sábado, 31 de agosto de 2019

WEB CANDIDATURA HERMANDAD DE LORETO

Nos complace informaros a todos de que ya tenemos disponible el espacio web en el que se irá publicando toda la información relacionada con la candidatura a Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de Loreto.

Os animamos a que lo visitéis y nos hagáis llegar vuestras sugerencias, ideas, propuestas...

Además, nos gustaría felicitar a nuestro hermano Enrique Fernández por tan magnífico trabajo.

Podéis acceder a él en la siguiente dirección:

https://candidaturaloretojerez.com


EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 22º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (1- 9 2019)

LUCAS 14, 1.7-14.

“En aquel tiempo, entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».”


“Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios”, sabias palabras que hemos escuchado en la primera lectura del libro del Eclesiástico. “Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”, radical esta sentencia de Jesús que nos dirige en el texto evangélico de este domingo ya de finales de verano. Muy claro también el ejemplo de los convidados a la boda que nos ha puesto el Maestro en este día de fiesta.

Toda la palabra de Dios de hoy nos habla de la importancia de la humildad y la sencillez en el repertorio de conductas de los cristianos. Pero es un tema del que da mucho, mucho reparo hablar, porque se pueden decir muchas cosas sobre él y todo el mundo está de acuerdo en ellas, pero eso hace precisamente que no se lleven a la práctica, que no se cumplan a la hora de hacerlo realidad, es un tema en que muy fácilmente se puede caer en la demagogia, que es lo mismo que decir cosas sabiendo que no se cumplen. O sea es un tema del que se suele hablar mucho, pero que después nadie hacemos lo que decimos o creemos sobre él.

Las grandezas humanas. Qué necesidad de subirse a ellas, creérselas, y mirar con desprecio a los demás creyéndonos más altos, más grandes y más dignos que ellos. Qué común es ver este tipo de comportamiento en todos los estamentos de la sociedad, también en el eclesiástico, y entre los creyentes. Los escalafones, los peldaños, los altos y bajos niveles. Todos aspiramos a ellos. Cuando nuestra relación con el que tenemos al lado es para creernos mejores que él, más sobresalientes, anida en nosotros una gran equivocación que nos aleja del mensaje cristiano. Nos cuesta aceptar que todos somos igualmente pecadores e igualmente necesitados de la misericordia de Dios, a qué viene ese sentirse como merecedor de esos primeros puestos, cuando el Señor, como vimos el domingo pasado, mandaba a estos a los últimos, precisamente por esa actitud de vanagloria.

La dignidad no la da ni el poder, ni el cargo, ni los ascensos, ni lo reconocimientos, nuestra dignidad emana de nuestra condición de personas, y si además añadimos nuestra condición de Hijos de Dios, eso es lo que nos dignifica y echa por tierra todo lo que huele a soberbia y prepotencia.

Cuando cualquier cargo o responsabilidad que podamos tener nos sirve para apartarnos de los otros o ponernos enfrente de ellos, cuando sirve para alimentar la propia vanidad y no se entiende como un verdadero servicio, cuando es excusa para pisar a los demás en su integridad y dignidad, nos estamos desviando de lo que es el espíritu evangélico, el verdadero espíritu de Jesús. Estamos creyendo una cosa y practicando otra muy distinta, de ahí la dificultad que les decía al principio a la hora de hablar de este tema.

Ahora bien, el cristiano se sabe imperfecto y se reconoce pecador, necesitado de conversión, y debe saber reconocer esta falta en él, pero al mismo tiempo vive en la esperanza de la superación constante, se sabe querido y perdonado por Dios y eso lo lanza a una realidad enormemente creativa y llena de vida. Se siente pequeño y humilde, porque percibe la realidad de sus fracasos, de sus fallos, pero al reconocer la misericordia constante de Dios eso le da nuevos ánimos en su luchar diario, mirando siempre hacia delante en todos sus proyectos, abriéndose a todo lo que la sociedad le ofrece de bueno y estimulante, desarrollando un espíritu de apertura ante las nuevas realidades, no teniendo miedo a todo lo que es manifestación de ideas en este mundo tan plural que nos ha tocado vivir, sabiendo convivir con todos, estando atentos a todos. Y esto lo hacemos desde ese reconocimiento de la presencia de Dios junto a nosotros.

Le pedimos al Señor que haga desaparecer de nosotros todo lo que significa soberbia, y creernos superiores a los demás, todo lo que signifique orgullo y vanidad, porque eso hace que no nos llevemos bien unos con otros. Recordamos de forma especial a todos los que sufren, a los que están solos, enfermos, a todos los que necesitan de nosotros y nosotros le damos de lado.


D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 24 de agosto de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 21º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (25-8-2019

LUCAS 13, 22-30.

“En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; y él os replicará: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os replicará: No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados. Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán los primeros y primeros que serán los últimos».”


El texto del evangelio de hoy se ha prestado a muchas interpretaciones, pero en el fondo encaja perfectamente con lo que es central en el evangelio de San Lucas, evangelista que se caracteriza por describir a un Dios que siempre tiene presentes a los excluidos y marginados de entonces (los leprosos, las prostitutas, los pecadores), los cuales son su preferidos, y por su idea de presentar a Dios como sumamente misericordioso con todos y no sólo con unos cuantos privilegiados.

A la pregunta que le hacen a Jesús sobre las posibilidades de salvarse de unos y otros, que en definitiva da por sentado de que Dios selecciona a unos en detrimento de otros, Jesús, con la habilidad que le caracterizaba, no responde directamente, sino que lo hace con una imagen en la que habiendo primeros y últimos, lo que no está muy claro es quienes serán unos y quienes serán otros.

¿Quiénes son los primeros y los últimos para Dios? Esta es la pregunta clave a la que hay que intentar responder no con nuestros criterios, sino con los criterios de Dios, porque si no a que viene esa sentencia de Jesús: Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros.

Hay algunos, que ellos se consideran primeros, que están deseando que se abran las puertas y ocupar los puestos de privilegio, son los que se creen que van a tener la opción de entrar y disfrutar porque se lo han ganado. Están completamente seguros de que a ellos les llegará la entrada y se ven pasando por ese torno selectivo que se abre únicamente para los que tienen el correspondiente pase. Piensan que a los demás es dudoso, más bien casi seguro, que no les tocará la suerte de poder entrar. Y si el aforo, como dicen otros es pequeño, habrá muchos más aspirantes que plazas. Contra los que piensan así, es contra los que van dirigidas estas palabras de Jesús.

Lo que diferencia a los integrantes de esa fila imaginaria que Jesús hace, es que éste, Jesús, tira por tierra la seguridad que tienen unos y otros: mientras que para unos la seguridad la tienen porque se la han ganado con sus propias fuerzas y su conducta, lo cual es señal de autosuficiencia, los otros sólo confían en que ocurra algo que les permita entrar, porque saben que sus méritos nunca serán suficientes, esa es la diferencia. Pero lo que no hacen estos últimos, es quitarse de la fila, no, ellos a pesar de ser los últimos están ahí, porque saben que algo tiene que suceder que les va a permitir entrar. Y ese algo es su confianza en un Dios misericordioso que es capaz de hacer cualquier cosa para que todos entren, incluso que los primeros sean últimos y los últimos primeros. En un Dios que presenta la salvación desde la absoluta libertad de su amor infinito, más allá de nuestros méritos y nuestras imposiciones.

Cuando pensamos que Dios debe ser como nosotros pensamos y somos capaces de exigirle que se adapte a nuestras pretensiones, llega Él y nos sacude los esquemas, sacude nuestras seguridades y la imagen que nos habíamos creado para que la reconstruyamos con un mayor sentido de fidelidad al modelo que Él quiere mostrarnos.

En el espacio de Dios cabemos todos, los de una raza y los de todas las razas, los de un color y los de todos los colores. Los de una religión y los de todas las religiones. Ya lo había intuido Isaías con la belleza de la imagen que hemos escuchado en la primera lectura: Vendré para reunir a las naciones de toda lengua, de todos los sitios, de todos los rincones. La ciudad del Dios está abierta a todos, con una puerta estrecha, pero no una puerta cerrada. En las puertas estrechas hace falta mucha generosidad para poder entrar, porque no se caben todos a la vez, hace falta ser solidario para ayudar a otros a entrar y no preocuparnos sólo de nosotros.

Por eso hoy le pedimos al Señor, que nos de la fuerza suficiente para sentirnos invitados a entrar por la puerta que Dios nos señala, nadie debe quedarse fuera, todos estamos invitados. Le pedimos al Señor que nos de fuerza para intentarlo, se lo pedimos los unos para los otros, al tiempo nos acordamos de los que sufren las consecuencias del odio por cuestiones políticas o religiosas, de los que están solos, de los enfermos, especialmente los que conocemos o son de nuestras familias.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 17 de agosto de 2019

ELEVANGELIO DEL DOMINGO: 20º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (18-8-2019)

LUCAS 12, 49-53.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».”


Hay palabras de Jesús que, por supuesto, nosotros, y cualquier persona de bien firmaría y aceptaría sin vacilar, todo lo que dijo relacionado con el amor, la entrega a los demás, la cercanía con los desfavorecidos, el aceptar a todos incluso a los que no contaban para nada en su época. Pero hay otras que resultan extrañas, difíciles de entender, y que resuenan en nuestros oídos como de una forma rara. Una de estas pueden ser las que nos trae el evangelio de hoy, y son las que acabamos de escuchar: “No he venido a traer paz al mundo, sino división. En adelante una familia estará dividida… el padre contra el hijo y el hijo contra el padre”. Estas palabras, puesto que es un mensaje difícil, y aparentemente contradictorio con otras palabras suyas, están dichas, para facilitar que sus discípulos las recuerden fácilmente, y sepan en qué momento y cómo las dijo el Señor. A veces, cuando queremos transmitir algo que no pase desapercibido utilizamos formas extraordinarias, como para llamar la atención. En estas situaciones, como el evangelio de hoy, aparece un Jesús polémico que nos indica que los principios que él propone no tienen nada que ver con los nuestros.

Jesús, llamaba a la cosas por su nombre siempre, nos se andaba con medias palabras o medias verdades, como por ejemplo: haz esto, pero si no te apetece déjalo, o haz esto otro, si ves que esto otro te va a llevar mucho esfuerzo, no te preocupes si lo colocas en un segundo plano. Esta no era la manera de hablar del Maestro, este no era el modo de transmisión de su Buena Noticia. Por eso incomodó mucho, y a muchos, sobre todo a los que estaban demasiado seguros en las sociedad de su tiempo, a los codiciosos, a los que se consideraban perfectos, o se tenían por buenos. Por eso su menaje le acarreó tantos problemas y dificultades. Si echamos una ojeada al santoral, o sea a la vida de aquellos que lo siguieron de una forma especial, todo él está lleno de casos de personas que por su fidelidad a Jesús, su modo de vivir, les produjo más de una preocupación y más de un sufrimiento. O sea, que el mensaje de Jesús cuando se vive de una forma auténtica, con convencimiento pleno de lo que se hace, suele traer consigo problemas y dificultades para aquellos que lo cumplen con fidelidad. Y por aquí va el mensaje de Jesús en este domingo de agosto.

La división anunciada por Jesús, la confrontación por él prevista, se producirá porque su mensaje, su Buena Noticia, nos pone a cada uno, a cada uno de nosotros, ante la opción de elegir entre lo que Él nos dice y lo que nosotros desearíamos hacer. Este es el enfrentamiento y la división que el anuncia y no otro. El mensaje de Jesús me coloca en esta tesitura, tengo que elegir entre lo que él me pide, y lo que a mí me gusta. El tener que optar por una u otra cosa, no cabe duda, que me producirá más de un quebradero de cabeza, me producirá más de una división en mi interior. Y si además me encuentro o vivo con personas a las cuales este mensaje no les dice nada, ni les va ni les viene esa división y ese choque puede ser mucho mayor, cuando yo intento ser fiel.

El evangelio pretende ponernos en alerta a cada uno de los que queramos oírlo, ante la rutina y la poca importancia que damos la mayoría de las veces a lo que creemos, pretende ponernos en alerta ante la poca resonancia que tiene nuestra fe en lo que hacemos, cumplimos unas cuantas cosas, pero en otras muchas nuestra fe no es tenida en cuenta para nada.

Este es el mensaje de Jesús en este domingo, mensaje que nos anima a pensar y a reflexionar en nuestro interior, sobre nuestra dimensión de hombres y mujeres creyentes en este mundo nuestro, mensaje que no es que nos invite a ser héroes, pero sí a tomarnos más en serio lo que creemos y que empecemos reconociendo las cosas que no hacemos. Le pedimos al Señor que nos ayude a poco a poco ser cada día más fieles a lo que él nos pide a cada uno.

Se lo pedimos al Señor, y lo hacemos al tiempo que recordamos a todos los que están solos, enfermos, a los que no pueden tener tiempo de vacaciones por distintas razones, a los que necesitan de nosotros y nosotros seguimos sin hacerles caso y les damos de lado.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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jueves, 15 de agosto de 2019

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA – CICLO C – (15-8-2019)

LUCAS 1, 39-56.
“En aquel tiempo, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa”.


En un pueblo mariano por excelencia como es el nuestro, donde es casi imposible que puedas encontrar algún rincón, algún pueblo, donde no haya una advocación mariana, es fácil aceptar lo que es una verdad evidente, que desde los comienzos de la era apostólica, desde sus inicios, la Iglesia ha tenido una gran consideración por María, la madre de Jesús. Desde que en el libro de los Hechos de los Apóstoles aparece orando con los discípulos, después de la ascensión del Señor, hasta ahora, el reconocimiento y la consideración por María ha sido algo siempre presente entre los creyentes católicos. Esta realidad ha logrado que partiendo del sentir del pueblo sencillo se definan creencias y dogmas, que quizá por otros caminos no hubieran sido posibles. La Biblia nunca habla de la asunción de María, como no habla de otros dogmas marianos pero en 1950 el Papa Pio XII establece como verdad de fe la Asunción de María. Esta verdad creída, aceptada por la Iglesia y creída por los fieles desde siempre es lo que celebramos hoy el 15 agosto.

La asunción de María significa para nosotros aliento y consuelo para nuestra esperanza, el que creamos que María de Nazaret esté ya en el cielo, es solo una figura y una anticipación de que la Iglesia y con ella cada uno de los creyentes, nosotros, seremos también glorificados al lado de nuestro Padre Dios.

Lo interesante de la Palabra de Dios de hoy es fijarse en la lectura evangélica que la Iglesia nos propone para comprender la grandeza y la dignidad de María. Menos mal, que al menos en las Sagrada Escrituras, podemos encontrar personas como María, que pese a tener una misión tan especial encomendada por Dios, lo supo aceptar con humildad y con espíritu de servicio.

Isabel saluda a María de una forma magistral “Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” era un buen recibimiento a su prima que iba a ayudarla en la necesidad. Y la respuesta de María no se queda atrás, el canto del Magnificat, un canto tan impresionante y tan lleno de contenido que desborda todo lo que nosotros podamos decir de él. Digamos lo que digamos no lo podremos hacer mejor que ella lo hizo. Dice el refrán de la “abundancia del corazón habla la boca”, ella que se siente querida por Dios, proclama su grandeza y vive esa relación desde la humildad y la aceptación de sus planes sobre ella. Dios no solamente mira el pequeño, al pobre o al humilde, si no que cuenta con ellos, y los capacita para realizar su misión precisamente por ser así. A pesar de nuestros pecados, su misericordia llega a nosotros, desbordada, sin medida. Nada importa que seamos poca cosa, poco fiables, Dios sigue acordándose de su misericordia, porque nuestros pecados son muchos y repetidos.

La oración que brota de labios de María enfrenta, por otra parte, a dos grupos bien distintos: los poderosos, los ricos y los soberbios de corazón, y por otro los que se humillan, los humildes y los pobres. Es evidente que el evangelio y que Dios optan claramente por los humildes y resulta molesto para los soberbios y los poderosos. Porque María forma parte de los humildes y de los pequeños, la celebramos hoy exaltada y glorificada por la mano poderosa de Dios. A ese mismo destino estamos llamados nosotros. El camino para acompañar a María no es otro que el que recorrió ella: “Aquí está la esclava del Señor”.

Esta celebración mariana nos impulsa a los cristianos de hoy a realizar dos grandes y difíciles misiones: por una parte saber reconocer a al Señor, saber descubrirlo en nuestra vida, en los que nos pasa todos los días, en las cosas buenas y en las malas, y por otra saber darle gracias y bendecirlo cuando siento que obra a través mío.

Que la celebración de esta fiesta nos ayude a mirar como Dios nos mira y nos alegre el corazón, porque la misericordia de Dios, confirmada en la fiesta de la Asunción de María, ha llegado a nosotros, y la notamos cada día cuando vivimos nuestra relación con el Padre siempre dispuesto a acoger y a perdonar.

Se lo pedimos al Señor, al tiempo que recordamos a los enfermos y a los que sufren, para siempre encuentren en nosotros una ayuda en su dolor.


D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 3 de agosto de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 18º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (4-8-2019)

LUCAS 12, 13-21.

“En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?». Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios».”

La recomendación de San Pablo en su carta los cristianos de la ciudad de Colosas y el evangelio de san Lucas nos van a servir de guía, para nuestra reflexión, en este domingo veraniego.

En nuestra vida quizá nos preocupe demasiado el tener, el conservar y acumular los bienes de la tierra: el dinero, el prestigio social, el mirar por encima del hombro a los otros. El apóstol nos propone una mayor altura de miras. Nada puede ser más valioso que la vida misma; ningún bien pasajero puede ser comparable al bien de la vida feliz y eterna. Es más, para el cristiano, el amor, el seguimiento de Jesús, la fraternidad con todos, el perdón de las ofensas, la búsqueda de la voluntad de Dios, y tantos otros valores que el Señor nos enseñó, deben primar sobre los afanes de poseer, de tener cuanto más mejor, y que parece que son los que más nos preocupan. Nadie niega que los bienes de la tierra sean necesarios, lo son sin duda, pero sí negamos que esos bienes tengan que suplir la importancia de esos otros que están por encima del excesivo afán de acumular, y de juntar, y que ese afán apague y haga desaparecer esos otros valores que nos hacen tener un punto de mira distinto.

El evangelio que hemos escuchado viene a confirmar esto que acabamos de decir: aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Qué razón tiene esta frase. La medida de la vida no la da lo material, o mejor no la da únicamente lo material. La parábola nos sitúa ante una persona que no ha calculado bien, ha pensado únicamente en su vida pero mirando sólo de tejas para abajo. No ha pensado que su vida depende también de otras cosas, de otros valores, de otras decisiones, de otros acontecimientos. Ha calculado su bienestar únicamente desde los bienes acumulados, y en esto está precisamente su error. No va a disfrutar de nada de lo que ha acumulado, otros lo harán, pero su vida trascurrirá por unos derroteros que él ni siquiera había intuido.

La sentencia final de la parábola vuelve a enfrentar a los bienes de aquí abajo y los bienes de allá arriba; vuelve a enfrentar lo que es la riqueza para sí y la riqueza para Dios. Esta última es la que debe importarnos y no tanto la primera. La primera (la riqueza para sí) es completamente insolidaria, egoísta, (túmbate, come y bebe y date buena vida), sólo piensa en sí mismo, no tiene para nada en cuenta lo que pasa alrededor, únicamente piensa en acumular sin reparar en los medios utilizados y sin preocuparse de nada más.

No cabe duda de que Jesús condena muy duramente dos defectos, que por otra parte pueden anidar muy fácilmente en nuestro corazón, que son la ambición y la codicia. La ambición y la codicia representan ese desmesurado afán por poseer, por tener cuanto más mejor, sin reparar en nada ni en nadie, sin pensar en cómo se llega a tener tanto, y sin reparar que a tu lado, hay gente, hay personas, que están menguando cada vez que tú estás amontonado más. El codicioso, y el ambicioso están muy lejos de los planes del Señor para con nosotros, están muy lejos de lo que significa el mensaje solidario de Jesús.

Y no se trata como decimos siempre de que miremos para otro lado, o que juzguemos a otros sobre este mensaje, no, se trata de que me juzgue a mí mismo. Que descubra las veces que mi corazón siente y se comporta con esas dosis de codicia y de ambición, que haga un examen serio, siendo capaz de descubrir lo que hay en mí de codicioso y de ambicioso, que a lo peor es más de lo que creo.

Por eso en este domingo le pedimos al Señor que destierre de nuestro corazón todo lo que hay en él de insolidario, todo ese afán de tener por tener, de considerarnos importantes no por lo que somos, sino por lo que tenemos. Que haga de nuestro corazón un corazón de carne, que siente, que es sensible a las necesidades de lo demás, y elimine ese corazón duro, se lo pedimos al Señor.

Y lo hacemos al tiempo que pedimos por todos los que sufren, los enfermos, especialmente a los que conocemos, los que están solos, pedimos por aquellos a los que les falta los más importante para vivir que es el sentirse querido por las personas que tienen cerca, pedimos por ellos.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 27 de julio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 17º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (28-7-2019)

LUCAS 11, 1-13.

“En aquel tiempo, una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”». Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?».”



Desde la redacción de los libros del Antiguo Testamento, entre los que se encuentra el Génesis, hasta la redacción del evangelio de Lucas, que estamos leyendo todos los domingos de este ciclo, han pasado tiempo, han pasado varios siglos, por eso notamos la diferencia entre las dos lecturas, pero, sobre todo, han pasado cosas trascendentales, como ha sido la llegada de Jesús que ha introducido en nuestro mundo, una nueva manera de relacionarse el hombre con Dios. Del sentido que pretendía manejar la divinidad poniéndola al servicio de nuestros intereses, de nuestros sentimientos y necesidades, (como pretendió Abraham a la hora de reducir el número de los buenos), llega Jesús y proclama que la buena noticia es que Dios no nos mira con ojos de justicia sino con los ojos de amor, si Dios nos tratara como nuestras acciones merecen, estaríamos al cabo de la calle, pero no, Dios nos trata con amor, es decir que Él está por encima de todo lo que son mis pecados, mis fallos, y mi falta de coherencia con lo que creo. El aceptar esta nueva realidad, debe cambiar mi manera de relacionarme con Él. El Dios de Jesús no comienza mirando que es lo que hago, si está bien o está mal, sino que comienza queriéndome y después ya mira lo que hago, que es completamente distinto.

De ese Dios Juez utilizado como bandera contra los injustos, contra los malos, que siempre son los otros, se pasa a la imagen de ese Dios Padre que nos quiere y nos conoce. Desde entonces esta nueva imagen de Dios se va abriendo paso poco a poco en nuestra mentalidad religiosa, en nuestra manera de relacionarnos con Él, con muchas oscilaciones, pero se va imponiendo esa imagen del Dios del perdón, del amor de Padre, de la misericordia entrañable y de la gratuidad total, que por otra parte era el Dios que Jesús no se cansó de presentarnos siempre.

En la lectura evangélica vemos como los discípulos le piden a Jesús que los enseñe a orar. La oración es un tema central en el hombre de fe. El punto de arranque de la oración siempre tiene que ser la realidad, lo cotidiano, con sus conflictos, sus alegrías y contradicciones. Orar no es huir de nuestros propios problemas, ni desentendernos del mundo. Es cierto que lo oración puede sosegarnos y tranquilizarnos; pero donde realmente podemos discernir su autenticidad es en la capacidad que la oración nos da, para cargar con la realidad, hacernos cargo de ella y afrontarla con valentía. La oración más que sacarnos de la realidad, no introduce más en ella, nos coloca más cerca de ella.

En la oración expresamos también nuestra indigencia y pedimos lo que necesitamos, pero con la convicción de que no nos encontraremos con Dios si no aceptamos que lo que pedimos al Señor puede que no se cumpla, por lo menos como nosotros queremos. Esto es muy importante.

Orar conlleva aceptar que la relación con Dios pasa por el desconcierto y el asombro. Orar es exponernos a escuchar la gran pregunta por parte de Dios, esa pregunta que hizo a Caín, después de lo que hizo con Abel, ¿Dónde está tu hermano? Es aceptar ese compromiso de Dios a favor de los más necesitados del mundo y de nuestro entorno: los enfermos, los que están solos. Orar es ponerse al lado de ellos.

Hacer oración es saber reconocer a Dios a nuestro lado siempre, por eso hoy nos preguntamos ¿cómo es nuestra oración?, ¿solamente en ella nos dedicamos a pedir las cosas que necesitamos? Nosotros también como los discípulos le decimos a Jesús: “Enséñanos a orar”. Enséñanos a orar para que dejemos de lado nuestros egoísmos, nuestra soberbia, y nuestras cosas, que no nos conducen a nada, que nos hacen pequeños y mezquinos.

En este domingo le pedimos al Señor que nos enseñe a hacer realidad, esa nueva relación que debemos tener con Él, o sea que lo consideremos como lo que por otra parte le decimos todos los días: Padre nuestro. Se lo pedimos al Señor, especialmente para nosotros, y lo hacemos al tiempo que recordamos a todos los que sufren, a los enfermos, o a los que están solos o a los que necesitan de nosotros.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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miércoles, 24 de julio de 2019

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL – CICLO C – (25-7-2019)

MATEO 20,20-28

“En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:

- ¿Qué deseas?

Ella contestó:

- Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.

Pero Jesús replicó:

- No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?

Contestaron:

- Lo somos.

Él les dijo:

- Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquéllos para quienes lo tiene reservado mi Padre.

Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:

- Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.

Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.”



La escena nos es conocida. Una madre que movida por un amor apasionado a sus hijos, se acerca a Jesús pidiendo para Santiago y Juan los puestos de más honor y poder. Y la reacción inmediata de Jesús que trata de aclarar un grave malentendido: “No sabéis lo que pedís”.

Y es que el discípulo de Jesús es exactamente lo contrario de un hombre que busca poder y honor. El seguimiento a Jesús es el reverso del triunfalismo.

El cristianismo debe saber que sólo hay un camino para ser grande al estilo de Jesús. Y este camino no es el dominar, tiranizar y oprimir a los más débiles. Al contrario, es el camino humilde de quien sabe vivir en el servicio desinteresado a los demás.

El discípulo de Jesús debe saber que su grandeza no está en destruir y exterminar a sus enemigos, sino en saber sufrir e incluso morir como el Maestro, por fidelidad al Dios del amor.

Los malentendidos no han desaparecido. Curiosamente y por una de esas paradojas que suceden en la historia, se ha querido hacer de Santiago, el discípulo invitado por Jesús al servicio y al martirio, una especie de guerrero mitológico y poderoso, encargado de salvar a la patria contra sus enemigos, sirviéndose de un poder sobrenatural destinado a exterminar a los adversarios.

Digámoslo con claridad y firmeza. Hacer del apóstol Santiago un héroe al servicio de la espada y de la guerra es distorsionar gravemente lo que es un discípulo de Jesús.

Distorsión que puede explicarse en otras épocas y en otro contexto condicionado por formas de religiosidad más aberrantes. Pero, cuya utilización hoy no obedecería sino a intenciones muy alejadas del espíritu del evangelio predicado por el mismo apóstol.

Los cristianos tenemos que ir purificando nuestra religión de todo aquello que la falsea, la distorsiona y convierte nuestro cristianismo en caricatura del evangelio querido por Jesús.

No debemos caer ya en la tentación de mezclar lo político y lo religioso, para alimentar el triunfalismo que poco tiene que ver con lo que es la fe cristiana.

Y no creamos que es una tentación que acecha siempre a otros. Todos los pueblos corren el riesgo de manipular interesadamente la religión, Entonces, la comunidad cristiana llamada a ser comunidad de perdón, de fraternidad, de apertura y servicio a todos, puede degenerar en formas diversas de nacional-catolicismo que se alejan radicalmente de lo que debe ser una comunidad creyente.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 19 de julio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 16º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (21-7-2019)

LUCAS 10, 38-42.

“En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano». Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán».”

Tanto la primera lectura, como el evangelio que acabamos de escuchar nos ponen ante nuestros ojos una escena que debería ser bastante habitual en las relaciones entre nosotros, sobre todo, cuando invitamos a algún conocido a casa o cuando recibimos la visita de alguien.

Estaba Abraham junto a la encina de Mambré y de repente le aparecen a la puerta tres hombres, tres desconocidos, y él puesto en pié les recibe amistosamente y les pide que compartan con él un rato de descanso, algo de agua fresca, un trozo de pan y un poco de conversación. La actitud de Abraham en la lectura del Génesis, como la de Marta y María en el evangelio de Lucas, nos hablan hoy de saber recibir al otro, de ser acogedores, de ser hospitalarios, ¿son nuestras casas lugares de acogida?, ¿están abiertas las puertas para el que lo necesita?, o más bien, justificándonos en la experiencia, muchas veces real, desconfiamos de todos, y aquel dicho, “cada uno en su casa y Dios en la de todos”, es una realidad también cuando se trata de ser acogedor, de ser misericordioso con aquel que de verdad lo necesita?

Abraham no había ofrecido más que un poco de sombra, agua, pan y conversación. Pero una vez que aceptaron quedarse con él, se desbordó con los invitados, parecía que nada fuese bastante para aquellos hombres que él creía de paso por allí. Marta también, desbordada por el trabajo se queja porque su hermana no le echa una mano en el servicio, no la ayudaba nada. Estos gestos de generosidad tan desbordantes, no suelen ser pieza común entre nosotros, cuando vemos a alguien que desborda generosidad de esta manera, nos suele llamar la atención, y nos admiramos que haya gente así. Nos falta mucho de esa generosidad que nos enseña tan a menudo la Sagrada Escritura. Y hoy puede ser una buena ocasión para reflexionar sobre ello.

Abraham y María descubrieron lo que era más importante. El mejor de los regalos que podían ofrecer a sus invitados no era otra cosa que estar con ellos. No viene alguien a vernos y lo dejamos solo, mientras terminamos de hacer lo que teníamos entre manos, viene a estar contigo. Y ellos dos lo entendieron bien. Los cristianos deberíamos destacar también por la calidad de nuestro trato humano con las personas que nos rodean, conocidos o no. Deberíamos destacar por valorar a fondo la amistad, por ser generosos, por ser hospitalarios, por no hacer acepción de personas, por buscar lo más importante, que no es otra cosa que nuestros gestos hablen de amor. Y eso a veces se nos olvida metidos en tanto ajetreo como tenemos entre manos, olvidamos los detalles con las personas que tenemos cerca, en casa o el trabajo, o con las personas con las que nos encontramos a diario.

Dios pasó por casa de Abraham, Dios pasó por casa de Marta y María, y Dios continúa pasando hoy también, pasa por todos y cada uno de nosotros, pasa por nuestros corazones, por nuestros sentimientos, por nuestros pensamientos, por nuestras conciencias, pasa por todas las cosas que nos suceden: las buenas y las malas, pasa incluso por aquellos sitios en los que nos es muy difícil saber reconocerlo porque nos falta ese poco de fe que es imprescindible. Pasa por nuestras familias, por nuestros lugares de trabajo. No podremos verle físicamente como vemos las cosas que nos rodean, ni podremos tocarle como tocamos a las personas que queremos, eso nos gustaría, pero sigue pasando. Muchos nos dirán que hoy Dios está ausente, que no se le ve, sin embargo, no tienen razón, si no lo ven es porque no saben mirar bien. Los ojos de la fe (ojalá que sean así los nuestros) lo ven cada día en las cosas que hacemos, en las personas que queremos, en los que sufren, en los enfermos. Los ojos con que lo supieron ver tanto Abraham, como Marta y María.

Le pedimos al Señor que nos abra los ojos, para saber descubrirlo a diario y lo sepamos sentir cerca, a nuestro lado. Se lo pedimos hoy, en este domingo, al tiempo que recordamos a todos aquellos que sufren, a los enfermos, a los que están solos, a aquellos que por circunstancias dolorosas no pueden tener su tiempo de descanso, nos acordamos de ellos y pedimos por ellos.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 12 de julio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 15º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (14-7-2019)

LUCAS 10, 25-37.

“En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?». El letrado contestó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida». Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta”. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» El letrado contestó: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo».”



Lucas arranca este episodio aprovechando la pregunta de un maestro de la ley, acerca de qué es lo que debe hacer para salvarse. Recordemos que Jesús va camino de Jerusalén, los setenta y dos ya han vuelto de su misión, y Jesús antes de esta parábola ya ha hablado del amor debido a los demás y lo ha extendido también hacia los enemigos, entonces cuando Jesús habla ahora del amor al prójimo, incluye esta nueva dimensión del amor. Ante la buena pregunta del letrado ¿y quién es mi prójimo? Jesús le lanza la parábola tan conocida por todos del Buen Samaritano. Atendiendo a los personajes, nos encontramos con un hombre apaleado, que ha sido saqueado y que se encuentra medio muerto; un sacerdote, un levita que pasan de largo y un samaritano, que es quien a fin de cuentas, se ocupa de atender al malherido.

Vamos con ellos, el sacerdote y el levita ven al herido (no saben cómo está, lo ven de lejos, posiblemente pensaran que estaba muerto) y pasan de largo después de dar un rodeo. En la cultura judía el sacerdote y el levita, son los encargados de prestar servicios en el templo de Jerusalén, la propia ley declaraba impuros a aquellos que tenían contacto físico con un cadáver, y por lo tanto quedarían impuros y no podrían realizar su servicio en el templo, por tanto con su actitud no faltan a Dios, no faltan a la ley, pero no han pasado la prueba del amor al prójimo, la propia ley se lo ha impedido. El otro personaje es el samaritano (los samaritanos son los habitantes de Samaría, una de la regiones de Palestina, junto con Judea y Galilea). Los samaritanos, eran por cuestiones y rivalidades históricas enemigos acérrimos de los judíos, y por lo tanto, este samaritano sabe que al que está atendiendo es un judío, un enemigo suyo. Sin embargo, él sí que supera la prueba del amor al prójimo. Al sacerdote y al levita les pueden más la fidelidad a la ley que el amor debido. Al samaritano le puede más el amor al prójimo que las diferencias y rivalidades entre judíos y samaritanos.

Ahora Jesús pregunta a su interlocutor quién de los tres se ha portado como prójimo, a lo que responde sin dudar: el que practicó la misericordia con él. ¿Qué hay detrás de este mensaje de Jesús? Detrás de este mensaje hay una llamada de apertura hacia todos, una llamada a la universalidad, pero sobre todo, hay un no poner límites al amor, hay una llamada a la entrega, a la generosidad cuando se trata de compadecerse del mal ajeno, hay una llamada a ser misericordioso con todos, a salir al encuentro del que nos necesita, hay una llamada a amar al prójimo incluso cuando se trata de una persona que no nos resulta grata.

Y Jesús lo mismo que le dijo a aquel nos lo dice hoy a nosotros, si a nosotros, a los que nos atrevemos cada domingo a venir a escuchar su mensaje, porque lo consideramos importante para nuestra vida, y nos dice: “Anda, haz tú lo mismo”. Y me pregunto “Y, ¿quién es mi prójimo, ese con el que quiere el Señor que me comporte como el samaritano?”, ¿quién es? Quizá sea esa persona, o ese vecino al que llevo tanto tiempo sin saludar o dirigirle la palabra. – O ése que sé que necesita mi ayuda, y que constantemente se la estoy negando. – O ése familiar con el que me quiero reconciliar y no me atrevo a dar el primer paso. – O ése compañero de trabajo al que le estoy haciendo la vida imposible. – O ésa persona a la que constantemente maltrato con mis actitudes. – O mi mujer. – O mi esposo. – O mi hermano. – O mi hijo. ¿Quién es mi prójimo?, si nos damos cuenta son todos personas que están próximas a nosotros, porque prójimo significa próximo.

En estos casos la mayoría de las veces sobran palabras, teorías, excusas y estudios previos por nuestra parte, la realidad exige recursos, ayuda y cercanía amorosa y fiel. No hay que pasar de largo cuando lo que nos hace falta es demostrar amor al necesitado, no hay excusa que valga.

El Señor nos pide en este domingo que redoblemos nuestros esfuerzos a la hora de estar ceca del que sufre. Por ello le pedimos al Señor que Él nos ayude a superar nuestras diferencias, al tiempo que pedimos por lo que lo pasan peor que nosotros, por lo enfermos, los que sufren o los que están solos.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 6 de julio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 14º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (7-7-2019)

LUCAS 10, 1-12.17-20.

“En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros”. “De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo». Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».”


La palabra de Dios, siempre es rica, siempre es sugerente, siempre tiene que comunicar algo, pero claro, primero hay que escucharla con atención y después dejarse interpelar por ella, dejar que llegue al corazón, tal y como es, sin pasarla por el tamiz de nuestra manera de pensar y de hacer, sin devaluarla y sin hacerla decir lo que nosotros queremos que diga. De ahí la importancia de que cada domingo, saquemos algún mensaje que pueda ser importante para nuestra vida, es verdad que hay domingos en los que la Palabra es un poco más complicada que otros, pero siempre se nos quedará algo, si nosotros queremos, si nosotros hacemos esfuerzos por comprenderla, y eso que se nos queda es lo que debemos llevar a la práctica, después, a lo largo de la semana.

¿Hemos escuchado con atención el evangelio de hoy? Permitidme entonces un ejercicio de imaginación. Todo lo que escuchen a partir de ahora se entiende que es algo inventado y que no es cierto, aunque a veces lo parezca, porque en vez de leer o escuchar una Buena Noticia, escuchamos y leemos mensajes que no tienen nada que ver con eso.

Desde este punto de vista perverso y malintencionado, el evangelio de hoy quedaría así: “En aquel tiempo obligó el Señor a otros setenta y dos y los mandó por delante, solos, a todos los lugares y pueblos a donde no pensaba ir él. Y les decía: A nadie importa la mies, por tanto, no os preocupéis por su destino. Salid cuando queráis, da igual hoy que mañana, no importa. Id a triunfar, a buscar una buena posición, proveeros de todo lo necesario para hacer un viaje cómodo y sin molestias. Parad y entreteneros cuantas veces os apetezca. No importa que se retrase vuestra misión.

Cuando lleguéis a una casa, examinad bien sus condiciones materiales, no vayáis a dar con vuestros huesos a un lugar indigno de vuestra dignidad, y no os fijéis en tonterías sobre el talante amable o la serenidad y el espíritu solidario de los que os reciben. Saludad y quedaros sólo si os sentís adulados y reconfortados en vuestro orgullo. No vaciléis en cambiar de alojamiento si descubrís uno mejor. Pedid lo mejor para vosotros y para los que os acompañen. No os intereséis por las penas de los que os hospedan, a vosotros que os importa.

Podréis curar a los enfermos, pero a cambio de algo que os venga bien, y dejad bien claro que el Reino de Dios es sólo para unos pocos elegidos, cuyos nombres sólo vosotros conocéis. Nada de salvación para todos, que luego algunos se ilusionan. Si llegara a ocurrir que en algún sitio no os reciban, tomádselo en cuenta y prometedle la condena eterna. Os autorizo a vanagloriaros de todo lo que consigáis como si fuera mérito vuestro. Estad alegres no por el bien que hagáis, sino por la cantidad de riqueza y personas que estarán en vuestro poder”.

Menos mal que nos habíamos puesto en plan de fantasear, porque esta reescritura del evangelio resulta bastante penosa de leer. En ocasiones hace falta llegar al extremo del ridículo para ver claramente lo cerca que estamos de esa realidad. Este texto de Lucas, tan rico en sugerencias para nuestra vida, resulta una vez reescrito de la manera como lo hemos hecho, el catálogo de todos nuestro errores. El reconocimiento humilde de nuestros fallos, nos acerca mucho más al mensaje de Jesús, porque solo el que reconoce sus errores demuestra espíritu de superación, y deseos de hacer mejor las cosas.

Que nuestra buena disposición y nuestro empeño humilde en mejorar, nos haga acercarnos al texto primero del evangelio, y no intentemos reescribirlo tal y como a veces lo hacemos. Que esta lectura nos anime a ser transmisores de la paz que el mensaje de Jesús quería llevar a todos los sitios, que esta lectura nos transmita la ilusión y las ganas de hacer bien las cosas que la Buena Noticia de Jesús quiere hacer realidad siempre.

Se lo pedimos al Señor para los que participamos en esta celebración, se lo pedimos para aquellos que han iniciado un merecido descanso, para que este tiempo les sirva para después iniciar con fuerza su actividad cotidiana. Y recordamos a los que están solos, o enfermos, a los que necesitan de nosotros y nosotros incomprensiblemente les damos de lado.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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lunes, 1 de julio de 2019

EUSEBIO CASTAÑEDA,ÚNICO CANDIDATO A PRESIDIR NUESTRA HERMANDAD

Una vez acabado el periodo de presentación de candidaturas a miembros de Junta de Gobierno,nos es grato anunciaros que el único candidato presentado a regir por 5 años el timón de nuestra Hermandad es nuestro hermano D. Eusebio Castañeda Sánchez .

Eusebio de 39 años de edad, es hermano de Loreto desde 1992.

En el año 2004 entra a formar parte en la Junta de Gobierno ocupando la responsabilidad de Vocal de la misma.

Ya en la Junta que tomó posesión en 2009 ocupó el cargo de Teniente Hermano Mayor .

Finalmente en la Junta de 2014 ocupa el cargo de Tesorero segundo hasta la actualidad.

Por sus conocimientos en ciencias religiosas y liturgia se ha estado ocupando estos años atrás también de la Delegación de Cultos y ha formado parte activa del equipo de Dirección de Cofradía.

Nuestro total apoyo y agradecerle su fundamental compromiso y cariño por su Hermandad.



sábado, 29 de junio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: 13º DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C – (30-6-2019)

LUCAS 9, 51-62.

“En aquel tiempo, cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tornó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos»? Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia». Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios».”


Si el domingo pasado tratábamos de dar respuesta a la pregunta de quién es Jesús para nosotros, hoy las lecturas nos piden que revisemos cómo es nuestro seguimiento de ese Jesús, o sea, qué es lo que ese seguir a Jesús nos exige, porque tiene que exigirnos algo.

Para ayudarnos en esta tarea, el evangelio nos pone tres ejemplos de personas que quieren ser discípulos de Jesús. El primero de ellos es el propio candidato el que se ofrece a seguirlo, y Jesús en su respuesta le resalta la dificultad del seguimiento, que examine bien esa decisión porque seguirlo se trata de un proceso incómodo, duro, difícil. Al segundo es el propio Jesús el que le pide que lo siga, pero no toma conciencia de su inmediatez sino que antepone otras obligaciones, otros quehaceres. En el tercero se observa cómo seguir a Jesús es algo serio, algo que puede entrar en conflicto con otros valores de nuestra vida. Echar mano del arado, es decir comenzar el seguimiento, y mirar atrás, es seguir con la vida anterior y no haber entendido lo que significa realmente ese seguimiento.

Seguir a Jesús supone romper con nuestra vida pasada, sobre todo, con todo lo malo que hay en nosotros, pues requiere la totalidad de la persona y la totalidad del tiempo. Eso exige que se haga sin reservas de ningún tipo. Revisar nuestro seguimiento a la luz de este pasaje del evangelio de San Lucas será tomar conciencia de lo que se nos exige con ese seguimiento y de la dificultad del mismo. Y teniendo claro que debemos asumir nuestros fallos y pecados. El análisis sincero nos hará ver lo lejos que estamos de esa fidelidad absoluta que Jesús nos pide. La tarea de anunciar el reino, tarea que asume todo cristiano por el mero hecho de serlo, no es fácil. El propio Jesús tuvo serias dificultades a la hora de realizar su misión, acabó con un grupo reducido y aún estos le abandonaron en los últimos momentos.

El mensaje es exigente no lo podemos negar, si ocultamos o suavizamos sus exigencias, traicionamos el mensaje, y como el mensaje no es nuestro, sino que nos viene dado, no podemos alterarlo. Jesús conoce mejor que nadie las muchas dificultades que pueden asaltar al creyente, los valores que nuestra sociedad nos ofrece pero que no son los de Jesús y contra los que tan difícil se nos hace remar porque nos arrastran casi sin darnos cuenta: dinero, fama, seguridad, prestigio, situación social… nosotros también los conocemos, los conocemos perfectamente y sabemos que dificultan nuestra opción. Pero Jesús sigue invitándonos a seguirlo, no se cansa de mostrarnos el camino, somos nosotros los que no nos atrevemos a dar los pasos definitivos.

¿Cuánto nos falta para ser seguidores más fieles?, ¿qué es lo que más nos separa de esa fidelidad exigida?, ¿cuáles son nuestras excusas más comunes para no hacer lo que sabemos que Jesús nos pide? Si somos sinceros en este examen nos daremos cuenta de la cantidad de cosas que encontraremos. Esto cada uno tiene que responderlo, cada uno nos conocemos y sabemos que es lo que más nos separa de Jesús y de los hermanos: para unos será nuestra falta de fe a la hora de reconocer su presencia junto a nosotros, para otros nuestra superficialidad a lo hora de seguirlo, para otros nuestra falta de compromiso, nuestra indiferencia, para otros el ser incapaces de salir de nosotros mismos y ponernos en el lugar de los otros, nuestros egoísmos, nuestra carencias, nuestra pequeñez, nuestros pequeños y grandes dioses que nos alejan del verdadero.

Las excusas para ser fieles ¡¡cuántas son¡¡ y que fácilmente nos apartan de lo que es el seguimiento auténtico. Ya he hecho todo lo posible, esto es imposible cambiarlo, aquello no tiene remedio… y todo por no ser capaces de dar los pasos que debemos dar para solucionar eso que tanto me preocupa y que sé que no está bien.

Le pedimos al Señor que nos dé un poco más de valentía, de fortaleza para superar aquello que nos separa de Él, se lo pedimos sobre todo para los que estamos aquí, pedimos por todas las personas que queremos y que ahora no están con nosotros, y al tiempo recordamos a los que menos tienen, a los que sufren, están enfermos, a los que están solos y no tienen a nadie que les quiera.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 22 de junio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DELSANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – CICLO C – (23-6-2019)

LUCAS 9, 11b-17.

“En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío». (Porque eran unos cinco mil hombres). Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta». Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos.”


La Eucaristía tiene su fundamento en la última cena de Jesús con los suyos, cuando Jesús sabiendo lo que iba a pasar quiere realizar el gesto que garantizará para siempre su presencia y les quiere transmitir su último mandamiento. Pero la Eucaristía se afianza en la celebración de la resurrección por los apóstoles, hombres y mujeres, que compartieron con fe y alegría aquella experiencia de la vida gloriosa del Maestro que acababan de tener. Los apóstoles repiten el gesto de la fracción del pan, gesto y pan que ahora pasaran a ser el signo sacramental de una nueva presencia entre los suyos. Desde entonces el mismo Jesús se ha venido haciendo presente a través de la historia cada vez que una comunidad de creyentes se reúne y se pronuncian las palabras de la consagración, de esa misma manera se hace presente ahora en nuestra celebración la que nosotros estamos haciendo, la cual es la misma que Jesús hizo poco antes de morir.

Las dos fiestas eucarísticas fundamentales son el Jueves Santo y el día del Corpus, y las dos están unidas irremisiblemente al mandamiento nuevo de Jesús, hoy el día del Corpus es el día de la caridad, el Jueves Santo es el día de amor fraterno, no puede ser de otra manera. Lo que sucede es que nosotros nos quedamos solamente con lo que es menos exigente. Celebramos la presencia en el pan de aquel que amó hasta el extremo. De aquel que dió vista a los ciegos, que perdonó al que se había marchado de casa sin motivo, que amó incluso a los que le hacían daño, y que pidió a los suyos que tenían que amarse los unos a los otros como Él nos amó.

¿En qué medida cada vez que voy misa, cada vez que vengo a la celebración de la Eucaristía me siento viviendo la ultima cena del Señor y lo que allí se dijo?, ¿demuestro mi amor al prójimo como Jesús me pide?, o ¿estoy centrado únicamente en mis peticiones particulares? Mejor que responder ahora a estas preguntas, deberíamos dejarlas abiertas e irnos con esos interrogantes en nuestro interior, y tratar de responderlas en nuestros ratos de reflexión a lo largo de la semana.

Hay una frase de Jesús en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que no fue una frase ingenua “Dadles vosotros de comer”. Cuesta mucho creer que Jesús que conocía perfectamente a sus discípulos, que sabía los medios materiales de que disponían, seguro que con esa frase pretendió algo más que gastarles una broma. No cabe duda de que fue una invitación a que fueran un poco más allá de lo que ellos pudieran hacer, que rompiesen con el miedo, con el pesimismo, como queriéndoles infundir una mayor confianza en sí mismos, para que no se conformasen con poco o con lo mínimo. Jesús los interpela, para que no den sólo buenas palabras a la gente, sino que tengan en cuenta que su misión va más allá. Jesús intenta marcarles un estilo de vida, donde la preocupación por las necesidades de los demás, no sea algo secundario, sino que ocupe un lugar destacado en nuestra fe. Por eso aún sabiendo lo que después iba a hacer, les manda que les den ellos de comer, es decir que compartan lo que tengan, y no se preocupen de si es mucho o es poco, pero que lo hagan. Esta es la gran lección de Jesús a los suyos entonces, y a nosotros ahora.

Las instituciones que dentro de la Iglesia, quieren llevar a la práctica el mandato de Jesús de ayudar a los que no tienen: Cáritas…., intentan dar de comer a aquellos que en nuestra sociedad son los últimos en todo, los que no cuentan, los que no votan, los que no son reconocidos para nada, los que han perdido hasta su dignidad, esos son los últimos. Por eso en este día en el que se nos ha pedido nuestra colaboración con estas instituciones debemos demostrar nuestra generosidad, como signo de esa responsabilidad de creyentes.

Y a nosotros que todos los domingos pedimos con el máximo interés para que termine el hambre en el mundo, que los enfermos encuentren consuelo en su dolor, que los tristes sean consolados, y que a nadie que nos necesite falte nuestra compañía, hoy lo tenemos que hacer de una forma especial, porque es el día del Corpus, es el día en el que manifestamos nuestra fe en aquel que nos amó hasta el extremo y nos pidió que nosotros hiciéramos lo mismo con los que tenemos cerca.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 15 de junio de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO: SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD – CICLO C – (16-6-2019)

JUAN 16, 12-15.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que toma de lo mío y os lo anunciará».”


El creyente, la persona religiosa es aquella que yendo un poco más allá de lo que se ve, es capaz de descubrir a Dios, es capaz de vivir convencido de que nuestro mundo, nuestra realidad, no la mueve sólo el azar, si no que hay alguien más allá que ha puesto y pone en marcha todo esto. Las distintas religiones son una muestra de ello. Pero los cristianos, estando dentro de esta tendencia general, confesamos que en nuestra fe hay algo distinto. Ya no es que nosotros intentemos conocer a Dios como buenamente podamos, sino que Dios mismo ha tomado la iniciativa y se nos ha dado a conocer, habida cuenta de nuestra radical incapacidad para llegar hasta Él. Y lo ha hecho por medio de Jesús, de sus palabras, de sus enseñanzas, de su trato con la gente, de su dedicación al Reino, de su muerte y de su resurrección. Gracias a Jesús hemos conocido de cerca a ese Dios, y podemos establecer con Él un trato personal, algo no sólo impensable, sino escandaloso para otras religiones.

La Iglesia nos presenta en este domingo la fiesta de la Trinidad, ese profundo misterio asumido solamente desde la fe, no hay otro camino: tres personas distintas y un solo Dios. Cada vez que nos reunimos el Día del Señor para celebrar la Eucaristía, celebramos el acontecimiento pascual, que no es otro que la muerte y resurrección de Cristo que nos ha salvado. Celebramos también el amor de Dios que nos quiere y da su vida por nosotros; un amor que hoy miramos desde una perspectiva distinta, la trinitaria. Jesús nos revela el misterio de Dios, el rostro de Dios, nos acerca a él, y nos dice:

- Que Dios es, antes que nada y por encima de todo, Padre; o mejor dicho, que esa es la actitud que Dios tiene con toda la humanidad: la de ser Padre amoroso. El Dios juez, castigador, lejano… ha desaparecido. Ahora, en lugar de eso hay un Padre, algo que nosotros ni nos imaginábamos. Un Dios que dice de sí mismo “aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no te abandonaré jamás”. Ésta es la primera perspectiva desde la que hoy podemos mirar al Dios que nos ama. A lo largo del año litúrgico, en las lecturas dominicales, hemos tenido muchas ocasiones de comprobarlo.

- Pero ese Dios amor, no es un Dios que ha decidido quedarse en el cielo, nos ama tanto que ha decidido hacerse cercano y dejarnos pronunciar su nombre JESÚS, nos ha dejado ver su rostro, el de Jesús de Nazaret. Es el Dios hecho hijo que da su vida por todos y cada uno de nosotros. Es el Dios que ha acortado tanto la distancia con nosotros que se ha hecho uno de los nuestros, es un Hijo hecho hombre que nos indica el camino para llegar a la verdad, a la libertad y a la vida.

- Y ese Dios que sigue amándonos decide entregarnos su propio espíritu, su propio aliento para que viviera en nuestros corazones. Porque los hombres somos pequeños, pobres y débiles, y necesitamos una buena ayuda para ponernos a trabajar y dar la talla de lo que Dios espera de nosotros; y esa ayuda nos la da el mismo Dios siendo para nosotros el Espíritu Santo que nos anima, nos guía y nos ayuda a descubrir la voluntad de Dios y a vivir de acuerdo con ella.

Podríamos discutir largo tiempo sobre lo poco o lo mucho que sabemos de la Trinidad. Más bien poco. Lo importante es que Dios se preocupa de nosotros y de todo lo nuestro, que el Padre se va revelando a los hombres, interesado y preocupado por nuestros problemas, que el Hijo se hizo hombre y predicó el Reino de Dios, y que el Espíritu deja sentir su fuerza en el corazón de quienes se abren a Dios con confianza.

La Trinidad no es una teoría compleja, sino la revelación del misterio de Dios, para que nos sepamos amados, acompañados y guiados… para que nos sepamos llamados a la vida… y para que nos sepamos hijos y hermanos de todos.

En este Domingo de la Santísima Trinidad, en el que nos sentimos queridos por este Dios Trino, revisamos de nuevo cómo nos queremos entre nosotros, cómo hacemos realidad ese amor que Dios nos tiene. Pedimos de nuevo por los que estamos aquí reunidos en la celebración dominical, y recordamos especialmente a todos los enfermos, a los que sufren o están solos.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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sábado, 8 de junio de 2019

PRESENTACIÓN DE CANDIDATURAS PARA JUNTA DE GOBIERNO

Querido/a hermano/a,

Como ya te anunciábamos en la Circular anterior, está previsto celebrar próximamente Cabildo General de Elecciones. Estas elecciones se rigen por la Normativa de la Diócesis de Asidonia- Jerez y por los Estatutos de la Hermandad.

Como sabes, durante el mes de Abril y Mayo ha estado a disposición de los hermanos,el Censo Electoral, abriéndose en Junio el plazo de presentación de candidatos a Hermano Mayor y/o miembros de Junta de Gobierno.

La fecha de apertura de la presentación de los candidatos se inicia el próximo día 1 de Junio, acabando el plazo el día 30 de Junio. Para la presentación de candidaturas,podrá hacerlo los viernes, en horario de 20.00 a 21.30 horas en nuestra Casa de Hermandad, sito en calle Antonia de Dios, nº 2-.

A continuación, exponemos lo que nuestros Estatutos dicen al respecto, en el Capítulo 3, apartado 3.4, con respecto a este punto:

A) PRESENTACIÓN DE CANDIDATOS

Transcurrido el período de dos meses para la revisión personal de los datos personales de los hermanos integrantes del censo electoral, se abrirá otro período de un mes para la presentación de candidatos y la comprobación de las rectificaciones que se pudieran haber reclamado.

La inscripción de los candidatos se hará en la Secretaría de la Hermandad, estando obligado el Secretario a expedir una certificación que le acredite que se ha presentado como candidato.


B) REQUISITOS PARA SER CANDIDATO
Para ser candidato a miembro de la Junta de Gobierno, además de ser católico practicante, con reconocida vida cristiana personal, familiar y social, fiel cumplidor de los fines de su Hermandad, y haber realizado los cursos de formación requeridos será necesario reunir los siguientes requisitos:

l°. Tener más de dieciocho años de edad, estar en plenitud de derechos, y ostentar una antigüedad mínima en la Hermandad de tres años ininterrumpidos.

2°. Que su residencia le permita atender las obligaciones del cargo para el que se presenta.

3°. Presentar junto con su candidatura, si es de estado soltero, Fe de Bautismo y Certificado Literal del Registro Civil y, si es de estado casado, sendas partidas de matrimonio canónico y civil.

4°. No ejercer cargos directivos en otra Hermandad y Cofradía.

5°. No desempeñar cargo de dirección en partido político, o de autoridad civil ejecutiva nacional, autonómica, provincial o municipal.

6°. No haber presentado dimisión o renuncia de la Junta de Gobierno de esa u otra Hermandad dentro de los cinco años previos a la fecha de las elecciones en la Hermandad.

Para ser Hermano Mayor o Teniente Hermano Mayor, además de los requisitos anteriores, se le exige tener más de veinticinco años de edad y una antigüedad mínima en la Hermandad de cinco años ininterrumpidos.

La fecha de celebración del Cabildo Extraordinario de Elecciones será convenientemente anunciada a todos los hermanos mediante carta.

Sin más, y recordándote que la participación en el Cabildo Extraordinario de Elecciones es obligatoria, y que según nuestros Estatutos compete a todos y a cada uno de los hermanos/as que conformar el Censo Electoral, recibe un cordial saludo.


                                                                           La Secretaria
                                                                           
                                                                           Bella Mª Calderón Padilla

CABILDO GENERAL ORDINARIO DE CIERRE DE CURSO Y CUENTAS

Estimado/a hermano/a:

De orden del Sr. Hermano Mayor y según establecen nuestros vigentes Estatutos, tengo el honor de convocarle al CABILDO GENERAL ORDINARIO DE CIERRE DE CURSO Y CUENTAS que celebrará nuestra Hermandad el próximo día 24 de junio del presente año, en nuestra sede canónica de la Parroquia del Apóstol San Pedro, a las 20,45 h. en primera convocatoria y 21,15 h. en segunda y última, con arreglo al siguiente Orden del día:

1. Lectura del acta anterior y su aprobación si procede.

2. Memoria de actividades del ejercicio 2018-2019.

3. Presentación para su aprobación de las cuentas del ejercicio 2018-2019.

4. Ruegos y preguntas.

Lo que le comunico a los efectos de citación, recordándole que todos los hermanos mayores de 18 de años, con al menos un año de antigüedad en la Hermandad y que hayan realizado la Recepción Canónica tienen el derecho y el deber de asistir a los Cabildos Generales.

Que Dios Nuestro Señor, que por su Santa Cruz redimió al mundo, y la Santísima Virgen de Loreto en su Soledad guarden a Vd. Muchos años.



D. Vicente Lozano González                            Dña. Bella Mª Calderón Padilla

Vº Bº Hermano Mayor                                     Secretaria

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EL EVANGELIO DEL DOMINGO : SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS – CICLO C – (9-6-2019)

JUAN 20, 19-23.

“En aquel tiempo, al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».”


Después de la celebración de la Ascensión y a los cincuenta días de la Pascua celebramos hoy el domingo de Pentecostés. Jesús que había dejado físicamente a los suyos, les prometió la llegada del Espíritu, el cual permanecerá siempre con ellos. Asumida la Resurrección, cuando la Iglesia está comenzando a formarse, el Espíritu Santo pasó a ser el protagonista de la salvación. Él se encarga de recordarnos el mensaje de Jesús; Él nos guía a la hora de interpretarlo de modo que siga siendo actual en el mundo de hoy y de todos los tiempos; Él es el que nos impide anclarnos en el tiempo y no evolucionar en lo que hay que evolucionar; él nos purifica, nos enardece y nos templa para los duros trabajos del evangelio. Con la celebración del día de Pentecostés se cumple la promesa de Jesús de enviarnos el Espíritu Santo, por eso era necesario que Él se fuera, la llegada del Espíritu es la culminación definitiva de su misión, es el fin del tiempo de Pascua.

El Espíritu de Dios que ya en el Antiguo Testamento inspiró a los profetas, sigue cumpliendo más eficazmente su cometido, desde que el Hijo de Dios se hizo hombre para llevar a plenitud la salvación. Ese espíritu sigue inspirando a esos profetas que nos interpretan la realidad en nombre de Dios y nos gritan su mensaje. ¿Quiénes son esos profetas hoy? Profetas son los pobres, los enfermos dejados solos, y los que viven en situación de injusticia, porque claman contra nuestra insolidaridad y nuestros egoísmos. Profetas son los que de algún modo anuncian como posible un mundo distinto al que estamos construyendo, alimentando así la esperanza de los hombres de buena voluntad. Mundo que hacen posible con su trabajo que favorece la justicia, y las buenas relaciones entre los pueblos. Mundo que hacen posible los que practican las obras de misericordia, los que cumplen honestamente con su deber, los que consuelan, los que animan, los que gobiernan como quien sirve, y no para aprovecharse de los otros, todos ellos son testigos de las semillas que el Espíritu siembra por el mundo. Lo ha hecho a lo largo de toda la historia, lo hace también ahora y lo hará siempre.

Es muy interesante comprobar cómo después de la llegada del Espíritu, los apóstoles tuvieron que hablar con tal fuerza y tal convicción, que las barreras del idioma y de las fronteras saltaron por los aires, allí había gente de Judea, de Siria, de Egipto, de Libia, de Roma, de la isla de Creta, había árabes, y todos los entendían. Es decir, cuando uno vive con autenticidad el mensaje de Jesús, cuando siente lo que dice porque lo vive, todo el mundo te entiende y sabe lo que estás diciendo. Qué lejos nos encontramos nosotros de lograr esta vivencia de nuestra fe, nosotros con nuestra tibieza, nuestros miedos y nuestros prejuicios.

Está claro que el don del Espíritu es el gran regalo de Jesús a los apóstoles y a todos nosotros. Ese espíritu nos sigue acompañando y nos convoca para dar testimonio de Él en el mundo. Es el espíritu que anima a todos los grupos que trabajan en la Iglesia: catequistas, voluntarios de la caridad, pastoral de la salud, Cáritas… es el que nos empuja a nosotros a venir a las celebraciones, es el que nos anima a no estancarnos, a no permanecer quietos, que nos impulsa a descubrir, a investigar, porque todo ha sido creado por Dios. Nosotros lo recibimos en esta celebración y pedimos que se derrame generosamente sobre todos.

Debemos pedir hoy al Espíritu los dones que su llegada representan, esos siete dones tan importantes: dones que son necesarios para lograr la unidad que supere las divisiones, y aunque seamos diversos se capaces de trabajar juntos. El don de la fortaleza que nos ayude a adaptarnos a los nuevos tiempos que vive la Iglesia. Esa adaptación requiere del don de la sabiduría que nos haga que siendo fieles a lo que es el fundamento de nuestra fe, sepamos reconocer nuestros fallos con humildad.

Se lo pedimos al Señor, y hoy con más fuerza que nunca ya que la llegada del Espíritu nos lanza a todos a la misión, la obra de Jesús no es solo de los curas, como dicen algunos, sino que es obra de todos, cada cristiano por el mero hecho de serlo es continuador de la obra de Jesús

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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viernes, 31 de mayo de 2019

EL EVANGELIO DEL DOMINGO : SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – CICLO C – (2-6-2019)

LUCAS 24, 46-53.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Y vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de los alto». Después los sacó hacia Betania, y levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.”


Celebramos hoy el domingo de la Ascensión del Señor, podríamos preguntarnos ¿cuáles debieron ser las emociones que vivieron los discípulos al quedarse solos? Seguro que para ellos fueron momentos de tristeza e incertidumbre y quizá un poco de angustia. Tristeza porque el amigo se va, ese Jesús con el que habían recorrido los caminos de Palestina, al que habían escuchado su mensaje y visto sus gestos hacia las personas, con el que habían pasado buenos momentos: la boda en Caná, las visitas a su amigo Lázaro, pero también malos: el rechazo en algunos pueblos, la expulsión de los vendedores del Templo, los momentos de la cruz… eran muchas cosas vividas juntos. Un poco de angustia porque había que caminar quizá sólo con su recuerdo, sin acabar de entenderlo todo, y con muchas promesas de Jesús que no sabían bien en qué se concretarían.

La valentía, la creatividad y la hermandad son las nuevas características de los seguidores de Jesús. El riesgo es constante porque tendrán que abrir una brecha en el centro del judaísmo y prolongar su testimonio en medio de todas las gentes y culturas. Cada situación nueva estimulará su ingenio creativo, porque su convencimiento es pleno y la asistencia del espíritu es generosa. La fidelidad al mensaje les exigió adaptarlo a las nuevas situaciones. Primero transmitían el mensaje de boca en boca, después, de la transmisión oral se pasó a la escrita y aparecen los evangelios, las primeras cartas de Pablo a las comunidades que iba creando. La comunidad de creyentes se irá formando, creciendo, constituyéndose en Iglesia de Dios, fundamentada en la fe y en la palabra, en medio de dificultades, pero alentada por la presencia continua del Espíritu y de ese Jesús al que hoy ven partir.

En este tiempo de misión de la Iglesia, la presencia del Señor preside y acompaña a la comunidad de los suyos. Nos acompaña cada vez que nos juntamos a celebrar la fracción del pan los fines de semana. Cada vez que participamos en la Eucaristía, es como si Él quisiera recordarnos que está a nuestro lado, que quiere compartir lo que somos y lo que tenemos. Otra presencia nos transmite también la cercanía del Señor: la de las personas que nos necesitan. Para descubrir en ellos su rostro necesitamos mucha fe, mucho amor, y además tener un corazón abierto por los sentimientos de solidaridad hacia ellos.

Le pedimos al Señor que nos dé un corazón de carne que nos haga amar y sentirnos cercanos a todos aquellos que nos necesitan.

D. Antonio Pariente, párroco de la Parroquia de San Blas de Cáceres.
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