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miércoles, 11 de diciembre de 2013

REFLEXIÓN DE LA FESTIVIDAD DE LORETO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica de la Festividad de Ntra. Sra. de Loreto.

Las lecturas del día corresponden a dicha festividad y el texto evangélico es de Jn 2, 1-11 (las bodas de Caná).

Estamos en un día importante para esta Hermandad que celebra su función principal y, centrados en la Virgen María, estamos hoy todos llamados a evaluar nuestra fe, a analizar cuál es el termómetro de nuestra fe.

Estos días, en nuestras reflexiones, hemos visto como hay personas que piensan que son muy creyentes porque le piden muchas cosas a Dios, pero pedir cosas a Dios no es la señal de identidad del creyente, porque incluso hay personas que se confiesan no creyentes, y en momentos de apuro y gran necesidad le piden algo por "si haya alguien ahí arriba".

La diferencia entre el creyente y el no creyente es que el creyente sabe vivir en clave de agradecimiento a Dios y a la Virgen por todo lo que somos y tenemos. Por tanto, debemos aprender a crecer en esta clave de agradecimiento.

Teniendo en cuenta esta primera premisa, el Señor nos enseña hoy a través de la Virgen, cómo tenemos que pedir las cosas desde el punto de vista de la fe.

Este evangelio se emplea mucho en las bodas para explicarle a los novios cómo María intercede ante su Hijo para que cambie el agua del "desamor" en el vino del amor, de la alegría, de la paz, de la felicidad... Pero en este evangelio hay algo que a veces se nos escapa y es: cómo tiene que ser nuestra oración de petición.

La segunda premisa a tener en cuenta es que a veces pedimos las cosas a Dios y parece como si Dios no nos hiciera caso. Pero debemos tener en cuenta que nosotros creemos en un Dios que se manifiesta en la cruz. La cruz es inseparable de nuestra fe. La llevamos con orgullo colgada en el cuello, la tenemos en la cabecera de nuestras camas..., pero nos gusta muy poco llevarla en nuestros hombros.

Y no hay oración más anticristiana que pedirle a Dios que nos quite nuestra cruz, porque el mismo Jesús nos dice "quien quiera ser mi discípulo que tome su cruz y me siga". Lo que debemos pedirle es fuerza y ayuda para llevar nuestra cruz.

Una vez explicadas estas dos premisas, pasamos a analizar este evangelio. Y en primer lugar nos fijamos en María que le pide algo a Jesús: que ayude a esos novios que se han quedado sin vino. Jesús le responde a su madre de una manera algo cortante "déjame, todavía no ha llegado mi hora". Si a nosotros nos pasa esto, seguro que tiramos la toalla. Cuando pedimos cosas a Dios, pecamos de falta de perseverancia. Pero, como María, debemos ser perseverantes, no tenemos que desanimarnos a la primera de cambio, pero tampoco podemos exigirle a Dios que actúe según nuestro cronómetro. Cuántas veces somos impacientes con el actuar de Dios, cuántas veces nos desanimamos y no somos capaces de aguantar de pie con nuestra cruz. Si tenemos algún problema y pedimos a Dios que intervenga, pidámoslo con perseverancia, con fe.

En segundo lugar nos fijamos en los hombres a los que Jesús se dirige, a los camareros de la boda, que podrían pensar que Jesús estaba loco al pedirles que llenaran de agua, cántaro a cántaro, las seis tinajas de cien litros. Pero lejos de contradecir a Jesús aunque pensaran que eso era absurdo, aquellos camareros se ponen manos a la obra.

Cuánta convicción hay que tener para llevar a cabo esa tarea, que parecía sin sentido, hasta el final. Normalmente nosotros, en la mitad de la tarea pararíamos y no seguiríamos más.

Sabemos cuáles son los mecanismos que Dios nos propone, pero optamos por soluciones más inmediatas, no por la voluntad de Dios.


Tras estas reflexiones, pidamos por tanto, que seamos capaces de vivir en generosidad y agradecimiento. Que seamos capaces de vivir en acción de gracias, sabiendo que tenemos que pedir con insistencia y perseverancia, aunque parezca que Dios no nos hace caso. Y que seamos capaces de vivir la voluntad de Dios hasta el final.


Pidamos a la Santísima Virgen que vivamos nuestra fe con perseverancia y constancia, y haciendo lo que Jesús nos dice, como ella nos enseña.

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martes, 10 de diciembre de 2013

REFLEXIÓN 3er DÍA DEL TRÍDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 3º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

Las lecturas del día corresponden al lunes de la 3º semana de Adviento. El texto evangélico es de Lc 5, 17-26 (la curación de un paralítico).

El evangelio de hoy resume un poco lo que significa ser cristiano. En este tiempo de Adviento, el deseo y el grito del cristiano es "Ven, Señor, Jesús". Por eso preparamos nuestros corazones y almas para la venida de Jesús. Y en el encuentro con el Señor, como descubrimos en este evangelio, siempre hay tres momentos: el antes, el durante y el después.


* Momento previo: "el antes". Ser cristianos requiere esfuerzo y perseverancia. Los hombres que llevan al paralítico, a causa del gentío no pueden entrar, pero no se desaniman ni se marchan; suben a la azotea, abren un boquete y con unas cuerdas le bajan hasta los pies del Señor.

Nosotros no podemos bajar los brazos nunca. A veces encontrarnos con Jesús requiere gran esfuerzo y perseverancia. Como cuando nos hacemos un análisis y tenemos alto el colesterol, nos preparamos y hacemos todo el ejercicio necesario.

En nuestra vida pensamos que ser cristiano nos viene "bajado del cielo". Pero ser cristiano requiere meterse en un "gimnasio espiritual", entrenarnos, ponernos manos a la obra, no quedarnos en el fracaso del primer contratiempo, no tirar la toalla.

Este evangelio nos enseña que cuando la puerta está cerrada, siempre hay un boquete en el techo para encontrarse con Dios.


* Momento del encuentro. "el durante". Jesús no empieza enseguida con la curación del paralítico. Lo primero que hace es perdonarle los pecados.

Lo que Dios ha venido a hacer en nuestras vidas es salvarnos del pecado y la muerte y no sólo a curarnos las enfermedades, eso vendrá luego.

Solemos pensar que Dios es justiciero, que disfruta con el castigo. Todavía (aunque ya menos) se les suele decir a los niños "...que Dios te va a castigar". En el momento del encuentro, Jesús quiere hacer ver a todos que la parálisis, la enfermedad no es consecuencia del pecado. Separa la vida espiritual de la física.

El Dios que nos presenta Jesucristo es el de la ternura, la misericordia, el perdón y el amor.

¿Buscamos nosotros ese camino y perdón que Dios nos quiere dar?


* Momento final: "el después". El después de este encuentro del paralítico con Jesús también es desconcertante. Jesús no le dice "levántate y vete a casa", sino "levántate, coge tu camilla y vete a casa". ¿Por qué hay que coger la camilla si ya estamos curados?

En nuestro encuentro con el Señor no podemos olvidarnos de dónde venimos. Un agnóstico o un ateo puede llegar a pedir ayuda a Dios en un momento de desesperación, pero luego nunca llegará a dar gracias a Dios. Esto sólo lo podemos hacer si sabemos de dónde venimos, si reconocemos nuestra realidad y si reconocemos cómo Dios nos ha salvado.

Jesús nos dice "el que quiera ser discípulo mío, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". La cruz es el símbolo del seguimiento a Dios. Dios también se manifiesta en el sufrimiento, en la lucha.


El evangelio de hoy nos pone a prueba para conocer y experimentar el encuentro con Dios, en estos tres momentos.


Que la Santísima Virgen de Loreto nos ayude a vivir nuestra condición de cristianos y nos ayude a vivir esa espera gozosa del Adviento.

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lunes, 9 de diciembre de 2013

REFLEXIÓN 2º DÍA DEL TRÍDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 2º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

Las lecturas del día, al igual que ayer por ser la misa de la víspera, son las correspondientes a la festividad de la Inmaculada Concepción. El texto evangélico es de Lc 1, 26-38. El predicador pide disculpas por si se repite en algunas de las ideas que va a expresar.

El Papa Pio Nono, en 1854 proclamó la bula "Inefabilis deus", donde confirma el dogma de la Inmaculada Concepción de María, en el que se reconocía que fue concebida sin mancha de pecado original. Aunque ya antes, la gente, el pueblo así lo creía y lo celebraba. Era evidente para el pueblo e incluso para las hermandades que así lo indicaban en sus juramentos, como se mantiene en muchas de ellas hasta el día de hoy.

Lo que viene a decir esta Bula es "que Dios lo quiso, porque era su Madre; Dios lo pudo hacer porque Dios es todopoderoso, y Dios lo hizo".

Esto es un privilegio para la Virgen María. Pero no para nosotros.

Las personas normalmente piensan que como no tienen pecados no tienen necesidad de confesarse, y si se acercan al confesionario es como si "le hicieran un favor al sacerdote". Y no debemos confundirnos, lo que celebramos hoy es que la Virgen está libre de todo pecado, pero nosotros no.

El considerarse pecador no es sinónimo de lejanía de Dios, sino todo lo contrario, de cercanía a Dios, que es todo misericordia.

Nosotros estamos sometidos a tentaciones y caemos continuamente en ellas.

Pecamos de pensamiento, la mayoría de ellos consentidos y en los que nos regodeamos.

Pecamos de palabra. Muchas veces murmuramos y criticamos a los demás. El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras.

Pecamos de obra. Nos damos cuenta del daño que hacen los demás pero no somos tan "finos" con el daño que hacemos nosotros.

Pecamos de omisión: cuando no hacemos el bien. No sólo no debemos de hacer el mal sino también debemos hacer el bien siempre que podamos. El cristiano debe desvivirse por los otros, debe poner a los demás por delante de él.

Ahora, este tiempo de Adviento nos invita especialmente a hacer un examen de conciencia para darnos cuenta de nuestros pecados y así acercarnos a Dios.

Tomar conciencia de nuestros pecados es ponernos a tiro para la gracia de Dios, porque como dice San Pablo en su Carta a los Romanos "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia".

María es el modelo para acoger la gracia de Dios y esto es lo que celebramos hoy.

El parecernos a Dios, como hizo María, tiene dos caminos.

El camino de la comodidad y el engaño, como el que siguieron Adán y Eva; es el camino de la mentira, de la frustración. Y por este camino no se puede llegar a ser como Dios, porque no se puede llegar a ser como Dios sin contar con Él.

Y el camino de la gracia, de la fe, de la perseverancia, de la entrega, de los sinsabores... (como María), pero es el que nos lleva a Dios. Y este camino hace que nuestra vida tenga sentido y podamos alcanzar la plenitud que Dios nos quiere dar.

El Adviento es tiempo de esperanza y conversión. Preparemos una buena confesión y, como María, vivamos en cristiano y llenémonos de Dios.

Que la Virgen de Loreto nos ayude a vivir esta venida de su Hijo, en plenitud.

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domingo, 8 de diciembre de 2013

REFLEXIÓN 1er DÍA DEL TRÍDUO‏

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 1primer día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.


Las lecturas del día son las correspondientes a la festividad de la Inmaculada Concepción, por ser la víspera de dicha festividad. El texto evangélico es de Lc 1, 26-38.


Esta es una fiesta que nos pone en presencia de Nuestra Madre. Uno de los peligros de este texto que se ha proclamado es que no entendamos bien lo que celebramos hoy. Al leerse el texto de la Anunciación podemos pensar que celebramos la maternidad virginal de María, que se realizó sin obra humana sino por la acción del Espíritu Santo; pero lo que realmente celebramos es la Concepción sin mancha de María en el seno de su madre: la Virgen no tuvo pecado original.

Normalmente las personas dicen que no tiene pecados porque "no roban, no matan...".

El creer que no tenemos pecado es sinónimo de lejanía de Dios.

El que está cerca de Dios se siente pecador. Así se han reconocido los grandes santos. Nuestro patrón de la diócesis, San Juan Grande, se llamaba a sí mismo: Juan pecador.

María era la que no se podía sentir pecadora, porque realmente no tenía pecado.

En este primer día del triduo vamos a reflexionar sobre si es lícito querer parecernos a Dios.

Adán y Eva comieron la manzana porque el demonio, la serpiente, les dijo que si lo hacían serían como Dios. Caen en la tentación y su pecado no es el de querer ser como Dios, sino el de querer ser como Dios cogiendo "un atajo", por el mal camino.

Debemos querer ser como Dios, y el mismo Jesús nos lo dice "sed perfectos como mi Padre celestial...", pero para poder llegar a Dios, para poder "llenarse de gracia" no valen los atajos de la mentira, de la vanidad, del orgullo, de la pereza...

Hoy se enseña a la gente, y sobre todo a los niños, que en la vida no hay que esforzarse. Nos invitan a aprender inglés en quince días o a aprender informática en dos meses... Estamos en la cultura del mínimo esfuerzo, del "todo vale".

Pero ser santos exige renuncia, perseverancia, entrega, fe, lucha. Y esto es a lo que no estamos dispuestos, y preferimos autoengañarnos con mentirijillas de que "no pecamos".

El camino para llenarnos de Dios es el camino que siguió María, el camino del "hágase en mí según tu palabra".

Por tanto, es el momento de recapacitar sobre cómo estamos viviendo nuestra fe. ¿Vivimos una fe del mínimo esfuerzo o una fe de renuncia y sacrificio?

Que este pensamiento nos acompañe en este primer día del triduo.

Que la Virgen de Loreto nos ayude a vivir con perseverancia este camino de querer vivir como Dios y dejar de un lado los atajos, que en vez de acercarnos, realmente nos alejan de Dios.

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martes, 11 de diciembre de 2012

REFLEXIÓN EVANGÉLICA PARA EL TERCER DÍA DEL TRÍDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 2º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.



En Estos días anteriores hemos reflexionado acerca de la Anunciación del Ángel a María, la Visitación de María a su prima Isabel, el significado de la Festividad de la Inmaculada Concepción de María, y el Adviento. Hoy, seguimos profundizando en el conocimiento de Nuestra Señora, de sus sentimientos, de sus actuaciones, y de su personalidad, y para ello, vamos a fijarnos en un elemento muy cofrade y muy recurrente en la religiosidad popular, que son los 7 dolores, o las 7 angustias de la Virgen. Recordemos que estos dolores son los siguientes:

-Primer Dolor: La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús.

-Segundo Dolor: La huida a Egipto con Jesús y José. 

-Tercer Dolor: La pérdida de Jesús. El niño perdido y hallado en el templo. 

-Cuarto Dolor: El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario.

-Quinto Dolor: La crucifixión y la agonía de Jesús.

-Sexto Dolor: La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto.

-Séptimo Dolor: El entierro de Jesús y la soledad de María.

En concreto, hoy vamos a reflexionar acerca del primero y del tercero, y el papel de María en los diferentes momentos, así como durante el Nacimiento de Jesús, el origen de estos dolores.

En primer lugar, el Nacimiento del Hijo de Dios en el Portal de Belén, supuso un gran reto para María, ya que se preguntaba si ella podría estar a la altura del Niño. Toda madre agradece cuando abraza por primera vez a su niño, pues es consciente de no haberlo ocasionado con sus propias fuerzas corporales y espirituales: el niño es un regalo. Asimismo le agradece a su esposo, pero éste también se asombra, pues él ha aportado menos que la mujer. En el Niño que María ha dado a luz se nos abre la Vida de un modo totalmente nuevo. María sabe que no le debe su pequeño a ningún esposo, sino únicamente a Dios. Y en todo esto, María sabe que ella no obra como mero instrumento, sino que su “sí” humano fue tomado muy en serio. Ella no es solo el canal por donde fluye ese don de Dios, es fuente junto con Dios.

Por eso, María reconoce su propia responsabilidad de un modo nuevo: deberá ser para su Niño Madre corporal y espiritual, amamantarlo con su leche materna, educarlo y guiarlo en el mundo de los hombres, pero ante todo en el mundo de Dios. En el nacimiento, Él se separa de ella, para comenzar su regreso al Padre a través del camino del mundo. Y la Madre no retendrá a su Hijo junto a sí, sino que renunciará e introducirá a su Niño en su renuncia materna. Vendrá el tiempo para esto, en verdad muy pronto y luego siempre de nuevo, pues el Hijo ha aprendido tan bien esa enseñanza de la Madre, que Él por su parte introducirá y ejercitará a María en su renuncia filial, más allá de toda medida humana: “¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas…?” “¿Quiénes son mis hermanos, quién es mi madre…?” “Mujer, he aquí a tu hijo”. Con esto le muestra cuán lejos Dios puede conducir un “sí” sin reservas más allá de Él mismo. Todas estas son pequeñas “espadas” que se iban clavando en el corazón de María, pues no comprendía la actitud de su Hijo. Como todos huimos frente a la muerte, así las madres suelen apegarse a sus niños, ejerciendo una relación de especial protección para que no estén expuestos a ningún riesgo que les aboque a separarse de ellas. María tuvo que aprender muy pronto que la protección de Dios, era distinta a la suya. Que el camino de Dios, en ocasiones era muy distinto a lo que una madre ofrece a su hijo. Sin embargo, también queda patente en la infancia de Jesús que el Niño puede entregarse a la Madre del mismo modo como se ha entregado desde siempre al Padre.

En el trasfondo de la escena del nacimiento también se encuentra José, como hemos visto, que renunciando a su propia paternidad asume el papel del padre adoptivo que le fue encomendado. José da un ejemplo especialmente impresionante de obediencia cristiana, que puede resultar muy dura, precisamente en el ámbito corporal; pues se puede ser pobre si se regala todo de una vez para siempre, pero casto, sólo si se renuncia día a día de un modo nuevo a lo que es inalienable. Sin que sea posible comprobarla ni fijarla, la fuerza de esa renuncia confluye en la obra de Jesús, en la castidad por Él vivida y exigida. Y José, al igual que María, no fue consultado acerca de si él quería renunciar o no. No recibió una sola aclaración sobre cómo era que su mujer estaba embarazada. Sólo cuando quiso abandonarla, Dios se dignó informarlo.

En derredor del pesebre están los pastores, a quienes el ángel les ha resumido toda la promesa de Israel y anunciado su cumplimiento en el presente. Lo que ellos encuentran es una confirmación de que Dios habla verdaderamente: “Ellos encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre”. Los pastores encuentran a tres personas; esto debe bastarles, y les basta. Ahora que el Hijo divino es un hijo del hombre, no se pueden perseguir revelaciones que prescindan del prójimo, de los demás hombres. La palabra de Dios les ha indicado a los pastores ese signo, y ellos deben tener la suficiente humildad y clarividencia para percibir lo que Dios les ha señalado en este “signo” del Niño envuelto en pañales. Estas telas que forman los pañales en los que Jesús es arropado cuando nace, le acompañaran en la Cruz, cuando le despojan de sus vestiduras, así, Cristo vuelve al Padre en el mismo sentido estético en el que vino.

En segundo lugar, nos detenemos en la imagen de la presentación de Jesús en el templo por parte de la Madre Virgen, que recapitula en sí tres aspectos distintos que corresponden a la ley judía habitual, a la que cualquier primer niño varón y cualquier madre han de someterse, pero en los tres casos esas ceremonias usuales adquieren ahora un sentido único. Ellos son: la circuncisión del niño, la purificación legal de la madre, y el rescate o entrega del primogénito.

En la circuncisión, el niño es incorporado al pueblo de Dios y recibe de este modo su nombre. Y porque el ángel había predeterminado ya el nombre, por eso la circuncisión era inevitable. Ésta era desde tiempos antiguos la forma drástica de representar corporalmente y –para el individuo- de llevar a cumplimiento definitivo la alianza: “Mi alianza en vuestra carne se haga alianza eterna”. Pablo colocará el bautismo en el lugar de ese signo drástico.

Luego, pasado un mes del nacimiento, llega el tiempo de la purificación de la Madre: “Cuando se cumplieron los días de su purificación”. Lucas suaviza la expresión poniendo el posesivo “de ellos” en plural, pero solo puede referirse a María. La madre era considerada impura según la ley, no podía tocar nada santo ni podía mostrarse en el templo. La purificación era operada por un sacrificio de holocausto y expiatorio; la mujer podía presentarse en el templo también sin el niño; pero aquí, porque se recapitulan los tres eventos, está presente toda la Sagrada Familia. Y esta vez, la tensión entre ley general y caso particular es aún más estridente. Si el Niño, sometiéndose a la ceremonia de la circuncisión, fue marcado como un miembro del pueblo que espera la salvación de Dios, del pueblo que espera al Mesías, del mismo modo, por ese mismo acto, la Madre fue considerada como una mujer casada normalmente, que reconoce haber concebido ese hijo de su legítimo esposo y haberlo dado a luz de la manera habitual…

El evangelista Lucas recapitula los tres momentos, sin perjuicio de la distancia temporal entre circuncisión y purificación. Y el sentido de las tres acciones simbólicas es la restitución en sacrificio a Dios de lo que le pertenece. Y esto en obediencia a la “ley de Moisés” o “del Señor”, como san Lucas repite cinco veces. Tampoco el pobre es dispensado de ello; en lugar de un animal de precio elevado, José lleva la ofrenda de los pobres: dos palomas. Bajo el signo de la obediencia, el Hijo se ha hecho hombre, lo que ninguna necesidad mundana podía exigirle. Bajo el signo de la obediencia, Él se incorpora al pueblo de Dios, lo que visto desde afuera sólo crea malentendidos. Y en esa obediencia propia incluye también a su Madre y a su padre custodio. La primera sangre corre, inocente, es arras para la sangre de la Pasión, por la que se cumplirá el verdadero y único “rescate” y “purificación”. Y esta sangre de la circuncisión de Cristo es un símbolo de la que más tarde derramará cuando sea traspasado en la Cruz por la lanza.

A este canto de glorificación también pertenece la profecía del signo de contradicción que el Hijo establecerá y de la espada que debe traspasar el corazón de la Madre.

En tercer lugar, nos detenemos en el capítulo del Niño Jesús perdido y hallado en el templo. De esta presentación que ocurrió doce años atrás en el templo, casi se podría pensar que los padres hubieran debido buscar al Niño en primer lugar en el templo mismo. ¿No lo había vuelto a regalar a Dios? ¿No había dicho el profeta que no era un niño cualquiera, sino el sacrificio definitivo? Pero lo nuevo que Jesús trae es tan único e irrepetible que sólo Él, sólo la experiencia que hacemos con Él, nos puede introducir en esa novedad. Y el primer paso de esa introducción siempre será un “no comprender” lo que Él nos está diciendo. Él es realmente “el camino” que todo cristiano, también María, debe primero andar, para entonces comprender que Él es “la verdad y la vida”.

Los padres lo encontraron en el templo, en un lugar que pertenece a Dios, en el que ningún hombre puede vivir; allí no hay ni mesa ni lecho. El lugar en el que Dios habita es un lugar inhabitable para el hombre. El Hijo de Dios vivirá siempre allí, porque reposa en la voluntad del Padre que el Espíritu le presenta, porque el Hijo en esta forma humana continúa la obediencia que siempre ha cumplido desde toda la eternidad: ser “en Dios”, “permanecer en el seno del Padre”. Y como consecuencia, a diferencia de los pájaros y los zorros que tienen sus nidos y madrigueras, Él no tendrá en la tierra un lugar donde apoyar su cabeza. Mientras tanto y hasta que el templo subsista, habita en él, porque el santuario es la casa simbólica de Dios en el mundo. Pero del templo no quedará piedra sobre piedra. Entonces el Hijo, que hace la voluntad del Padre en la tierra y en el cielo, será el único templo de Dios en el mundo. Jesús mismo habla de ello en palabras veladas, cuando dice que en tres días volverá a levantar este templo, si los hombres lo destruyen. En el Niño de doce años, una vez más, el Nuevo Testamento permanece escondido en medio del Antiguo. Él será el lugar de Dios en el mundo, y porque se donará eucarísticamente a todo el mundo y su cuerpo donado construirá su Iglesia, ese lugar será accesible en todas partes. Pero accesible en la tribulación, en la memoria de su muerte y resurrección, de su perderse y ser encontrado. Allí mismo se lo deberá buscar: en el misterio de los tres días; como también sus padres lo encontraron luego de buscarlo en vano durante tres días. Buscarlo allí donde Él no está: en los pecadores, en los alejados de Dios, en la solidaridad con los enemigos, con los perdidos, donde Él se da a conocer el tercer día.

“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Él no puede ahorrarles ese dolor. El cristiano sólo puede encontrar en la búsqueda, en un buscar serio y real, como si absolutamente todo dependiese del encontrar eso perdido. No existe otra iniciación cristiana de vida que esta enseñanza concreta e intuitiva: podemos encontrar a Jesús sólo donde Él se ha donado sin reservas a Dios. Todos los cristianos deben buscarlo entre “los parientes y los conocidos”, por todo el mundo, para finalmente aceptar y dejarse decir: “¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?”. Probablemente nosotros tampoco entenderemos en un primer momento, igual que María y José, y seremos puestos de nuevo en el camino de búsqueda. También después de Pascua se puede proseguir ese camino. María Magdalena lo busca en la tumba, pero cuando Él se deja encontrar, lo agarra como si fuera una posesión, y Él se retira. Y no se comporta de otro modo con los discípulos de Emaús, pues se retira tan pronto fue encontrado. De manera definitiva sólo le encontramos en el lugar del Padre, en el cielo, cuando encontrar no significa ya encerrar a Dios en nuestro espacio, sino ser encontrado por Dios, entrar en su espacio, “ser conocido por Dios”. “Dios es infinito, para que le busquemos, habiéndole encontrado” (San Agustín).

En el Sermón de la Montaña, Jesús exigirá expresamente la disponibilidad a dejarse expoliar: una vez más se unen y entrelazan pobreza y obediencia. Porque María aún “no ha entendido”, deberá existir una pérdida más dura: en lugar de tres días, serán tres años. El que se ha ido no escribirá a su casa y no enviará noticias a los suyos. Sí, lo que es aún más penoso, no recibirá siquiera una vez a los parientes que le visitan. Ahora está de tal modo en casa, en la voluntad de su Padre, que quien quiere encontrarlo debe desnudarse de sí, seguirle y hacer la voluntad de su Padre celestial. La Madre, que aquí en el templo es la que encuentra, servirá luego como objeto de demostración: ella será la más duramente rechazada, la más abandonada. Y nos es dicho cuánto “comprenderá” en sus años de soledad. Un no comprender que sin embargo cree, sin embargo dice sí, es constitutivo de la fe cristiana. El Hijo mismo no entenderá en la cruz por qué el Padre lo ha abandonado. “Si comprendes, no es Dios” (San Agustín).

María conserva todo esto en su corazón, deja que todo madure en su vientre para volver a donarlo a la Iglesia y a su ministerio, como experiencia y sabiduría cristianas originarias. En su prolongada contemplación se aclara lo incomprendido, si bien ella permaneció toda su vida como una mujer que tiende y se esfuerza. Precisamente por esa razón ella no yerra, es infalible. La Iglesia, que consiste en pecadores, habrá de unificar ambas cosas de una forma aún más paradójica: ser en camino y nunca haber llegado y sin embargo conocer el camino y poder también indicarlo. Para María, la profecía de Simeón es una señal infalible: mientras se encamina hacia esa espada que habrá de traspasarla, se sabe en el recto camino, en el camino del Hijo. Ese modo de estar inspirada no impide que ella deba buscar, día a día de nuevo, su camino en la obediencia. En este buscar, que no puede perderse, María es para nosotros el ejemplo, en el corazón de la Iglesia, de cómo nosotros podemos y debemos permanecer, en y por la Iglesia, en el camino, que es Cristo. Que así sea.

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lunes, 10 de diciembre de 2012

REFLEXIÓN EVVANGÉLICA DEL 2º DÍA DEL TRÍDUO

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 Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 2º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.


Hoy las lecturas propuestas comienzan con un profeta desconocido, Baruc. En su libro, pretende suscitar la reacción del pueblo. Éste, tras reconocer su pecado, y tras una reflexión en la que se insiste en que la verdadera sabiduría viene de Dios, concluye con un oráculo de consolación y restauración (Bar. 4,5 – 5,9). El texto que hemos proclamado corresponde a la segunda parte de este oráculo, usando expresiones e imágenes que nos recuerdan el retorno a Jerusalén, propias del segundo Isaías.

El exilio en Babilonia lo interpreta como consecuencia del pecado del pueblo de Israel, no como castigo de un dios caprichoso e irascible. A la vez que desarrolla y cumple con este sentido de penitencia, no cae en el victimismo ni en la culpabilidad morbosa. Dios promete que restaurará a su pueblo y que Jerusalén volverá a ser la ciudad en donde se reúnan todos los que aman al Señor. Por lo tanto, la última palabra la tiene la esperanza, no el castigo, el dolor o la destrucción.

En la Carta a los Filipenses, Pablo refleja esa “pobreza en libertad” que experimentó en su estancia con dicha comunidad. Pablo está persuadido de que, a pesar del laicismo imperante en Filipos, la bondad triunfará, más allá de cualquier división. Ello hará que “el que ha inaugurado entre vosotros esta obra buena, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús”. Es decir, que poco a poco nacerá la comunidad de seguidores de Jesús, la comunidad de la bondad. No hay que desalentarse porque los comienzos sean lentos, torpes. Al fondo de la realidad creyente está la persona de Jesús. Su obra no fracasará porque está hecha con hondo amor. Y donde hay amor, no hay fracaso. De esta manera, el horizonte de lo pleno, la utopía de la dicha llegará a hacerse una realidad para llegar a ella “cargados de frutos de justicia”. La bondad es el fruto de la justicia. Alimentar estos sueños sin la justicia que anida en ellos sería vaciarlos de sentido, incapacitarse para la bondad.

Respecto al Evangelio de hoy, éste comienza con una amplia datación (sincronismo), que expresa muy bien la preocupación del evangelista Lucas por situar la historia que está comenzando a narrar en la gran historia de su tiempo. Como situó el envío del ángel Gabriel a Zacarías y el nacimiento de Jesús, data ahora el comienzo de la predicación de Juan.

Utiliza la expresión “vino la palabra a”, que evoca la experiencia vivida por los grandes profetas. En esa misma línea es situado Juan que, además, aparece en el desierto, lugar privilegiado de la experiencia de Dios para Israel tras su salida de Egipto. Juan está bautizando con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Esto es muy novedoso porque, mientras la idea de arrepentimiento y perdón es bien conocida en el Antiguo Testamento, no hay referencia ninguna al bautismo.

El pasaje se cierra con una cita de Isaías, la primera cita explícita del Antiguo Testamento en Lucas, que confirma el papel de precursor de Juan, que prepara el camino como ya fue anunciado por el ángel y proclamado por Zacarías. Así pues, la acción de Juan realiza lo anunciado por Isaías. Dios es fiel y su palabra se cumple. Las cosas acontecen según el Antiguo Testamento, es decir, según la voluntad de Dios. El ambiente es universal y lleno de esperanza, pues todo ser humano verá la salvación de Dios.

Pero detengámonos en ese “eco de la voz”, que es Juan Bautista. Si nos fijamos, es bastante natural que los niños descubran el eco gritando en las montañas, agarrados de la mano de sus padres. El asombro inicial al recoger su voz repetida les lleva a proferir posteriormente alguna que otra palabra malsonante, que, lógicamente, es repetida y ampliada. Esta experiencia es aprovechada por el padre para enseñarle que el mensaje que enviamos se nos devuelve de la misma manera: si el grito es amable, la amabilidad será la respuesta; si es desabrido, nos encontraremos la misma respuesta antipática… sólo que amplificada.

No es ésta la imagen de Juan Bautista gritando en el Desierto y en el Jordán, por una razón muy sencilla: no es su mensaje lo que grita. Es el mensaje recibido del Otro. Si fuera su mensaje volvería a él mismo sin ningún fruto, como eco repetido de sí mismo, sin valor alguno. Pero Juan habla en nombre del Otro, y su mensaje fructifica, se expande… y da frutos de conversión. Las aguas del Jordán no son un espejo que le refleja autocomplacientemente sino un cauce que conduce su voz para preparar caminos de igualdad, de enderezamiento, de perdón… de conversión y salvación. El Otro es Dios, agente principal de esas acciones que se anuncian a través del grito de Juan, quien predica la penitencia, que es cambio hacia el futuro de Dios.

Juan no es la Palabra, es el eco. Es el profeta. La Palabra es Dios. Los profetas son hombres y mujeres del pueblo, grupos de personas o comunidades que denuncian las injusticias, las mentiras, el odio, y anuncian caminos de vida, paz, amor y esperanza. Los profetas son puentes entre Dios y el pueblo, y también “fuegos que encienden otros fuegos”, antorchas de luz que inflaman e iluminan. Su misión a favor del Reino de Dios en la tierra provoca conflictos y persecuciones, y para ello preparan los caminos de la justicia y la solidaridad.

El camino de la justicia supone transformar la realidad por medio del cambio de las estructuras injustas. No basta con la queja ni con la sumisión inhibidora, sino que es preciso llegar al final del camino “cargados con frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios” (2ª lectura) que quiere ser alabado desde la vida humana plena y abundante.

Por su lado, el camino de la solidaridad implica un cambio en las relaciones para lograr la renovación comunitaria. Esta solidaridad no es sólo el papel de la buena voluntad individual e intermitente para parchear situaciones. No es el camino de una solidaridad que se mueve mucho al principio, pero pronto se olvidan y dejan las conciencias tranquilas con el gesto de un donativo más o menos generoso (que para eso “se acerca la Navidad”). La plena liberación humana, para el pobre y para todos nosotros, se basa en el desarrollo de la solidaridad de los hombres entre sí y de éstos con todo lo creado, donde todos podamos colaborar en orden a conseguir un desarrollo plenamente humano, sabiendo que la solidaridad es cosa de Dios. En realidad, Dios es solidaridad. Dios es comunión interpeladora.

Solidaridad sí, pero no cualquier solidaridad: no una solidaridad a lo liberal, sino una solidaridad al estilo de Jesús. Hoy creemos –y el origen de la crisis nos lo recuerda- que no basta con cambiar las estructuras para transformar el mundo, sino que también es necesario cambiar la manera de vivir. Es la vida lo que importa. Y en este terreno los cristianos tenemos mucho que hacer: podemos con-vivir de otro modo y hacer un hueco en este mundo a tantos excluidos.

Retomando lo visto ayer en el Primer Día de Triduo, volvamos al momento de la anunciación, a la casa de Nazaret. En el Antiguo Testamento se había abierto a menudo el cielo y desde él se habían manifestado la Palabra y el Espíritu de Dios, pero nunca el Espíritu había alumbrado con su sombra el seno de una virgen. Todo lo anterior fue una preparación, un camino de ida; ahora es el cumplimiento.

El cielo se abre de una forma nueva y manifiesta la vida trinitaria de Dios, porque el Hijo del Padre se deja llevar por el Espíritu Santo a un vientre humano: todo procede del Padre, que permanece invisible. Él no se hace hombre, sino que envía a su Hijo eterno, pero el Hijo deja que se disponga de Él, y por eso el Espíritu Santo es activo, cumple la voluntad del Padre y lleva al Hijo hasta el lugar en que esa voluntad puede cumplirse “en el cielo como en la tierra”. En la encarnación se abre la vitalidad interior de Dios, que, en las tres referencias del ángel se hace clara como el agua:

“El Señor (Padre) está contigo”,

“Tú darás a luz al Hijo del Altísimo” y

“El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”.

Todo proviene de la decisión y el consejo de salvación del Padre, también en Dios mismo, pues el Hijo y el Espíritu proceden de la bondad del Padre; no como siervos subordinados, sino siendo co-esenciales, partícipes de un modo igualmente originario en el plan de gracia paterno para el mundo, estando de acuerdo con su pensamiento, que en última instancia no puede ser otra cosa que la bondad siempre mayor.

Esta bondad, esta voluntad de Dios consiste en que la Palabra, para que sea efectiva, debe hacerse hombre. Esto significa hacerse niño de una madre, quien ha de pronunciar un “sí” plenamente humano. De ningún modo y bajo ningún punto de vista el hombre es superado o violentado por Dios, ya que él no puede sufrir ninguna acción ni ningún encantamiento con cuyas posibles consecuencias no esté de acuerdo de antemano, aún desconociéndolas. Ni ahora ni más adelante puede un hombre reprochar a Dios que él fue “engañado” o “superado con astucias”.

Más bien, la Madre asumirá de antemano la actitud de su Hijo, no por un tiempo, sino para siempre, y lo representará, se pondrá en su lugar: para ser respuesta pura a la disposición, al beneplácito del Padre. La Palabra eterna que el Padre pronuncia en el mundo de los hombres es siempre una respuesta a Él, el Padre, y ahora esta respuesta debe resonar a partir del mundo: a partir de dos, Madre e Hijo, pues no existe un hombre aislado. Sólo existe el ser uno con el otro, el prójimo, la comunidad; también y precisamente en la perfecta soledad de la Madre junto a Dios, en la que ella, oculta a los ojos del mundo, ha de permanecer abierta a Dios, de un modo único e inimitable. En esa soledad de la Madre es fundada la comunidad entre Dios y el hombre, en la forma de la comunidad de Madre y Niño, hombre y hombre.

La Encarnación de la Palabra es Obra de Dios. No porque el hombre esté dispuesto a decir su “sí”, sucede la redención del mundo. La obediencia, en tanto significa renuncia a la propia disposición, es pasividad, pero en cuanto significa disponibilidad a recibir y concebir todo, es suprema actividad. Por eso la obediencia puede ser tan divina como el mandato del Padre, por eso la mujer que concibe puede ser tan digna como el varón, y por eso también el “sí” de María puede ser una participación en la cualidad de “sí” del Hijo. Esta cualidad sólo puede ser regalada de antemano por Dios, no como algo extraño, sino como capacidad para la más profunda auto-realización. Dios es libertad eterna. Sólo Él puede, regalándose, liberar a la criatura a su libertad.

María co-actúa en cuanto deja que se haga en ella. Por eso, es cierto que su respuesta es requerida, y que Dios dispone de antemano sobre ella (“Tú vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo”). También en esto ella está configurada a su Hijo, que siendo el “Hijo único” de Dios, se hace “siervo de Dios”.

En esta configuración, María es imagen y célula originaria de la Iglesia. Y esa configuración no es meramente espiritual, sino, en el misterio de la unidad corporal entre Madre e Hijo, también carnal. Ambos son “una carne”, así como la Iglesia, una vez conformada perfectamente, será “el cuerpo de Cristo”. Y la Iglesia lo es en toda su verdad cuando siente con María; ella es, entonces, un movimiento permanente hacia su propio centro realizado. Por eso, la Iglesia pecadora debe rezar: “Ruega por nosotros pecadores, ahora…”. Si buscara su identidad en la pecaminosidad y la distancia (en la “autocrítica”), se extraviaría de su verdadera esencia. La Iglesia no puede fijarse ni reparar en sí misma, ella ha de mirar a su propio origen mariano, en el cual, finalmente, sólo puede creer, ya que este origen, por medio de la gracia, es un “sí” sin pecado. Y así, la Iglesia, como María, no cree en sí misma, sino en la acción de Dios: “El Todopoderoso ha hecho en mí maravillas”, sí, la Virgen ha concebido del Espíritu Santo.

La Iglesia pecadora (somos nosotros) recibe el cuerpo del Señor eucarísticamente. Pero ninguno de nosotros lo recibe totalmente, conforme a su intención y su deseo de auto-donación. Por eso, detrás de cada una de nuestras comuniones está la “Iglesia Inmaculada” completando nuestro sí imperfecto. Solo la Iglesia en nosotros comulga de un modo perfecto, y esto es un motivo más para serle gratos y dejarnos amoldar a su Espíritu.

Una última reflexión, una parábola, con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que también recordamos hoy:

“Un abuelo estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida, y les dijo:

* Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí… Es entre dos lobos. Uno de los lobos es la maldad, el temor, la ira, la envidia, el dolor, el rencor, la avaricia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad, la mentira, el orgullo, la egolatría, la competencia y la superioridad. El otro lobo es la bondad, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la dulzura, la generosidad, la benevolencia, la amistad, la verdad, la compasión y la fe. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de vosotros y dentro de todos los seres de la Tierra.

Los niños pensaron unos instantes, y uno de ellos preguntó a su abuelo:

* ¿Y cuál de los lobos crees que ganará?

El abuelo respondió simplemente:

* Aquél que tú alimentes…”

¿Somos buenos o somos malos? Cada uno tenemos un 50% de pecadores, y un 50% de justos. La historia de “los dos lobos” es nuestro punto de vista cristiano. Dios ha hecho todas las cosas –y las personas- buenas. Sin embargo, dentro del mismo ser humano libre, existe la otra tendencia al mal. Somos, pues, escenario de una lucha interna: la tendencia al autocentramiento (egoísmo, yo, pasividad, comodidad, etc), y la tendencia a la apertura (amor, generosidad, altruismo, participación…). “¿Quién nos librará de este cuerpo que nos lleva a la muerte?”

Precisamente sobre esta tragedia del ser humano es sobre la que se proyecta la imagen de María, la llena de gracia, como la saluda el ángel, el mensajero de Dios. Porque Dios la conoce a fondo y sabe que el corazón de María está tan lleno de Él, de su gracia, que no cabe lugar para que el otro “lobo”, siempre presente, invada su corazón y anule la inmensa bondad e inocencia de su alma. María es así, persona completa, imagen de lo que, en el fondo, queremos llegar a ser, invadidos de Dios.


María es la primera en decir “sí” a la tarea de construir el sueño de Dios para este mundo. Su plenitud de gracia era el motor de este primer “sí”. Ahora nos toca a nosotros decir los sucesivos “sí” de cada día hasta llevar la historia a su total plenitud, la realización definitiva de la promesa. Que así sea.

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domingo, 9 de diciembre de 2012

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DEL PRIMER DÍA DEL TRÍDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 1º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

En las lecturas proclamadas hemos podido escuchar el cambio del Antiguo Testamento al Nuevo, cómo hemos pasado de una mujer, Eva, cuyo nombre significa “la madre de todos los que viven”, a otra, a María, donde este “Eva” se transforma en “Ave”, el saludo que el ángel le dice a María y por el que la convierte en la Madre de Dios, y Madre nuestra. De Eva y Adán habíamos heredado el pecado, pero esto que parecía una calamidad, provocó que surgiera otra mujer para la que el Reino del Mal no tiene ningún poder. María nos da el fruto de su vientre, Jesús, que es Dios mismo, y que se ha encariñado de nosotros.

María acepta la voluntad de Dios sin pedir pruebas, es decir que la pregunta de María “¿cómo puedo ser yo madre?” es más una duda de carácter técnico, diferente a la de Zacarías, que se asumía que su vejez le convertía en una persona incapaz de engendrar. María confía en Dios, a través de la boca del ángel, le hace caso a Dios por la prueba de su prima, el Espíritu Santo la inunda, y comienza el Nuevo Testamento.
No obstante, hoy, vamos a poner el acento en un tema posterior al saludo del ángel, a la Visitación de María a su prima Isabel, otra situación que considera y realza la grandeza de la Virgen.
María se pone en marcha “rápidamente” para visitar a su prima. Esa partida es un fruto de su obediencia a la palabra del ángel, que le había dicho: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido a un hijo en su vejez y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril”. María va para serle útil, para echar una mano; que esto sea la ocasión para que ambas reconozcan su gracia y se intercambien su alegría, acontecerá como de paso. Ante todo, María piensa en el niño que vive en Isabel, y yendo a visitarla lleva consigo a su propio Hijo.

Ella estaba sola al decir su sí, como cada uno en su misión de vida decisiva debe estar solo frente a Dios y solo pronunciar su sí, para sólo entonces ser introducido y conformarse nuevamente en comunidad. Y, por cierto, en comunidad con aquellos que también han debido decir sí a Dios y también han recibido de Él una tarea: en comunidad eclesial. Puede ser que yo ya conociera, en una amistad o trato mundanos, al hombre a quien he de obedecer; pero ahora se expande el estrecho espacio privado hasta transformarse en uno mucho más amplio, que significa al mismo tiempo un contacto más íntimo de las esferas personales (en las tareas) y una expropiación (“desapropiación”) más profunda en lo objetivo, anónimo, católico. Juntos miramos al regalo que pertenece a todos, en el Espíritu Santo de la misión, que aquí gobierna toda la escena.

Puede que una ligera inquietud haya conmovido a María al presentir que algo se esperaba de ella en este nuevo encuentro. No se presenta sola, sino que algo vive en ella, a lo que ha dado su pleno consentimiento, sin por eso conocer todo su alcance. Ella es receptáculo, vaso, custodia de la Palabra encarnada y de la voluntad de Dios. Y no sabe cómo actuará y se desarrollará ese centro en ella y en torno del cual ella ahora vive. María se sabe expropiada (“desapropiada”) en medio de la historia objetiva de salvación de Dios y, al mismo tiempo, puesta en un pedestal, porque el centro de esa historia de salvación vive, crece y saldrá desde su propio centro. Pero esto no despierta pánico alguno en ella, pues en su sí se ha donado al misterio dual: desaparecer como sierva y aparecer como portadora de la Palabra de Dios. En su Magnificat, une ambas cosas: todas las generaciones la llamarán bienaventurada y nunca cesarán de contemplarla, pero ella misma mira únicamente a Aquel “que acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia, como había anunciado a nuestros padres, a favor de Abraham y de su linaje por los siglos”.

Así, María porta aquello por lo que ella se deja portar. Y esa actitud es simplemente su fe. Toda fe eclesial ha de ordenarse según la fe de María, que porta consigo un contenido más grande de lo que puede comprender y por tanto, se deja llevar dócilmente por él.

Y, precisamente esta actitud de la Madre no es otra cosa que, nuevamente, su dócil con-moverse en la actitud de su Niño. Todo niño debe comenzar dejándose llevar. Y justamente este Niño, aún en su madurez, nunca se emancipará de su ser-niño, pues en su actuar adulto se dejará siempre llevar y mover por la voluntad del Padre, así como el Espíritu se la representa.

Ahora tiene lugar su primer ejercicio corporal, es llevado corporalmente, semejante al ejercicio en un noviciado en que se es mandado de aquí para allá como infantes. Es un primer ejercicio del que todo cristiano deberá ser capaz: dejarse, voluntariamente, “llevar adonde tú no quieras” (como Jesús le dirá a Pedro). El niño en el vientre no sabe hacia dónde es llevado. Jesús en el Espíritu Santo tampoco quiere saber adónde el Espíritu lo “empuja” (Mc. 1, 12), por ejemplo al desierto y a la tentación. En la EUCARISTÍA se cumplirá ese dejar-se llevar y mover en que el Hijo se entrega al Espíritu Santo y no santo de la Iglesia, para ser disponible a los hombres que no están dispuestos a recibirlo así como Él es, que no están dispuestos a dejarse determinar por su gracia, por su actitud de obediencia. Ahora como niño y luego como hombre y finalmente como hostia sagrada, el Hijo se dejará llevar como si fuera una cosa sobre la que se puede disponer. Él, que porta el pecado del mundo y por eso al mundo mismo. 

Uno, el Padre en el cielo, lo ve todo, ve hacia dónde conduce la santa decisión de salvación trinitaria. El Hijo está en camino en María, comienza a ser movido y llevado por el mundo, y nadie, tampoco el Padre, puede hacer que vuelva. ÉL LO HA CONFIADO A LA RESPONSABILIDAD DE LA MADRE y deberá entregarlo en las manos de los hombres, que harán cosas con Él que no están en a santa voluntad de salvación de Dios…, que no obstante todo lo abraza, también esa ofensa y contradicción. El destino del mundo y de Dios mismo está rodando, y no hay quien pueda pararlo.

Pero existe ya una primera acogida, un primer puerto. María llega a la casa de Zacarías y saluda a Isabel, que de inmediato es colmada por el Espíritu Santo y exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!... ¡Feliz la que ha creído…!”. Isabel reconoce en el Espíritu lo que le sucede y en el Espíritu se admira de lo que se le presenta: “¡Cómo es que me sucede a mí que me visite la Madre de mi Señor!”. Todo cristiano que cree con fe viva se admira de por vida –en la comprensión y en la no comprensión de la fe- de que a él le sucedan tales cosas. Ese maravillarse debería despertarse en cada oración de un modo nuevo, ahuyentando la rutina tibia que acecha a la existencia cristiana.

El Espíritu le muestra a Isabel de un modo palpable por qué ha de maravillarse, cómo es que en esta persona que ella conoce muy bien se le presenta lo extraordinario, la “madre de mi Señor”. Ella misma lo cuenta: “Mira, tan pronto escuché tu saludo, saltó de alegría el niño en mi vientre”. Es hermoso ver que Isabel por su propio fruto se da cuenta de cuán bendito es el fruto de María y de que María, y no ella, es la santa “que ha creído lo que le fue dicho por el Señor”. La gracia, que durante seis meses podía hacerse casi una rutina, se mueve corporalmente en ella y le recuerda que ahora nuevamente ha de maravillarse, y ahora realmente de un modo apropiado y justo. Esa gracia es su niño. No será ella, sino el niño el que primero será tocado por la nueva gracia, el que será puesto en la misión de precursor, y sólo a partir de la misión y la alegría del niño se despertará la felicidad y consentimiento de la madre. Qué cosa mejor puede ocurrirle que su niño, la nueva generación, reciba la salvación. Este sentimiento, que es una especie de compendio del Antiguo Testamento: ¡ser bendito en los hijos!, es provocado por el Nuevo Testamento: el Niño Jesús, en el seno de su Madre, ha elegido a su precursor y, con ello, el cumplimiento del Antiguo Testamento.

La presencia activa del Espíritu Santo se reconoce en el arte con que se ensamblan las cuatro misiones:
-Que Isabel rece “con gran voz” las palabras del “Ave María” es –como siempre en la Biblia- el signo de que Dios habla por su boca. Toda la escena es una inspiración única y polifónica; 

-Verticalmente cae el Espíritu de Dios en las relaciones horizontales interhumanas, las motiva, les da su plenitud, su profundidad y su resonancia. 

-Y como en suprema condensación, también aparece la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, anudados inseparablemente, cuando la plenitud de sentido del Antiguo (Juan) es donada por el Nuevo (Jesús): “El que viene detrás de mí me precede, porque existía antes que yo” (Juan 1, 15) dirá el Bautista. 

-El Espíritu también incluye al evangelista en el arte de esa escena. No se escribe simplemente algo así, esas palabras son como el destilado último de una larga meditación orante, en la que lentamente, rosa a rosa, se fue hilvanando una corona de rosas, un rosario, que al final se cierra y cumple perfectamente en sí mismo.

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lunes, 12 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DE LA FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE LORETO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica de la Festividad de la Virgen de Loreto.

En primer lugar, el predicador, hace referencia a la historia del traslado de la Santa Casa de Nazaret a Loreto.
Santa Casa que hasta el s. XIII estuvo en Nazaret y a la que se le tenía gran devoción: por ser la casa donde vivió María, donde recibió el anuncio del ángel, donde se engendró el Hijo de Dios.
A finales del s. XIII, y para que no fuera profanada durante las guerras, fue trasladada a Dalmacia, frente a Italia, donde estuvo durante 3 años; hasta que en 1293 se traslada definitivamente a la ciudad de Loreto.
Allí se construye una basílica en cuyo interior se encuentra la Santa Casa. A la que Juan Pablo II denominó “Templo Santuario de la Encarnación del Verbo de Dios”.
La familia que costeó el traslado de la Santa Casa a Loreto, era una familia italiana apellidada “Angeli”, y de aquí la antigua tradición de que la casa fue trasladada por los ángeles hasta Loreto, y por tanto también el que se nombrara a la Virgen bajo la advocación de Loreto, como patrona de los aviadores y de los viajeros de avión.

A continuación, pasa a la reflexión de las lecturas correspondientes a la festividad, aprobadas al respecto por la Sagrada Congregación del Culto.

La primera lectura está sacada del profeta Isaías (Is 7, 10-17)
Dios habla a Acaz, rey de Judá, para que éste le pidiera una señal que demostrara al pueblo que, a pesar de la situación de guerra con Siria y Damasco en la que se encontraban, Él les protegería. Sin embargo Acaz rehúsa pedirle esa señal, porque prefiere no tentar al Señor, lo que demuestra su falta de fe en Él. Dios se da cuenta del engaño al que el rey va a someter a su pueblo y decide, a través de su profeta, ser Él mismo quien dé su propia señal: una joven encinta, una virgen, dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel.
En el Antiguo Testamento se había visto cómo incluso las estériles podían dar a luz (lo vemos con Sara, Rut, Ana....) por obra del Altísimo, pero nunca había ocurrido con una virgen. Aquí Isaías lo anuncia, que El Salvador no viene de la fuerza humana sino del Espíritu Santo, que es Dios quien nos salva. Y también anuncia que a su Hijo le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. En el pueblo judío el nombre tenía mucha importancia, pues el significado del nombre reflejaba la naturaleza y misión de la persona.

La segunda lectura es de la carta de San Pablo a los Gálatas (Gal 4, 4-7), y es el único lugar de los escritos de San Pablo donde nos habla de la Virgen.
Dios envía a su Hijo nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que nos librara de la esclavitud de la ley y nos convirtiera en hijos suyos.
Y como somos hijos suyos, ya le podemos llamar “Abbá” (papaíto). Palabra doméstica para llamar a su padre, que Jesús no compartió nunca con los apóstoles. A partir de entonces Dios ya no es sólo señor, amigo, dueño, omnipotente..., sino papá o “papaíto” de Jesús y papá o “papaíto” nuestro.

El relato evangélico corresponde a las bodas de Caná (Jn 2, 1-11).
La alegría en una boda la da el “vinillo”, y cuando falta el vino María intercede ante su Hijo. Jesús no le dice “madre”, le responde con un término teológico serio y profundo, “mujer” (¿qué quieres de mí, mujer?, aún no ha llegado mi hora), pues va a ser el inicio de su actividad milagrosa y el preámbulo del único mandato que María nos va a dar.
Pero María, que cree en su Hijo, le dice a los servidores “haced lo que Él os diga”.
Y nos dice la Escritura que con esta primera señal o milagro “Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos”.
María, la mujer creyente por antonomasia, es la que nos ayuda a crecer en la fe.

Estas lecturas, nos dice el predicador, nos deben llevar fundamentalmente a considerar el amor infinito que Dios nos tiene; porque Dios es un Padre que nos ama con corazón de madre.
En el Antiguo Testamento, Moisés habla cara a cara con Dios y le dice “muéstrame tu rostro y me basta”. Para los judíos, el que veía el rostro de Dios no podía seguir viviendo. Pero Dios, como prueba de su amor le dice “pasaré a tu vera y te revelaré mi nombre”, el nombre de “Yahvé”.
Isaías nos da otra muestra del amor de Dios cuando nos dice “¿puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?, pues aunque ella se olvide yo no te olvidaré “.
Pero lo principal del amor de Dios es que nos ha amado tanto que nos ha entregado a su Hijo predilecto, a su único Hijo “al que no conocía pecado le ha hecho hombre para darnos la salvación”; le ha hecho hombre para que el hombre pueda ser Hijo de Dios, para que podamos llamar a Dios “Abbá”.
Y si todos somos hijos de Dios, todos somos hermanos; y si todos somos hermanos, formamos una familia..., y una Hermandad. Y ¿por qué hay tantas diferencias entre los hermanos de nuestra familia y de nuestra Hermandad?
El vivir como hermanos lo comprendieron bien los santos:
- Teresa de Calcuta, que tras la llamada de Dios, pasó su vida recogiendo a moribundos por las calles de la India; moribundos que decían: he vivido como una bestia y voy a morir como una persona.
- Juan Pablo II, a quien tras una vida ejemplar, al morir el pueblo aclamaba “santo súbito”; así se canonizaban a los primeros cristianos, por aclamación popular tras su testimonio de vida.
- Benedicto XVI, al que le han echado encima todos los problemas y culpas de la Iglesia: pederastia, etc, y de los que pide perdón humildemente,
- y tantos y tantos como nos ha dado la historia de la Iglesia.
Los santos comprendieron que Cristo había roto las barreras y dieron ejemplo con sus vidas. Todos tenemos que trabajar para ser santos en el mundo, viviendo como hermanos, teniendo en cuenta que el hombre es un lobo para el hombre a no ser que tenga el amor de Dios.

María, Nuestra Señora de Loreto en su Soledad, recibió el Verbo de Dios en su seno y nos entregó a su Hijo. Nosotros seguimos a ese Hijo, a Cristo muerto y resucitado que vive eternamente. Este milagro tan grande se lo debemos a esa humilde mujer.
En la Lumen Gentium (Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II), el mejor documento de la Iglesia sobre la Virgen María, en el capítulo 8 se nos presenta a María como modelo de fe, esperanza y caridad.
A María debemos pedirle, por tanto, que sea nuestro modelo de virtudes:
- que nos dé la fe que ella ha tenido, sobre todo a los hermanos que no la tienen y que abundan tanto en la sociedad de nuestros días,
- que nos dé la esperanza. El Concilio Vaticano II nos dice “porque ella esperaba, recibió, y el Verbo de Dios se hizo carne en su seno”. La esperanza que deseamos hoy, en esta época de crisis, es que se acabe el paro,
- que nos dé la caridad que tuvo ella. Nadie quiere a un hijo más que su madre, y Jesús es hijo de María; por eso nadie ha querido a Jesús como ella, pues ha sido carne de su carne y sangre de su sangre. El predicador, de pequeño, le preguntó a su madre: ¿a quién se quiere más, a un marido o a un hijo?; a lo que su madre le respondió: a un marido se le quiere mucho, pero un hijo es un pedazo de tu cuerpo.

Que nuestra oración a la Virgen de Loreto en el día de su fiesta sea:
Madre, dame tu amor, que yo me enamore de tu Hijo y le quiera como tú le quisiste, para que pueda servir a los demás, como tú serviste a tu prima santa Isabel (así lo vimos en el primer día del triduo).
Madre, mira a tu Hermandad y haz posible el milagro de que Jesús nazca en el corazón de cada uno de nosotros, en nuestras familias, en nuestra Hermandad y en el mundo entero.

Y termina el predicador deseando a todos ¡Feliz Navidad! y que la Virgen de Loreto nos proteja en la vida, en la muerte y después de la muerte.


El Equipo de Formación.
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sábado, 10 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DEL 3º DÍA DEL TRIDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del  3º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

                El predicador centra la reflexión de este tercer día de triduo en la familia, institución tan valorada en nuestra Hermandad y que forma parte del espíritu de la misma. Y para ello se basa en el evangelio de Lucas (Lc 2, 22-40), en el relato de la presentación de Jesús en el templo.
De este texto va a sacar los detalles que sobresalen en el estilo de vida de la familia de Nazaret, que deben traducirse a la vida de nuestras familias, en este tiempo en el que nos ha tocado vivir.

                El primer elemento que vamos a analizar es la oración.
La familia de Nazaret cumple con Jesús los preceptos del pueblo de Israel: es circuncidado a los ocho días de su nacimiento, y a los cuarenta días lo llevan al templo para consagrarlo a Dios, y rescatarlo con un par de tórtolas.
Allí se encuentran al justo Simeón, al que Dios había anunciado que no se moriría sin haber visto al Mesías; y este anciano dándoles su bendición dijo a María que una espada le traspasaría el alma.
Acaba el texto indicando que Jesús crecía humana y espiritualmente en su familia.
                Lo primero que hay en esta familia de Nazaret  es  Dios, el matrimonio piadoso cumple con Dios y así se lo enseñan a su hijo: consagran a su hijo a Dios desde su  nacimiento, y se corrobora esta pertenencia a Dios cuando Jesús se queda en el templo con los doctores de la Ley, mientras sus padres le buscaban, y al encontrarle les responde: ¿no sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?. Jesús, desde niño, vive con una tendencia exclusiva  a su Padre del cielo.

                El segundo elemento a destacar en la sagrada familia es el trabajo.
El trabajo es un mandato divino. Dios, desde la creación, dice al hombre: comerás el pan con el sudor de tu frente.
En la sinagoga, al oír hablar a Jesús, la gente se preguntaba: ¿de dónde le viene a éste tanta sabiduría, no es el hijo del carpintero? José era carpintero; Jesús como era propio de aquella época y cultura, trabajaba ayudando a su padre en el oficio, hasta que inició su vida pública; mientras que María era el ama de casa : cosía, lavaba, amasaba, iba por agua a la fuente.... Todos los miembros de la familia eran trabajadores.
En la Gaudium et Spes (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual) , se nos dice de Jesús que: entendió con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre, y... trabajó con manos de hombre, en Nazaret. Por tanto, Jesús fue un trabajador.

                Otro valor destacado en la familia de Nazaret es que supieron adaptarse y afrontar las dificultades, a pesar de haber llevado una vida dura. Pasaron por muchas calamidades y siempre aferrándose a Dios: la de ser María madre soltera en aquella época, la de ver nacer a su hijo en un humilde establo, la emigración a Egipto...., y sobre todo la de ver morir a su hijo en el calvario y crucificado, la muerte que se daba a los últimos de los últimos.
A este respecto, el Concilio Vaticano II dice de María “ella consintió en la muerte del hijo que había engendrado, aunque por ello sufrió profundísimamente”.

                En nuestro mundo actual, “vende” mucho más el ser agnóstico que venir a un triduo o ser hermano de la Hermandad de Loreto. Si a este mundo le quitamos el derecho natural, los valores (como los que hemos analizado en la familia de Nazaret) y a Dios, que es el Padre que nos mira con cariño infinito y nos perdona con su infinita misericordia, acabaremos siendo como lobos y comiéndonos unos a otros.

                A continuación se analiza el matrimonio como base de la familia.
El hombre tiene una capacidad finita para amar e infinita para ser amado, pero la gracia es la garantía del amor. Por eso, en el sacramento del matrimonio se recibe la gracia de Dios. Por tanto el matrimonio cristiano es cosa de tres: de un hombre, de una mujer y de Cristo que por la gracia une sus vidas. Y esta unión es indisoluble, como la unión de Cristo con su Iglesia. Y para que se dé esa unión, se necesita la gracia de Dios.
El amor del matrimonio es el que engendra los hijos, y el que también debe engendrarlos en la fe. Los padres deben ser los primeros sacerdotes de los hijos y, como la familia  de Nazaret, ofrecer esos hijos a Dios, y hacerles crecer en la fe. Por eso es tan grande la responsabilidad de los padres.
Y en el matrimonio, como en la familia de Nazaret, hay que destacar la figura de la mujer, porque las mujeres, sobre todo las madres, son muy fuertes, como María. En el libro del Eclesiástico se nos dice que quien tiene una buena mujer tiene el mayor tesoro. Y la mujer, la madre, es la mejor transmisora para sus hijos, si no, pensemos un momento ¿quién nos ha transmitido el 95% de lo que sabemos?

                Por último, el predicador nos alienta a ponernos delante de Nuestra Señora de Loreto en su Soledad y:
- darle las gracias por el don de la fe que se vive en la Hermandad,
- pedirle que esa fe nos alumbre todos los días de nuestra vida,
- pedirle que santifique a los matrimonios, sobre todo ante los lamentables espectáculos que estamos viviendo en nuestros días : aborto, matrimonios homosexuales, eutanasia...,
- pedirle que en los momentos de cansancio pase su pañuelo por nuestro rostro y nos dé así su paz, su gozo, su consuelo, su alegría..., para que la tengamos en nuestra familia y la podamos irradiar a nuestra Hermandad y a todos los que nos rodean.


                                                                                                              El Equipo de Formación

viernes, 9 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DEL 2º DÍA DEL TRIDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 2º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

En primer lugar, el predicador felicita a la Hermandad por la manera de llevar a cabo la liturgia: con seriedad, sosiego, proclamando y viviendo. Nos recuerda que “la liturgia realiza lo que hace”, que el único y gran sacerdote es Cristo, y que el ministro de la celebración representa a Cristo y con su palabra refleja la doctrina.

A continuación recuerda la solemnidad que se celebra hoy, la Inmaculada Concepción de la Virgen María, misterio que conocemos, que creemos, que se proclama y debe ser revelado.

Seguidamente repasa las tres lecturas de la celebración:
La primera lectura corresponde al capítulo 3 del libro del Génesis (Gen 3, 9-15.20) donde aparece la explicación de la tragedia del pecado.
Aunque la creación tenga su explicación científica, el Génesis nos hace un relato catequético sobre cómo Dios es el creador del universo, cómo creó al primer hombre, Adán, y cómo creó a la primera mujer, Eva, de la costilla del hombre. E incluso nos narra el primer piropo que se dijo a la mujer en la historia de la humanidad, cuando Adán al verla exclamó “ésta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos”.
Luego relata cómo vino el pecado por la astucia del diablo que tentó a Eva, y que también nos tienta a nosotros, al igual que tentó a Jesús.
Tras el pecado sintieron miedo de Dios y reaccionan echándose la culpa uno a otra.
De todo esto concluimos que el pecado es un misterio que afecta a toda la humanidad. Y con esto surge el protoevangelio (el primer anuncio del Mesías), cuando Dios anuncia un combate entre la serpiente y la Mujer, y la victoria final de un descendiente de ésta: el Mesías.
También vemos en este pasaje como el hombre, tras el pecado no fue abandonado por Dios. Al contrario, Dios lo llama y le anuncia de este modo misterioso, la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída: porque Dios cuando anuncia un castigo, siempre da a entender que vendrá la misericordia.

La segunda lectura es un himno cristológico profundo, de la carta de San Pablo a los Efesios (Ef 1, 3-6. 11-12), con tres ideas claves para meditar, para hacer esta palabra viva en nosotros:
- que Dios nos ha bendecido, en Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales,
- que Dios nos ha destinado a ser hijos suyos; de ser esclavos pasamos a ser hijos en el Hijo, y,
- que nos ha elegido para que seamos santos en el amor.

El evangelio de San Lucas nos relata la anunciación del ángel a María (Lc 1, 26-38). Esta lectura está conectada con la primera lectura. En aquella aparecía Adán, en ésta se engendra el “nuevo Adán” en el seno de María, la mujer que sirve de conexión entre los dos.
Tras el saludo y el anuncio del ángel, viene sobre María el Espíritu Santo, que es la fuerza infinita, el beso y el abrazo de Dios.
Ante este misterio, María no sólo cree sino que se ofrece: aquí está la humilde, la insignificante, la pobre de Yahvé.
María se abandona por completo a Dios, y a nosotros nos entrega al Verbo de Dios hecho carne en su seno.

¿Qué sentimientos debemos sacar de esta celebración?
1) Sentimiento de alegría, gozo, consuelo, paz. Ante nuestros problemas y dificultades no debemos olvidar nunca que tenemos siempre a nuestro lado como Madre a una gran mujer, a una mujer única que no ha rozado el pecado, a una mujer que ha sido proclamada en las Escrituras como “la alegría de Israel” porque al igual que Judit libró a Israel de su enemigo el general Holofernes, María, con su “sí”, nos ha librado de nuestro enemigo, el pecado. Y alegría, porque igual que María, tú eres amado por Dios desde toda la eternidad.
María, en el cántico del Magnificat proclama: “me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Y esto es lo que hacemos en esta fiesta de la Inmaculada Concepción, desde el año 1854 que se definió el dogma. Desde entonces, como Pío IX, proclamamos y declaramos que fue libre de la culpa del pecado original como privilegio excepcional y todo por los méritos del Señor; y esta doctrina debe ser revelada a todo el mundo.
Otro motivo grande para tener alegría: ver que es bendita una criatura de nuestra raza.

2) Conversión. Todos nos tenemos que convertir porque todos estamos necesitados de conversión.
Debemos allanar nuestros senderos rebajando los montes de nuestro orgullo y nuestra soberbia. La humildad es lo que Dios quiere de nosotros, para creer hay que ser humilde. Y debemos reconocer nuestras cualidades para agradecérselas a Dios, no para vanagloriarnos.

3) Dios nos llama a la santidad, la santidad es para todo el mundo.
En el AT se nos recomendaba que debíamos buscar la santidad.
En el NT nos dice Jesús “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.
San Pablo nos dice que ésta es la voluntad de Dios, que seamos santos.
Y en la Lumen Gentium (Constitución dogmática sobre la Iglesia), hablando sobre la vocación a la santidad, nos dice: todos los fieles cristianos, de cualquier estado y condición, están invitados y obligados a la santidad.
Y ¿qué es ser santos? Pues ni más ni menos que hacer, milagrosamente, las cosas de cada día (los esposos, los célibes, los religiosos...., cada uno su tarea bien hecha); tener humildad y un corazón que no quepa en el pecho.

Por último, el predicador nos aconseja que acudamos a Nuestra Señora de Loreto en su Soledad, a ella que vivió la verdadera soledad en el Calvario con una tristeza infinita. Que le supliquemos diciéndole que nos vemos ante los problemas de este mundo pobres, débiles, solos, desamparados...
Y que escuchemos su voz de Madre que nos dice: teniendo capacidad para amarme no te importe nada más..., si tienes el corazón grande con eso te basta..., al final de la vida serás examinado en el amor.

Que la Virgen de Loreto nos proteja y nos bendiga.


El Equipo de Formación.
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jueves, 8 de diciembre de 2011

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DEL 1º DÍA DEL TRIDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 1º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

            En primer lugar, el predicador, el padre Alfonso, dedica unas sencillas palabras de agradecimiento a la Hermandad , por haberle invitado a compartir estos días de triduo en honor de María. María, a quien la liturgia pone en el corazón del Adviento, y quien es una magnífica ayuda para prepararnos a la Navidad.
Nos desea que Jesús nazca esta Navidad en nuestros corazones, en nuestras familias y en nuestra ciudad.
Y por último, se pone enteramente a nuestro servicio, durante estos días en la sede canónica de nuestra Hermandad, la Parroquia de San Pedro, y una vez terminado el triduo en la Basílica de Nuestra Señora del Carmen Coronada.
La predicación de este día está basada en el relato evangélico correspondiente a Lc 1, 39-56, de la visitación de María a su prima santa Isabel.
La reflexión del predicador se centra en dos conceptos que debemos vivir en nuestros corazones para llevarlos a la práctica: la fe y la caridad.
            La fe de María: María queda desconcertada ante las palabras del ángel que le saluda diciéndole “llena eres de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres”. Y se desconcierta aún más cuando, estando desposada con José, le anuncia que va a concebir por obra del Espíritu Santo y dará a luz un hijo, porque para Dios nada hay imposible. Ante esto, la fe le hace decir a María que ella es la esclava del Señor, la sierva de Israel.
María cree en la Palabra, y la Palabra se hace carne en su corazón, y nos entrega a Cristo hecho hombre.
Así la recibe su prima Isabel, cuando va a su casa a atenderla en su embarazo, saludándola con la alabanza de “dichosa tú que has creído”.
Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es el del ateísmo: unos no creen en Dios y otros viven como si no existiera. Por eso se habla del “puente de la Constitución” y no del “puente de la Inmaculada”. Por eso se piensa en viajar en este puente a la playa o a la montaña. Pero ¿cuántos dedican este puente a rezar o a celebrar un triduo?, ¿quién se prepara para la Navidad no con zambombas y borracheras sino convirtiéndose de corazón?
Nosotros tenemos fe, gracias a Dios y no tenemos una visión materialista de la vida. Y tenemos fe porque la hizo crecer nuestra educación cristiana, porque pertenecemos a una hermandad, porque somos creyentes y practicantes.
Por eso debemos pedir a Dios la coherencia de nuestra fe, que como decía Jesús de los fariseos “hagamos lo que dicen y no lo que hacen”. Coherencia en casa, de cara a nuestros esposos, hijos, nietos...., y coherencia ante los demás.
Y ante este regalo, este don o esta gracia de Dios que es la fe, también debemos pedirle que sepamos transmitirla con nuestra vida.
             La caridad de María se refleja en este texto evangélico, en el que, ante el anuncio del embarazo de su anciana prima que le hace el ángel, no duda en partir enseguida a ayudarle hasta el momento del parto, pues antes las mujeres daban a luz en casa jugándose la vida.
             Hoy en nuestro mundo hay muchísima gente que se muere de hambre. Y si Dios es nuestro Padre y todos somos hermanos formando una familia, es que la caridad está fallando.
Como María, debemos ofrecer en nuestra vida detalles de caridad para nuestros esposos, para nuestros hijos (aunque para con los hijos suelen salir los detalles solos), para todos los que nos rodean.
Vemos a cada paso numerosos desempleados, pobres vergonzantes, indigentes... y ante esta pobreza de nuestros días, también debemos tener detalles de caridad, sobre todo a través de las organizaciones que se dedican a ello.  
              Por último, el predicador nos transmite una llamada de ánimo, porque Dios nos llama a la santidad. Y le pide a la Virgen que llene nuestros corazones de fe y caridad para que así nos hagamos santos.


El Equipo de Formación.
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sábado, 11 de diciembre de 2010

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DE LA FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE LORETO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica de la Festividad de la Virgen de Loreto.

La predicación de este día está basada en el relato evangélico correspondiente a Jn 2, 1-11, de las bodas de Caná.

El predicador, en primer lugar nos indica que hoy celebramos la fiesta de la Casa de la Virgen, actualmente en la ciudad italiana de Loreto; y nos recuerda cómo en las reflexiones del Triduo hemos visto que la casa de la Virgen:
1º es su propio cuerpo, donde Dios pone su morada,
2º es su familia, donde Jesús vivió y se educó, y
3º es la casa del apóstol Juan, que la recibió tras la muerte de Jesús, y a quien la Virgen enseña a vivir la fe, a rezar y a celebrar la eucaristía.

Hoy damos un paso más y vemos que la Casa de la Virgen también es ésta, nosotros, que somos los continuadores de la primera comunidad cristiana. Nosotros estamos haciendo lo mismo que esa primera comunidad cristiana: estamos reunidos con la Virgen, rezando, escuchando la Palabra, y celebrando la eucaristía. Esto es lo que todos debemos descubrir, que la Iglesia es la Casa de la Virgen.

Analizando la Iglesia, vemos que el gran desafío de hoy es que los jóvenes entren en ella. En la sociedad actual está de moda decir “yo creo en Dios pero no en la Iglesia”, o también “yo creo en Dios pero no en los curas”. “Pues yo tampoco creo en los curas”, nos dice nuestro predicador, porque nunca se ha tenido que creer en los curas sino en la Iglesia. Somos cristianos porque creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu, y en la Iglesia.

Por lo tanto debemos sentirnos Iglesia, precisamente ahora que hay tanto rechazo a la misma.

Rechazo que, si existe puede ser porque algo hemos hecho mal los cristianos. O bien porque se rechaza simplemente por su aspecto externo: la Iglesia es una sociedad humana con fallos de las personas que la forman. De esto último tenemos muchas veces la culpa las cofradías por la imagen de la Iglesia que damos. Un ejemplo son los enfrentamientos entre miembros de una hermandad, o las típicas disputas entre el capataz y el hermano mayor, que encima pueden verse agravados por los periodistas. Ésta es la imagen de Iglesia que estamos dando. Por eso, es muy importante que no olvidemos nunca que los cofrades actuamos en nombre de la Iglesia.

También se rechaza el aspecto externo de la Iglesia cuando las personas se fijan en los pecados de los pastores, como los últimos casos denunciados de pederastia; o porque aparece como una institución machista gobernada por hombres, donde se supone que las mujeres lo que hacen es “limpiar el altar” (como vimos en las misas del Papa en su reciente visita a España). Asimismo se rechaza la historia de la Iglesia, el Tribunal de la Inquisición, sobre todo por parte de los que se dicen progresistas. Sin embargo nos podemos preguntar a nosotros y a los demás: “¿pero es que soy yo el culpable de la Inquisición?”.

Todo esto ocurre porque se desconoce lo que pasa en el interior de la Iglesia, lo que pasa aquí esta noche, lo que sentimos interiormente, es decir, que aquí está el Señor entre nosotros, y, por último y de forma intencionada, se desconoce la santidad.

En la Iglesia tenemos meteduras de pata, sacerdotes indignos, católicos cuya actitud no es modélica..., pero, al fin y al cabo somos la única institución en el mundo que pide perdón públicamente, como ha hecho el Papa en múltiples ocasiones. Todavía no conocemos ningún presidente de Naciones Unidas que haya pedido perdón por algunos de sus muchos errores, por ejemplo.

Sí, es cierto que reconocemos nuestros pecados, pero ¿dónde está todo lo bueno de la Iglesia?

Veamos varios casos. En Granada, salió de la cárcel un hombre con sida, lo pusieron en la puerta y le dijeron que se buscara la vida. ¿Quién lo recibió? Una Hija de la Caridad.

En Mozambique, varias religiosas denunciaron que estaban matando a niños para traficar con sus órganos, y esas religiosas fueron asesinadas. Sólo lo publicó el periódico El Mundo.

En Costa de Marfil, ante la peligrosa situación que se vive, la embajada llamó a unos misioneros para preguntarles si querían volver a España. Ellos respondieron que no dejan a esas personas solas, ahora que es cuando más los necesitan.

Muchos más ejemplos como éstos se podrían enumerar. Y siempre encontraríamos la misma tónica: la Iglesia no presume de lo que hace. Sin ir más lejos, en Cáritas de esta parroquia se atienden a 60 familias, en la parroquia del Perpetuo Socorro (la del predicador) a 80 familias. El día que Cáritas se cierre hay un grave problema de orden público; pero esto no está de moda decirlo.

Sin embargo, el momento en el que mejor queda patente la verdad y el misterio de la Iglesia es en la Eucaristía, el signo por excelencia de los cristianos, como nos dicen las lecturas de hoy.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos anuncia que Dios nos va a dar una señal. Actualmente, esa señal, el signo más evidente de la santidad de la Iglesia es la eucaristía. La eucaristía es lo que hace que la Iglesia exista, es el mejor testimonio que como católicos podemos dar a la sociedad.

Ya en el Evangelio, en el pasaje de las bodas de Caná tenemos otro signo evidente de la santidad de la Iglesia y del plan de Dios para nosotros: Jesús convierte el agua en vino. ¿Cómo puede suceder esto? El evangelista San Juan, con este signo, pretende poner el acento en lo esencial de la fe cristiana. Reflexionemos un poco en esto: si nosotros abrimos el grifo, esperamos que salga agua, no que salga vino. Y si sale vino nos llevamos un susto. Dios ha creado las cosas de forma estable: el agua tiene que ser agua, y el vino tiene que ser vino. En el fondo, nos gustaría que al abrir un grifo saliera vino pero eso nos haría estar con la incertidumbre de no saber lo que va a salir del grifo cuando lo abramos. Y las cosas son como son, y así las ha creado Dios. No podemos hacer que salga vino del grifo cuando nos convenga porque no somos dioses. Esto no significa que Dios nos haya hecho mal, sino que no somos divinos. Somos seres humanos, y, por lo tanto, limitados. Pero aunque Dios no nos hizo dioses, hay que aceptar que merece la pena todo lo que Él hizo. Cuando lo aceptamos así descubrimos los signos que Dios nos da.

Así pues en Caná de Galilea no hay milagro sino signo. Veamos: había seis tinajas vacías de 100 litros cada una, que pesarían una barbaridad aún estando vacías. Jesús dice a sus amigos que las llenen de agua. Pero no se podían sacar afuera en un momento para llenarlas, sino que había que llenarlas llevando poco a poco el agua entre todos. En esto consiste el signo que Jesús quería hacerles ver, que si todos se implicaban llenándolas, Él pondría lo que faltaba, es decir las convertiría en vino; pero era necesaria la colaboración de todos. La conversión del agua en vino solo fue posible porque todos ayudaron y se implicaron con la necesidad de los novios.

María dice en Caná “haced lo que Él os diga”, y eso era lo que ella había hecho  toda su vida. Éste es el desafío de la Iglesia; cada vez que celebramos la eucaristía estamos haciendo lo que Él dice, estamos colaborando con Él, nos está dando fuerzas y siempre sabiendo que Dios no nos pide lo que no podemos.

Ante esto ¿cuál es la misión de los cofrades? Colaborar para que sea realidad la belleza de la Iglesia, para que la Iglesia sea la esposa adorada de Jesús. Todos empezamos, por ejemplo, limpiando la plata, sin olvidar que es necesario frotar mucho para que brille la Iglesia, y terminamos siendo miembros comprometidos de la Iglesia. Si no cuidamos la eucaristía y amamos a la Iglesia ¿qué cofrades seremos?.

El cardenal Ratzinger, antes de ser Papa, escribió un libro titulado “Por qué permanezco en la Iglesia”, y en respuesta a ese interrogante daba tres razones:
1.- porque sin Iglesia Jesús no tendría sentido,
2.- porque ser cristiano por libre es muy difícil, y
3.- porque sólo se transforma aquello que se ama y yo la amo.

En conclusión, debemos sentirnos en la Iglesia como en la casa de la Virgen.
Embellezcamos la Iglesia de Jerez cuando salgamos a la calle el Viernes Santo, y siempre demos testimonio de nuestra fe, anunciemos la palabra y hagamos brillar la Iglesia Universal.


El Equipo de Formación.


viernes, 10 de diciembre de 2010

REFLEXIÓN EVANGÉLICA DEL TERCER DÍA DEL TRIDUO

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Ofrecemos hoy a los hermanos que no hayan podido asistir, la reflexión evangélica del 3º día de Triduo a Ntra. Sra. de Loreto.

La predicación de este día está basada en el relato evangélico correspondiente a Jn 19, 25-27 en el que Jesús desde la cruz nos ofrece a María como Madre, a través del discípulo amado.

El predicador refiere, en primer lugar, que el compartir con nosotros estos días la celebración del triduo a la Virgen de Loreto ha supuesto para él un gran descubrimiento, y sobre todo un desafío al tener que hablar de la Casa de la Virgen, cosa que no había hecho antes.
El primer día al hablar de la Casa de la Virgen la identificó con María misma, pues ella fue la casa donde Dios puso su morada.
El segundo día la identificó con la casa de la familia, donde Jesús desarrolló su vida familiar.
Hoy, tercer día, la va a identificar con la casa del apóstol Juan; donde según el pasaje evangélico, éste discípulo amado acogió a María tras la muerte de Jesús. Texto que es evocador para esta hermandad, pues la evocación plástica del mismo es lo que hace cada tarde de Viernes Santo.

La casa de la Virgen, como cualquier casa, es para ser habitada. Toda casa tiene una fachada o parte exterior, y una parte interna donde se desarrolla la vida y se encuentra el refugio, la protección, el calor del hogar.
Hoy estamos acostumbrados a darle más importancia a la fachada. Nos preocupamos mucho por lo físico, por el aspecto externo: dietas, gimnasio, maquillaje, liposucción..., y también nos preocupamos por la dimensión social de lo externo: diversión, medios de comunicación....

En este sentido, los cofrades ante su imagen pueden sentir emoción, y eso es externo; por ejemplo, cuando de la emoción lloran amargamente si llueve y no pueden realizar la estación penitencial. Esto es sólo un sentimiento fuerte, pero pasajero, que hace sospechar.
Hay que quedarse con el interior, con lo que pasa dentro, con sentimientos serenos, suaves, pero no pasajeros, como los que tenemos ahora celebrando esta eucaristía.

En la parte externa también están la ideas, que igualmente pueden ser pasajeras y que con facilidad manipulan los medios de comunicación; por ejemplo, hay algunas series de tv que intentan hacernos ver como normales cosas que no lo son, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones personales. Son mensajes que van lanzando para cambiar el modo de pensar.

Pero no olvidemos que lo realmente importante es el mundo interior, que es inabarcable. Nuestra gran Santa Teresa de Jesús, en su libro de “Las moradas” nos dice que: en el ser humano, el alma tiene muchas moradas y en el centro está la principal, donde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el hombre.
Por tanto, no se debe vivir sólo de fachada, sino vivir hacia dentro, para que no haya caretas ni falsedad. La estación de penitencia no debe ser nunca una representación sino la expresión del interior de la hermandad.

Analizando ahora el texto evangélico vamos a distinguir lo exterior y lo interior de María.
En el exterior vemos a María en un momento de duda al pie de la cruz. Y ¿cuál es la duda de María? Pues María pensaría si Dios podía morir. Ya que María era la única que sabía quién era Jesús.
San Pablo en una de sus cartas nos dice: la muerte de Dios es un escándalo para los judíos y una necedad para los paganos o no creyentes.
María afronta este momento de duda quedando de pie junto a la cruz, pero María no está derrotada.
María en ese momento no tiene explicación alguna, es el momento en que Jesús dirigiéndose a ella le dice “mujer” en vez de madre, y además le dice que desde ahora su hijo es Juan; y...¿qué madre cambiaría a su hijo por otro?.Pues ninguna. María todo eso no se lo puede explicar.
También es un momento de fracaso, a María todo se le cae por tierra, desde la anunciación.
Duda..., inexplicable..., fracaso..., todo eso pueden pensar los que la ven por la calle el Viernes Santo quedándose sólo con el exterior.

En el interior, María guardaba silencio; vive el momento, como siempre hacía, meditándolo en su corazón. La emoción no la derrota, sabe sacar fuerzas de flaqueza, permanece de pie teniendo serenidad en Dios y piensa “si Dios quiere morirse habrá que esperar a ver lo que ocurre”. Tiene seguridad en lo que Dios ha dicho y hecho.

Por último, María acepta a Juan como hijo suyo y además se va a su casa. ¿Por qué tiene que ir María a otra casa y aprender a vivir de otra manera? Porque ella sigue siendo la esclava del Señor; y va a enseñar a Juan, y no sólo a Juan sino a todos los discípulos a rezar, a tener fe.
Desde ese día María nos reúne a los discípulos de Jesús.

Esto ofrece un doble desafío a la hermandad:
- Ocupar el sitio de Juan, sentir que sois discípulos amados de Jesús.
Yo no estoy aquí en este triduo por casualidad; todos podemos tener una excusa para no estar aquí esta noche; pero todos estamos aquí porque hemos sido llamados por María.
Como cofrades, debéis aprender a ser hijos de María y corresponder al amor de Jesús.
- Aprender a vivir la fe como ella, día a día, sin desconfiar de Dios y superando el resentimiento. Resentimiento significa repetir el sentimiento; entonces hay que vivir sin repetir los sentimientos malos en que Dios se te ha muerto, en que los discípulos se han marchado y te han dejado sola... como a María.

Al pie de la cruz, no dejarse llevar por la fachada o exterior, seguir firmes en el corazón: eso es ser creyente. Eso es lo que tienes que hacer desde donde esté tu puesto en la hermandad, y sin resentimientos y sin cansarse.

Sobre el cansancio, le preguntaba un novicio a un monje anciano en un monasterio “¿eres santo?”. El anciano le responde “si lo fuera, lo sabrías”. El novicio insiste “¿si no eres santo, por qué sigues en el monasterio orando, ayunando...?”. Y el anciano le contesta “porque el Señor viene en cualquier momento sin avisar y lo estoy esperando”.

¡Ojo!, que no te pille el Señor ni demasiado cansado, ni resentido.


El Equipo de Formación.
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