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sábado, 6 de abril de 2019

PREDICACIÓN DEL QUINTO DÍA DEL QUINARIO

 Atendiendo al requerimiento de varios hermanos,transcribimos literalmente la homilía del pasado sábado,último día del Quinario cuaresmal predicado por nuestro Párroco y Director Espiritual :


Al terminar los cinco misterios del Rosario, precediendo a la Letanía Lauretana, se suele rezar en muchos sitios:

♦ Dios te salve, María, HIJA Predilecta de DIOS PADRE, llena eres de gracia…
♦ Dios te salve, María, MADRE de DIOS HIJO, llena eres de gracia…
♦ Dios te salve, María, Sagrario y Templo de DIOS ESPÍRITU SANTO, llena eres de gracia…

Así queremos saludar a nuestra Madre y Señora de Loreto…

Hoy, Sábado que recapitula la meditación del Quinario que comenzamos partiendo

El primer día del Misterio de la Stmª Trinidad…

El segundo: la “persona”“Dios es una comunidad de Personas unidas por el Amor”

El Jueves: La Unidad de las Personas del Padre y del Hijo, el Engendrante y el Engendrado…

Ayer Viernes, la Comunión del Espíritu Santo, el Amor que ciñe al Padre y al Hijo … y que ha sido derramado en nosotros, en nuestros corazones, como una unción…

Y hoy contemplamos a María en el Centro de este Gran Misterio.. como ICONO TRINITARIO DEL AMOR DE DIOS..

Pero María no es divina.. no es una Cuarta Persona en la Trinidad … Sino que María, siendo humana… como nosotros, o mejor, nosotros como Ella…. La Virgen está en la confluencia de la irradiación de las tres Personas… Por eso la veneramos… como Hija Predilecta del Padre, Madre virginal del Hijo, y templo del Espíritu Santo…

Comencemos, pues, dejándonos empapar por ese rocío del cielo… que nos viene en la Palabra… La 1ª lectura del Profeta Oseas.. y abramos nuestro corazón como la Virgen.. para acoger debidamente la Palabra de Dios que viene a nuestro encuentro.

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Oseas 6, 3b- 6

Entresacamos estas palabras:

“Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia temprana; como lluvia tardía que empapa la tierra”.

“Vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. … Porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.»
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Quiero conocimiento de Dios… Pues, ¡qué suerte … que hemos caído bajo la irradiación (hoy diríamos mejor “influencia”.. según el léxico de ultima generación de la cultura vanguardista de los Medios de comunicación)

La irradiación, la influencia, de Aquella que está en el centro del Misterio de Dios… Porque ha vivido de primera mano.. y de una manera singular y única, los Misterios de la vida humana del Hijo de Dios… Los Misterios que ella ha donado a la Iglesia.. en el Santo Rosario… Misterios de Luz, de gozo, de dolor y de gloria..

Qué duda cabe que la meditación de esos Misterios, de la mano de la Virgen, bajo la mirada del Padre, inspirados por el Espíritu Santo.. y teniendo los ojos del corazón fijos en el Señor Jesús… esa meditación nos dará eso que Dios mismo nos pide: quiero conocimiento de Dios…

Conocimiento de Dios… más que holocaustos.. Y, ¿qué es un holocausto? Pues algo mío que yo regalo, doy, al Señor, como un don … algo que yo quemo (los holocaustos eran consumidos por el fuego.. ) que se consume como una vela.

Quiero conocimiento de Dios…más que holocaustos.. Y ¿es que es malo ofrecer algo al Señor? No… El Señor dice: “Siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un cabrito de tus rebaños… Mientras..” (Sal 49) tu corazón esté cerrado..”, por ejemplo, a la misericordia…

Por eso dice: “Misericordia quiero y no sacrificios…”

Conocimiento de Dios, quiero, dice el Señor … ¿para qué? … Para que el rocío del cielo, el Espíritu Santo, ablande mi corazón de piedra.. y me dé un corazón nuevo, de carne.. Como el de Jesús … Como el de María …

Un corazón de carne, es un corazón tierno… y del corazón tierno lo que brota es “ternura”… Eso, quiere el Señor de ti.. que te brote la ternura, la misericordia… que apagues el juicio condenatorio, que rompas el cliché equivocado que tienes hecho de algunas personas, que te dejes graduar de nuevo la vista…

Y empieces a mirar con ojos nuevos, a amar con un corazón renovado.. a pensar con una mente limpia.. y una mirada transparente .. y a obrar con unas manos abiertas… no un puño cerrado..

Entonces mirarás a derecha e izquierda –dice Isaías 58, 9s- y el Señor te dirá: Aquí estoy..

Eso quiere el Señor que tú le respondas cuando te llame: Aquí estoy … Como Abrahan: ¡heme aquí!...

Eso contestó la Virgen cuando Dios la visitó.. pidiéndole, solicitándole:

¡Héme aquí!… ECCE ANCILLA DOMINE …

“He aquí la esclava del Señor…”

Por eso a María la saludamos como Hija predilecta del Padre … Estuvo siempre volcada hacia Dios.. Abierta como una ventana a la Luz … que para ella fue como un amanecer… aquel día en que Gabriel la dejó turbada con aquellas palabras.. tan de la nueva Jerusalén… alégrate¡ …. tan de Israel, entona cánticos¡…

Como decía Sofonías: ¡Salta de júbilo.. Hija de Sión!… (Sof 3,14)

María… Hija predilecta del Padre …. Para ser, precisamente … MADRE de DIOS HIJO..

Y ¿cuál era el contenido de aquel mensaje, qué quería de ella..?

“Concebirás en tu vientre, darás a luz un hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados… Será grande, será Rey, un nuevo David… hijo del Altísimo .. Será Santo, Será llamado Hijo de Dios..”

Concebirás… Darás a luz… criarás, educarás .. al Salvador… Un rey Santo, hijo del Altísimo.. Un hombre grande .. hijo de Dios…

Y ¿qué tengo que hacer.. cual es mi puesto, mi misión en este acontecimiento.. que espera Dios de mí..? Yo no soy nada…

¿Cómo será eso… si no conozco varón.. si no tengo quien me guíe..?

El Espiritu Santo.. vendrá sobre ti… como una nube luminosa que te cubrirá con su Sombra… El Poder del Altísimo.. hará que el santo que va a nacer sea engendrado en ti por obra y gracia del Espíritu Santo.. El te guiará hasta el final.. “Confia en el Señor .. y El te dará lo que pida tu corazón..”

Y María dijo SÍ…. FIAT… Hágase en mí… lo que has dicho… Amén.. Gloria a Dios, Amén… Sí, quiero… Fiat mihi… Amén….

Y la Palabra se hizo carne .. Verbum CARO EST… Y puso su tienda en Israel, en un pueblo de la montaña de Galilea, en Nazaret .. en el Seno purísimo e inmaculado de una virgen, desposada con un hombre, José, de la familia de David.. y antes de vivir juntos.. La Palabra se hizo carne.. Y habitó entre nosotros…

Y María quedó hecha, convertida … desde aquel instante … en Templo del Espíritu Santo… que hizo de ella un Sagrario viviente del Hijo del Altísimo… que fue transformada en Arca Santa de la Nueva Alianza.. que la dignificó en extremo como la excelsa Madre de Dios… María Santísima, la Toda Santa…

María… ICONO TRINITARIO del Misterio de Dios … Del Amor del Padre y del Poder del Altísimo, … de la Gracia de Jesucristo, Primogénito de Dios y de toda la creación.. De la comunión, vida y dulzura del Espíritu Santo.

Ahí comienza .. la andadura de María Madre … en una andadura de fe … porque su vida fue –como dijo JP II- una “peregrinación en la fe”… Se acreditó como nuestra “Madre en la fe”,… Al igual que Abrahán es nuestro “padre en la fe” …

Se acreditó, sobre todo en 2 momentos…

► Ante Simeón.. que le profetizó que el hijo sería signo de contradicción para los hombres, blanco del amor y el odio.. luz en un mundo en tinieblas por el pecado.. Médico celestial para una humanidad enferma en la carne y en el espíritu … Y a ti una espada te atravesará el alma.. (Lc 2,35)

FIAT MIHI,…. SECUNDUM VERBUM TUUM..

►Otro momento: Al pie de la Cruz .. Desde el corazón del Hijo.. Crucificado… Y en palabras entrecortadas por la agonía.. escucha: Mujer, ahí tienes a tu hijo.. mi descendencia, mi discípulo .. ahí tienes a tu hijo… tus hijos… (Jn 19,27)

Amén… heme aquí … FIAT MIHI,…. Amén..

Y la que ya era Templo del Espíritu, Sagrario viviente, Arca de la Nueva Alianza, quedó ennoblecida y agrandada

Como “Tienda del Encuentro” (Ex 3,7) para todos los corazones desgarrados..,

Como Virgen de Loreto, para esta Hermandad, hija y hermana de la Santa Casa.. de Nazaret que se venera en Loreto,…Santa Casa llevada por los ángeles .. Y por lo tanto Patrona y Protectora de todos los que surcan el cielo navegando por las rutas del espacio..

Como “Madre universal”.. de toda orfandad … que viene buscando un corazón lleno de ternura …

♦… Que le pide, como decimos en la Salve: “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”…

♦… Que acude a Ella…, ¡a Tí, Madre y Señora de Loreto!.. la Virgen sola.. para acompañarte.. en tu Soledad..

♦…. Corazones… Que desde el Sagrario piensa (pensamos) también en Ti, Madre y Señora de Loreto, … como la mejor manera de acercarse al Misterio Eucarístico del Hijo… A su Pesencia humilde y sacramental..

♦….. Que acudimos a Tí, Señora, con el corazón agradecido .. a darle gracias a Dios… y compartir contigo tu cántico de alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”..


D. José Hachero Álvarez Pbrº

lunes, 7 de marzo de 2016

REFLEXIÓN PARA EL QUINTO DÍA DEL QUINARIO

 Lc. 15, 11-32

«Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda.

Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.

«Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba.

Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.”

Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

«Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. El le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano.” El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!” 

«Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.”»

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Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario y Nuestra Señora de Loreto, en su Soledad



En esta parábola Jesús teje un relato que es una verdadera obra de arte. Con toda razón nos hallamos ante la parábola por excelencia de la misericordia, que siempre se le debería llamar la parábola del Padre misericordioso.

Desde el inicio Jesús señala el tema de la herencia, que entra entre los derechos humanos más naturales. Un hombre tiene dos hijos; uno de ellos pide cuanto le corresponde y el padre divide el patrimonio. En aquella época la Ley judía preveía que el primogénito recibiese dos tercios, mientras que al menor le correspondía un tercio de la herencia. Sin oponer resistencia, el padre entrega al hijo menor la parte que le corresponde. Mientras el menor despilfarra la dote viendo como un perdido en una región lejana, la otra parte del patrimonio está seguro y es administrada por el hijo mayor. Lo más justo es si al hijo menor le da por volver no tendría que aspirar a nada con respecto al padre y al hermano mayor. ¡La grave culpa del hijo menor podrá ser como máximo perdonada, pero no olvidada! No podemos olvidar que pedir la herencia en vida en aquella época es como desear la muerte del padre.

En realidad, la parábola trasgrede de punta a cabo la ley de la distribución patrimonial, revelando el excesivo amor del padre. El padre no espera a los dos hijos estando en casa, no verifica si el menor está realmente arrepentido, no pregunta donde ido a parar parte de su herencia, sino que organiza una fiesta con mucha música y danza. Inconcebible es también cómo el padre se comporta con el mayor, no lo espera cuando vuelve del campo, donde está trabajando por cuenta de la familia, ni le pide parecer sobre cómo actuar con el menor. La parábola que revela el rostro más humano de Dios lo representa con exageración, y no con escasez. ¡A Dios la humanidad no le falta, sino que es excesiva!

Podemos observar que no aparece la figura materna y es que la madre en cuestiones de herencias en aquella época no tenía competencias, todo recaía en el Padre.

Al comienzo de la narración el padre se limita a escuchar la petición del menor. No se ofrece ninguna explicación sobre las razones por las que el hijo pide lo que le corresponde. ¿Estará en conflicto con el hermano mayor o el padre? ¿siente la exigencia de una vida autónoma? El hecho es que el padre lo deja marchar, y por el encuentro posterior dice que lo ve de lejos, lo que significa que lo espera desde que se alejó de casa, siente compasión, corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo besa. Deja unos pocos instantes al hijo la posibilidad de comunicarle todo lo que había preparado en vista al encuentro. Entre todas las acciones que el padre realiza, se resume en estas dos palabras “tuvo compasión”.

El padre ama entrañablemente al hijo perdido, hasta sentir la pasión humana más profunda. La compasión del buen samaritano es la misma que tuvo el padre con el hijo. En el centro de la parábola está la misericordia del padre y no su bondad. La misericordia es una dimensión que madura en lo íntimo y se concreta en gestos por el prójimo.

Pero lo más duro para el padre es el reproche del hijo mayor, resulta dramático, pero a los ojos de hoy con toda la razón del mundo. El padre debe sufrir un rechazo como si le arrancasen la piel. El mayor le acusa incluso de ser un avaro por no darle un cabrito para comerlo con sus amigos.

La misericordia del padre es inconmensurable, él podría haber dicho que en su casa manda él y puede hacer lo que quiera con sus bienes. Sin embargo, trata de dialogar, que el hijo mayor cambie de parecer. La conversión más profunda que el padre espera no es la del menor, que ha vuelto a casa sólo porque de otra manera se hubiera muerto de hambre; más bien la del mayor, incapaz de reconocer a su padre y a su hermano.

El padre inunda de su misericordia al hijo menor al que espera y al mayor al cual también sale a su encuentro.

La compasión del padre no sólo sacia el hambre del hijo, sino que le da la dignidad perdida. Ha muerto y ha vuelto a la vida.

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sábado, 5 de marzo de 2016

REFLEXIÓN PARA EL CUARTO DÍA DEL QUINARIO

 Lc. 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama". Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros". Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento". Le dijo Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan". Él dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán". Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite". 

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Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario y Nuestra Señora de Loreto, en su Soledad



A veces un valor se aprecia cuando falta o se ha sustituido, por el contrario. Muchas veces solemos decir que no valoramos las cosas hasta que se pierden. Y porque el bien es a menudo acallado por el mal, a veces hay que mirar el mal para reconocer el bien.

Poco antes de esta parábola, Jesús ha pronunciado una cortante invectiva contra algunos fariseos que son avaros y los ridiculiza. La parábola del rico y del pobre Lázaro impugna esta situación, puesto que por el propio estatus social se es ensalzado por los hombres, se seria también por ello ensalzado ante Dios. ¡Pero Dios mira el corazón y no las apariencias!

Esta parábola nos indica lo opuesto de la misericordia.

En la escena aparecen un hombre rico, que viste como rey y está de fiesta cada día, y Lázaro, el mendigo. El rico viste ropa de mucho valor. La púrpura es un tejido de color rojo oscuro, producido por las glándulas de un molusco, y estaba reservada para los reyes o los nobles. Recordad que antes de ser crucificado, Jesús es revestido de púrpura para ser ridiculizado por soldados en el pretorio. El biso es un tipo de lino blanco, delicado, que se llevaba sobre la piel. Son suficientes las primeras palabras para darse cuenta de que algo no va. El rico está vestido como rey, pero se le menciona por su nombre. El pobre, que tiene por vestido su piel llagada, tiene un nombre, es más, es el único nombre mencionado en todas las parábolas de Jesús: se llama Lázaro que significa “Dios ha ayudado”.

Aunque Lázaro yace junto al portal de la casa del rico, cuando muere es llevado al seno de Abrahán. El rico, vestido de rey, es destinado al anonimato, el pobre tiene un nombre y es recordado para la eternidad.

En la vida terrena el rico banqueteaba cada día, mientras que a Lázaro no se le dan ni las sobras de su mesa; en el más allá Lázaro es consolado, mientras el rico no tiene ni una gota de agua para mojarse la lengua. Los bienes recibidos por el rico y negado a Lázaro durante la vida terrena son equilibrados por la consolación para Lázaro y por los tormentos para el rico.

Como en las parábolas que tratan en positivo de la misericordia, también en esta se asiste al vuelco de la situación, pero con una diferencia: ahora el cambio es definitivo porque existen dos obstáculos. El primer obstáculo es el portal de casa que impide, por voluntad del rico, que Lázaro sea socorrido. El segundo obstáculo es el abismo entre los infiernos, donde se encuentra el rico, y el seno de Abrahán donde Lázaro ha sido acogido.

La desproporción entre el tiempo y la eternidad es notificada por el silencio del tiempo y por el diálogo de la eternidad: ambos quedan sin ser escuchados. Durante la vida terrenal Lázaro no es escuchado y en la eternidad el rico tampoco. Lázaro no puede aliviar los tormentos del rico ni siquiera con un dedo, no puede ser enviado al mundo para testimoniar lo que sucede en el más allá; y tampoco la resurrección de un muerto puede convertir a cinco hermanos del rico.

En las anteriores parábolas cualquier súplica de compasión ha sido atendida, muy al contrario que esta, que acabamos de proclamar. ¿Cómo es concebible una situación irreparable para la infinita misericordia de Dios? ¿Por qué la suplicas del rico no modifican un milímetro su condición?

El momento de cambio expone la razón principal por la que la situación del rico es irresoluble. Cuando el rico está en los infiernos y ve a Lázaro en el seno de Abrahán, lo reconoce y lo llama dos veces por el nombre. Así se condena a sí mismo con sus propias palabras: conocía a Lázaro durante la vida terrena, pero lo había ignorado siempre. Lo vio, pero no se compadeció como el samaritano. El rico está obligado a ver en un presente sin fin a Lázaro. Al que no ha visto en el pasado.

Por tanto, la situación es irremediable, porque la compasión es posible mientras hay un pobre que yace llagado en el portal de un rico, después ya no tiene sentido y es, de hecho, imposible. La misericordia de Dios se conjuga siempre con la del prójimo, y cuando falta ésta no hay espacio tampoco para aquella. No por casualidad Dios no es mencionado en toda la parábola, habla y actúa por medio de Abrahán.

De todas formas, la parábola sobre la misericordia al revés, contiene también la vía que ofrece a los oyentes el no caer en la condición del rico, los pobres se muestran para nosotros como el camino para la salvación. El pobre ignorado en el mundo es reconocido por el rico en la eternidad. Esto nos recuerda aquello de tuve hambre y no me disteis de comer.

No es la riqueza ni la pobreza como tales las que garantizan o excluyen el resultado positivo o negativo del juicio final, sino la incapacidad o la capacidad de ver y de sentir compasión por el otro. Por eso, si existe un infierno es la incapacidad de no poder sentir el amor y la misericordia de Dios.

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viernes, 4 de marzo de 2016

REFLEXIÓN PARA EL TERCER DÍA DEL QUINARIO

 Lc 15, 1-10


"Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las 99 en el campo, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido." Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión. «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido." Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


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Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario y Nuestra Señora de Loreto, en su Soledad


El capítulo 15 del evangelio de Lucas está entre los más bellos del NT: como telón de fondo está la compasión de Jesucristo por los pecadores.

Es curiosos que estas dos parábolas se cierran con la fiesta, por la alegría de haber encontrado la oveja y moneda perdida.

En la época de Jesús existían cuatro tipos de pecadores: físicos, raciales, sociales y morales. Parece que Él tuvo relación con todos los tipos de pecadores.

Jesús considera que sido enviado a curar las heridas de todos los pecadores, sin excluir a ninguno. Naturalmente por esta frecuentación es acusado de ser pecador que vive con los pecadores. Pero los milagros desmienten la acusación porque un pecador no puede hacer los prodigios que Él realiza. Estas dos parábolas explican las razones que lo llevan a frecuentar a los pecadores.

Jesús escoge siempre el ámbito del pastoreo para su primera parábola, recordemos que a Él lo identificamos como el Buen Pastor que cuida de su rebaño. Sin embargo, la parábola de Jesús es paradójica. En la escena hay un pastor que tiene cien ovejas; cuando pierde una, deja las restantes 99 en el desierto y se encamina en busca de la oveja perdida. Una vez encontrada, se la pone sobre los hombros, vuelve a casa, convoca a los amigos y pide que se alegren con él. La paradoja está en la pregunta con la que Jesús describe la elección del pastor. Ante la pregunta de quién realizaría una elección así, en realidad nadie dejaría 99 ovejas en desierto para buscar a la perdida: se arriesgaría a quedar sin las 99 dejadas en el desierto y sin la perdida que no sabe si se encontrará.

El paradójico modo de actuar del pastor explica el de Jesús: los que consideran o presumen de estar sin pecado son como las 99 ovejas abandonadas a sí mismas, sin pastor. El riesgo aúna a las 99 ovejas del desierto y a la oveja perdida, con una diferencia sustancial: hay una exigencia de buscar la perdida, pero se piensa que las otras están seguras.

La alegría conecta la parábola con la vida: hallar a la oveja perdida es la alegría del pastor y de Dios, que se alegran más por un pecador convertido que por 99 justos que no tienen (o se engañan en no tener) necesidad de conversión: es fruto no del sujeto que se convierte, sino del actuar de Dios, que busca a que se ha perdido. La conversión es siempre acción de la gracia, dada por quien se pone la oveja hallada sobre los hombros y vuelve a casa y puesto que es originada por la gracia, la conversión exige ser compartida.

Por consiguiente, la componente humana de la conversión es importante, al menos porque las personas no son complacientes como las ovejas. La parábola saca su moraleja por la actitud del pastor.

Ahora nos centramos en la ama de casa. Está una vez hallada la moneda, convoca a las vecinas, y le dice que se alegren con ella por haberse encontrado con el dracma perdido. Análoga es también la conclusión de la parábola: ante los ángeles de Dios hay alegría por un solo pecador que se convierte. En realidad, ahora la atención se centra en el empeño de la mujer por buscar la dracma perdida, que vale mucho menos que una oveja. A pesar de su relativo valor, el ama de casa pone todo su empeño en encontrarla. En la parábola no se especifica el estado social, pues una condición de pobreza explicaría la mucha fatiga por buscar la moneda. La atención se centra en la meticulosa búsqueda y en la alegría confieren el valor real de la moneda, y no la dracma por su valor.

El ama de casa busca la dracma a causa del valor que tiene para ella y no por la relación con las otras dracmas. Si hubiese un solo pecador valdría la pena buscarlo, encontrarlo y alegrarse.

En definitiva, Jesús es el pastor que se da a las ovejas sin reparar gastos ni en el tiempo para que aprendan a familiarizarse con él. Mientras, por ejemplo, un ladrón roba ovejas, el pastor vive y se da por sus ovejas.

Lo que distingue al ladrón del pastor es el peligro. Cuando se vislumbra al lobo, el ladrón abandona las ovejas y huye, porque no les interesan las ovejas. El pastor se reconoce no por el oficio que realiza, sino por la prueba y los peligros que afronta, cuando llega el momento en que debe decidir si huir para salvar la piel o quedarse y perderla por sus ovejas. En este don total de sí, hasta la muerte. Jesus es el buen pastor, con una belleza que deriva no del aspecto, sino de su permanecer con las ovejas en situaciones de peligro.

La iglesia asume el rostro del Padre misericordioso cuando es madre en busca de la oveja descarriada: no olvida a las 99 en los montes, sino que se alegra por la que ha encontrado. Por eso la parábola nos compromete a todos a ser buenos pastores los unos de los otros. Los pequeños que no encuentran su espacio en la sociedad asumen su carta de ciudadanía en la comunidad cristiana, en la hermandad. No sólo tienen que ser acogidos, sino que tienen que ser buscados, corriendo el riesgo de no encontrarlo. Los pequeños tienen que ser el centro de nuestras actividades. Si la Iglesia es donde dos o tres se reúnen en nombre de Jesús, el rostro de Cristo es el de los pequeños.

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REFLEXIÓN PARA EL SEGUNDO DÍA DEL QUINARIO

Lc. 10, 25-37

"Un maestro de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerle a prueba le preguntó: 

–Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?


  Jesús le contestó: 


–¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? 


  El maestro de la ley respondió: 


–‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente;t y ama a tu prójimo como a ti mismo.’


  Jesús le dijo: 


–Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida.


  Pero el maestro de la ley, queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús:
 

–¿Y quién es mi prójimo?

   Jesús le respondió: 

–Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó  fue asaltado por unos bandidos. Le quitaron hasta la ropa que llevaba puesta, le golpearon y se fueron dejándolo medio muerto.Casualmente pasó un sacerdote por aquel mismo camino, pero al ver al herido dio un rodeo y siguió adelante. Luego pasó por allí un levita, que al verlo dio también un rodeo y siguió adelante.Finalmente, un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, le vio y sintió compasión de él.Se le acercó, le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, el samaritano sacó dos denarios,se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida a este hombre. Si gastas más, te lo pagaré a mi regreso.’Pues bien, ¿cuál de aquellos tres te parece que fue el prójimo del hombre asaltado por los bandidos? 


  El maestro de la ley contestó: 


–El que tuvo compasión de él.


Jesús le dijo: 


–Ve, pues, y haz tú lo mismo. "


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Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario y Nuestra Señora de Loreto, en su Soledad



En los grupos religiosos de tiempos de Jesús había dos cuestiones centrales a debatir: ¿Cuál es el mandamiento más importante? ¿Quién es el prójimo a quien amar? Casi la gran cantidad de leyes que había junto con la Torá giraban en torno a estas dos cuestiones.

Jesús sintetiza, amar a Dios y al prójimo al mismo tiempo, y lo centra precisamente en esta parábola.

Tres personajes: el sacerdote, el levita y el samaritano. No nos interesa los nombres sino sus identidades religiosas y étnicas. No por casualidad están escogidos los personajes todos adoran a un único Dios.

- Sacerdote que sirve en el Templo.

- Levita que pertenece a la clase sacerdotal, pero no puede ejercer el servicio cultual.

- Samaritano que es un impuro y debe ser considerado como extranjero.

La primera cuestión que se plantea es si se puede entrar en contacto con un moribundo porque uno se arriesga a contaminarse. Tengamos la cuestión de la pureza para el mundo judío. La norma está clara “Quien toca a un cadáver quedaba impuro una semana”. Si el que se contamina es un sacerdote y estando contaminado hace un acto del culto es expulsado de Israel.

El sacerdote y el levita están en una situación límite, entre la observancia de la ley y socorrer al moribundo, pero esto no es excusa porque estamos ante un moribundo que aún no es cadáver.

Como contraposición está el samaritano que se compadece, tiene misericordia. Lo que no hace un sacerdote, ni un levita, lo realiza un samaritano, un enemigo o extranjero.

Empieza la primera provocación, porque el amor a Dios no garantiza el amor al prójimo, porque se supone que quién debe conocer el amor a Dios debe ser el sacerdote o el levita y esto no ha garantizado el amor al prójimo. El prójimo es con quien se practica la misericordia. El relato destaca que tuvo compasión, compadecerse sale de las entrañas de la persona. Con las entrañas se expresan el amor, la compasión y la misericordia.

El samaritano no se limita a mirar el moribundo, sino que se siente implicado en lo más íntimo. Es esta compasión entrañable la que le hace moverse hasta el moribundo. La compasión no es sólo un sentimiento sino una acción que produce preocupación por el otro. Es atención al enfermo, cuidarlos, estar con él y pedir colaboración.

Esta compasión llega hasta tal punto que el samaritano llega a sufrir en sus carnes las propias consecuencias del moribundo. La verdadera compasión se compromete con el bien y es ganadora, a pesar de la pérdida del dinero y el tiempo.

Jesús es el único capaz de curar nuestras heridas, porque corta los sufrimientos de manera absoluta y hasta de raíz. Siempre hemos visto en el buen samaritano una imagen del propio Jesús. Aquél que nos dice que la plenitud de la ley está en amar al prójimo como a ti mismo. La libertad cristiana es absoluta porque es don de Cristo: Para ser libres nos libertó Cristo. Y precisamente por ésta no puede transformarse en anarquía, sino que encarna en el servicio p en el amor al prójimo. En el cristiano debe prevalecer siempre la ley del amor, ya lo diría la carta de San Juan “pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (4,20)
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REFLEXIÓN PARA EL PRIMER DÍA DEL QUINARIO

Lc. 7, 36-50 “Los dos acreedores”

"Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiera con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los secaba con sus cabellos; y besaba sus pies y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que lo había convidado, dijo para sí: «Si este fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, porque es pecadora.» 40 Entonces, respondiendo Jesús, le dijo:

—Simón, una cosa tengo que decirte.

Y él le dijo:

—Di, Maestro. 


—Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. 42 No teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos lo amará más?
 
 Respondiendo Simón, dijo:

—Pienso que aquel a quien perdonó más.

Él le dijo:

—Rectamente has juzgado.

Entonces, mirando a la mujer, dijo a Simón:

—¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; pero ella ha regado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. 45 No me diste beso; pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite; pero ella ha ungido con perfume mis pies. 47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien se le perdona poco, poco ama.

Y a ella le dijo:

—Tus pecados te son perdonados.

 Los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí:

—¿Quién es éste, que también perdona pecados?

 Pero él dijo a la mujer:

—Tu fe te ha salvado; ve en paz."


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Venerable Hermandad y Cofradía de Nazarenos de la Santa Cruz en el Monte Calvario y Nuestra Señora de Loreto, en su Soledad

En este quinario vamos a ver algunas Parábolas de la Misericordia precisamente por el año jubilar que estamos viviendo.

Las parábolas nos ayudan a entender la dimensión existencial que en ellas se transparentan. Revelan un padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia.

La misericordia de Dios se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.

Lc. por excelencia es el evangelista de la misericordia, yo añado también que es el evangelista que mejor nos muestra la ternura de Dios. Nos muestra como los encuentros con los enfermos y los pecadores están siempre llenos de la misericordia de Dios.

Tenemos que aclarar que la misericordia no es una virtud natural, no podemos decir que sé es más bueno, más misericordioso. Es una disposición interior que madura estando con Jesús, se va aprendiendo en el conocimiento y seguimiento de Jesús.

Por eso cuando vemos cada uno las parábolas, tenemos que verla desde el punto de vista en que nos cuestionan nuestra propia vida. Cada parábola debe obligarnos a repensarnos a nosotros mismos en nuestras relaciones y actitudes de cada día.

Para la Biblia la sede de los pensamientos, de las decisiones más íntimas, reside en el corazón. Por eso, tener compasión o misericordia equivale al movimiento interior de las entrañas que desde lo íntimo se acerca al otro.

Jesús siempre elige los últimos para implicar a los primeros, no es causal que el Maestro se reúna con los pecadores y atribuirse el derecho de perdonarlos, que para los judíos de la época sólo podía hacerlo Dios y regulada por los sacerdotes del templo.

De las 8 parábolas vamos a hablar de 5 a lo largo de estos cinco días.

Centrémonos en el encuentro de la mujer pecadora que visita a Jesús.

Los gestos de la mujer desconciertan, porque nos situamos ante una pecadora. Jesús se deja tocar por ella y, por tanto, según la religión judía, se contamina de su pecado. ¿Cómo uno que dice ser profeta se deja los pies de aquel modo? Nos damos cuenta que la pasión de Jesus por los pecadores está cargada de humanidad y es gratuita, sin segundas intenciones.

Entremos ahora en la parábola de los acreedores que utiliza Jesús en medio del relato que estamos contemplando.

Es curioso que los acreedores no tienen nombres, por tanto, ya podemos nosotros poder identificarnos con alguno de ellos con nuestras actitudes. Hay una diferencia grande en las deudas, ninguno puede restituir lo debido. Ningún deudor habla, ni tampoco el acreedor. Todo se centra en la expresión “fueron agraciados”.

Cada uno de nuestros pecados es una deuda que vamos contrayendo con Dios y sólo la gracia que recibimos mediante el sacramento de la reconciliación, puede quitarnos la deuda que todos tenemos con Dios.

Vemos a un Simón que no consigue superar el trauma por la gracia que Jesús concede a la mujer pecadora. Él es el deudor menor mientras que la pecadora el deudor mayor. La única vía es la gracia para los dos.

El impacto mayor es la relación entre el perdón de los pecados y amor de la persona. Para perdonar hacer falta amar, pero un amor como el de Jesús, que nace de la humildad. Si no amamos no se nos pueden perdonar los pecados. Le son perdonados los pecados porque han amado mucho. Por tanto, a quien poco se le perdona poco amor muestra.

Con el poder de perdonar pecados Jesús sintoniza con el modo de actuar de Dios y lo hace porque reconoce la fe de la pecadora. La fe es la única condición para ser salvados.

Es, por ello, que la Iglesia, que una cofradía, se compone de hijos a los que se le perdona los pecados para que estén en condiciones de perdonar a otros hijos, porque nosotros como creyentes cofrades tenemos que ser portadores de la misericordia de Dios.

Con Jesús la misericordia de Dios se acerca a la miseria humana y la redime transformándola en la gratuidad de un amor sin condiciones.

No hay episodio más íntimo en los evangelios, que aquel encuentro en la casa con aquella pecadora a los pies de Jesus, en los evangelios no vemos a Jesús en esa intimidad ni con su madre. Misericordia de Dios redime la miseria humana, no rozándola, ni tocándola apenas, sino acogiéndola.

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miércoles, 2 de abril de 2014

REFLEXIÓN EN EL QUINTO DÍA DEL QUINARIO (29-3-2014)

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La historia bíblica nos recuerda una escena conmovedora ocurrida en el desierto de Bersabé, en tiempos patriarcales. Es la escena de Agar, la esclava de Abrahán la cual, arrojada de casa con su hijo Ismael, se va con él por el desierto con solo un pan y un odre de agua. Pronto se le acaba el agua y acomoda al niño moribundo debajo de un árbol porque no soporta la idea de ver a su hijo morir: “No veré al niño que se muere”, y da grandes gritos separada de allí que conmueven al mismo Dios que envía un ángel a socorrerlo.

Una escena similar pero más dura, nos ofrece la historia evangélica. También aquí está la Madre que asiste a la agonía de su único Hijo, pero no repite como Agar: “no veré a mi hijo morir”, no se aleja de Él, sino que está muy cerca, templada como el acero, para verle, para mirarle, para asistirle en esos últimos momentos.

El drama de la Pasión del Señor pasa por la crucifixión, por la agonía y la muerte del Señor. Y en estos tres momentos está presente la Santísima Virgen. Como dice el relato evangélico: “Estaba al pie de la cruz”, pero no de cualquier manera, como a veces nos la pintan, estaba de pie, como nos dice el himno de fr. Jacoponi de Todi: “Estaba la Madre dolorosa de pie junto a la cruz, llorosa y dolorosa…”. Allí estaba su Pasión; por eso san Ambrosio dirá: “El Hijo era crucificado en el cuerpo; la Madre en su espíritu”, como en uno solo e idéntico sacrificio.

Nuestra sociedad huye del dolor, por eso un escritor pagano francés decía que saliera la Venus de Chipre de las aguas purpurinas y echase para siempre a esa mujer, vestida de luto, que está de pie junto a la Cruz del Calvario. Nosotros no, nosotros la queremos a Ella que es nuestra Madre y nos enseña cómo vivir los momentos de dolor y soledad de nuestra vida, que no siempre son de júbilo. Ella nos muestra a estar junto a la cruz de cada día, “estando de pie”. El verbo que utiliza el autor sagrado es el histemi griego, que significa “permanecer”, y que emplea también cuando nos habla de estar como los sarmientos que permanecen unidos a la vid. Así nos muestra que la clave es estar permaneciendo unidos al Señor en medio de nuestra soledad. Miramos pues a la Virgen de Loreto en su soledad, nuestra Madre, y le pedimos que nos muestre el rostro doloroso y esperanzado a su vez de quien ha puesto su confianza en el Señor, Ella siempre nos lleva a Cristo. Amén.

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sábado, 29 de marzo de 2014

REFLEXIÓN EN EL CUARTO DÍA DEL QUINARIO (28-3-2014)

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Meditamos de nuevo, en este cuarto día de quinario, en presencia de Cristo sacramentado los dolores o momentos de soledad de esta Virgen de Loreto, que no se limitan al Calvario, como dijimos el primer día, sino que comienzan ya en la anunciación.

Hoy nos situamos ya de lleno en la pasión, damos el salto desde la pérdida de Jesús en el templo al encuentro de Jesús con su Madre en el camino del calvario, momento que deja un surco de dolor permanente. Y nos basamos en el texto evangélico de Lucas 23, 26-32 que dice lo siguiente:

"Cuando lo conducían, agarraron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres llorando y lamentándose por él. Jesús se volvió y les dijo: -Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegará un día en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, los vientres que no parieron, los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a las colinas: Sepultadnos. Porque si así tratan al árbol lozano, ¿qué no harán con el seco? Conducían con él a otros dos malhechores para ejecutarlos".

Realmente este encuentro de Jesús con su Madre no lo narra ningún evangelista, pero sí está presente en la tradición y de hecho constituye una estación del vía crucis. Aunque no lo encontramos expresamente en el evangelio, san Juan en sus escritos nos recuerda que hay muchas cosas del Señor que no se han escrito porque no cabían en esos libros.

Evocamos la imagen de María recordando el mar de Asturias (muy presente en mi vida); este mar es muy bravío y a veces se pone muy peligroso con las galernas que allí se producen. Algo así ocurrió a María: después de un tiempo en calma en Nazaret viendo cómo su hijo crecía en edad, estatura y gracia, se vuelve a hacer realidad la profecía de Simeón de que una espada le atravesaría el corazón; y qué espada y qué dolor sufriría la Virgen en este encuentro cara a cara con su Hijo, en el camino de dolor hacia el Calvario.

Van con Jesús otros dos malhechores, llevando cada uno su cruz. En las fiestas de Pascua se concentraban en Jerusalén casi medio millón de personas, mirando el bullicio formado alrededor de los que iban a crucificar. Una escena de dolor de Jesús entremezclada con una escena de amor que protagoniza su Madre, en medio del gentío bullicioso de Jerusalén que representa a nuestro mundo.

¡Qué se dirían Jesús y su Madre! Muchos dicen que posiblemente sólo una palabra: María al ver a Jesús le diría "Hijo", y Jesús al ver a María le diría "Madre".

La Virgen pensaría en ese momento en el salmo 44 en el que se recita "...eres el más bello de los hombres...", pero mirándolo bajo la cruz y ensangrentado llegaría a la conclusión que se refería a otra forma de belleza.

En la película "Pasión" de Mel Gibson, en la escena del encuentro de Jesús con su Madre en la vía dolorosa, viendo la mirada que se cruzan ambos, nos hacemos la idea de que eso es el verdadero amor. María le dice "Hijo", y Jesús le contesta "ves Madre como yo te decía que hago nuevas todas las cosas" (texto cogido del Apocalipsis).

El más bello de los hombres hace nuevas todas las cosas y quiere hacernos ver cómo en nuestra vida se pueden hacer nuevas todas las cosas.

El encuentro de Jesús con su Madre dura poco, pues enseguida la comitiva se pone en marcha. Dice un autor al respecto "eres muy cruel si no te entristece tan grande dolor".

Según nos dice este evangelio, Jesús se dirige a las mujeres que le acompañan "no lloréis por mí...", porque el Hijo de Dios es rechazado, despreciado...

Estas mujeres acompañantes de Jesús están demostrando un gran gesto de amor, al igual que Simón de Cirene y el mismo evangelista Juan, el discípulo amado, que estuvo con Jesús y María en el Calvario.

Nosotros también queremos consolar a María en su soledad pero no sólo cuando sale de procesión a la calle, sino a lo largo de nuestra vida: cuando nos vemos doblados por nuestra cruz, cuando estamos hundidos, cuando levantamos la mirada y le decimos "Madre".

Y la Madre nos lleva al Hijo que nos dirá "mirad que hago nuevas todas las cosas".

Jesús es capaz de hacernos nuevos: nos saca del pecado por la confesión; si le ponemos en nuestra vida es capaz de rehacer un matrimonio; de liberar a un enganchado al alcohol o a las drogas...

El Señor puede hacer nueva nuestra vida: sólo recordad las palabras del Apocalipsis y miradle, miradle en la custodia, que su mirada se encuentre con la nuestra.

Hay una canción que dice "yo sé bien lo que has sufrido, lo que estás pasando aunque no me lo digas...". Eso es lo que le ocurre al Señor, sabe de nuestros sufrimientos y quiere hacer nueva nuestra vida.

Que podamos ver en nuestro sufrimiento la mirada de amor del Señor que nos dice: "venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré".

Que Jesús aumente nuestra fe para que podamos encontrarnos con Él.

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viernes, 28 de marzo de 2014

REFLEXIÓN EN EL TERCER DÍA DEL QUINARIO (27-3-2014)

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Llegamos al tercer día del quinario donde estamos reflexionando sobre los momentos de soledad de la Virgen. Ayer analizamos el momento de la huída a Egipto, el destierro que sufrió Cristo siendo aún muy pequeño. Hoy nos fijamos en otro momento de soledad que nos narra el evangelista Lucas (Lc 2, 39-51), y dice lo siguiente:

"Cumplidos todos los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba. Por las fiestas de Pascua iban sus padres todos los años a Jerusalén. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según costumbre. Al terminar ésta, mientras ellos se volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos. Al no encontrarlo, regresaron a buscarlo a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban atónitos ante su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, se quedaron desconcertados, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. Él replicó: -¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre? Ellos no entendieron lo que les dijo. Regresó con ellos, fue a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón".

Este momento de soledad de María que constituye la pérdida de Jesús en el templo, además forma parte del rosario, es uno de sus misterios.

Antes de producirse este acontecimiento, el evangelista Lucas nos había anunciado una gran alegría para la tierra, el nacimiento de Jesús en tiempos de la paz augusta; históricamente el único momento en que reinaba la paz en la totalidad del imperio romano: con Jesús viene la alegría y la paz.

También podemos deducir de este relato de Lucas lo contenta que estaría María teniendo al Hijo de Dios en su casa y viéndolo "crecer, fortalecerse y llenarse de sabiduría". Pero la vida está formada por paradojas y al momento aparece uno de los más terribles dolores, misterio de dolor y dolor hecho misterio: la pérdida de Jesús en el templo.


Esta pérdida de Jesús se produce en tiempos de Pascua, cuando los judíos iban a Jerusalén para cumplir con sus preceptos y donde los niños a partir de los 12 años se iniciaban en la fe.

La vuelta de las peregrinaciones se presta a que los niños puedan perderse, como podemos comprobar si hemos hecho alguna vez la peregrinación al Rocío. La Virgen se da cuenta de que falta Jesús al finalizar el día y... ¡qué dolor sentiría!

Nos dice el evangelista que le buscan María y José y no lo encuentran. Esta soledad tiene que ver mucho con nosotros: es importante, cuando perdemos a Cristo en nuestra vida, buscarlo.

La paz que tenía María viviendo en Nazaret con su hijo se transforma en angustia al perderlo.

Cuando pasamos de la experiencia de fe de tener a Cristo en nosotros, a no tenerlo, nos viene la falta de sentido en nuestra vida.

A veces volvemos a buscar la serenidad en nuestros vecinos, en nuestros afectos, en la seguridad de tener un trabajo...., ¿dónde buscamos al Señor que no lo encontramos?

La Virgen busca a su niño de la misma forma que se nos relata en el Cantar de los Cantares la búsqueda del esposo por parte de la esposa: "decidle que muero de amor por él"; ése es el sentimiento de María.

María tiene que volver a Jerusalén y es en el templo donde encuentra al amor de su alma, hablando con los doctores, y Jesús le pregunta: "¿por qué me buscabais, no sabiais que debo estar en la casa de mi Padre?".

El evangelio nos da la pista de dónde encontrar al Señor: en la casa de Dios, en el templo. Esto significa que a Jesús hay que buscarle por la fe, que es el camino de vuelta a Jerusalén, hay que buscarle viviendo los mandamientos, hay que acudir al encuentro de Jesús en la eucaristía. Ahí encontramos paz, serenidad, sanación de las heridas que tenemos.

La vida es una continua búsqueda de Jesús que siempre nos está esperando; también está en el sacramento de la reconciliación.

Espero que todos los hermanos de Loreto lleguen a la Pascua en gracia, habiéndose encontrado de nuevo con el Señor a través de este sacramento.

Si perdemos al Señor en horizonte de nuestra vida, ésta se convierte en un calvario de angustia. Pidámosle al Señor que nos ayude a buscarle para que nuestro corazón se llene de alegría y paz. Que aumente nuestra fe y podamos meditar todos sus misterios, como María, en nuestro corazón y podamos así aprender de la soledad de María.

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jueves, 27 de marzo de 2014

REFLEXIÓN EN EL SEGUNDO DÍA DEL QUINARIO (26-3-2014)

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Continuamos el quinario dedicado a la Virgen Dolorosa, a la Virgen de Loreto en su Soledad. En este quinario estamos contemplando diversos momentos de su soledad, de su compasión que, como dijimos ayer, se une a la pasión de Cristo. Y esto debe ayudarnos a pasar nuestra propia pasión, también unidos a la de Cristo, que, como la suya, debe culminar en la resurrección.

Hoy analizamos otro momento del calvario de María, que, como dijimos ayer, empieza con su "fiat", en el instante de la anunciación. Y para ello reflexionamos sobre el pasaje evangélico de la huída a Egipto (Mt 2, 13-18), que dice lo siguiente:

"Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: --Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: Llamé a mi hijo que estaba en Egipto. Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; según el tiempo que había averiguado por los magos. Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías: Una voz se escucha en Ramá: llantos y sollozos copiosos, es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa el consuelo porque ya no viven".

Decía un filósofo que la vida humana es una navecilla que surca las olas en un mar que no siempre está en calma.

Es muy duro para los navegantes poder aguantar en medio de una borrasca o de una galerna. Así es nuestra vida, y muchas veces las borrascas que se nos presentan las consideramos como una desgracia o fatalidad. Eso debe ser así para los paganos pero no para nosotros. Nosotros, en esos momentos, sólo debemos hablar de la Divina Providencia, que es la que rige nuestra vida aún en la tempestad. Para una persona de fe no existe el destino.

En este pasaje evangélico encontramos una nueva tempestad que tuvo que pasar la Virgen, y poco después de la alegría del nacimiento de su Hijo. Después de un momento de gozo viene otro de sufrimiento. Esta es también la paradoja de nuestra vida: luces y sombras, pero siempre dentro del plan amoroso de Dios.

Cuando se aparece el ángel a José, su sobresalto al igual que el de María tuvo que ser enorme; y seguidamente comienzan la huída a una tierra extranjera. Ya se hace aquí realidad la profecía de Simeón: aún tan pequeño, con escasos dos años, se convierte en motivo de persecución.

Herodes el Grande, grande sobre todo por su crueldad, quería destruir a Cristo por miedo a perder su poder. Esta historia continúa hasta nuestros días.

La Virgen, en este episodio pasó una triple pena: la humillación del destierro aunque era el Hijo de Dios, la incomodidad de tener que trasladarse a una tierra desconocida, y el miedo por si eran cogidos y mataban a su Hijo.

Podemos intentar asomarnos nosotros a este momento de su pasión:

- sufrió el destierro en una tierra extranjera, al igual que el pueblo de Israel;

- al enterarse de la matanza de los inocentes lloró por sus hijos, como Raquel en la profecía de Isaías.


Pero no es sólo éste el destierro de María, también sufre el destierro constante de su Hijo a lo largo de la historia.

Hay tantos Herodes que han querido destruir a Cristo, que han perseguido a los inocentes que dieron su vida por Cristo.

Nuestra sociedad tiene sus "Herodes":

- quiere una nación atea, con una moral que no esté basada en Dios; y cuando quitamos a Dios de en medio el pecado acampa a sus anchas;

- desprecia a la familia que necesitamos para crecer sanamente;

- quita a Cristo de los colegios, que deberían ser ejemplo de lo contrario;

- quita a Cristo del arte, de la literatura, del cine...,

y así nos encontraremos una sociedad corrupta.

Cuando ocurrió el atentado del 11-S, hicieron una entrevista a una periodista católica cuyos padres murieron en ese atentado. La pregunta que se le formuló fue: ¿usted que es creyente, cómo puede seguir creyendo en Dios después de esta tragedia?, o lo que es lo mismo: ¿dónde estaba Dios cuando ocurrió esto?. (Esta es la pregunta que se hace el hombre cuando le llega el sufrimiento). La respuesta de la periodista fue la siguiente: precisamente este hecho me ha ayudado a acrecentar mi fe, Dios no se ha ido, somos nosotros quienes le hemos echado, y esto que ha ocurrido es la consecuencia de echar a Dios de nuestra sociedad.

El odio, la venganza, el ponerme por encima de los demás..., esta es la soledad que se crea cuando no tenemos a Dios.

Cuando se echa a Cristo de la política, de la cultura, de la vida..., nuestra sociedad se convierte en la sociedad de la muerte.

Los hermanos de Loreto debemos proclamar que sí queremos tener a Cristo en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestra sociedad..., y debemos decirle (como los discípulos de Emaús) "quédate con nosotros que la noche está cayendo".

Pedimos hoy a la Virgen de Loreto que no nos deje nunca apartarnos del Señor; que el Señor aumente nuestra fe y nos ayude a ver su providencia sobre todo en los momentos de dolor.

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lunes, 11 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 5º DÍA DEL QUINARIO (‏ (9-3-2013)

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La reflexión del quinto día de quinario está basada en la siguiente lectura del evangelio según San Juan (Jn. 19, 25-27), que dice lo siguiente:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.”

El tiempo de Cuaresma es un tiempo para escuchar más de cerca la Palabra del Señor; es además, tiempo de oración y de profundización en el bautismo. Son estos elementos los que nos llevan a que sea también un tiempo de penitencia. No se logra llegar a lo esencial sin dejar a un lado “otras cosas que valen menos”.

La liturgia presenta en este tiempo a la Virgen como modelo de creyente que medita y escucha la Palabra de Dios. María, obediente a la voluntad del Padre, camina también Ella hacia la cruz.

María: ha sido vista así por la tradición cristiana, como vosotros también la tenéis hoy, muy cerca a la cruz. María como creyente obediente al Padre, creyente que hace también un camino de fe y subida a Jerusalén. La presencia de María en las procesiones, con tanta fuerza, responde a una teología válida: María sentida y celebrada como creyente fiel, como compañera privilegiada del Hijo que se entrega.

En el camino cuaresmal, la figura de María aparece con sobriedad, con discreción, con sigilo, casi de puntillas. El centro cuaresmal es la preparación a la pascua. En el camino, como una más, pero como creyente significativa, está María. No es un adorno cuaresmal. Es un modelo. Ella ha recorrido también ese camino. Como lo recorrió su Hijo, como lo tiene que recorrer cualquiera que sea seguidor de Cristo.

Cuaresma es un camino que los fieles recorren “entregados” más intensamente a escuchar la Palabra de Dios y a la oración (SC 109). De este modo, se convierten los fieles en auténticos discípulos de Cristo. Pero no basta escuchar, hay que retener y meditar en el corazón, como María, la palabra que nos es dada. Sólo el corazón que retiene la palabra, como la semilla que cayó en tierra buena, produce frutos de vida eterna.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium 68, afirma como conclusión final que la Virgen María “en esta tierra, hasta que llegue el Día del Señor (2 Pe 3, 10) precede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante como signo de esperanza segura de consuelo”.

La Iglesia, en la misa de la gloriosa Asunción, contempla a María como esperanza segura de salvación que brilla para los fieles en medio de las dificultades de la vida. En esta Misa que comentamos se venera a la Madre de Cristo por tres motivos:
  • Primero: Porque durante su vida aquí en la tierra, alimentó constantemente la virtud de la esperanza, confió plenamente en el Señor, y “concibió creyendo y alimentó esperando” al Hijo de Dios anunciado por los Profetas.
  • Segundo: Porque habiendo subido al cielo se ha convertido en la “esperanza de los creyentes”, ayudando a los que desesperan, y siendo al mismo tiempo aliento, consuelo y fortaleza de los que acuden a Ella.
  • Tercero: Porque –como ya quedó dicho- precede con su luz a todos los hijos de Adán como señal de esperanza segura y de consuelo.

La esperanza teologal se ha convertido, por culpa de todos, en una virtud cenicienta que apenas tiene funciones en nuestro dinamismo sobrenatural. Se ha escrito con razón que no es fácil soportar la existencia sin una razón suficiente y sin una meta que pueda ilusionarnos. El corazón aspira a un amor que no termina y necesita de la esperanza que colme así todos sus deseos. Lo expresó, sentenciosamente, San Agustín: “Nos has creado, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. El deseo ineluctable de poseer a Dios y la firme esperanza de unirnos definitivamente a Él, pueden desalojar todo conato de melancolía. Nos hallamos ante una de las más hermosas advocaciones marianas que encantan especialmente al pueblo cristiano, sabedor, por fino instinto sobrenatural, de cómo intercede y ayuda a todos sus hijos la que es “omnipotencia suplicante”.

Sin duda hay muchos cristianos que tienen problemas de fe, pero abundan también los que no cultivan la virtud de la esperanza, ni se ejercitan en ella como si ésta no tuviera un papel esencial en su vida. Desgraciadamente la “esperanza-confianza” se ha ausentado de muchos corazones, provocando graves crisis de fe, y traumas espirituales a veces irreparables.

María es modelo de esperanza; María confió plenamente en el Señor; María se entregó por entero a la obra de la salvación; María fue fruto de la redención, convirtiéndose en “Hermana” nuestra; en nuestra peregrinación hacia la Patria, María garantiza nuestra esperanza.

Mirando a María en este tiempo de Cuaresma podemos resaltar dos rasgos:
  • María discípula de Jesús. La nota característica de la cuaresma es el discipulado. Quien sigue a Jesús es el que escucha su palabra y la pone en práctica. En este sentido María se presenta como la discípula del Señor. Ella tuvo que pasar de ser madre biológica a ser madre creyente y fiel. La devoción a María no es un puro grito del alma o del sentimiento del creyente. Es la admiración de la obra de Dios en María, la llena de gracia.
  • María, compañera de la cruz. Juan nos presenta a María como compañera junto a la cruz del Señor. Ausente, silenciosa y silenciada durante el ministerio público de Jesús, aparece justo en el momento cumbre de la cruz. Cumple así lo que el Hijo había anunciado: “el que quiera ser mi discípulo de verdad, que cargue con su cruz y me siga; y donde yo esté, estará él”.

Existen muchas cofradías que en estos días realizan su principal actividad. Y que como la vuestra tienen en María un camino de discipulado y que siguiendo a la Madre os dejáis conducir a la meta cristiana que es la vivencia de la Pascua.

Cuaresma y Semana Santa nos ofrecen ocasión propicia para pensar en muchos títulos pasionistas de María. Esta tarde me gustaría detenerme en una advocación que puede iluminar este horizonte, a veces tan oscuro que vivimos, y donde nos olvidamos fácilmente de la virtud teologal de la esperanza.

El formulario 37 de las llamadas “Misas de la Virgen María” la denomina “La Virgen María, Madre de la Santa Esperanza”. La advocación “Virgen de la Esperanza” sin ser estrictamente título de “Pasión”, está profundamente vinculado a la participación de María en la obra redentora de Cristo.

Refleja muy bien la función eficiente de Nuestra Señora en la Historia de la salvación. Por otro lado nos resulta entrañablemente familiar porque desde nuestra infancia hemos rezado miles de veces la bellísima antífona de la Salve, donde llamamos a la Virgen “Vida, dulzura y esperanza nuestra”. A su poderosa intercesión hemos confiado siempre nuestras cuitas, con la certeza filial de que Ella las toma sobre sí, y las atiende favorablemente, alcanzándonos las gracias que necesitamos.

María nos ha sido dada por Dios, también como modelo de sobrenatural esperanza. Ella practicó esta virtud hasta un grado y rango único. Esperó contra toda esperanza superando incluso a Abrahán, el padre de los creyentes, en su expectativa mesiánica. Con su fe y esperanza –nos dicen los Santos Padres- concibió a Cristo antes en su mente y corazón, que en su seno.

María se entregó enteramente a la Obra del Salvador siendo su primera colaboradora y discípula. Ella se vio obligada a ejercer constantemente la esperanza. Si hubiera sido preservada del dolor y de las pruebas interiores no habría podido convertirse en vivo ejemplo de nuestros afanes cotidianos en mil pequeñas batallas libradas sin cesar. A lo largo de las vicisitudes que narra el Evangelio y, sobre todo, en la Pasión de su divino Hijo, se nos muestra como nuestra Señora de la santa y dulce esperanza, que nunca defrauda. La Virgen es Hermana nuestra porque pertenece a la estirpe humana, y porque es la Primera Redimida “de modo eminente y en previsión de los méritos de su Hijo”. Por eso es proclamada miembro Excelentísimo, y enteramente singular de la Iglesia como tipo acabadísimo de la misma (LG 53)”.

No es una extraña paradoja, sino una consoladora realidad: María, Madre nuestra y Hermana nuestra. Madre de la Iglesia y miembro de la Iglesia. Nada más grato para nosotros, pobres caminantes, que ensanchar sin fronteras el campo de nuestra esperanza mirando a María glorificada: lo que Ella es ahora en el cielo, esperamos serlo nosotros cuando llegue la consumación del mundo.

La Iglesia, en su Liturgia, aplica a la Virgen las hermosas palabras del Eclesiástico: “Yo soy la Madre del amor, del temor, de la ciencia, y de la santa esperanza (24, 24)”. Si grande fue la fe de María, no menor brilló su esperanza. Cuanto más elevada era aquélla, mayor se mostraba también ésta. Quien cree con firmeza en las promesas de un Dios infinitamente bueno, poderoso y fiel, espera también con firme esperanza el objeto de sus promesas. Aunque su esperanza y abandono en Dios no fueron heroicos, no por ello han de ser considerador como inoperantes, sino todo lo contrario. Practicó de modo perfectísimo el viejo aforismo de la Ascética: “Haz por tu parte todo lo que puedas como si nada esperases de Dios. Y espéralo todo de Dios como si nada hubieses hecho con tu esfuerzo”. Así obró María en su viaje de Nazaret a Belén, en la búsqueda de Jesús en el templo y en todas sus acciones.

Hemos de aprender mucho de la esperanza de María, estimulando y activando la nuestra. El cristiano de hoy se ve sometido a muchas frustraciones y contagios del secularismo ambiental. En su exhortación “Marialis cultus”, Pablo VI escribe inspiradamente: “La Iglesia Católica reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda hacia la conquista de la plenitud. Ella, la Mujer nueva, está ya junto a Cristo. En Ella se ha realizado ya el proyecto de Dios para la salvación de todo el mundo. Al hombre contemporáneo frecuentemente atormentado, turbado en el ánimo y dividido en su corazón, oprimido por la soledad, la Virgen desde la realidad conseguida de la Ciudad de Dios, le ofrece una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia (n. 257)”.

Porque María es la Madre de la dulce y santa esperanza, hemos de mirarnos en ella, no sustrayéndonos al esfuerzo de cada día ni proclamándolo inútil. No olvidemos jamás que el motivo radical de la esperanza es un atributo divino: la inviolable fidelidad de Dios a sus promesas. Quien espera sobrenaturalmente tributa un espléndido homenaje al poder, a la bondad y a la lealtad del Creador, Padre y Redentor nuestro. Quien desespera está injuriando al poder y a la suma fidelidad divina, cerrándose el horizonte e introduciéndose en un túnel sin salida. Quien espera de verdad está firmemente convencido de que para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37), y en buena doctrina sanjuanista se obtiene de Dios cuanto de Él se espera. San Pablo nos exhorta a no entristecernos como los que no tienen esperanza (1 Tes 4, 12).

No olvidemos jamás que la resurrección de Cristo es la raíz y el motivo de nuestra esperanza.

Se aproxima la Semana Santa. Nos disponemos a participar activamente en las solemnes celebraciones litúrgicas del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, Jueves Santo y Triduo Pascual. Pasión y Resurrección son los dos tiempos o fases fundamentales de un mismo e idéntico misterio de muerte y vida que limpia nuestras faltas y nos conquista la amistad con Dios.

Nos ayudará mucho a vivir en un verdadero clima sobrenatural la Semana Santa el recuerdo siempre estimulante y confortador de Nuestra Señora de la Esperanza. Ella desfila en nuestros devotos “pasos” procesionales con el rostro dolorido de quien acompaña a su Hijo inmolado y sacrificado por nosotros, ya que “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Tim 1, 15).

Nuestra Señora y dulce Madre de la Santa Esperanza nos alcanzará la gracia de poder ejercitarnos en esta importantísima virtud teologal que tantos bienes espirituales nos reporta, entre esos bienes hemos de incluir: una alegría desbordante, una abnegada paciencia, y una magnánima longanimidad para vivir con plenitud la vida cristiana. Ella que supo esperar como nadie, y por ello es también la “Primera Esperanza”, nos alcance la gracia coronada de la perseverancia final.

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domingo, 10 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 4º DÍA DEL QUINARIO (‏ (8-3-2013)

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La reflexión del cuarto día de quinario está basada en el evangelio del día de Mc 12, 28b-34, que dice lo siguiente:

“En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: -¿Cuál es el mandamiento más importante? Jesús respondió: -El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos. El escriba replicó: -Muy bien, maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Al ver Jesús que había respondido acertadamente, le dijo: -No estás lejos del reino de Dios. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas”. 

En la primera reflexión, sor Inmaculada trató el tema de la fe como encuentro con el amor de Dios; en la segunda, analizó nuestra respuesta a este amor de Dios, abandonándonos en sus manos y dejándonos moldear por Él. Hoy, precisamente el evangelio del día, nos ofrece una síntesis de lo que es la vida cristiana: amar a Dios y al prójimo; y ésta es la idea que va a desarrollar en esta reflexión.

Amar a Dios y al prójimo. El desafío de la vida cristiana es llevar esto a la práctica. Cristo nos invita a que le amemos con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser, y que impulsados por este amor, amemos al prójimo como a nosotros mismos.

Ya el profeta Isaías nos decía que el ayuno que el Señor quiere es: abrir las prisiones injustas, liberar a los oprimidos, compartir el pan con los hambrientos, hospedar a los que no tienen techo, vestir al desnudo y no despreocuparse del hermano. El ayuno que el Señor quiere es la caridad, que le veamos y le amemos en los hermanos.

Obedecer a Dios en ocasiones nos hace daño porque fastidia nuestro egoísmo, pero nos hace mejores. Los mandamientos de Dios no son normas arbitrarias que se le ocurrieron a Dios una buena noche, son algo que nos hacen más humanos.

Santa Teresa de Jesús nos decía al respecto: hay que amar a Dios hasta que nos duela, para ello debemos arrancar nuestro egoísmo que llevamos pegado a nuestras almas. Esto nos dolerá pero también nos sanará, como el alcohol que se aplica a las heridas y escuece, pero las cura.

Jesús nos dice: dad gratis lo que habéis recibido gratis, y también nos dice que debemos amar hasta a los enemigos. A lo que la madre Teresa de Calcuta respondía: éste es el mandamiento de Dios y Él no puede pedir lo imposible.

Nunca se es demasiado viejo para amar. La oración, la intensidad de la vida interior es el medio principal para alcanzar el amor. No es importante lo que hacemos sino el amor que ponemos en lo que hacemos.

Benedicto XVI apuntaba que el cristiano es conquistado por el amor de Cristo y abierto al amor del Padre.

El amor es una luz que ilumina un mundo oscuro y nos da fuerza para vivir y actuar.

Abrirnos al amor significa que el Señor viva en nosotros y nos lleve a amar como Él, para Él y sirviendo a los demás.

La fe y el amor se necesitan mutuamente porque una fe sin amor, sin obras, es una fe muerta.

La Cuaresma nos impulsa a vivir la caridad: el amor a Dios y al prójimo; sobre todo a los pobres, excluidos, machacados por la sociedad...

Ante la crisis actual que estamos viviendo, los cristianos deben entregarse, salir de sí mismos, ofrecerse en cuerpo y alma, compartir con los demás y abrir un camino a la esperanza.

Ojalá puedan decir todos los que los vean, que son personas que saben mantener la llama del amor en un mundo individualizado y egoísta, y eso es señal de que siguen al Maestro; como decían de los primeros cristianos “mirad cómo se aman”.

Concluye la predicadora con una súplica a la Virgen de Loreto:

Que María nos enseñe a cumplir los mandamientos, a ponerlos en práctica; y que ella ilumine a la Iglesia a elegir de entre los cardenales del conclave, a aquel que sepa amar a Dios y al prójimo.

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viernes, 8 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 3º DÍA DEL QUINARIO (7-3-2013)

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 La reflexión del tercer día de quinario está basada en el texto de Jeremías (Jer 18, 1-6) que dice lo siguiente:

“Palabras que el Señor dirigió a Jeremías: -Anda, baja al taller del alfarero y allí te comunicaré mi palabra. Bajé al taller del alfarero, y lo encontré trabajando en el torno. A veces, trabajando el barro, le salía mal una vasija; entonces hacía otra vasija, como mejor le parecía. Y me dirigió la palabra el Señor: -Y yo, ¿no podré, israelitas, trataros como ese alfarero? Como está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, israelitas”.

A la invitación a abrirnos al amor de Dios que nos regala Jesús, que nos indicó sor Inmaculada el primer día de quinario, le corresponde una respuesta. Y la primera respuesta es la fe, el decir sí a ese amor; éste es el comienzo del camino de amistad con Dios.

A este respecto, Benedicto XVI nos apunta que Dios no se contenta con que aceptemos su amor, sino que quiere atraernos hacia Él.

El padre Arrupe decía que nada puede importar más que enamorarse de Dios. Y lo que te enamora va dejando su huella en todo: en tu despertar, en tus atardeceres, en lo que rompe tu corazón, en lo que te alegra...

El amor nos cambia pero sólo cuando respondemos a ese amor.

En Cuaresma debemos ponernos en manos de quien nos ama, en manos de Dios y dejarnos transformar por Él. La Cuaresma es tiempo de conversión, de volver el corazón al primer amor, al primero que nos ha amado, y dejar que sus manos nos moldeen.

Esto es lo que descubrimos en el texto de Jeremías. Cuando estamos abiertos a la voluntad de Dios, Él nos transforma. Tenemos que dejarnos moldear y que Él haga lo que quiera de nosotros.

Para ello, en primer lugar debemos hacernos barro, hacernos moldeables, quitar todas nuestras durezas, y cuando nuestro corazón se vuelva de carne, Dios podrá moldearnos y llenarnos de sensibilidad.

En segundo lugar, para poder moldear una pieza, debe estar bien centrada en el torno. Nosotros tenemos que centrarnos en Jesús para que Dios pueda moldearnos. Y centrarnos en Jesús es tener la vida entregada a Él, es dejar que Él sea el Señor de nuestra vida.

Si Dios no nos moldea perdemos el sentido de la vida. Así Juan nos dice en su evangelio que Jesús es la vid verdadera y sólo el que permanece en Él dará fruto; y el Salmo 127 proclama que si construimos la casa sin su guía, lo estamos haciendo en vano.

Cuando la masa, el barro ya está moldeable y centrado en el torno, comienza el proceso de moldeo: la mano del alfarero mueve sus dedos para que el resultado sea el vaso que quiere hacer. La pieza debe confiar en el alfarero, nosotros debemos confiar en las manos de Dios. Y debemos confiar porque sabemos que el alfarero ha sufrido por nosotros, nos conoce y quiere hacer de nosotros algo útil.

La enfermedad, la pérdida de un ser querido, la dificultad, la debilidad..., son momentos en los que Dios aparece, nos encuentra como barro moldeable, y nos transforma en vasos nuevos.

La Cuaresma nos invita a reconocer nuestra pobreza y necesidad de salvación, y desde ahí gritar a Jesús como el ciego, el leproso o el paralítico: Jesús, ten compasión de mí..., Jesús, que yo vea...; o como el salmista: no abandones la obra de tus manos.


Termina la predicadora con una oración de intercesión a Nuestra Señora de Loreto:

Madre, todos tenemos fisuras por donde se escapa algo de nuestra vida, ayúdanos a restaurarlas y que nos convirtamos en las manos de Dios, en algo que merezca la pena.

Nosotros somos barro, Dios es alfarero. Dejémonos moldear por Él.

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jueves, 7 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 2º DÍA DEL QUINARIO (6-3-2013)

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La predicación de este segundo día del quinario corre a cargo del Director Espiritual de la Hermandad, D. Luis Delgado, por ausencia de sor Inmaculada.


El texto elegido para el día de hoy está tomado del libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 32-35):

“La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. No llamaban propia a ninguna de sus posesiones, antes lo tenían todo en común. Con gran energía daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y eran muy estimados. Entre ellos no había indigentes, pues los que poseían campos o casas los vendían, llevaban el precio de la venta y lo depositaban a los pies de los apóstoles. A cada uno se le repartía según su necesidad”.


Para la reflexión ante la imagen de la Señora de Loreto, don Luis toma como premisa la letra de una conocida sevillana que dice “para ser buen rociero primero hay que ser cristiano”, que aplicada a nuestra Hermandad sería: para ser buen lauretano primero hay que ser cristiano.

Y ante esto plantea la siguiente pregunta:

¿Qué es ser cristiano?

La respuesta está bien clara, ser cristiano es seguir a Jesús; ya sor Inmaculada dijo ayer algo sobre la vocación de seguir a Jesús.

En Antioquía fue donde por primera vez fueron llamados “cristianos” los seguidores de Jesús. En Jerusalén, la vida cristiana fue llamada al principio “camino”.

Y, como dice el gran teólogo de América latina, Leonardo Boff, el camino del seguidor de Jesús es “continuar hoy lo que Él inició un día, proseguir su obra, perseguir su causa, conseguir su plenitud”.

Cristiano es alguien que ha entendido aquello que dijo Jesús de “ven y sígueme”. Jesús pasó su vida llamando, primero a los doce, y luego a todos los demás, a nosotros mismos.


Pero, ¿qué significa seguir a Jesús?:

1º) Seguir a Jesús supone reconocerlo como el Señor. En el cántico que hemos recitado en el rezo de vísperas le hemos reconocido como Señor de la historia.

Nadie sigue a alguien que no le dé un motivo para seguirle.

El cristiano reconoce a Jesús como “camino, verdad y vida”.

Pedro le dice a Jesús: “tú tienes palabras de vida eterna, ¿a quién seguiremos?”.

Jesús es el “Kirios”, el Señor, palabra que sólo se refería a Dios y que los griegos la refieren también a Jesús.

2º) Seguir a Jesús supone aceptar su proyecto, el proyecto que el Padre le encomendó como misión, y que no es otro que formar una nueva familia donde el ser humano sea reconciliado con los hermanos y con Dios.

Los que aceptan el compromiso de este proyecto lo dejan todo y siguen a Jesús; no pueden hacerlo los que obran con espíritu individualista.

Muchos dicen que este proyecto o utopía es imposible, pero ¿es que Dios va a engañarnos?.

3º) Seguir a Jesús supone proseguir su estilo evangélico de vida: conocer y comprender lo que dice el Evangelio.

El evangelio nos plantea cómo vivió Jesús, sus ideas religiosas, sus conflictos con las autoridades religiosas de su época (fariseos escrupulosos cumplidores de la religión a rajatabla que fueron los que le llevaron a la cruz).


El ideal de vida lo dejó Jesús plasmado en las bienaventuranzas.

El compromiso con Jesús conlleva vivir su estilo evangélico, de no ser así, somos fariseos, “sepulcros blanqueados” (como los llamaba Jesús).

4º) Seguir a Jesús supone formar parte de la comunidad de los suyos. Jesús formó a un grupo en torno a sí, de 12 discípulos, al que se fueron uniendo hombres y mujeres que formaron una comunidad. En aquel tiempo fue un escándalo que también se unieran a su grupo las mujeres, y por este mal ejemplo también declararon que había que condenarlo a muerte.

Jesús predicaba un Dios que es comunión de personas. La fe cristiana es por tanto incorporarse a una comunidad de personas. Más tarde, el derecho eclesiástico llamará “parroquia” a la comunidad de un mismo entorno o territorio; que será presidida por un “párroco o cura”, con la misión de enseñar a la comunidad, convocar y hacer que convivan sus miembros, y presidir sus celebraciones.

Nosotros, si queremos seguir a Jesús sin vivir esta experiencia eclesial o comunitaria, vivimos engañados.

Hasta el siglo XVI, la jerarquía de la Iglesia excomulgaba al que no celebraba durante 3 domingos la eucaristía en su comunidad. Luego, estas normas de la antigüedad fueron degenerando, sobre todo durante el papado de León X.

Los que pertenecemos a una comunidad nos llamamos “Iglesia” o “asamblea”, porque somos gente convocada.

Rehuir la experiencia comunitaria de la fe es rehuir los compromisos cristianos.

5º) Seguir a Jesús supone vivir bajo la fuerza del Espíritu Santo. El Espíritu convocó en Pentecostés a los cristianos a vivir entendiéndose y a impulsar el sentido eclesial de la vida sirviendo en la comunidad.

Para eso somos ungidos en el sacramento de la Confirmación. Sacramento que, según el derecho de la Iglesia, deben haber recibido todos los que vayan a ocupar un cargo público en la comunidad, o todos los que quieran casarse por la Iglesia; cosa que la juventud de hoy no conoce o no suele tener en cuenta.

La Confirmación, o sacramento por excelencia del Espíritu, nos capacita para ser constructores de comunidad y promotores del Reino que Jesús predicó.


Consideremos, pues, los puntos expuestos, en estos días cuaresmales en que la Iglesia, de forma especial, nos invita a seguir a Jesús.


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miércoles, 6 de marzo de 2013

REFLEXIÓN 1er DÍA DEL QUINARIO (5-3-2013)

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Por iniciativa de nuestro Equipo de formación y como en años anteriores,vamos a ofreceros un resumen escueto de las homilías del Quinario diariamente;esto nos permitirá que aquellos que por enfermedad,lejanía ,ocupación laboral o si bien algún día nos es materialmente imposible asistir,con este resumen no perderemos el hilo de estas cinco jornadas. Este es el resumen del primer día del Quinario que como ya sabéis comenzó ayer:


La predicadora del quinario, en primer lugar, nos transmite su alegría ante el Señor expuesto en la Custodia, ya que eso forma parte de su vocación religiosa (pertenece a la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón, que tienen cotidianamente expuesto el Santísimo en la capilla de su convento de la Plaza de las Angustias).

A continuación explica que, a petición de D. Luis, sus reflexiones se centrarán en el mensaje del Papa Emérito Benedicto XVI para la Cuaresma de este año, proclamado por el mismo, año de la fe. Este es el último de ellos que nos deja Benedicto XVI; él sabía cuando nos lo dejó que iba a ser su último mensaje, aunque nosotros, al recibirlo, todavía no. En este mensaje, Benedicto XVI nos invita a abrirnos al amor, al igual que Jesús en su último mensaje, en la última cena, nos transmite el mandamiento del amor.

Para esta primera reflexión, sor Inmaculada elige el texto de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn 1, 1-4):

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que os anunciamos: la palabra de vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos os lo anunciamos también a vosotros para que compartáis nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que se colme vuestra alegría”.

Es un pasaje que brota del corazón de una persona que se ha encontrado con alguien y se siente amado por Él; Juan considera esto como un gran tesoro y quiere transmitir a todos esa alegría.

La predicadora admira a san Juan, el discípulo amado. Es el discípulo que se acuerda con todo detalle y cariño de la hora en que Jesús le invitó a quedarse en su casa “eran las 4 de la tarde”; es el discípulo que en las bodas de Caná oyó a María cómo decía a los criados “haced lo que Él os diga”; es el discípulo de la pesca milagrosa; es el discípulo que estaba con Jesús en la transfiguración; es el discípulo de la gran confianza con Jesús, que se recostó sobre su pecho en la última cena; es el discípulo que sostuvo su mirada en Jesús cuando lo vio clavado en la cruz; es el discípulo que se quedó con lo que más quería Jesús, su Madre; y es el discípulo que corrió a buscar a Jesús el día de la resurrección.

El discípulo Juan es el ejemplo del creyente tocado por dentro por el amor de Dios, que experimenta la cercanía del amigo y eso inunda toda su vida. Sin esta experiencia no se puede ser creyente.

La fe, por tanto, no es aceptar una serie de creencias, es una experiencia que nace de sentirse amado, del encuentro con una persona que da una orientación nueva y decisiva a la vida.

Benedicto XVI nos dice que la fe es “una adhesión personal al amor de Dios que se manifiesta en Jesús”.

Pero en este camino del amor no está todo hecho, no está todo recorrido; este camino del amor es un proceso, como ocurre con nuestras relaciones humanas.

Nuestra relación con Dios la debemos cuidar, es un fuego que no debemos dejar de alimentar.

La Cuaresma nos presenta un pilar fundamental para que no descuidemos esta relación: la oración. Y dentro de la oración es un privilegio la oración de adoración (la exposición del Santísimo Sacramento que tenemos en el quinario), en la que uno se deja invadir por la presencia de Jesús que nos llena el corazón.
Orar es amar, acariciar con la mirada a Jesús para que nos vaya llenando y alimentando poco a poco.

Debemos dejarnos inundar por el amor que Dios nos tiene, porque alguien que nos quiere nos ayuda a crecer y a superarnos.

Debemos contemplar a Jesús y abrir los ojos y el corazón para dejarnos amar por Él.

Por eso la Cuaresma no puede ser un camino triste sino un camino de amor, porque sólo el amor nos cambia. Debemos abrirnos a ese amor que es el que nos puede hacer nuevos cada día.

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lunes, 19 de marzo de 2012

REFLEXIÓN FUNCIÓN PRINCIPAL

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La reflexión de hoy gira en torno a las lecturas del domingo de la 4ª semana de Cuaresma, en especial del Evangelio, que decía así:


En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.» (Juan 3,14-21)

Me cuentan que en mi pueblo, hubo una vez una boda de esas de la antigua usanza y en la mesa presidencial en el momento del banquete estaban sentados los novios, los padrinos y el párroco. La suegra no sabía muy bien qué hablar con el párroco y mientras todos saboreaban un buen plato de pollo, le preguntó: “Bueno, padre, ¿qué opina usted del amor?”. El párroco sin levantar la cabeza del plato dijo: “Señora, en este momento, el amor es que el pollo está buenísimo”.

Cuando hablamos del amor tenemos que tener cuidado porque podemos patinar fácilmente. El otro día, leyendo un semanal de un periódico, el entrevistado decía: “El amor es un estímulo, yo por amor aprendí francés y griego”. No sé cuál era la intención real de esta persona al decir esto. Todos deseamos ser felices, todos buscamos el amor pero no todos saben ser felices. Todos conocemos personas que no han acertado en encontrar la felicidad porque piensan que la felicidad es una cosa y esa cosa, resulta que no es. Podemos pasar la vida buscándola y no encontrarla.


Al final, ¿qué es ser feliz? ¿Conocer a tu media naranja?, ¿hacer un proyecto de vida juntos? Cuidado, porque si el amor es solo sentimiento, éstos cambian. No se puede hacer depender el amor de lo que no es, buscar ser feliz, dónde no está.

Observemos las lecturas de de hoy:

- 1ª Lectura, 2 Cro 36, 14-16. 19-23: “El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios”.

- 2ª Lectura, Ef 2, 4-10: “Por pura generosidad suya, hemos sido salvados”.

- Evangelio, Juan 3, 14-21: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna”.

En todas se habla de amor. Pero ¿qué tipo de amor? Si no hemos aprendido a amar de verdad, nos equivocaremos fácilmente. Hay muchos que creen que son felices teniendo sexo, otros viendo prosperar su negocio… ¿Dónde está la verdadera felicidad? Dios a nosotros nos ha amado con locura. No nos reprocha nuestros pecados, lo que hace con nosotros es una historia de amor.

El amor de Dios ha sido loco con nosotros. Por pura gracias estamos salvados. ¿De qué se trata la fé? De que miremos a Cristo elevado en la cruz. Nadie ama tanto como el que se entrega a los demás. El verdadero amor es el que se sacrifica. No es amor cuando los demás deben sacrificarse por nosotros, para que nosotros estemos bien. Debes olvidarte de ti y pensar en los demás… Esto es el amor, y esto es lo que Dios ha hecho contigo.

“El que te quiere no es el que come contigo, sino el que pasaría hambre por ti”. Cristo no solo ha pasado hambre sino que dio la vida por ti.

Contemplamos a María en su soledad. Ella como nadie aprendió a estar acompañada hasta el momento en que Jesús le fe arrebatado. AL mirar a María vemos a una madre que hace como el Señor, mirarnos con ojos de misericordia.

Pensemos que mala suerte tenemos con este Dios que me quiere tanto. Si no nos hubiera querido tanto, tendríamos excusas, pero como Dios está loco por nosotros, no tenemos escapatoria. Tenemos que amar como el nos ama.

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