingo nos animan a hacerlo. En el Nuevo Testamento encontramos los hechos y los dichos de Jesús, fundamentales para nosotros, descubrimos el nacimiento de la primera Iglesia, el ejemplo de los primeros cristianos, la vitalidad de los que comenzaron la obra de Jesús, y esto es muy importante, ya que siempre tienen que ser para nosotros referencia y modelos a imitar. Ojalá logremos aumentar cada día nuestro amor por la Palabra de Dios.
El evangelio nos presenta a Jesús, al comienzo de su vida pública, y nos lo presenta no como aquel que ha venido a traer una Gran Noticia, no, no, sino como aquel que ha venido a traer la Buena Noticia. Jesús es presentado como aquel que ha venido a traer la buena noticia a los pobres, aquel que ha venido a dar la vista a los ciegos y a los oprimidos la libertad. Ante este mensaje, cada uno de nosotros, debe considerarse pobre, ciego y oprimido, y sólo así necesitaremos a Jesús, si no pasará de largo, porque no lo necesitamos. Jesús no viene a amargarnos la vida, la presencia de Jesús siempre tiene que ser una Buena Noticia, siempre, y las buenas noticias transmiten, alegría, paz, amor, responsabilidad por las cosas bien hechas. Y si Jesús es buena noticia para mí, yo debe ser buena noticia para los que me rodean, no puede darse una cosa sin la otra. Por eso este domingo me preguntaría: ¿mi manera de trasmitir a Jesús, trasmite esa paz, ese amor, esa responsabilidad, o trasmite miedo, temor, angustia? Si es como esto último, esa no es la buena noticia de Jesús, será otra cosa, pero no es lo que Jesús comienza a transmitir a los que quieren oírle.
Al comienzo de su vida pública Jesús nos es presentado como el esperado, por lo tanto tengo que seguir atento a su mensaje y a su evangelio, tengo que tener los oídos bien dispuestos para escuchar y así poder seguirle.
Le pedimos al Señor que nos ayude en esta tarea de descubrimiento personal de lo que nos pide a cada uno. Se lo pedimos especialmente en este domingo, para los que estamos aquí, y lo hacemos recordando siempre a los que menos tienen, a los que están solos, a todos los que les falta lo imprescindible para vivir.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
sábado, 19 de enero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 2º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (20-1-2019)
JUAN 2, 1-11.
“En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino». Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: «Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora». Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.”
Los misterios celebrados y vividos en el tiempo de Navidad, han concluido con la fiesta del Bautismo de Jesús que celebramos el Domingo pasado y ahora, en el tiempo ordinario, asistimos al comienzo de su vida pública, y por lo tanto, al comienzo de su predicación y de su actividad pastoral. El Evangelio de San Juan nos ha presentado un pasaje conocido, la Boda de Caná donde Jesús comienza sus signos, comienza a manifestarse como el Mesías esperado. En este relato utilizando el símil del vino, se nos presenta lo nuevo frente lo antiguo, el vino nuevo es el mensaje de Jesús frente a las tradiciones de los judíos que es lo antiguo. Con la presencia de Jesús se inicia una nueva época, la época de la presencia salvadora de Dios como entrega de si mismo y como amor personificado del Padre; Dios ya no está lejos, sino que se hace realidad en Él. A partir de ahora, este Dios presente en Jesús es el que nos vamos a encontrar en sus dichos y hechos. Lo antiguo ha pasado, el judaísmo queda atrás, se abre una nueva etapa, una nueva época en la que Jesús es protagonista. Para comprender esa época tendremos que comprender y aceptar a Jesús. Este cambio no es aceptado por todos, muchos siguen prefiriendo el vino viejo, frente al nuevo, son aquellos que no aceptan la novedad de Jesús y se quedan con las viejas tradiciones y los viejos ritos.
Siguiendo con el ejemplo de la boda, la primera lectura nos presenta la relación de Dios con su pueblo. Es tan grande su amor hacia nosotros, que no tiene reparos en desposarse con nosotros: “Ya no te llamarán abandonada, a ti te llamaran mi favorita, porque el Señor te prefiere a ti. La alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo”. Esto acabamos de escuchar en la lectura del profeta. ¿Podremos entonces predicar una imagen de Dios que no sea la del amor total y gratuito, intenso hacia nosotros?, ¿Cómo pensar que nuestro Dios nos puede guardar rencor?, sólo tiene una explicación, porque nosotros trasladamos a Dios, nuestros propios sentimientos y nuestra propia manera de actuar y de ser, pero nuestro Dios nos es así. Es verdad que esa relación con Dios, exige que nosotros le devolvamos el amor que él nos tiene siendo fieles a nuestro compromiso, y esto es lo que de verdad tendría que preocuparnos. Yo tengo que responder a ese amor de Dios, amándolo a Él, y amando a las personas en las que él se manifiesta que son las que más cerca tengo de mí.
La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Corintios, nos introduce en el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos que comienza el día 18 y termina el día 25 con la fiesta de la Conversión de San Pablo. Es esta una celebración que pasa muy desapercibida entre nosotros, pero de una gran importancia para la vida de la Iglesia. A lo largo de la historia, los seguidores de Jesús, han hecho cosas que no están bien, hemos hecho cosas de las que hay que saber arrepentirse, hemos hechos cosas que nos responden a lo que Jesús hizo, y sobre todo a lo que Jesús nos dijo que teníamos que hacer. Uno de sus discursos que despedida que recoge el evangelista San Juan, pedía a los suyos que estuvieran unidos “Que todos sean uno”. Este testamento de Jesús no hemos sabido llevarlo a la práctica. Los que en la actualidad creemos en Jesús católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos no estamos unidos, somos muchos los que lo seguimos, pero lo hacemos desde Credos y confesiones distintos. Todos somos cristianos, todos tenemos como centro de nuestras vidas a Jesús, pero lo hacemos desunidos, no aceptando todos lo mismo en lo que dice relación con las verdades de fe. Por eso en esta semana se pedirá en todo el orbe cristiano para que poco a poco se vaya superando lo que nos separa y se consigan dar pasos por la unidad de todos, esto sólo se podrá lograr dejando de lado posiciones intransigentes.
Le pedimos al Señor, por todas estas cosas, para que el señor nos siga dando fuerzas a la hora de la construcción de un mundo mejor, más humano y solidario, pedimos los unos por los otros, especialmente por aquel que más lo necesite, pedimos por todos los que sufren, por los pobres, por los que están solos, sin nadie que los ayude en su soledad, pedimos por todos los que a nuestro lado nos necesitan y nosotros les damos de lado.
“En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino». Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: «Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora». Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.”
Los misterios celebrados y vividos en el tiempo de Navidad, han concluido con la fiesta del Bautismo de Jesús que celebramos el Domingo pasado y ahora, en el tiempo ordinario, asistimos al comienzo de su vida pública, y por lo tanto, al comienzo de su predicación y de su actividad pastoral. El Evangelio de San Juan nos ha presentado un pasaje conocido, la Boda de Caná donde Jesús comienza sus signos, comienza a manifestarse como el Mesías esperado. En este relato utilizando el símil del vino, se nos presenta lo nuevo frente lo antiguo, el vino nuevo es el mensaje de Jesús frente a las tradiciones de los judíos que es lo antiguo. Con la presencia de Jesús se inicia una nueva época, la época de la presencia salvadora de Dios como entrega de si mismo y como amor personificado del Padre; Dios ya no está lejos, sino que se hace realidad en Él. A partir de ahora, este Dios presente en Jesús es el que nos vamos a encontrar en sus dichos y hechos. Lo antiguo ha pasado, el judaísmo queda atrás, se abre una nueva etapa, una nueva época en la que Jesús es protagonista. Para comprender esa época tendremos que comprender y aceptar a Jesús. Este cambio no es aceptado por todos, muchos siguen prefiriendo el vino viejo, frente al nuevo, son aquellos que no aceptan la novedad de Jesús y se quedan con las viejas tradiciones y los viejos ritos.
Siguiendo con el ejemplo de la boda, la primera lectura nos presenta la relación de Dios con su pueblo. Es tan grande su amor hacia nosotros, que no tiene reparos en desposarse con nosotros: “Ya no te llamarán abandonada, a ti te llamaran mi favorita, porque el Señor te prefiere a ti. La alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo”. Esto acabamos de escuchar en la lectura del profeta. ¿Podremos entonces predicar una imagen de Dios que no sea la del amor total y gratuito, intenso hacia nosotros?, ¿Cómo pensar que nuestro Dios nos puede guardar rencor?, sólo tiene una explicación, porque nosotros trasladamos a Dios, nuestros propios sentimientos y nuestra propia manera de actuar y de ser, pero nuestro Dios nos es así. Es verdad que esa relación con Dios, exige que nosotros le devolvamos el amor que él nos tiene siendo fieles a nuestro compromiso, y esto es lo que de verdad tendría que preocuparnos. Yo tengo que responder a ese amor de Dios, amándolo a Él, y amando a las personas en las que él se manifiesta que son las que más cerca tengo de mí.
La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Corintios, nos introduce en el Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos que comienza el día 18 y termina el día 25 con la fiesta de la Conversión de San Pablo. Es esta una celebración que pasa muy desapercibida entre nosotros, pero de una gran importancia para la vida de la Iglesia. A lo largo de la historia, los seguidores de Jesús, han hecho cosas que no están bien, hemos hecho cosas de las que hay que saber arrepentirse, hemos hechos cosas que nos responden a lo que Jesús hizo, y sobre todo a lo que Jesús nos dijo que teníamos que hacer. Uno de sus discursos que despedida que recoge el evangelista San Juan, pedía a los suyos que estuvieran unidos “Que todos sean uno”. Este testamento de Jesús no hemos sabido llevarlo a la práctica. Los que en la actualidad creemos en Jesús católicos, protestantes, anglicanos, ortodoxos no estamos unidos, somos muchos los que lo seguimos, pero lo hacemos desde Credos y confesiones distintos. Todos somos cristianos, todos tenemos como centro de nuestras vidas a Jesús, pero lo hacemos desunidos, no aceptando todos lo mismo en lo que dice relación con las verdades de fe. Por eso en esta semana se pedirá en todo el orbe cristiano para que poco a poco se vaya superando lo que nos separa y se consigan dar pasos por la unidad de todos, esto sólo se podrá lograr dejando de lado posiciones intransigentes.
Le pedimos al Señor, por todas estas cosas, para que el señor nos siga dando fuerzas a la hora de la construcción de un mundo mejor, más humano y solidario, pedimos los unos por los otros, especialmente por aquel que más lo necesite, pedimos por todos los que sufren, por los pobres, por los que están solos, sin nadie que los ayude en su soledad, pedimos por todos los que a nuestro lado nos necesitan y nosotros les damos de lado.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
miércoles, 16 de enero de 2019
NUESTRA COFRADÍA PASARÁ POR CARRERA OFICIAL EN PRIMER LUGAR ESTE VIERNES SANTO
La Hermandad de la Exaltación y la nuestra han llegado a un acuerdo para permutar su orden de paso por Carrera Oficial el próximo Viernes Santo de 2019. La permuta tiene carácter de prueba por un año y permitirá que nuestra Hermandad sea la primera cofradía en pasar por Carrera Oficial, pasando la Hermandad de la Exaltación a ocupar la segunda posición en el día.
Desde ambas Hermandades, se agradece al Consejo Directivo de la Unión de Hermandades sus facilidades y al resto de Hermandades del día su colaboración, para llevar a cabo la permuta.
La permuta del orden de paso en el discurrir por la Carrera Oficial que se ha aprobado para este año, no es una novedad ni para nuestra Hermandad de Loreto, ni para la de la Exaltación. Esta posibilidad ya ha sido utilizada por estas dos hermandades, tanto en la Semana Santa de 2005, como en la de 2006, en las que la Hermandad de Loreto permutó con la Hermandad de la Exaltación su segundo lugar del Viernes Santo, pasando a ser la primera de la jornada.
Además, en el año 2007, por acuerdo de todas las hermandades del Viernes Santo, nuestra Hermandad de Loreto procesionó en el último lugar de esa jornada.
Estos hechos, completados por el que hoy se ha difundido, no deja de ser un reflejo de la disponibilidad y el interés de nuestra Hermandad por mejorar una jornada de la Semana Santa que sufre, desde hace muchos años, incidencias y limitaciones en el normal discurrir de sus cofradías, y en el cumplimiento de los horarios e itinerarios acordados.
Todo ello con el objeto de cuidar y velar por la seguridad de los hermanos que forman parte de nuestro cortejo procesional, para mantener las condiciones más apropiadas para que nuestra estación de penitencia se convierta en un verdadero testimonio público de fe en Nuestro Señor Jesucristo, y para finalmente mejorar en el desarrollo de nuestro acto de culto externo más importante a lo largo del año.
Desde ambas Hermandades, se agradece al Consejo Directivo de la Unión de Hermandades sus facilidades y al resto de Hermandades del día su colaboración, para llevar a cabo la permuta.
Además, en el año 2007, por acuerdo de todas las hermandades del Viernes Santo, nuestra Hermandad de Loreto procesionó en el último lugar de esa jornada.
Estos hechos, completados por el que hoy se ha difundido, no deja de ser un reflejo de la disponibilidad y el interés de nuestra Hermandad por mejorar una jornada de la Semana Santa que sufre, desde hace muchos años, incidencias y limitaciones en el normal discurrir de sus cofradías, y en el cumplimiento de los horarios e itinerarios acordados.
Todo ello con el objeto de cuidar y velar por la seguridad de los hermanos que forman parte de nuestro cortejo procesional, para mantener las condiciones más apropiadas para que nuestra estación de penitencia se convierta en un verdadero testimonio público de fe en Nuestro Señor Jesucristo, y para finalmente mejorar en el desarrollo de nuestro acto de culto externo más importante a lo largo del año.
Etiquetas:
Acuerdo,
Año 2019,
Diputación Mayor de Gobierno,
Estación Penitencial,
Hdad.Exaltación,
Noticia,
Permuta,
Venia de paso,
Viernes Santo
martes, 15 de enero de 2019
ENTREVISTA AL TALLISTA DEL NUEVO PASO DE NUESTRA MADRE,DAVID MEDINA SOTO
Entrevista al tallista David Medina Soto,artista que está realizando en tiempo y forma lo que será Dios Mediante el nuevo paso de Nuestra Madre:
PD Para una correcta audición,pausar el Repertorio Lauretano
PD Para una correcta audición,pausar el Repertorio Lauretano
viernes, 11 de enero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR – CICLO C – (13-1-2019)
LUCAS 3, 15-16.21-22.
“En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».”
“En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».”
La celebración del Bautismo de Jesús en el Jordán, cuya fiesta celebramos hoy, cierra el tiempo de Navidad. Es verdad que el Bautismo de Jesús no tiene el mismo significado que el nuestro, por eso uno de los evangelistas, Mateo, que escribía para judíos, y por lo tanto podía no entender bien el gesto de Jesús, pone un dialogo entre Juan y Jesús en el que el primero se niega a bautizarlo, diciéndole que es Él el que lo tiene que bautizar, pero Jesús le pide ser bautizado, y le pide ser bautizado para darnos una nueva lección de humildad y de saber hacer, el evangelista aprovecha el rito del bautismo para presentar a Jesús como el Salvador esperado, como el Mesías.
Juan bautiza a Jesús al comienzo de su vida pública, es como la puesta en marcha de la misma. De los treinta años de vida oculta de Jesús con sus padres en Nazaret los evangelios no nos dicen nada, hay un silencio respetuoso sobre ella. Aunque nos gustaría saber cómo fue la vida durante esos treinta años en Nazaret, la verdad es que lo que verdaderamente nos interesa es lo que Jesús dijo e hizo en su vida pública y ésa es la que comienza después de su bautismo. Por lo tanto si queremos conocer y profundizar en el mensaje de Jesús tenemos que estar atentos a la palabra de Dios en los domingos que van a venir a partir de ahora hasta el tiempo de Cuaresma. En ellos iremos recorriendo el camino que Jesús realiza hasta Jerusalén, escuchando su mensaje, viendo cómo trata a las personas, contemplando sus gestos y aprendiendo de todo lo que dice y hace.
Juan nos presenta a Jesús como el enviado de Dios, el esperado por el pueblo, el anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, es nuestro Salvador, nuestro Dios. Nos lo señala con el dedo, para que no tengamos ninguna duda y nos dice que es Él. Que dispongamos nuestro corazón para seguirle y nuestros oídos para escucharle. Efectivamente, Jesús es la referencia principal del cristiano, Él es el modelo fundamental. Las actitudes de Jesús deben ser las nuestras, la manera de comportarse de Jesús debe reflejarse en nuestro comportamiento, su talante, su modo de situarse ante las cosas, su manera de tratar a las personas, deberían ser imitados por nosotros. Pero, difícilmente puedo seguir y actuar como alguien que no conozco, o peor, que sólo conozco de oídas o porque otros me lo han dicho. No, debo ser yo quien descubra a ese Jesús, debo ser yo quien me preocupe por conocer lo que hizo, debo ser yo el que personalmente interiorice y haga mío, todo lo que ese Jesús me enseñó, sólo de esta manera Jesús podrá ser alguien significativo para mí.
El reflexionar hoy sobre el bautismo de Jesús, puede ser también un buen momento para reflexionar sobre el nuestro. Todos sabemos que el bautismo es el sacramento fundamental del cristiano, desde que me bauticé puedo decir que pertenezco a la Iglesia, de aquí la importancia que tiene el saber lo que se hace cuando se pide este sacramento, y que el mismo no tiene que responder a la sola presión social, sino más bien a la exigencia de ser transmisores de lo que creemos. Como perteneciente a la Iglesia, tengo la obligación de intentar vivir como esa pertenecía me exige, y mi conducta tendría que ser manifestación de sus exigencias, por eso hoy podríamos preguntarnos, ¿qué fidelidad tengo yo a lo que mis padres hicieron por mí el día de mi bautismo?, ¿he hecho mío aquel gesto? ¿he aceptado las consecuencias que lleva consigo estar bautizado?
Tendremos que reconocer que como casi siempre no encontramos en nosotros la fidelidad suficiente a lo que nuestra fe nos exige.
Le pedimos con sinceridad al Señor, que nos de la fuerza necesaria para ser sus testigos fieles en este mundo nuestro, que nos haga valorar los sacramentos en los que su presencia se hace más real y más evidente.
Y lo hacemos al tiempo que seguimos pidiendo los unos por los otros, especialmente por los que menos tienen, para que el Señor los ayude, los que sufren, los enfermos, para que ya que son los preferidos del Señor, también lo sean los nuestros.
Juan bautiza a Jesús al comienzo de su vida pública, es como la puesta en marcha de la misma. De los treinta años de vida oculta de Jesús con sus padres en Nazaret los evangelios no nos dicen nada, hay un silencio respetuoso sobre ella. Aunque nos gustaría saber cómo fue la vida durante esos treinta años en Nazaret, la verdad es que lo que verdaderamente nos interesa es lo que Jesús dijo e hizo en su vida pública y ésa es la que comienza después de su bautismo. Por lo tanto si queremos conocer y profundizar en el mensaje de Jesús tenemos que estar atentos a la palabra de Dios en los domingos que van a venir a partir de ahora hasta el tiempo de Cuaresma. En ellos iremos recorriendo el camino que Jesús realiza hasta Jerusalén, escuchando su mensaje, viendo cómo trata a las personas, contemplando sus gestos y aprendiendo de todo lo que dice y hace.
Juan nos presenta a Jesús como el enviado de Dios, el esperado por el pueblo, el anunciado por los profetas del Antiguo Testamento, es nuestro Salvador, nuestro Dios. Nos lo señala con el dedo, para que no tengamos ninguna duda y nos dice que es Él. Que dispongamos nuestro corazón para seguirle y nuestros oídos para escucharle. Efectivamente, Jesús es la referencia principal del cristiano, Él es el modelo fundamental. Las actitudes de Jesús deben ser las nuestras, la manera de comportarse de Jesús debe reflejarse en nuestro comportamiento, su talante, su modo de situarse ante las cosas, su manera de tratar a las personas, deberían ser imitados por nosotros. Pero, difícilmente puedo seguir y actuar como alguien que no conozco, o peor, que sólo conozco de oídas o porque otros me lo han dicho. No, debo ser yo quien descubra a ese Jesús, debo ser yo quien me preocupe por conocer lo que hizo, debo ser yo el que personalmente interiorice y haga mío, todo lo que ese Jesús me enseñó, sólo de esta manera Jesús podrá ser alguien significativo para mí.
El reflexionar hoy sobre el bautismo de Jesús, puede ser también un buen momento para reflexionar sobre el nuestro. Todos sabemos que el bautismo es el sacramento fundamental del cristiano, desde que me bauticé puedo decir que pertenezco a la Iglesia, de aquí la importancia que tiene el saber lo que se hace cuando se pide este sacramento, y que el mismo no tiene que responder a la sola presión social, sino más bien a la exigencia de ser transmisores de lo que creemos. Como perteneciente a la Iglesia, tengo la obligación de intentar vivir como esa pertenecía me exige, y mi conducta tendría que ser manifestación de sus exigencias, por eso hoy podríamos preguntarnos, ¿qué fidelidad tengo yo a lo que mis padres hicieron por mí el día de mi bautismo?, ¿he hecho mío aquel gesto? ¿he aceptado las consecuencias que lleva consigo estar bautizado?
Tendremos que reconocer que como casi siempre no encontramos en nosotros la fidelidad suficiente a lo que nuestra fe nos exige.
Le pedimos con sinceridad al Señor, que nos de la fuerza necesaria para ser sus testigos fieles en este mundo nuestro, que nos haga valorar los sacramentos en los que su presencia se hace más real y más evidente.
Y lo hacemos al tiempo que seguimos pidiendo los unos por los otros, especialmente por los que menos tienen, para que el Señor los ayude, los que sufren, los enfermos, para que ya que son los preferidos del Señor, también lo sean los nuestros.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
viernes, 4 de enero de 2019
EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR – CICLO C – (6-1-2019)
LUCAS 1-5.7-15.
“En aquel tiempo, Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.”
Estamos en el día de Reyes, celebración que cierra el ciclo de las fiestas navideñas. Una de las cosas que tiene la Navidad es que nos hace regresar a la infancia en muchos momentos. Y el día que más nos hace regresar a aquellos años no cabe duda que es el día de los Reyes. Es entrañable ver la cara de sorpresa de muchos niños en las cabalgatas de los pueblos y ciudades, la ilusión con la que han pedido o esperan los regalos la noche pasada. Y todavía siguen poniendo los zapatos, o les dejan algo de comida para los cansados camellos en esta noche mágica, en esta noche en la que todo es posible. Es muy bueno conservar en sus justos términos dentro de nosotros un sano sentido de lo mágico y de la fantasía, ya que esto nos hará estar más abiertos a la comprensión profunda de los acontecimientos y de las cosas que nos pasan, y llenar nuestro entorno de ese halo de ilusión y trascendencia que son imprescindibles.
La fiesta de la Epifanía del Señor, es la fiesta de la manifestación al mundo de la presencia de Dios, con la llegada de los magos las fronteras ya no serán obstáculo a la hora de reconocer al Niño de Belén como el Dios de todos. Sonaba a escándalo en el pueblo de Israel, el pueblo elegido, que los otros pueblos tuviesen la misma dignidad ante Dios, por eso San Pablo en la carta a los Efesios dice que los gentiles (o sea los que no son judíos) son también destinatarios de la salvación de Jesús. Después de esta fiesta nadie, ni pueblo ni personas, pueden atribuirse que Jesús venga sólo para ellos. La salvación de Dios no sabe ni de lenguas, ni de fronteras, ni de sexo, ni de color, ni de forma de ser, todos somos llamados a formar parte de este nuevo Pueblo de Dios que comienza a construir el Niño de Belén, que comienza a formarse en la Navidad. Los Reyes Magos universalizan la salvación del Señor que no puede ser encasillada por nada, ni por nadie. Que no es exclusiva de nada ni de nadie.
La luz de esta Epifanía, nos invita a que lleguemos hasta este Belén en el que nos hemos reunido, que es nuestra comunidad parroquial de San Blas: aquí, hoy, Dios quiere que le reconozcamos, que le encontremos en este templo, en esta casa, en esta comunidad, quiere que le reconozcamos en cosas pequeñas: en la sonrisa del que tenemos al lado, en el gesto de cariño del conocido, en el respeto, en el silencio, en la invitación a llevarnos mejor los unos con los otros, quiere que su signo distintivo sea la ternura, y que sintamos cómo se nos contagia, quiere que nos despojemos de esquemas antiguos y le podamos ver en la fragilidad, en la necesidad, quiere que le descubramos como nuestro Padre. Quiere que abramos nuestras conciencias y nuestros corazones para dejarle entrar y nacer dentro de ellos. Y quiere, por último, que aprendamos a ser nosotros estrellas para los demás, (y esto sí que es difícil) que sepamos guiarles para que en nosotros lo descubran también a Él, y así puedan llegar hasta el Dios de lo sencillo que ha nacido para salvamos,
En este día de los Reyes Magos, en el que todos (no sólo los niños) han pedido regalos, no estaría de más que nosotros les pidiéramos un poco más de paz para el mundo y para las relaciones entre nosotros, un poco más de amor para las familias rotas por la violencia y el desamor, un poco mas de justicia y caridad entre los hombres que haga que se superen las desigualdades y las pobrezas, un poco más de ternura en nuestras relaciones interpersonales, un poco más de esperanza y de ilusión en nuestros trabajos.
Pedimos al Señor en esta fiesta que la ilusión y la esperanza que son un signos de la misma, estén siempre presentes entre nosotros, que no desaparezcan de nuestro repertorio de conductas aunque ya no seamos tan niños. Se lo pedimos de verdad al Señor.
Y como siempre nos acordamos de los que menos tienen, de los que están solos, de los que han pasado las navidades sin una muestra de cariño especial por parte de alguien, de los enfermos, de los que sufren, de los que necesitan de nosotros y les damos de lado, nos acordamos de ellos y pedimos especialmente por ellos.
“En aquel tiempo, Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.”
Estamos en el día de Reyes, celebración que cierra el ciclo de las fiestas navideñas. Una de las cosas que tiene la Navidad es que nos hace regresar a la infancia en muchos momentos. Y el día que más nos hace regresar a aquellos años no cabe duda que es el día de los Reyes. Es entrañable ver la cara de sorpresa de muchos niños en las cabalgatas de los pueblos y ciudades, la ilusión con la que han pedido o esperan los regalos la noche pasada. Y todavía siguen poniendo los zapatos, o les dejan algo de comida para los cansados camellos en esta noche mágica, en esta noche en la que todo es posible. Es muy bueno conservar en sus justos términos dentro de nosotros un sano sentido de lo mágico y de la fantasía, ya que esto nos hará estar más abiertos a la comprensión profunda de los acontecimientos y de las cosas que nos pasan, y llenar nuestro entorno de ese halo de ilusión y trascendencia que son imprescindibles.
La fiesta de la Epifanía del Señor, es la fiesta de la manifestación al mundo de la presencia de Dios, con la llegada de los magos las fronteras ya no serán obstáculo a la hora de reconocer al Niño de Belén como el Dios de todos. Sonaba a escándalo en el pueblo de Israel, el pueblo elegido, que los otros pueblos tuviesen la misma dignidad ante Dios, por eso San Pablo en la carta a los Efesios dice que los gentiles (o sea los que no son judíos) son también destinatarios de la salvación de Jesús. Después de esta fiesta nadie, ni pueblo ni personas, pueden atribuirse que Jesús venga sólo para ellos. La salvación de Dios no sabe ni de lenguas, ni de fronteras, ni de sexo, ni de color, ni de forma de ser, todos somos llamados a formar parte de este nuevo Pueblo de Dios que comienza a construir el Niño de Belén, que comienza a formarse en la Navidad. Los Reyes Magos universalizan la salvación del Señor que no puede ser encasillada por nada, ni por nadie. Que no es exclusiva de nada ni de nadie.
La luz de esta Epifanía, nos invita a que lleguemos hasta este Belén en el que nos hemos reunido, que es nuestra comunidad parroquial de San Blas: aquí, hoy, Dios quiere que le reconozcamos, que le encontremos en este templo, en esta casa, en esta comunidad, quiere que le reconozcamos en cosas pequeñas: en la sonrisa del que tenemos al lado, en el gesto de cariño del conocido, en el respeto, en el silencio, en la invitación a llevarnos mejor los unos con los otros, quiere que su signo distintivo sea la ternura, y que sintamos cómo se nos contagia, quiere que nos despojemos de esquemas antiguos y le podamos ver en la fragilidad, en la necesidad, quiere que le descubramos como nuestro Padre. Quiere que abramos nuestras conciencias y nuestros corazones para dejarle entrar y nacer dentro de ellos. Y quiere, por último, que aprendamos a ser nosotros estrellas para los demás, (y esto sí que es difícil) que sepamos guiarles para que en nosotros lo descubran también a Él, y así puedan llegar hasta el Dios de lo sencillo que ha nacido para salvamos,
En este día de los Reyes Magos, en el que todos (no sólo los niños) han pedido regalos, no estaría de más que nosotros les pidiéramos un poco más de paz para el mundo y para las relaciones entre nosotros, un poco más de amor para las familias rotas por la violencia y el desamor, un poco mas de justicia y caridad entre los hombres que haga que se superen las desigualdades y las pobrezas, un poco más de ternura en nuestras relaciones interpersonales, un poco más de esperanza y de ilusión en nuestros trabajos.
Pedimos al Señor en esta fiesta que la ilusión y la esperanza que son un signos de la misma, estén siempre presentes entre nosotros, que no desaparezcan de nuestro repertorio de conductas aunque ya no seamos tan niños. Se lo pedimos de verdad al Señor.
Y como siempre nos acordamos de los que menos tienen, de los que están solos, de los que han pasado las navidades sin una muestra de cariño especial por parte de alguien, de los enfermos, de los que sufren, de los que necesitan de nosotros y les damos de lado, nos acordamos de ellos y pedimos especialmente por ellos.
D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



