lunes, 11 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 5º DÍA DEL QUINARIO (‏ (9-3-2013)

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La reflexión del quinto día de quinario está basada en la siguiente lectura del evangelio según San Juan (Jn. 19, 25-27), que dice lo siguiente:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.”

El tiempo de Cuaresma es un tiempo para escuchar más de cerca la Palabra del Señor; es además, tiempo de oración y de profundización en el bautismo. Son estos elementos los que nos llevan a que sea también un tiempo de penitencia. No se logra llegar a lo esencial sin dejar a un lado “otras cosas que valen menos”.

La liturgia presenta en este tiempo a la Virgen como modelo de creyente que medita y escucha la Palabra de Dios. María, obediente a la voluntad del Padre, camina también Ella hacia la cruz.

María: ha sido vista así por la tradición cristiana, como vosotros también la tenéis hoy, muy cerca a la cruz. María como creyente obediente al Padre, creyente que hace también un camino de fe y subida a Jerusalén. La presencia de María en las procesiones, con tanta fuerza, responde a una teología válida: María sentida y celebrada como creyente fiel, como compañera privilegiada del Hijo que se entrega.

En el camino cuaresmal, la figura de María aparece con sobriedad, con discreción, con sigilo, casi de puntillas. El centro cuaresmal es la preparación a la pascua. En el camino, como una más, pero como creyente significativa, está María. No es un adorno cuaresmal. Es un modelo. Ella ha recorrido también ese camino. Como lo recorrió su Hijo, como lo tiene que recorrer cualquiera que sea seguidor de Cristo.

Cuaresma es un camino que los fieles recorren “entregados” más intensamente a escuchar la Palabra de Dios y a la oración (SC 109). De este modo, se convierten los fieles en auténticos discípulos de Cristo. Pero no basta escuchar, hay que retener y meditar en el corazón, como María, la palabra que nos es dada. Sólo el corazón que retiene la palabra, como la semilla que cayó en tierra buena, produce frutos de vida eterna.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium 68, afirma como conclusión final que la Virgen María “en esta tierra, hasta que llegue el Día del Señor (2 Pe 3, 10) precede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza segura de consuelo”.

La Iglesia, en la misa de la gloriosa Asunción, contempla a María como esperanza segura de salvación que brilla para los fieles en medio de las dificultades de la vida. En esta Misa que comentamos se venera a la Madre de Cristo por tres motivos:
  • Primero: Porque durante su vida aquí en la tierra, alimentó constantemente la virtud de la esperanza, confió plenamente en el Señor, y “concibió creyendo y alimentó esperando” al Hijo de Dios anunciado por los Profetas.
  • Segundo: Porque habiendo subido al cielo se ha convertido en la “esperanza de los creyentes”, ayudando a los que desesperan, y siendo al mismo tiempo aliento, consuelo y fortaleza de los que acuden a Ella.
  • Tercero: Porque –como ya quedó dicho- precede con su luz a todos los hijos de Adán como señal de esperanza segura y de consuelo.

La esperanza teologal se ha convertido, por culpa de todos, en una virtud cenicienta que apenas tiene funciones en nuestro dinamismo sobrenatural. Se ha escrito con razón que no es fácil soportar la existencia sin una razón suficiente y sin una meta que pueda ilusionarnos. El corazón aspira a un amor que no termina y necesita de la esperanza que colme así todos sus deseos. Lo expresó, sentenciosamente, San Agustín: “Nos has creado, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. El deseo ineluctable de poseer a Dios y la firme esperanza de unirnos definitivamente a Él, pueden desalojar todo conato de melancolía. Nos hallamos ante una de las más hermosas advocaciones marianas que encantan especialmente al pueblo cristiano, sabedor, por fino instinto sobrenatural, de cómo intercede y ayuda a todos sus hijos la que es “omnipotencia suplicante”.

Sin duda hay muchos cristianos que tienen problemas de fe, pero abundan también los que no cultivan la virtud de la esperanza, ni se ejercitan en ella como si ésta no tuviera un papel esencial en su vida. Desgraciadamente la “esperanza-confianza” se ha ausentado de muchos corazones, provocando graves crisis de fe, y traumas espirituales a veces irreparables.

María es modelo de esperanza; María confió plenamente en el Señor; María se entregó por entero a la obra de la salvación; María fue fruto de la redención, convirtiéndose en “Hermana” nuestra; en nuestra peregrinación hacia la Patria, María garantiza nuestra esperanza.

Mirando a María en este tiempo de Cuaresma podemos resaltar dos rasgos:
  • María discípula de Jesús. La nota característica de la cuaresma es el discipulado. Quien sigue a Jesús es el que escucha su palabra y la pone en práctica. En este sentido María se presenta como la discípula del Señor. Ella tuvo que pasar de ser madre biológica a ser madre creyente y fiel. La devoción a María no es un puro grito del alma o del sentimiento del creyente. Es la admiración de la obra de Dios en María, la llena de gracia.
  • María, compañera de la cruz. Juan nos presenta a María como compañera junto a la cruz del Señor. Ausente, silenciosa y silenciada durante el ministerio público de Jesús, aparece justo en el momento cumbre de la cruz. Cumple así lo que el Hijo había anunciado: “el que quiera ser mi discípulo de verdad, que cargue con su cruz y me siga; y donde yo esté, estará él”.

Existen muchas cofradías que en estos días realizan su principal actividad. Y que como la vuestra tienen en María un camino de discipulado y que siguiendo a la Madre os dejáis conducir a la meta cristiana que es la vivencia de la Pascua.

Cuaresma y Semana Santa nos ofrecen ocasión propicia para pensar en muchos títulos pasionistas de María. Esta tarde me gustaría detenerme en una advocación que puede iluminar este horizonte, a veces tan oscuro que vivimos, y donde nos olvidamos fácilmente de la virtud teologal de la esperanza.

El formulario 37 de las llamadas “Misas de la Virgen María” la denomina “La Virgen María, Madre de la Santa Esperanza”. La advocación “Virgen de la Esperanza” sin ser estrictamente título de “Pasión”, está profundamente vinculado a la participación de María en la obra redentora de Cristo.

Refleja muy bien la función eficiente de Nuestra Señora en la Historia de la salvación. Por otro lado nos resulta entrañablemente familiar porque desde nuestra infancia hemos rezado miles de veces la bellísima antífona de la Salve, donde llamamos a la Virgen “Vida, dulzura y esperanza nuestra”. A su poderosa intercesión hemos confiado siempre nuestras cuitas, con la certeza filial de que Ella las toma sobre sí, y las atiende favorablemente, alcanzándonos las gracias que necesitamos.

María nos ha sido dada por Dios, también como modelo de sobrenatural esperanza. Ella practicó esta virtud hasta un grado y rango único. Esperó contra toda esperanza superando incluso a Abrahán, el padre de los creyentes, en su expectativa mesiánica. Con su fe y esperanza –nos dicen los Santos Padres- concibió a Cristo antes en su mente y corazón, que en su seno.

María se entregó enteramente a la Obra del Salvador siendo su primera colaboradora y discípula. Ella se vio obligada a ejercer constantemente la esperanza. Si hubiera sido preservada del dolor y de las pruebas interiores no habría podido convertirse en vivo ejemplo de nuestros afanes cotidianos en mil pequeñas batallas libradas sin cesar. A lo largo de las vicisitudes que narra el Evangelio y, sobre todo, en la Pasión de su divino Hijo, se nos muestra como nuestra Señora de la santa y dulce esperanza, que nunca defrauda. La Virgen es Hermana nuestra porque pertenece a la estirpe humana, y porque es la Primera Redimida “de modo eminente y en previsión de los méritos de su Hijo”. Por eso es proclamada miembro Excelentísimo, y enteramente singular de la Iglesia como tipo acabadísimo de la misma (LG 53)”.

No es una extraña paradoja, sino una consoladora realidad: María, Madre nuestra y Hermana nuestra. Madre de la Iglesia y miembro de la Iglesia. Nada más grato para nosotros, pobres caminantes, que ensanchar sin fronteras el campo de nuestra esperanza mirando a María glorificada: lo que Ella es ahora en el cielo, esperamos serlo nosotros cuando llegue la consumación del mundo.

La Iglesia, en su Liturgia, aplica a la Virgen las hermosas palabras del Eclesiástico: “Yo soy la Madre del amor, del temor, de la ciencia, y de la santa esperanza (24, 24)”. Si grande fue la fe de María, no menor brilló su esperanza. Cuanto más elevada era aquélla, mayor se mostraba también ésta. Quien cree con firmeza en las promesas de un Dios infinitamente bueno, poderoso y fiel, espera también con firme esperanza el objeto de sus promesas. Aunque su esperanza y abandono en Dios no fueron heroicos, no por ello han de ser considerador como inoperantes, sino todo lo contrario. Practicó de modo perfectísimo el viejo aforismo de la Ascética: “Haz por tu parte todo lo que puedas como si nada esperases de Dios. Y espéralo todo de Dios como si nada hubieses hecho con tu esfuerzo”. Así obró María en su viaje de Nazaret a Belén, en la búsqueda de Jesús en el templo y en todas sus acciones.

Hemos de aprender mucho de la esperanza de María, estimulando y activando la nuestra. El cristiano de hoy se ve sometido a muchas frustraciones y contagios del secularismo ambiental. En su exhortación “Marialis cultus”, Pablo VI escribe inspiradamente: “La Iglesia Católica reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda hacia la conquista de la plenitud. Ella, la Mujer nueva, está ya junto a Cristo. En Ella se ha realizado ya el proyecto de Dios para la salvación de todo el mundo. Al hombre contemporáneo frecuentemente atormentado, turbado en el ánimo y dividido en su corazón, oprimido por la soledad, la Virgen desde la realidad conseguida de la Ciudad de Dios, le ofrece una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia (n. 257)”.

Porque María es la Madre de la dulce y santa esperanza, hemos de mirarnos en ella, no sustrayéndonos al esfuerzo de cada día ni proclamándolo inútil. No olvidemos jamás que el motivo radical de la esperanza es un atributo divino: la inviolable fidelidad de Dios a sus promesas. Quien espera sobrenaturalmente tributa un espléndido homenaje al poder, a la bondad y a la lealtad del Creador, Padre y Redentor nuestro. Quien desespera está injuriando al poder y a la suma fidelidad divina, cerrándose el horizonte e introduciéndose en un túnel sin salida. Quien espera de verdad está firmemente convencido de que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37), y en buena doctrina sanjuanista se obtiene de Dios cuanto de Él se espera. San Pablo nos exhorta a no entristecernos como los que no tienen esperanza (1 Tes 4, 12).

No olvidemos jamás que la resurrección de Cristo es la raíz y el motivo de nuestra esperanza.

Se aproxima la Semana Santa. Nos disponemos a participar activamente en las solemnes celebraciones litúrgicas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Jueves Santo y Triduo Pascual. Pasión y Resurrección son los dos tiempos o fases fundamentales de un mismo e idéntico misterio de muerte y vida que limpia nuestras faltas y nos conquista la amistad con Dios.

Nos ayudará mucho a vivir en un verdadero clima sobrenatural la Semana Santa el recuerdo siempre estimulante y confortador de Nuestra Señora de la Esperanza. Ella desfila en nuestros devotos “pasos” procesionales con el rostro dolorido de quien acompaña a su Hijo inmolado y sacrificado por nosotros, ya que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15).

Nuestra Señora y dulce Madre de la Santa Esperanza nos alcanzará la gracia de poder ejercitarnos en esta importantísima virtud teologal que tantos bienes espirituales nos reporta, entre esos bienes hemos de incluir: una alegría desbordante, una abnegada paciencia, y una magnánima longanimidad para vivir con plenitud la vida cristiana. Ella que supo esperar como nadie, y por ello es también la “Primera Esperanza”, nos alcance la gracia coronada de la perseverancia final.

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